CAPÍTULO 23
EVAN
Evan llevaba un rato apoyado contra el marco de la puerta, observándolos desde la penumbra del pasillo cómo el resto del grupo lidiaba con el simple hecho de seguir vivos.
Se quedó con la vista posada en Lena. Ella estaba despierta, pero su cuerpo permanecía tan inmóvil que parecía una pieza defectuosa olvidada en un rincón.
Evan apartó la vista con un movimiento brusco antes de que ella lo detectara, no tenía fuerzas para sostenerle la mirada sin derrumbarse él también.
El pecho le dio un vuelco al verla con los ojos clavados en el vacío, con una rigidez en los hombros que delataba la batalla interna que libraba por no desmoronarse, empeñada en desmenuzar el desastre bajo una lógica fría, diseccionando la muerte de Vera como un error de cálculo para no tener que sentirla.
A él le dolía verla así mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Bruno mantenía la mandíbula tan apretada en sueños que los músculos del cuello se le marcaban como cuerdas.
Evan sintió una oleada de fatiga ajena al ver el agotamiento impreso en sus párpados.
Alex, en cambio, permanecía sentado en el borde del colchón, balanceando el torso de forma imperceptible mientras sus dedos rotaban el objeto entre las manos.
En ese momento se percató, con una lucidez que le resultó molesta, de que en algún punto del viaje aquellos tres habían dejado de ser una simple responsabilidad.
No sabía en qué momento había permitido cogerles cariño, pero ahora cada uno de sus gestos de dolor le pesaba como si fuera propio, y esa vulnerabilidad le irritaba tanto como le asustaba.
Necesitando una distancia que el aire de la habitación no le daba, se dio la vuelta y bajó las escaleras sin prisa, reconociendo ya algunos recorridos luego de llevar tantos días en Arken. En la zona común, Ciro estaba de pie junto a una mesa alta, con una tablet .
—Justo te iba a ir a buscar —le dijo él sin levantar la vista cuando se acercó—. Me has ahorrado el viaje.
Evan se dejó caer contra la mesa alta, hundiendo el antebrazo en la superficie fría.
—¿Algo urgente? —dijo, con una voz que todavía arrastraba rastro de cansancio.
—No. Pero sí importante.
Deslizó la tablet hacia él. En la pantalla había mapas fragmentados, líneas incompletas y zonas marcadas sin leyenda clara. Evan no necesitó que se lo explicaran desde cero. Estaba acostumbrado a leer información incompleta.
—Hay algo que no me gusta —dijo Ciro, apoyando la tablet en la mesa. No es nuevo, pero ahora es más descarado. Pequeñas comunidades que antes iban por libre están empezando a moverse juntas.
—¿Moverse cómo?
Evan se inclinó sobre la pantalla, entornando los ojos para descifrar las líneas del mapa.
—Compartiendo recursos. Información, rutas y protección. Aparentemente no hay nada oficial ni firmado.
—Eso siempre ha existido.
—Sí. Pero no así —respondió Ciro ampliando una zona concreta del mapa del otro lado de las montañas Serales—.
Hasta hace nada solo veíamos acuerdos puntuales entre un par de comunidades para intercambiar un recurso o un favor.
Pero lo que tenemos delante ahora es distinto porque hay una continuidad entre grupos que no tenían relación directa dentro de esta zona.
—Eso suena a organización.
Ciro golpeó la tablet con el nudillo.
— Se han articulado como una confederación.
—¿Una confederación? —dijo Evan sorprendido levantando la vista por primera vez.
—Sí. Olvida la idea de una comunidad al uso o de un bloque cerrado, esto funciona más bien como una alianza flexible que se va adaptando según les conviene.
—¿Y el objetivo cuál crees que es?
—Poder. Influencia. Decidir qué comunidades cuentan y cuáles no, sin tener que dar la cara como antagonistas.
Evan exhaló despacio.
—¿Han actuado?
