CAPÍTULO 22 #3
Pero bajo esa calidez estaba el peso frío y definitivo de la ausencia de Vera. Lo apretó contra su palma, aceptando que aquel objeto era ahora el hilo que la unía a su pasado, rescatado por el único hombre que había entendido que no podía seguir adelante sin él.
Los ojos se le humedecieron y apartó la mirada a tiempo, pero Evan lo vio igual. Vio el esfuerzo que hacía por mantenerse entera, por no dejar que el cuerpo cediera justo allí.
—Gracias —dijo ella, aunque la palabra le supo a poco, casi a insulto. Quiso decirle que aquel detalle era lo más hermoso que nadie había hecho por ella en mucho tiempo, que no sabía cómo él podía tener esa capacidad de ver lo que ella necesitaba cuando estaba rota, pero la voz no le salió.
Evan asintió apenas, sosteniéndole la mirada con una fijeza que le prometía que no tenía que dar ninguna explicación. Él sabía lo que significaría ese pedazo de metal para ella y por eso quiso recuperarlo .
—No tienes que hacer nada con eso ahora. Solo… llévalo contigo.
Lena asintió, pero no se lo puso. Se quedó mirando la cadena en su palma, sintiendo que ponérselo fuera un derecho que aún no se había ganado. Guardó el colgante en el bolsillo interior de su chaqueta, justo sobre el corazón, asegurando el cierre con dedos meticulosos.
Apoyó la mano sobre la tela un segundo más de lo necesario, comprobando que el bulto seguía allí, antes de retirarla con un suspiro contenido.
Cuando levantó la vista hacia Evan, él seguía allí. Lena se dio cuenta en ese momento de que él también estaba cargando algo que no sabía en qué rincón de su cabeza debía colocarlo.
Esa noche, cuando volvió a abrir el cuaderno, no escribió nada nuevo. Solo releyó notas antiguas, subrayó un par de frases y tachó otras. Se quedó en ese punto muerto donde uno no avanza, pero al menos tampoco pierde lo que ya ha ganado.
Se dio cuenta de que Vera ya no era una ausencia punzante que le cortaba la respiración. Ahora era una presencia instalada en el ruido de fondo, un peso en el bolsillo que la acompañaría por el camino.
Después de varios días en Arken, Lena no tenía ninguna prisa esa tarde por volver a la habitación tras lo que le acababa de comunicar Evan. Así que alargó el camino todo lo que pudo, dejando que el frío de los pasillos le bajara las pulsaciones mientras intentaba ordenar las ideas.
Buscó esos rincones ciegos que ofrecía la arquitectura modular de la ciudad, recovecos donde podía quedarse quieta una hora sin que nadie reparara demasiado en su presencia. Se tocó el colgante a través de la chaqueta, comprobando el bulto contra el pecho antes de decidirse a encarar la puerta.
Al entrar, el silencio de la habitación le cayó encima.
Alex estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, rígido y con uno de sus objetos favoritos entre sus manos.
Bruno estaba sentado en la cama, con la chaqueta todavía puesta, los codos en las rodillas y la vista clavada en un punto inexistente del suelo.
Lena cerró la puerta con cuidado. Se sentó en el suelo, frente a Alex. Apoyó las manos en las rodillas y respiró hondo una vez antes de hablar, porque si no lo hacía, la voz le saldría demasiado fina.
—Evan dice que no podemos quedarnos muchos días más.
Bruno mantuvo la vista perdida en el suelo, con la nuca hundida entre los hombros.
—Ya me lo imaginaba.
Alex continuó rotando el objeto con una precisión mecánica, produciendo un chasquido rítmico que llenaba el silencio.
—¿Entonces?
Lena se tragó las palabras antes de que salieran atropelladas. Tenía esa mala costumbre de sonar segura incluso cuando no lo estaba, y ahora necesitaba no arrastrarlos con su decisión.
—Hay que decidir —respondió, fingiendo una calma que no sentía.
Bruno levantó la vista por primera vez con un movimiento lento, dejando ver unas ojeras que parecían excavadas en la piel.
—¿Decidir qué? ¿Volver a Valere?
Lena sintió cómo esa opción se le colocaba delante como una puerta que conocía demasiado bien.
—Volver a Valere ahora sería… fácil. Y yo no sé si lo fácil es lo que necesitamos.
Tendríamos seguridad y una rutina que nos mantendría ocupados, pero nos pasaríamos los meses mirando el techo preguntándonos qué dejamos a medias por el camino.
Y yo no sé si quiero vivir con esa clase de dudas en la cabeza.
Alex detuvo el movimiento de sus manos y clavó sus ojos en ella, con esa fijeza que parecía intentar leer lo que Lena no decía.
