CAPÍTULO 21
Evan
Evan vio a Lena antes de entender qué estaba pasando.
La reconoció por la forma en que irrumpió en la plaza, con el cuerpo aún en carrera y la cara desencajada por el pánico.
Llevaba la camiseta manchada de sangre, convirtiendo el pecho en un mapa oscuro y húmedo.
Tenía la mirada clavada en el vacío, ciega a todo lo que no fuera su propio terror.
A Bruno se le cortó la frase en seco y Alex se quedó inmóvil.
Evan no necesitó confirmación para saber que había pasado. Estaba escrita en la ropa de ella.
Se movió hacia Lena sin pensarlo. La sujetó por los hombros y la sostuvo con firmeza para evitar que se desarmara allí mismo.
Evan se convirtió en su único punto de apoyo, el que impedía que sus rodillas cedieran ante los cientos de ojos que empezaban a rodearlos.
Nexus no perdonaba la debilidad y él decidió ocultarla tras su propio cuerpo.
Evan apretó los brazos alrededor de ella. Sintió la tensión desordenada en la espalda y el temblor que le recorría el cuerpo. La cabeza de Lena acabó apoyada contra su pecho.
Evan alzó la vista, y entonces lo vio.
A unos metros, medio oculto por el paso de dos personas, había un hombre que retrocedía sin prisa. Evan lo reconoció. Lo había visto antes en rutas y lo había escuchado en relatos que cambiaban de detalles. Esa postura no se improvisa. Se aprende cuando vivir de otros se convierte en oficio.
Era un asaltante de caminos, pero no era uno cualquiera.
Tenía esa paciencia fría de quien manda a otros a ensuciarse las manos cuando conviene, y aun así se ensucia las suyas cuando la deuda es personal.
El hombre clavó la mirada en Evan un instante. Lo suficiente para reconocer que había llegado tarde y para entender que seguir a Lena un paso más ya no era rentable. Se giró y se mezcló con la gente.
Evan sintió una oleada de rabia seca que le tensó los tendones del cuello, pero se guardó el impulso donde siempre lo guardaba, debajo del control.
Salir corriendo detrás de un fantasma no iba a traer de vuelta a Vera.
Pero sí iba a poner a Lena y a Alex en una situación todavía peor.
Apretó los puños contra los costados de ella, transformando su furia en la solidez que Lena necesitaba para seguir en pie.
—Tenemos que movernos —dijo, bajando la voz—. Aquí hay demasiados ojos.
Había gente que miraba de lejos y gente que había decidido no mirar en absoluto.
Nexus funcionaba así, la supervivencia era una línea fina entre lo que se veía y lo que se fingía no ver.
Lo que acababa de pasar iba a convertirse en rumor en menos de una hora, pero él no iba a dejar que Lena fuera el centro de ninguno.
—Evan... —dijo Bruno rozándole el brazo.
Evan asintió. Se agachó un poco para hablarle a Lena cerca del oído, sin apretarla más de lo necesario.
—Respira conmigo —murmuró—. Solo un poco. No hace falta que digas nada más ahora.
Lena no respondió con palabras, pero sus pulmones aceptaron aquella orden de forma instintiva con una inspiración temblorosa. Luego otra más.
Evan le apartó los mechones pegajosos de la cara y le rodeó la espalda con un brazo, pegándola a su costado con fuerza.
—Ven conmigo. Vamos caminando, despacio.
La obligó a caminar pegada a él, camuflando el temblor de Lena con su propio paso firme mientras cruzaban la plaza.
La condujo hacia el refugio de un puesto cerrado, encajándola en el hueco entre la pared y se detuvo frente a ella para ocultar con su cuerpo las manchas de sangre de las miradas curiosas.
Lena tenía la piel pálida y los ojos rojos, pero aun así estaba intentando ordenar el mundo con la misma obstinación de siempre.
—¿Dónde fue? —preguntó Evan, y la voz le salió más baja de lo habitual. No necesitaba que medio Nexus lo oyera.
Lena apretó la mandíbula hasta que le crujió la cara. Evan empezó a recorrerle los antebrazos con las manos, un movimiento rítmico y lento, para devolverla al presente a través del tacto.
—No… no pude… —las palabras se le rompieron otra vez.
Evan no dejó de mover las manos por sus brazos, manteniendo ese contacto constante que servía de cable a tierra. Esperó. Evan la miró con calma, dejándole el espacio que necesitaba para encontrar la frase.
—En el mercado —soltó ella con la voz astillada—. Cerca de los puestos de herramientas. Había un hombre. Vera… se colocó delante. Me gritó que corriera. Yo… yo no podía levantarla.
Lo que dijo fue suficiente. Evan no necesitaba una calle exacta. Necesitaba el lugar aproximado y el resto lo haría él. Le dio un último apretón en los brazos, asegurándose de que Lena seguía allí, conectada a él, y se giró hacia Bruno sin soltarla del todo.
—Llévate a Alex y a Lena a la habitación de la sede.
Bruno se tensó y plantó los pies con firmeza. Negó con la cabeza una sola vez. Su mirada saltó de Lena a Evan, cargada del miedo a dejarlo solo.
