Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Aquella pregunta directa, sin adornos, fue lo que terminó de romper el dique. Lena intentó tragar saliva, pero tenía la garganta llena de arena. Dos lágrimas pesadas le resbalaron por las mejillas, naciendo de puro agobio físico.

—No dejo de pensar que lo vi —dijo y la voz le salió pequeña, rota, como si se estuviera rompiendo por dentro—.

Vi cómo ocupaba el espacio entre nosotros.

Entendí que algo no encajaba, Evan. Mi cerebro lo registró, procesó la anomalía.

.. pero tardé en reaccionar. Me quedé analizando la escena como si fuera un esquema en un papel mientras ella ya se estaba moviendo para morir.

Evan acortó la distancia. Se plantó frente a ella, obligándola a abandonar el refugio de la pared. Le puso una mano en el hombro, un peso firme que buscaba anclarla.

—Eso no te convierte en culpable de nada, Lena. Solo significa que te diste cuenta de lo que estaba pasando. Pero, aunque lo hubieras visto un minuto antes, el final habría sido el mismo.

Lena apretó la mandíbula hasta que los tendones del cuello se le tensaron como cables.

—Eso no me sirve para que las piezas encajen, Evan —insistió ella.

El temblor se le extendió a las manos y la vista se le nubló por el exceso de luz o por el llanto, ya no lo sabía.

—No hay ninguna ecuación, Lena —le soltó Evan, cortando en seco su intento de diseccionar el desastre—. Deja de buscar una variable que lo cambie, porque el resultado siempre va a ser el mismo.

Lena negó con la cabeza con violencia. La falta de lógica le quemaba más que la propia culpa.

—Si no entiendo por qué fallé ahí fuera, voy a volver a cagarla —sentenció ella, con el pánico asomando en cada palabra—.

El miedo se me ha quedado pegado aquí dentro, Evan—se golpeó el pecho con el puño, un impacto sordo y seco, como si intentara romper la caja toráxica para dejar salir lo que la asfixiaba—.

Se ha quedado aquí encajado… no… no puedo…

Sus ojos iban de un lado a otro, desenfocados, mientras el aire empezaba a entrarle en espasmos cortos y ruidosos.

Evan reaccionó con rapidez atrapándole la muñeca en el aire, justo antes del segundo golpe, y la atrajo hacia él con un tirón firme. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio hasta que Lena no tuvo más remedio que centrarse en él.

—Mírame, Lena. Respira conmigo —ordenó él—. Suéltalo. Ahora, inspira. Vamos.

Evan exageró su propia respiración, haciéndola lenta y profunda, obligando a Lena a sincronizarse con el movimiento de su pecho. La mantuvo sujeta por las muñecas, anclándola, hasta que los espasmos de ella empezaron a suavizarse y el aire dejó de entrar silbando.

Solo cuando notó que el cuerpo de Lena recuperaba su ritmo y sus ojos dejaban de saltar de un lado a otro, Evan aflojó la presión de los agarres, pero no se alejó.

—Tú no fallaste —afirmó entonces, con una voz que había perdido todo el filo, pero mantenía una seguridad absoluta—. El mundo se te vino encima y te quedaste bloqueada. Si buscas una razón lógica o científica, ahí la tienes: es la respuesta biológica estándar, Lena.

Lena intentó girar la cabeza, todavía abrumada por la cercanía, pero Evan le acunó la cara con las manos, obligándola a sostenerle la mirada. Sus pulgares empezaron a acariciarle los pómulos con una suavidad que chocaba violentamente con la tormenta que ella tenía dentro.

—Estás viva porque Vera tomó una decisión en una fracción de segundo —continuó él, bajando aún más el tono—. Y te aseguro que no lo hizo pensando en si a ti te iba a quedar cargo de conciencia o no. Lo hizo simplemente para que tú pudieras salir de allí con vida.

—Dicho así, mi vida le costó la suya —susurró ella, con la voz rota—. Eso no hay quien lo digiera.

—Pues vas a tener que hacerlo —concluyó Evan, sin apartarse—. Es la única verdad que tenemos. Vera eligió tu vida sobre la suya. No menosprecies su decisión intentando convertirla en un error tuyo.

Evan le deslizó las manos desde las mejillas hasta los brazos, apretando con una presión rítmica, comunicándole a su cuerpo que el peligro ya había pasado.

Lena sintió cómo la rigidez militar se desmoronaba, sustituida por un temblor residual.

Sus hombros cayeron y soltó una exhalación larga, temblorosa, mientras el aire volvía a llenar sus pulmones de forma limpia.

—Eso no lo hace más fácil —murmuró ella.

—No. Lo hace real. Y lo real duele siempre.

Evan se quedó allí, manteniendo el contacto físico, notando cómo la tensión de Lena cedía centímetro a centímetro.

La culpa seguía ahí, pero ya no era un bloque de cemento que le impedía moverse.

Ahora era una certeza amarga, un peso que la acompañaría en la ruta, pero que al menos le permitía dar el siguiente paso.

En Arken los días no se diferenciaban demasiado entre sí.

