CAPÍTULO 24
LENA
Arken se quedó atrás en un silencio absoluto, roto solo por el siseo eléctrico del motor bajo el asiento.
El asfalto, rugoso y lleno de grietas, le devolvió una conciencia de su propio cuerpo que el silencio de la comunidad le había arrebatado.
Lena apretó los muslos contra la estructura de la moto, necesitando que esa tensión física la anclara al presente.
Bruno y Alex iban en la otra moto, un poco más atrás.
Bruno conducía con más cuidado del habitual, sin su exceso de confianza de otras veces.
Alex iba tieso, agarrado a la chaqueta de Bruno con los nudillos blancos y ladeaba la cabeza, filtrando el viento para encontrar cualquier sonido que no fuera el siseo de los motores.
La carretera empezó a desintegrarse bajo las ruedas a medida que las Montañas Serales ganaban terreno a su derecha, una muralla de roca y picos afilados que parecía apretar el camino contra el valle.
El asfalto, castigado por el peso de los desprendimientos, era ya una sucesión de grietas y socavones que obligaban a Evan a pelear con el manillar en cada metro.
Cada impacto seco del neumático contra su columna le daba algo tangible en lo que fijarse, un dolor simple que mantenía a raya a los fantasmas.
—Cuando paremos, necesito estirar bien la espalda. No es que esté mal, pero me estoy quedando rígida —dijo Lena por el intercomunicador. Su voz salió con un rastro de fatiga que no pudo ocultar.
—Dentro de unos diez minutos hay una zona segura para poder descansar tranquilos —respondió Evan.
Su espalda, ancha y firme frente a ella, permaneció impasible a pesar de los baches.
—Oigan, esto no lo digo por dramatizar —intervino Bruno—, pero si el suelo sigue botando así, Alex va a empezar a contar piedras mentalmente.
—Ya lo estoy haciendo —respondió Alex. La voz le salía entrecortada por el traqueteo de la suspensión—. Voy por treinta y siete.
—¿Treinta y siete qué? —preguntó Lena.
—Piedras que no deberían estar aquí. Hay demasiadas del mismo tamaño. Es una anomalía estadística.
Evan redujo la velocidad de inmediato.
—Vale, paramos ahora.
El lugar era poco más que un esqueleto de muros caídos y cascotes que la erosión de la montaña había ido limando hasta dejarlos en los huesos.
Eran restos de piedra y ladrillo que ya no protegían nada, dispuestos de forma irregular como si la ladera de las Serales hubiera intentado tragárselos año tras año.
Lena bajó de la moto y sus rodillas cedieron apenas un instante antes de recuperar el equilibrio.
Caminó unos pasos, estirando los brazos hacia el cielo hasta sentir el crujido de las vértebras.
Evan se quitó el casco y la observó. Tenía los ojos entornados, analizando la palidez de Lena con una firmeza que ella conocía bien.
—¿Todo bien?
—Sí. Solo cansancio normal.
Él no se lo tragó. Se limitó a clavar la vista en ella con preocupación, pero decidió no hurgar más para no romper el frágil equilibrio de ella.
Bruno se desplomó contra un muro, dejando que la mochila golpeara la piedra con un estruendo seco.
—Vale, oficialmente declaro este sitio como “ruina fea pero funcional”.
Alex se sentó en el suelo, con la espalda recta, sacando uno de sus objetos.
Lena se dejó caer a su lado, imitando su postura.
Durante unos segundos no hablaron. Se oía el viento rozando las chapas rotas de una estructura cercana y el vaivén de unas matas secas.
Un sonido áspero e irregular que iba y venía según cambiaba la ráfaga.
—Qué bien un poco de silencio —dijo Lena al fin bajando los hombros, liberando una tensión que no sabía que acumulaba.
Alex no dejó de mover el fidget . Sus dedos se movían con una cadencia perfecta.
—En Arken había gente hablando sin parar. Ruido a metal. Cosas cayendo…
Lena asintió, cerrando los ojos para disfrutar de la ausencia de voces.
—Aquí solo hay… sonidos naturales —añadió él.
El viento volvió a sacudir una chapa suelta y el golpe seco se repitió. Alex detuvo el giro de su objeto justo en el momento del impacto, sincronizándose con la ruina.
—Y cuando suenan —continuó Alex—, sabes de dónde vienen.
—Sí —dijo Lena—. No te sorprenden.
Alex apretó el objeto un segundo y luego aflojó.
—Eso ayuda.
Se hidrataron y comieron algo sencillo. No tenían hambre real, pero nadie dejó de comer. Evan la vigilaba sin parecerlo, pendiente de cada bocado que Lena daba. Ella lo notó, pero dejó que esa vigilancia fuera lo que la obligara a terminar su ración.
Retomaron la marcha al cabo de un rato y el valle empezó a cerrarse poco a poco. Lena levantó la vista un instante, siguiendo las líneas secas del paisaje, las pendientes irregulares, los cambios bruscos de sombra.
Lena intentaba proyectar mentalmente el mapa de las instalaciones que les quedaban por delante, pero las piezas no encajaban.
Esos invernaderos subterráneos desafiaban su lógica.