—Yo puedo ir contigo —dijo, aunque su voz ya empezaba a ceder ante la urgencia.
—Tú puedes hacer lo que te digo —sentenció Evan. La voz le salió con una autoridad que cortó cualquier intento de réplica de Bruno.
Bruno apretó la mandíbula, sostuvo la mirada de Evan un segundo más y, finalmente, asintió con un movimiento seco. Se tragó la protesta y dio un paso hacia Lena, asumiendo su puesto como escudo del grupo.
Alex miraba a Lena, serio, sin terminar de recolocar lo que acababa de pasar. Evan se giró hacia él también.
—Alex, ve con Bruno ahora. Me esperas en la habitación. ¿Me entiendes? No te sueltes de él por nada del mundo.
Alex se quedó rígido un segundo antes de clavar la barbilla en el pecho en un gesto de aceptación.
—Lena —Evan le rodeó la cara con las manos, obligándola a mirarlo. Le sujetó la cabeza con firmeza, los pulgares presionando sus pómulos para captar su atención—. Ve con Bruno. Te sientas, te limpias un poco y me esperas.
Lena le aferró la chaqueta con los puños, arrugando el cuero. Sus nudillos estaban blancos.
—Evan…
Él cubrió las manos de ella con las suyas, aplastándolas contra su pecho en un apretón breve pero firme.
—Nos vemos en un rato. Te lo prometo —le dijo mirándola fijamente a los ojos.
Lena soltó la chaqueta de Evan con una lentitud desesperada, deslizando los dedos por el cuero hasta que el contacto se rompió del todo.
Bruno no esperó a que ella se quedara sin ningún tipo de contacto y la rodeó por los hombros con un brazo firme, pegándola a su costado para obligarla a avanzar.
Con la otra mano, aferró el brazo de Alex, anclándolo a ellos en un solo bloque compacto.
Los tres emprendieron el camino hacia el edificio de los enlaces.
El sitio más seguro para ellos ahora mismo dentro de Nexus.
Evan caminó hacia el centro del mercado con pasos medidos. No corrió. Correr habría llamado atención y habría levantado preguntas. Evan no iba a regalarle ese placer a nadie.
A medida que se alejaba de la plaza, el ruido del mercado volvió a envolverlo. Voces, el sonido de una caja arrastrándose, una discusión trivial por un precio y en medio de todo eso la idea de que Vera estaba en algún sitio entre los puestos, en el suelo, y que nadie la iba a recoger por él.
Ese pensamiento le hizo un nudo en la garganta. Vera era de las personas que se encargaban de lo desagradable sin pedir permiso. Las que evitaban que otros tuvieran que mancharse las manos con decisiones feas. Evan iba a devolverle eso una vez, porque dejarla allí habría sido una forma de traición.
Llegó a la zona de herramientas y redujo el paso. El vendedor del que Lena había hablado estaba sentado con la espalda pegada a una pared, la mirada fija en un punto. Evan se acercó y se agachó un poco para no parecer una amenaza.
—¿Dónde está? —le preguntó.
El vendedor lo miró. Al reconocerlo como Enlace, alguien con cierta autoridad, soltó el aire.
—Por ahí —señaló con la barbilla, hacia un pasillo lateral—. Media calle más, detrás del puesto de placas.
Evan asintió y se internó por el pasillo indicado.
Allí el movimiento era menor. Había gente, pero más dispersa.
Algunos lo miraron y apartaron la vista.
El rastro de sangre en el suelo le avisó de que estaba cerca mucho antes de que sus ojos dieran con ella.
Una mancha oscura y arrastrada que el mercado ya estaba empezando a pisotear como si nada hubiera ocurrido. Siguió el rastro y entonces la vio.
Vera estaba recostada contra un pilar, abandonada a una quietud absoluta. Alguien la había movido un poco y luego la había dejado allí. Tenía los ojos abiertos, fijos en la nada.
Evan se quedó quieto. Su mente necesitaba un segundo para aceptar que el motor de aquel cuerpo se había detenido para siempre. Se agachó para tocarle el cuello con dos dedos. La piel estaba fría y no había pulso. No había nada que hacer.
La noche anterior Vera había hecho bromas sobre ser una señora mayor y ahora era un cuerpo en el suelo que el mercado estaba ignorando.
Apretó los dientes con fuerza. En ese momento, en lugar de dejarse arrastrar por la rabia, se obligó a hacer lo que sabía hacer: convertir la emoción en una lista de tareas; porque si no lo hacía, se iba a quedar allí demasiado tiempo.
Necesitaba ayuda. Sabía que podía cargar con ella él solo, pero sería torpe y él no pensaba arrastrar a Vera como si fuera un saco de patatas delante de todos. Se levantó y caminó de vuelta al puesto más cercano. Encontró a una mujer que lo miró con la misma mezcla de cansancio.
—Necesito un carro. Y dos mantas.
Ella lo miró un segundo, dudando si seguir sus instrucciones.
—Aquí no dejamos cuerpos tirados —añadió Evan.
La mujer asintió y se marchó. A los pocos minutos apareció con un carro de carga, de los que se usaban para cajas, y dos mantas gruesas. Evan volvió con la mujer a donde estaba Vera sin comentar nada.