El trabajo empezaba temprano, se interrumpía lo justo y volvía a retomarse.

Para Lena aquel ritmo fue un alivio, porque tenía el cuerpo pidiendo a gritos una rutina en la que refugiarse para no tener que dar tantas explicaciones, ni a los demás ni a sí misma.

Al principio se levantaba temprano por pura inercia, pero pronto comprendió que la mejor forma de procesar la pérdida de Vera era ocupar las manos en algo que no fuera su propio luto.

Empezó a colaborar en las tareas diarias de Arken, no porque se sintiera obligada, sino para saldar esa deuda invisible que sentía cada vez que aceptaba una ración.

Caminaba por el recinto, observando y tomando notas mentales de cómo funcionaban las cosas. Las parcelas de cultivo resistían, pero el suelo tenía ese tono apagado que aparecía cuando una tierra llevaba demasiados años produciendo más de lo que podía soportar.

Pasó gran parte del tiempo con los responsables de los cultivos.

Se encontró intercambiando información sobre ciclos de nutrientes y recuperación de sustratos con los técnicos locales.

Para su sorpresa, en Arken no solo eran eficientes, sino que sabían escuchar cuando la sugerencia venía de alguien que hablaba su mismo idioma técnico.

Estaban abiertos a sus comentarios y fueron agradecidos cuando Lena les ayudó a recalibrar los sensores de humedad que daban problemas. Notó la diferencia de saber con quién hablar.

En Arken, la curiosidad no se premiaba, pero la utilidad sí.

Cuando demostró que podía aportar soluciones, dejaron de mirarlos como una anomalía reciente para verlos como una presencia provisional que se ganaba su sitio.

Seguían tolerándolos, pero ahora era una tolerancia basada en el respeto mutuo.

Eso significaba tiempo, y el tiempo por fin empezaba a servir para algo más que para recordar.

En el viaje había esperado encontrar algo distinto en cada comunidad, alguna técnica que en Valere no conocieran o un error evidente que explicara por qué les costaba tanto sacar comida de la tierra.

Pero después de Sorda, de Nexus y ahora de Arken, la sensación era siempre la misma.

Cada sitio peleaba con el mismo desgaste lento del suelo.

Evan se movía por Arken con esa discreción de quien sabe estar presente sin invadir.

No la vigilaba de forma obvia, pero Lena siempre acababa encontrando su silueta en algún recodo del camino.

A veces coincidían en el mismo pasillo y se limitaban a compartir el muro, cada uno apoyado en un extremo, dejando que el silencio hiciera el trabajo de las palabras.

Otras veces Evan desaparecía durante horas y Lena no se preguntaba dónde estaba, porque confiaba en que volvería cuando hiciera falta.

Bruno, en cambio, se había cerrado en sí mismo, pero pasaba mucho tiempo con Ciro.

Él no lo forzaba a hablar, se limitaba a incluirlo en tareas que requerían tener las manos ocupadas y cabeza vacía, dándole algo que sujetar o algo que mover, convirtiendo el trabajo en una distracción para que Bruno no terminara de hundirse.

Lena los vio una tarde desde lejos, sentados en un banco bajo la sombra. Bruno hablaba con las manos, colocando las palabras con cuidado. Ciro escuchaba sin interrumpir.

Reconoció ese tipo de apoyo.

Era el mismo tipo de apoyo, sutil y constante, que Evan le estaba dando a ella desde que salieron de Nexus. Un refugio que no pedía explicaciones a cambio.

Alex iba encontrando su propio equilibrio.

Seguía tenso, pero menos rígido. Arken, con sus normas rígidas y sus espacios predecibles, le ofrecía a Alex el tipo de orden que el chico necesitaba para dejar de estar en alerta máxima.

No estaba cómodo, pero tampoco desbordado. Eso era suficiente por ahora.

Una tarde, cuando el sol empezaba a bajar y el calor dejaba de ser un problema constante, Evan se sentó frente a Lena en una de las zonas menos transitadas. Sacó un objeto del interior de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.

El metal golpeó la superficie con un tintineo que a Lena le sonó como un disparo.

Era el colgante de Vera, lo último que le quedaba de ella en este mundo.

Lena lo reconoció al instante, y el aire se le atascó en la garganta al darse cuenta de que ella, en medio del caos y la sangre, ni siquiera había pensado en recogerlo. Pero Evan sí.

Se quedó con las manos bajo la mesa, apretándolas con fuerza, dividida entre el deseo desesperado de recuperarlo y el miedo atroz a que, al tocarlo, la realidad de su pérdida terminara de romperla.

— Pensé que querrías conservarlo —dijo Evan, con una voz baja, casi ruda, como si le costara admitir el detalle.

A Lena le dolió la garganta de todo lo que quería decirle y no sabía cómo expresar.

Lena alargó la mano con una lentitud que rozaba la reverencia y cerró los dedos sobre el metal.

Aún conservaba un rastro del calor corporal de Evan por haberlo llevado junto a él todo este tiempo solo para entregárselo en el momento adecuado.