Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Evan se agachó otra vez junto al cuerpo de Vera para cubrirla con una manta. La envolvió y levantó el cuerpo con la ayuda de la mujer antes de colocarla en el carro y cubrirla con la segunda manta.

La mujer se quedó observando el bulto bajo las mantas durante un par de segundos, como si por fin se diera cuenta de que lo que llevaban allí era una vida que se había apagado en mitad de la jornada.

—¿Quién era?

—Una Enlace —dijo Evan.

La mujer asintió mientras el respeto cruzaba su mirada de forma automática.

Vera nunca había llevado ese título ni hecho ese trabajo.

Había sido asaltante de caminos y había salido de allí cuando decidió que no todo valía.

Luego se puso al servicio para que otros pudieran vivir mejor.

En un lugar como Nexus, la palabra “enlace” abría las puertas correctas y Vera merecía ese respeto.

Evan empujó el carro hacia la instalación que se encontraba un tramo más industrial de la ciudad.

Era un sitio de paredes gruesas y ventilación constante que no lograba enfriar el metal.

Allí no había velas ni ceremonias, solo un sistema austero diseñado para despedidas rápidas, pensado para proteger a los vivos sin abandonar a los muertos.

Evan se detuvo frente a los operarios y realizó los trámites correspondientes.

Cuando retiraron la manta para deslizar el cuerpo hacia el interior del horno, vio el rostro de Vera una última vez.

No encontró una paz bonita. Solo la expresión fija de quien se queda sin tiempo en mitad de una tarea. Evan se quedó allí, inmóvil.

—¿Quieres algo de ella? —preguntó uno de los operarios volviéndolo a la realidad—. Si hay algún objeto que guardar, mejor decirlo ahora.

Evan pensó en Lena, Alex y Bruno. Comprendió que el grupo ya cargaba con bastante peso emocional como para añadirle cenizas o una despedida física.

—Tenía un colgante.

El operario asintió y regresó poco después con la pieza envuelta en un trapo.

Evan se lo guardó en el interior de la chaqueta.

Era lo único que podía llevarse, y aun así sentía que estaba robándole algo a Vera en un mundo que ya se lo había quitado todo.

Se apartó un paso cuando la puerta del horno se cerró con un golpe sordo y el ruido del mecanismo tapó el resto.

Salió de allí con el cuerpo tenso y el pensamiento en una dirección clara de volver con Lena.

Mientras avanzaba, la imagen del asaltante se le imponía con detalles concretos.

La forma de andar. El gesto de medir antes de retirarse.

Evan lo había visto antes, en rutas, rodeado de gente distinta, siempre en el borde. Ese lugar no se alcanza por azar.

Evan sabía de sobra que Vera arrastraba un pasado complicado y no le hacía falta conocer cada detalle escabroso para entender de dónde venía, le bastaba con recordar cómo se tensaba cuando alguien se acercaba demasiado o esa forma de hablar sin elevar la voz cuando el resto del mundo se ponía a gritar.

Años atrás, Vera había salido de una banda de asaltantes como quien rompe con algo que te agarra por dentro.

Dejar atrás una vida así siempre terminaba siendo un proceso sucio donde uno se iba dejando deudas, historias a medias y gente que se sentía traicionada por el simple hecho de que decidieras dejar de hacer daño.

Evan lo sabía porque Orialis era pequeño y guarda nombres, aunque la gente se los cambie. Era un ajuste de cuentas, un recordatorio de que nadie sale gratis.

Y Lena había estado allí, justo a su lado en el momento incorrecto.

Evan apretó la mandíbula otra vez, y cuando llegó a la central, ya había convertido la rabia en otra lista. Primero Lena. Luego Alex. Luego marcharse de allí. Y después, si el mundo le daba la oportunidad, ese hombre.

Lena estaba sentada en el borde de la cama, con las manos todavía manchadas, mirándose la sangre a medio limpiar.

Las miraba sin tocarlas, como si no fueran del todo suyas.

Alex, estaba sentado a su lado. Tenía la cara tensa y los ojos clavados en Lena.

Evan se acercó, se agachó frente a ella y habló en voz baja.

—Vera ya descansa.

Lena levantó la vista. Sus ojos estaban hinchados, la cara roja y la respiración entrecortada.

—¿Estaba…?

Evan negó con la cabeza.

—Me he asegurado de que recibiera el respeto que merecía.

Le puso una mano sobre la rodilla para servirle de anclaje firme. Lena tragó saliva y se llevó una mano a la boca mientras su cuerpo intentaba contener un llanto que ya carecía de freno.

Evan se sentó a su lado y se pegó a ella para que sintiera su presencia. No le iba a decir que todo iba a estar bien porque eso sería mentira. Él había aprendido a no insultar el dolor con frases que no sirven.

—Vi al hombre —añadió, cuando ella pudo respirar un poco—. El que te seguía.

Lena levantó la cabeza.

—¿Lo… lo viste?

Evan asintió.

—Lo he visto en el camino. No sé su nombre. No lo necesito. Es de los que mandan, se le nota en cómo se mueve. Se retiró cuando vio que estabas conmigo.