—Sí. No de forma directa. Explosiones, sabotajes, chantajes... Siempre con intermediarios.
Evan no necesitaba más ejemplos para entender su modus operandi .
El taburete de al lado crujió cuando Bruno se desplomó en él.
—Vale —dijo Bruno—. Ya he oído “sabotajes” y “explosiones”. O me invitan oficialmente a esta conversación o me voy a sentir excluido.
—Sigues siendo puntual en lo importante —dijo Ciro sonriendo de lado.
—Es un don —respondió Bruno—. Y una maldición.
Se inclinó hacia la tablet serio, para terminar de leer la información.
—Esto significa que alguien ha decidido dejar de esconderse.
—O que ya no les importa —añadió Evan.
—Eso es lo que parece —añadió Ciro.
Bruno echó la espalda hacia atrás, haciendo que las patas delanteras del taburete perdieran el contacto con el suelo.
—Genial —soltó con ese sarcasmo que le salía solo—. Una panda de iluminados con complejo de imperio. Justo lo que necesitábamos.
—No es algo que os afecte directamente ahora —añadió Ciro—. Pero conviene saber que el tablero se está moviendo.
Evan se quedó callado un instante, mirando la pantalla sin leerla ya.
—Cambiando de tema. Nos vamos mañana.
—Lo imaginaba —dijo Ciro—. Aquí nadie os va a echar por estar de duelo. Pero Arken no es un sitio para quedarse sin rumbo.
—No vamos a alargarlo más. Ahora mismo lo mejor es seguir adelante—respondió Evan.
Ciro asintió, satisfecho con la respuesta, y volvió a centrar toda su atención en la tablet , dejando claro que para él la conversación ya no daba más de sí y que lo siguiente era ponerse en marcha.
Evan y Bruno salieron al pasillo y subieron las escaleras con paso tranquilo.
En la habitación, Lena estaba revisando a fondo una de las mochilas sobre la cama.
Alex estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, concentrado en ordenar su equipo con cuidado metódico que le servía para no pensar en nada más.
Evan cerró la puerta tras de sí y se hundió contra la pared, dejando que el frío del muro le atravesara la chaqueta.
—Mañana salimos al amanecer. Si todo va bien, en dos días estaremos en las segundas instalaciones.
Lena detuvo las manos sobre las correas de la mochila. Alzó la cabeza y sostuvo la mirada de Evan con un cabeceo seco, aceptando la orden. Alex arrugó el entrecejo, deteniendo el giro de la pieza que manipulaba.
—¿La ruta es conocida? —preguntó Alex—. ¿O hay tramos nuevos?
—Conocida —respondió Evan—. No es la más corta, pero es segura. Es un terreno abierto con pocos cruces. Dormiremos en unas ruinas la primera noche.
Alex procesó la información en silencio unos segundos más antes de volver a su ritmo. El gesto se le relajó apenas.
Bruno se dejó caer en el borde de la cama, mirando al techo.
—¿Hay prisa? Me refiero a prisa de verdad, no a la de “mejor no quedarnos mucho”.
—No nos persigue nadie. Pero tampoco nos conviene quedarnos más tiempo aquí —confirmó Evan.
—O sea, cambios —dijo Alex girando la cabeza para mirarlo.
—Cambios —confirmó Evan—. Nada que nos obligue a correr. Pero nada que invite a acomodarse.
Eso pareció tranquilizarlo más que cualquier explicación larga. Alex volvió a lo suyo, recolocando un par de cosas dentro de la mochila con cuidado preciso.
Bruno se restregó la cara con las palmas, arrastrando la piel con fuerza.
—Menos mal —masculló, desplomándose contra el colchón con un golpe seco que pareció sacarle el aire de los pulmones—. Porque por un momento pensé que íbamos a salir de aquí improvisando como idiotas.
Lena le lanzó una mirada de reojo
—Nunca improvisamos como idiotas.