—¿Quieres seguir? —preguntó, sin un solo rastro de duda en el tono.
Lena notó cómo el pecho se le apretaba. Seguir implicaba salir otra vez, volver al camino, volver a estar expuestos.
También implicaba poner el cuerpo en movimiento con una herida reciente.
Sabía que eso podía volverse peligroso, no solo por fuera, también por dentro.
Se le vino a la boca un “ no tenemos alternativa” .
Se la tragó. Era mentira. Alternativa siempre había.
Lo que no había era una que la dejara en paz con ella misma.
—Quiero que lo decidamos los tres. No quiero decir “ seguimos ” y que suene a orden.
A Bruno se le escapó un resoplido amargo que le hundió los hombros.
—No estás en modo orden . Estás… —dijo pasándose la mano por la cara con un gesto que arrastraba todo el cansancio del día—. Estás hecha polvo. Y aun así estás intentando organizarlo.
Lena hundió la barbilla en el pecho y cerró los puños hasta que los nudillos le blanquearon y sintió el pinchazo de las uñas recordándole que seguía allí.
Organizar el caos. Sí. Era eso o quedarse mirando la escena del mercado en bucle hasta que el cuerpo perdiera la distinción entre recuerdo y presente.
Lena no dijo nada de eso. Soltó la respiración despacio y se obligó a mirar a Bruno.
—Yo lo vi —dijo, y odiaba la simpleza de la frase porque no abarcaba nada—. Vi que algo iba mal y tardé en reaccionar.
Bruno enderezó la espalda de golpe, como si le hubieran dado un latigazo. Alex, en cambio, se quedó tan quieto que pareció dejar de respirar, con los dedos congelados sobre el objeto que manipulaba
—No lo suficiente como para cambiarlo —añadió Lena—. No creo que hubiera podido hacerlo. Pero sí lo suficiente como para saber que ese segundo existe. Y yo lo tengo en la cabeza todo el tiempo repitiéndose en bucle.
A Bruno se le movió la nuez en un trago seco antes de apartar la vista. Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de las sienes le vibraban, conteniendo una rabia que no encontraba por dónde salir.
—Yo no la vi caer —dijo Bruno—. Pero la culpa la siento igual. Por no haber estado con ustedes. Por haberlas dejado solas.
Lena se llevó una mano al estómago y se quedó así un segundo, respirando hondo antes de soltarla.
Alex bajó la vista a su objeto y lo giró una vez.
—Yo no entiendo por qué pasan cosas así —dijo sin levantar la cabeza—. Entiendo la mecánica. Entiendo que alguien mate a alguien. Pero no entiendo… —buscó la palabra—. No entiendo cómo se supone que no pasa nada después.
Lena sintió cómo esa frase le partía el corazón.
—No tiene sentido. No hay una forma que la tenga.
Se hizo el silencio y Lena comprendió que, si no hacía algo, este se convertiría en una pared que cerraría sobre ellos. Sacó el cuaderno y lo plantó en el suelo, justo en el centro del triángulo que formaban sus cuerpos. El golpe contra el suelo sonó a sentencia.
—Aquí nadie está obligado a nada, y quiero que eso quede claro antes de que soltemos la siguiente palabra —dijo Lena, mirando a Bruno y luego a Alex con una seriedad que no dejaba espacio a dudas—. Tenemos dos opciones reales. Volver a Valere o seguir con el plan.
Bruno se enderezó con un movimiento brusco, entornando los ojos como si el cuaderno fuera una amenaza directa.
—¿Seguir hacia dónde, Lena?
Lena le sostuvo el pulso con la mirada, sin parpadear
—Hacia delante. Hacia las siguientes instalaciones.
Para entender qué demonios es todo esto —dijo hundiendo el dedo índice sobre la tapa del cuaderno—, y qué implicaciones tiene para los que nos hemos quedado aquí.
No quiero jugar a ser una heroína, Bruno, pero tampoco quiero que nos quedemos viviendo de medias verdades el resto de nuestra vida.
Alex se transformó en una estatua de carne. Bruno hundió la mandíbula y apretó los labios hasta convertirlos en una línea pálida y tensa.
—¿Y por qué no podemos hacerlo más adelante? Volver, respirar, y después decidir —la voz de Bruno subió un grado, cargada de una desesperación que intentaba disfrazar de lógica.
Lena notó el impulso de asentir. La idea era cómoda y sonaba incluso hasta sensata. Y aun así…
—Porque si volvemos ahora, lo vamos a terminar posponiendo continuamente. Y no será por mala intención, sino porque el cuerpo nos va a pedir calma y nos empujará a quedarnos donde nos duela menos. Y no confío en mí misma en que luego quiera volver a salir.