En su mundo todo terminaba fallando antes o después y ver sistemas que ignoraban el paso de las décadas con una precisión insultante la hacía sentir como una aficionada.
Y si estos no fallaban… ¿qué demonios estaba sosteniéndolos?
Le faltaba información y eso era lo que más la frustraba.
Seguir adelante no había sido valentía. Fue simple incapacidad para dar media vuelta. Parar ahora sería aceptar que no tenía respuestas y nunca se le había dado bien convivir con la idea de apartarse cuando todavía había algo que entender.
Además, podía imaginar perfectamente a Vera apoyada en cualquier muro medio caído, mirándola de lado con esa mezcla de ironía y mala leche que siempre precedía a una bronca por querer tirar la toalla antes de tiempo.
—¿De verdad vas a dejarlo ahora? —diría—. Con lo pesada que te has puesto siempre cuando algo no te cuadra.
Ya no se trataba de salvar el suelo de Valere o de Orialis. Ahora, simplemente, se trataba de ella. De que no podía fingir que no había visto lo que vio.
Lena apretó el agarre alrededor de Evan sin darse cuenta, hundiendo los dedos en la tela de su chaqueta. No buscaba consuelo. Solo sentir la solidez de algo que no se fuera a romper.
El sol empezó a hundirse entre las estructuras dispersas, proyectando sombras largas que estiraban el valle. Evan aumentó la velocidad para aprovechar los últimos restos de luz.
—Dentro de poco pararemos para dormir —su voz vibró en el intercomunicador.
—¿Ruinas otra vez? —preguntó Bruno.
—Si hay suerte.
—Genial. Me encantan las camas con historia.
Dieron con el refugio justo cuando el sol se escondía tras el filo de las Serales, dejando el valle en una penumbra fría.
Eran los restos de un complejo de mantenimiento, con tres paredes de hormigón que todavía aguantaban en pie y un trozo de techo metálico que crujía bajo el viento, ofreciendo un rincón lo bastante cerrado como para no morir de frío.
Evan revisó los ángulos de entrada con movimientos rápidos mientras Lena descargaba el equipo y se sorprendió a sí misma con el cuerpo funcionando, aunque la cabeza todavía no estuviera muy de acuerdo.
—Vale —dijo Bruno dejando caer su saco con un golpe seco—. Dormir en el suelo sigue siendo una mierda. Pero al menos aquí no hay gente mirándonos raro o decidiendo qué hacer con nosotros.
Lena ladeó la cabeza, observando cómo el polvo se asentaba tras el golpe.
—Eso no lo convierte en un buen sitio.
—No —admitió él, sentándose y frotándose los tobillos hinchados—. Pero lo convierte en uno donde no tenemos que dar explicaciones. Y ahora mismo, eso me parece un lujo.
Más tarde, cuando Alex se quedó medio dormido contra la pared y Bruno se levantó para taparlo, Evan se sentó al lado de Lena. Apoyó los codos en las rodillas y dejó que sus manos colgaran, grandes y pesadas.
—Si no quieres dormir ahora, no pasa nada. Pero deberías tumbarte.
—Lo sé —respondió Lena, con la voz raspada por el polvo de la ruta—. Dame un minuto.
Evan no se movió. Mantuvo la mirada en el fuego.
—No hace falta que finjas que lo tienes todo bajo control —dijo Evan, rompiendo el silencio sin mirarla—, con que sigas aquí aguantando es más que suficiente.
Lena respiró hondo, sintiendo cómo el aire frío le pinchaba los pulmones.
—No sé cómo se hace esto sin ella, Evan.
—Paso a paso —dijo él con suavidad—. Aunque no sepas si es el correcto.
Lena suspiró y dejó caer la cabeza en el hombro de Evan con un movimiento torpe.
Él aflojó un poco el hombro de inmediato, hundiéndolo un poco para que ella encajara mejor.
Se quedó quieta, dejando que el calor de las brasas le golpeara la cara mientras el resto del mundo se volvía negro a su alrededor.
El fuego devoraba ramas secas y arbustos quebradizos con un chisporroteo constante, la única señal de vida entre kilómetros de rocas, y aunque Lena tardó en rendirse, al final logró dormirse allí mismo, contra él, escuchando la respiración tranquila de Evan que le servía de ancla.
El dolor seguía ahí, presente, sin suavizarse, pero ya no ocupaba todo el espacio.
La carretera cedió ante la pendiente de las Serales.
Las laderas ganaron altura a ambos lados hasta convertir el asfalto roto en un corredor asfixiante que atrapaba el siseo de los motores y lo devolvía multiplicado contra sus cascos.
El valle se fue cerrando sobre ellos, recortando el cielo a una franja delgada de luz mientras las paredes de roca se volvían tan verticales que el sol apenas lograba tocar el suelo.
Bruno se encogió sobre el manillar, hundiendo el cuello entre los hombros.
—Este sitio me da mal rollo —dijo por el canal común—. Es como una caja gigante. Y silenciosa.
—Es un valle cerrado —respondió Evan, manteniendo la vista fija en la siguiente curva—. El sonido rebota distinto.
—Ya, ya. Gracias por el análisis geográfico —replicó Bruno. Sus nudillos blanquearon sobre el puño del acelerador—. A mi tripa no le tranquiliza.