—Discrepo —respondió Bruno—. Pero esta vez intentemos que no sea el caso.
El resto del día transcurrió sin prisas artificiales. Prepararon el equipaje con calma, intercambiando piezas, descartando lo que sobraba, sustituyendo lo que ya no servía.
Evan siguió el rastro de Lena con la mirada durante toda la tarde. Ella estaba muy lejos de estar bien, pero se mantenía presente a base de pura disciplina, preguntando solo lo necesario y tomando decisiones cuando tocaba sin intentar controlar hasta el último detalle.
Bruno empezó a hablar más entrada la tarde. Hacía comentarios cortos y alguna que otra observación irónica sobre la arquitectura de Arken, sobre la obsesión local con las líneas rectas.
—Si aquí alguien cuelga un cuadro torcido, lo exilian —dijo en un momento.
Lena esbozó una sonrisa breve. Evan la vio y le alegró volver a ver ese gesto en ella depués de tanto tiempo.
Alex se mantenía cerca de ambos. Y en ese volver a lo práctico, a lo que podía hacerse con las manos, el grupo empezó a recuperar algo que había quedado suspendido desde Nexus.
La sensación de que, pese a todo, todavía sabían avanzar.
Al anochecer, Ciro los invitó a cenar en su casa. Una mesa, comida caliente y la sensación clara de que aquel gesto cerraba su estancia allí mejor que cualquier discurso.
Se sentaron los cinco alrededor de la mesa de la casa de Ciro, compartiendo una cena de las que no necesitan adornos para pasarla bien. Comieron platos sencillos que él había preparado aprovechando lo que tenía en la despensa.
Ciro llenó el aire con historias de Arken y averías domésticas, levantando un ambiente de total normalidad.
Bruno intervino poco, pero cuando lo hizo fue para hacer un comentario fuera de lugar que consiguió arrancarle a Ciro una risa breve.
Alex comió en silencio, atento al ritmo de la conversación, más tranquilo de lo que había estado en todo el día. Lena escuchó más de lo que habló.
Cuando terminaron de cenar, Ciro empezó a recoger los platos. Lena se levantó también y le acercó los vasos.
—Gracias... por la hospitalidad.
Ciro la observó antes de asentir.
—Para eso están las casas. Y más cuando quien entra son amigos.
Lena mantuvo el contacto visual con Ciro mientras la rigidez de su mandíbula cedía por fin. No llegó a sonreír, pero la máscara de tensión que llevaba se resquebrajó un par de milímetros, dejando paso a un agradecimiento mudo.
Salieron de la casa de Ciro cuando ya era de noche cerrada.
Evan marcó el paso hacia la salida, arrastrando a Alex y a Lena con él. Se alejaron lo suficiente para que se levantara un muro de privacidad entre ellos y los otros dos.
Evan echó un vistazo de reojo. A esa distancia, las voces de Ciro y Bruno eran solo un murmullo indescifrable que el viento devoraba.
Vio a Ciro atrapar a Bruno por la nuca, hundiendo los dedos en su pelo con una fuerza que lo obligó a sostenerle la mirada.
Las mandíbulas de ambos se movían en frases cortas, de esas que se dicen pegado a la cara del otro para que no se escapen.
Ciro acortó la distancia y presionó su frente contra la de Bruno, cerrando los ojos un segundo en un gesto que anulaba el resto del mundo.
Fue un contacto breve, una forma de grabarse la temperatura del otro antes de que la ruta los separara.
Ciro dejó un roce rápido y desesperado de sus labios contra la sien de Bruno, uno que escondía todo el miedo a no volver a encontrarse.
Acto seguido, Ciro recuperó la distancia y le propinó un golpe seco en el esternón, un impacto que buscaba devolverle el aire que la despedida le estaba robando.
Bruno encajó el golpe sin pestañear, con los ojos clavados en los de Ciro hasta que la luz del pasillo les marcó las líneas de una derrota compartida.