CAPÍTULO 21 #3
A Evan le costó tragar saliva al ver a Lena mirando al suelo de esa forma y a Bruno tan callado, sin soltar ni una de sus tonterías habituales, y aunque sintió ese quemazón típico en los ojos prefirió bajar la mirada porque no tenía ni idea de cómo arreglar aquello, si es que algo así tenía solución alguna vez.
Retomaron la ruta y el trayecto se hizo largo debido al peso que cada uno llevaba encima. Evan calculó el tiempo varias veces. Llegarían a Arken con la última luz. Muy justos.
A primeras horas de la tarde, al detenerse nuevamente unos minutos para revisar baterías y descansar, Lena bajó de la moto con un movimiento torpe. Evan reaccionó antes de pensarlo, sujetándola por el antebrazo para que no perdiera el equilibrio.
Lena se quedó quieta, respirando agitada.
—Estoy bien —dijo, demasiado rápido.
Evan no la contradijo y le soltó el brazo despacio.
Bruno se quedó mirando la escena desde su sitio sin decir ni una palabra y Alex, que seguía detrás de él, apretó con más fuerza el objeto que llevaba en la mano, demasiado atento a cada gesto.
Cuando ya caía el sol, divisaron Arken en la distancia como un bloque macizo que ganaba altura a medida que las motos acortaban los kilómetros.
Los muros perimetrales se alzaban imponentes, formados por placas de hormigón recuperado de un tono gris ceniza, placas metálicas y vigas soldadas que no dejaban espacio ni para un suspiro.
En lo esencial, Arken funcionaba bajo la misma lógica que Valere: una sociedad que se organizaba por habilidades y la toma de decisiones prácticas.
Sin embargo, la ejecución era opuesta. Mientras que Valere compartía sus procesos y mantenía sus redes de datos abiertas para cualquiera que quisiera aprender, Arken la guardaba con recelo.
Allí, la información era un recurso que se protegía, aislada tras muros que impedían que cualquier flujo de conocimiento escapara de sus servidores.
Redujeron la velocidad al aproximarse al control de entrada, donde los guardias ya seguían sus movimientos con la vista fija en ellos. Al detenerse, una moto al lado de la otra, dos personas se adelantaron sin armas visibles, pero con la seguridad de quien no necesita mostrarlas.
—Nombre —dijo el vigilante.
—Evan Costa. Enlace—contestó siguiendo el protocolo.
—Motivo de la entrada
—Tránsito. Larga estancia.
—Tres días —replicó el otro—. Es lo máximo sin aval.
Evan asintió, como quien ya había hecho ese cálculo.
—Por eso pido contacto con Ciro Leone.
Bruno giró la cabeza hacia él de golpe, mirándolo con los ojos como platos y sin disimular ni un poco lo mucho que le extrañaba aquello.
Evan mantuvo la vista al frente mientras fingía que no estaba tenso.
Era un farol. Si Ciro no respondía por ellos, no solo no los dejarían quedarse más de tres días, sino que la entrada misma podía complicarse.
El vigilante dudó un segundo y activó el comunicador de su muñeca. La pantalla se iluminó y el canal quedó abierto.
—Ciro Leone. Al habla control de acceso. Un enlace solicita aval para estancia prolongada. Su nombre es Evan Costa.
Pasaron unos segundos. Evan esperó sin moverse, consciente de que ahora ya no había marcha atrás.
—¿Evan Costa? —entró por fin la voz, algo distorsionada
—Soy yo —interrumpió Evan, antes de que Ciro o el vigilante pudieran decir algo más—. Vengo con Bruno Russo. Hemos llegado tal y como habíamos quedado en Nexus. Necesito que nos avales para quedarnos el tiempo que haga falta.
Bruno se quedó un segundo congelado al lado de él, entendiendo que esa frase no era solo información. Era una apuesta a todo o nada que dependía de que Ciro le siguiera el juego.
Al otro lado hubo una pausa breve.
—Dejadlos pasar —ordenó Ciro con tono de mando—. Yo me encargo.
Las puertas se abrieron para permitir el acceso y Arken se mostró como una acumulación de contenedores de metal reutilizados, amontonados unos junto a otros dejando solo pasillos estrechos para circular.
El diseño era modular y repetitivo, e incluso desde cualquier ángulo que la observaras, la ciudad parecía dibujada con líneas rectas.
Al fondo de esa cuadrícula destacaba el edificio principal, una antigua estructura tecnológica de hormigón y cristal oscuro, mucho más alta que el resto.
Sus líneas eran tan rectas y su fachada tan regular que parecía un fragmento de otro mundo plantado en mitad del desierto.
Antiguos logotipos borrados y antenas añadidas con el tiempo insinuaban que había tenido otra vida antes del colapso, pero Arken lo había adoptado como su centro de operaciones.
Todo transmitía la misma impresión inquietante: en Arken nada estaba fuera de lugar. Y cualquiera que lo estuviera, probablemente no duraría mucho.
Esa uniformidad gris se rompió de golpe cuando Ciro apareció antes de que Evan tuviera que pedir por él. Venía sonriendo, con esa alegría franca que no se molesta en disimular cuando las cosas van bien.
—¡Bruno! —exclamó Ciro—. Qué bien que ya hayas llegado.
Luego los miró con más atención y la sonrisa se le fue borrando al ver las cara que traían. Vio la tristeza en el rostro de Bruno. Vio la de Lena y la de Alex.
Evan se acercó un paso y dijo solo una palabra.
—Vera.
Y negó con la cabeza. No necesitó explicar nada más. Ciro cerró la boca y la expresión le cambió de golpe. Asintió una vez despacio y sin preguntas.
—Venid conmigo. Aquí no vais a quedaros en la zona de enlaces.
Dijo girándose y marcando el rumbo.
—Os conseguiré un sitio tranquilo por el tiempo que necesitéis.
Evan lo siguió, con el grupo detrás, y por primera vez desde que salieron de Nexus sintió que podían detenerse sin desmoronarse del todo.
La noche anterior en Nexus durmieron poco. Esta en Arken tampoco mejoró demasiado. Sin que nadie lo planeara, Alex, Bruno y Lena terminaron en la misma cama, apretados los unos contra los otros para tapar el hueco que Vera había dejado.
A veces Alex se despertaba sobresaltado y Lena le apoyaba una mano en la espalda hasta que la respiración volvía a ordenarse. Otras era Bruno el que no conciliaba el sueño, mirando al techo en silencio hasta que Alex se movía y lo traía de vuelta a la realidad.
Sus cuerpos habían aceptado lo que sus mentes esquivaban, que ahora cargaban con una ausencia que pesaba bastante más que las mochilas que habían dejado junto a la puerta.