Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

LENA

El silencio de Arken fue lo primero que la despertó.

Era un silencio demasiado artificial comparado con el bullicio de Nexus.

Cuando abrió los ojos, enseguida notó que aquel techo tenía las vigas perfectamente alineadas y no había trastos colgando sin motivo por todas partes, lo que le dio una sensación de orden casi excesiva para ser tan temprano.

Se incorporó con cuidado para no despertar a nadie.

A su lado, Alex seguía hecho una bola, aferrado a uno de sus trastos como si alguien se lo fuera a quitar mientras dormía.

Bruno descansaba boca arriba, aunque por el ritmo irregular de su respiración y el ceño fruncido estaba claro que no estaba teniendo precisamente un sueño tranquilo.

Evan no estaba, pero eso no la inquietó, él rara vez seguía el mismo horario que los demás cuando se quedaban en una comunidad ajena.

Se puso las botas y salió al pasillo, notando que el edificio ya funcionaba a pleno rendimiento, aunque con una precisión silenciosa que le erizó la piel. Cada persona con la que se cruzaba se movía como una pieza engranada en un mecanismo invisible, con la vista fija en su siguiente tarea.

Al llegar a una de las zonas comunes, lo primero que notó fue lo apretado que estaba todo.

En Arken no se desperdiciaba ni un metro cúbico.

A diferencia de los espacios diáfanos de Valere, aquí todo estaba dividido por mamparas de metal y tabiques bajos que fragmentaban la estancia en cubículos diminutos.

Había mesas de acero ancladas al suelo, bancos sin respaldo y un rincón para preparar comida que parecía una prolongación de la línea de montaje.

Era un lugar diseñado para cumplir una función y despejar el sitio rápido, sin un solo detalle que invitara a sentarte a charlar, te invitaba a repostar y seguir produciendo.

Se sirvió algo caliente y se sentó en un extremo, observando sin disimulo. Sabía leer ese tipo de lugares. La tolerancia se notaba en los detalles.

Nadie les había preguntado cuánto tiempo pensaban quedarse.

Nadie les había ofrecido nada extra.

Nadie los había echado tampoco.

Aquello era una tregua logística, no una bienvenida. Les daban tiempo porque podían permitírselo, pero la confianza era algo que en Arken no se regalaba con el desayuno.

Se terminó la bebida sin darse cuenta, lavó la taza y la dejó alineada con el borde de la mesa, exactamente donde la había encontrado. Ese tipo de orden era contagioso.

Fuera, el aire era más fresco que el de Nexus. El perímetro de Arken se intuía incluso sin verlo y el diseño de las calles era tan rígido que las rutas se entendían solas, marcadas por el uso y no por señalización.

Evan estaba a unos metros hablando con Ciro. Se apoyaba contra el muro con los brazos cruzados, cargando el peso sobre una cadera en una postura que parecía relajada hasta que te fijabas en sus ojos, que no paraban de barrer la calle de un lado a otro.

Ciro la vio antes de que ella llegara a su altura. Se limitó a clavarle los ojos un instante antes de dedicarle un asentimiento casi invisible con la cabeza y se marchó para seguir a lo suyo. Evan se giró entonces hacia ella.

—¿Has comido algo?

—Sí.

Evan asintió y se dispusieron a caminar juntos.

—Nos han dado permiso para quedarnos sin ponernos una fecha de salida. Pero no significa que sea indefinidamente —le explicó Evan.

Lena asintió, aunque la sensación de ser observada no desapareció. Conocía cómo funcionaban estas comunidades: el respeto por los muertos duraba lo que tardaba en escasear la comida.

El aval de Ciro les había abierto la puerta, pero el resto dependía de ellos.

—Nos están midiendo —dijo ella—. Saben por qué estamos aquí, pero también están calculando cuánto tardaremos en volver a ser útiles. Es cuestión de tiempo que alguien venga con una lista de tareas para justificar las raciones.

—Sí —admitió él—. Ciro ha puesto la cara por nosotros, pero aquí la hospitalidad es un concepto contable. Nos han dejado entrar por respeto, pero se nota que no saben qué hacer con cuatro personas que no tienen un puesto asignado.

Lena no dijo nada más. Arken les había dado un respiro, pero no era gratis.

Lena sentía el peso de la eficiencia a su alrededor y sabía que, tarde o temprano, la comunidad les pasaría la factura por el tiempo de luto.

No eran prisioneros, pero cada hora de silencio se sentía como un préstamo que tendrían que devolver trabajando.

Lena estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, cuando Alex se movió por tercera vez sin llegar a despertarse del todo. Había cambiado de postura varias veces durante la noche.

Bruno estaba frente a ella, sentado en el suelo contra la cama y con los codos apoyados en las rodillas. Llevaba rato así. Lena lo sabía porque ya se había levantado antes y él seguía exactamente en la misma posición cuando volvió a sentarse.

—Anoche tampoco durmió seguido —dijo Bruno en voz baja—. Se despierta, se mueve, vuelve a caer. No pregunta. No llora. Solo… se recoloca.