Lena apretó los dientes, y por un segundo Evan vio el intento de convertir la culpa en rabia.

—Ese tipo venía buscando una cuenta pendiente con Vera que no tenía nada que ver contigo —le dijo para terminar de sacarla del centro de la culpa.

Lena se quedó inmóvil.

—Yo… estaba allí.

—Sí. Te vio. Te evaluó. Y le diste igual.

Lena soltó un sonido que fue una mezcla de alivio y horror. Confirmar que no era el objetivo no borraba las manchas de sangre de su ropa.

—Vera salió de una banda de asaltantes —añadió Evan—. De gente como él. Y cuando alguien se va, hay quienes lo convierten en asunto personal. Necesitan que lo sea para justificar todo lo demás.

Lena lo miró con los ojos húmedos.

—Me habló de eso… a medias —susurró.

—Lo justo. Vera hablaba lo justo.

Bruno entró en la habitación en ese momento con un vaso de agua y un trapo mojado limpio para Lena.

Evan se levantó.

—Tenemos que irnos cuanto antes, pero irnos ahora sería una temeridad. Nos pillaría la noche de camino hacia Arken. Nos vamos mañana al amanecer.

—¿Seguiremos con el viaje? —preguntó Bruno, apretando el trapo entre las manos mientras lo miraba.

—Aquí ya nos vieron. Es mejor desaparecer. Volver hasta Valere ahora es ponernos una diana en la espalda. Arken está cerca. Llegaremos en un día. Luego decidirán con calma que quieren hacer.

Bruno apretó los labios y asintió. En el fondo entendía el idioma de la ruta. Cuando algo se rompe, uno no se queda alrededor esperando a ver qué más lo hace.

Evan volvió a inclinarse hacia Lena y le rodeó las muñecas con suavidad, obligándola a apartar la vista de sus manos manchadas.

—Vamos al comedor. Necesitas lavar eso y comer algo. Luego descansaremos.

Lena asintió, sin fuerza y Evan la ayudó a levantarse con cuidado. Mientras caminaban hacia el comedor, sintió cómo el mundo se reorganizaba en su cabeza en torno a ese hueco nuevo.

Vera ya no estaba y ahora la ruta sería distinta porque los que quedan no solo cargan con su propio peso, sino también con el de las ausencias. Y, en este caso, con la certeza de que el pasado siempre encuentra la forma de alcanzarte, aunque creas que has cambiado de vida.

Salieron de Nexus al amanecer, cuando el mercado todavía no había terminado de abrir y las rutas exteriores estaban lo bastante despejadas como para no llamar la atención.

El sidecar se quedó atrás, sepultado bajo una lona vieja en el almacén de la sede de los enlaces.

Ya no era necesario. Con el grupo reducido, la velocidad mandaba sobre la comodidad.

Alex se quedó clavado frente al armatoste, mirándolo con cierto anhelo.

Evan le dio ese espacio mínimo de despedida, para que el cambio no se sintiera como otra cosa que le arrancaban de golpe.

—Así llegaremos antes —le dijo Evan—. Y ahora eso es lo importante.

Tomaron las rutas menos transitadas, con una velocidad rápida pero estable, suficiente para ganar terreno antes de que la luz del sol delatara su rastro.

Lena se pegó a la espalda de Evan en cuanto arrancaron.

Hundió la frente entre sus omóplatos y le rodeó la cintura, apretando los puños contra su estómago para detener su propio temblor.

Él se convirtió en el eje que la mantenía sobre la moto mientras el motor zumbaba bajo ellos.

Notó cómo la respiración de ella se volvía irregular al principio y luego más lenta, siendo eso lo más parecido a una tregua que podían permitirse.

Bruno iba en la otra moto, con la mandíbula apretada y los hombros tan tensos que daba la impresión de que se iba a partir en cualquier bache.

Alex viajaba detrás de él con el cuerpo rígido, demasiado pendiente de cada curva mientras sujetaba uno de sus fridgets con fuerza, repitiendo el mismo movimiento una y otra vez.

Evan aceleró un poco más cuando el terreno se abrió.

Necesitaban llegar a Arken antes de que cayera la noche.

Quedarse a medio camino no era una opción.

Conocía aquel camino de memoria, con sus desniveles previsibles, pero una cosa era hacer el trayecto solo y otra muy distinta era cargar con un grupo que se estaba cayendo a pedazos por dentro.

A media mañana hicieron una parada corta. Se detuvieron en una zona abierta, con visibilidad suficiente y una salida clara.

—Paramos diez minutos para descansar —comentó Evan.

Lena se sentó sin protestar. Bruno se quedó de pie un momento más antes de dejarse caer en una roca. Alex se sentó en el suelo, cruzando las piernas. Todos se quedaron en silencio.

Faltaba alguien.

Vera había sido lo más parecido a una madre para Lena y Bruno por el simple hecho de estar siempre ahí, de esas personas que no se largan cuando la cosa se pone fea y que se plantan delante del peligro sin pensarlo.

Para Alex era todavía más sencillo. Vera estaba siempre.

Al despertar, al acostarse y cuando algo no encajaba.

Una constante fija en su día a día. Y ahora no estaba.