Bruno la miró con una mezcla de comprensión y agotamiento.
—No quieres que el miedo se vuelva costumbre.
—No, por eso he decidido que yo voy a seguir adelante con el plan, pero eso no significa que vosotros tengáis que hacerlo. Si decidís que lo mejor es dar media vuelta y volver a Valere, no voy a ser la que os diga que os equivocáis.
Lena cerró los ojos un instante notando el colgante en el bolsillo antes de continuar.
—No quiero seguir por ella. No como eslogan. Pero tampoco quiero usar su muerte para justificar no hacer nada. No quiero volver atrás, pero tampoco quiero avanzar fingiendo que esto no ha pasado.
Alex la buscó con una mirada con los párpados caídos por el agotamiento sensorial.
—Vera no fingía —dijo sin apartar los ojos de los de ella —. Nunca.
Lena sintió un tirón en el pecho.
—No. No lo hacía —confirmó.
Bruno se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas nuevamente.
—Vera se fue de donde se fue porque decidió que no todo valía —dijo él—. Y se quedó con nosotros porque pensó que había otra forma de hacer las cosas.
Alex clavó la barbilla en el pecho en un gesto lento.
—Habrá más peligro —dijo Bruno—. Y menos control.
Lena asintió.
—Sí. Y no vamos a ir apretando hasta que alguien reviente.
Alex seguía con el objeto en la mano, sin mirarlos.
—Yo puedo ir. Pero no rápido.
Lena lo miró con atención.
—¿Qué es “ no rápido ” para ti?
—Que si me empiezo a agobiar… paramos. Aunque sea poco rato.
—Claro que pararemos —dijo Lena esbozándole una pequeña sonrisa.
—¿Aunque nos retrase? —insistió Alex, con los dedos apretando el objeto hasta que los tendones de su mano se marcaron bajo la piel.
—Aunque nos retrase —repitió ella.
—Entonces no volvemos a Valere ahora, seguimos adelante —sentenció Bruno soltando el aire despacio—.
Y no lo digo solo por el compromiso de no dejarte sola en mitad del desierto.
A mí también me quema la curiosidad, Lena.
Me niego a regresar a casa y tragarme las explicaciones oficiales de los que mandaban mientras sé perfectamente que nos ocultaron la mitad de la película.
Quiero ver con mis propios ojos qué hay en esas instalaciones y entender por qué se han molestado tanto en esconderlas.
No pienso dejar que nos sigan pastoreando cuando llevan más de un siglo flotando en el espacio.
Lena asintió, sintiendo cómo esa presión constante que le apretaba las costillas le daba por fin un respiro.
No era solo que Bruno se quedara por lealtad, era que ahora sabía que compartían el mismo hambre de respuestas, y saber que no era la única que estaba dispuesta a mandarlo todo al carajo por la verdad la hizo sentir un poco menos obsesionada.
Más tarde, cuando el edificio empezó a vaciarse y la actividad bajó lo suficiente como para que moverse no se sintiera como estar a la vista de todo el mundo, Lena fue a buscar a Evan. Él estaba apoyado contra la barandilla, mirando hacia el límite del recinto, donde el sol se estaba poniendo.
Lena se colocó a su lado.
—Vamos a seguir —dijo, sin rodeos.
Evan no se movió, pero sus hombros, que habían estado rígidos como vigas, descendieron un palmo.
—Bien. Cuando digas, lo preparo todo.
Lena apoyó los antebrazos en la barandilla. El metal estaba frío y firme, igual que el día anterior, y esa simple coherencia le gustó.
—No te creas que sigo adelante porque piense que esto va a terminar bien —le confesó a Evan.
—Lo sé.
—Lo hago porque sé lo que pasa cuando decides mirar para otro lado.
Evan giró el torso hacia ella, dejando que la luz del atardecer de Arken le marcara las líneas de fatiga alrededor de los ojos. Debajo de esa máscara de cansancio, una vena le latía con fuerza en la sien, delatando una rabia que mantenía bajo llave.
—Yo también lo vi.
Lena notó el nudo en la garganta. Se quedaron apoyados en la barandilla, escuchando el ruido mínimo de Arken, viendo como el sol les regalaba los últimos destellos del día.
Ella deslizó la mano por el metal hasta dejarla abierta junto a la de él.
Evan la miró un segundo y, sin decir nada, entrelazó los dedos con los suyos.
No estaba bien, pero, al menos esa noche, avanzar ya no le pareció una traición, sino una de esas continuidades difíciles que obligan a poner un pie delante del otro, aunque el camino esté lleno de piedras.