Lena asintió. Ya lo había notado.

—Está intentando mantenerlo todo igual —respondió ella—. Se aferra a las rutinas y a los gestos de siempre porque mientras pueda repetirlos no tiene por qué enfrentarse a ninguna novedad que lo obligue a aceptar que ella ya no está.

—Todavía le funciona, aunque cada vez menos —admitió pasándose la mano por la cara—. Evan dice que podemos quedarnos unos días más, siempre y cuando no demos problemas.

—No los estamos dando. Mientras tanto, nos toleran.

Bruno esbozó una media sonrisa.

—Siempre supiste leer mejor estas cosas.

Lena hizo una mueca y se quitó las botas dejándolas alineadas junto a la pared, en el mismo sitio de los días anteriores. Ese orden mínimo se había vuelto necesario.

—Alex no va a decir nada hasta que algo le rompa el esquema. Y entonces lo dirá todo de golpe.

Bruno asintió.

—Como siempre.

Se quedaron en silencio. Alex se movió otra vez, pero no despertó.

Lena lo observó con una envidia amarga. Ella, en cambio, llevaba noches sin lograr un descanso real.

Cada vez que cerraba los ojos, la oscuridad le devolvía la misma imagen: el destello del sol sobre aquel surco pálido que cruzaba la cara del hombre, esa cicatriz que nacía en el pómulo y que ahora se había convertido en el marco de todas sus pesadillas.

Se despertaba con el corazón martilleándole las costillas, sintiendo que el aire le faltaba antes incluso de recordar dónde estaba.

Lena se levantó al cabo de un rato y sacó el cuaderno de la mochila, buscando el refugio de sus listas y esquemas, pero la página en blanco le pareció un espacio demasiado vasto y silencioso.

Lo cerró con un golpe seco, guardándolo como si fuera algo que ya no servía para arreglar lo que tenía roto.

Salió a caminar, necesitando que el aire frío de Arken le despejara el sabor a metal que tenía en la boca.

Caminó sin rumbo preciso hasta uno de los límites interiores del recinto, donde el tránsito se reducía y el ruido bajaba de forma natural. Se apoyó contra una pared y dejó que el cuerpo se quedara quieto.

La escena del mercado volvió sin aviso.

El recuerdo no le vino con imágenes sueltas, sino que se le impuso como una secuencia completa donde revivió el instante exacto en el que algo dejó de encajar. Ya no era una pesadilla fragmentada por el sueño, sino la realidad descarnada golpeándole de frente.

No fue por la actitud de aquel hombre de la cicatriz, sino por la forma en que Vera se colocó. El medio paso que dio para cubrir el espacio entre Lena y él.

Revivió el instante exacto en el que Vera se interpuso, ese medio paso que lo cambió todo. Lena recordó cómo su cerebro, acostumbrado a despiezar problemas, se había quedado bloqueado intentando clasificar la amenaza en lugar de sentirla.

Había perdido unos segundos preciosos evaluando estímulos mientras la mano del hombre ya se movía.

Sabía que no habría podido evitar el ataque, que aquello era una sentencia dictada mucho antes de que ellas llegaran al mercado, pero la culpa de haber sido una espectadora de su propio desastre se le quedaba clavada como una astilla.

Lena se frotó la cara con ambas manos, tratando de arrancarse aquellas imágenes, pero el recuerdo se le quedó pegado a los párpados. Intentó respirar hondo, pero el aire se le quedó atascado a mitad del pecho, como si sus pulmones se hubieran vuelto repentinamente pequeños.

Sintió una punzada de frío en la boca del estómago y un hormigueo eléctrico empezó a subirle por los brazos hasta las puntas de los dedos. Caminó de vuelta sin ver realmente por dónde iba, con el pulso martilleándole en la base del cuello, sordo y persistente.

Encontró a Evan cerca de uno de los accesos secundarios, revisando algo en una tableta vieja. Él levantó la vista al notar su presencia y frunció el ceño de inmediato.

—Se nota que no has pegado ojo… —dijo Evan y se detuvo a mitad de la frase, observando la forma en que las manos de ella temblaban imperceptiblemente al costado del cuerpo.

—Tú tampoco tienes cara de haber descansado mucho —respondió ella. Le costó modular la voz. Le salía seca, como si tuviera la garganta contraída.

—¿Quieres caminar un poco? —la invitó dejando la tableta a un lado.

Lena asintió, aunque el simple movimiento de la cabeza le provocó un leve mareo. Empezaron a caminar, pero el silencio de Arken, que antes le parecía ordenado, ahora se le cerraba encima como una mortaja.

Notó que el campo de visión se le estrechaba, centrándose solo en sus botas golpeando el suelo una y otra vez, mientras el pitido en sus oídos crecía.

Lena dio un traspié y Evan se giró de inmediato atrapándole el brazo antes de que ella terminara de tambalearse. Se inclinó para buscarle la cara, notando la palidez extrema y cómo las pupilas de Lena bailaban sin fijarse en nada.

—Lena —dijo él, obligándola a que le sostuviera la mirada—. No estás bien ¿Qué pasa?