Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

LENA

Un cuello rígido y un ruido mental que no cedía fue todo lo que Lena sacó en claro al abrir los ojos. El cansancio acumulado desde Valere era real, pero la insistencia con la que Evan aparecía en cada uno de sus pensamientos era lo que realmente le impedía volver a dormir.

El beso de la noche anterior todavía le quemaba en la piel.

Daba igual que se diera la vuelta en el colchón o que intentara pensar en el invernadero subterráneo.

Sentía el rastro de las manos de Evan en la cintura como si se las acabara de quitar de encima, un contacto tan nítido aún le parecía sentir el calor de sus dedos atravesándole la ropa

Solo había una conclusión lógica para lo que había pasado, y no le gustaba nada: los dos habrían seguido hasta el final.

No había sido un accidente ni un impulso mal gestionado.

Se habían detenido precisamente porque sabían que, si daban un paso más, ya no habría forma de volver a fingir que solo eran compañeros de viaje.

Lena no era una mujer que disfrutara de encuentros casuales.

Para ella el deseo nunca iba solo. Si cruzaba esa línea con alguien, era porque veía algo más que una noche.

Con Evan el deseo estaba claro, el beso lo había dejado evidente, pero su lógica rechazaba implicarse emocionalmente en algo que carecía de futuro.

Él era un Enlace, un viajero perpetuo, mientras que ella tenía su vida arraigada en Valere.

Sabía que, una vez terminada la misión, sus caminos se separarían y no quería arriesgarse a ser la única que se quedara mirando el rastro de polvo de la moto de él al marcharse, con el pecho lleno de algo que a él se le olvidaría seguramente en el próximo cruce de carretera.

Se incorporó despacio y se sentó en el borde del colchón. Alex dormía todavía, enroscado sobre sí mismo, con una mano cerrada alrededor de una de sus mochilas. Lena lo observó un momento antes de levantarse. No tenía prisa por despertarlo.

Mientras se ponía la chaqueta y buscaba las botas, pensó que quizá lo más inquietante no era que Evan le gustara, sino lo poco que le había costado a él conseguirlo. Por eso necesitaba protegerse de la tentación de querer algo que, por pura logística, estaba destinado a desaparecer.

En la sala común de la sede de Nexus, el día ya estaba en marcha cuando Lena llegó.

Evan y Vera ya estaban allí, con las tazas humeando a medias.

Evitó mirar a Evan directamente, pero notó que él tampoco estaba muy centrado en su café.

Se les escapó un cruce de miradas que duró un par de segundos de más, de esos que te dejan claro que los dos os acordáis de cada milímetro de lo que pasó anoche.

El desayuno había sido funcional, con comentarios sueltos y planes que se iban ordenando casi solos, hasta que decidieron aprovechar la mañana para moverse por el mercado antes de que el tránsito se volviera más denso.

Decidieron separarse antes de salir. Evan se iría con Bruno y Alex por las zonas exteriores, más abiertas, donde la afluencia era constante pero menos abrumadora.

Alex estaría algo más cómodo para moverse sin chocar con todo a la vez.

Vera acompañaría a Lena por el interior del mercado, por las calles más cargadas de puestos, ruido y gente, donde era más fácil encontrar herramientas pequeñas y piezas sueltas.

Durante un rato caminaron juntas por el mercado sin hablar. Vera avanzaba con paso constante, deteniéndose para esquivar empujones y carros mal colocados. Lena la seguía más pendiente de ordenar su cabeza que del camino.

—Te gusta —dijo Vera de pronto.

—¿El qué? —le respondió Lena levantando la cabeza hacia ella.

—Evan. Te mueve cosas.

Lena soltó una risa corta, más defensiva que divertida.

—Eso es una forma elegante de decir que me distrae.

—Es una forma práctica de decir que te ha roto los esquemas —replicó Vera, esquivando a un tipo que cargaba con una caja de cables—. No te estoy pidiendo que le pongas nombre.

—No es algo en lo que tenga tiempo para pensar ahora.

—Nunca lo hay. Siempre hay algo más urgente: algo que arreglar o algo que investigar. Pero la vida sigue mientras tú estás ocupada con tus cuadernos.

Giró un poco la cabeza hacia Lena y alzó una ceja. Aquello era lo más cerca que iba a estar del drama.

—Y esto te lo digo como señora mayor que lleva años mirando a la gente más allá de lo que dice. A él también se le nota.

Lena apretó los labios, intentando que no se le escapara una sonrisa.

—¿Lo qué?

—Que contigo se le olvida el manual de instrucciones. Y eso, en alguien como Evan, es un milagro.

Lena negó con la cabeza, aunque la sonrisa terminó apareciendo.

—No estoy para meterme en nada ahora.

Vera redujo el paso hasta detenerse. Lena tardó un segundo en darse cuenta y frenó también.

—Nadie te está pidiendo que firmes un contrato —soltó, mirándola a los ojos—. Solo te digo que no levantes tu muro antes de comprobar si lo que hay al otro lado merece la pena.

Lena se quedó callada, bajando la vista hacia una mancha de grasa en el suelo porque sabía que, probablemente ya no hubiese muros suficientes para mantener a Evan lejos.

—Vamos, muévete —añadió Vera dándole un empujoncito en el hombro—. Tú busca tus piezas y yo me encargo de que no te estampes contra una columna por ir pensando en él.

Lena sonrió poniendo los ojos en blanco mientras reanudaban el paso.

El mercado se iba llenando a medida que avanzaban.

Más puestos abiertos, más cuerpos apretándose entre pasillos estrechos y voces superpuestas.

El metal visto y las cajas apiladas seguían ahí, pero quedaban enterrados bajo movimiento constante, empujones mal medidos y gente que se detenía donde no debía.

Lena se detuvo frente a un mostrador improvisado con cajas apiladas y una lona reforzada sobre el suelo. El vendedor levantó la vista, la evaluó rápido, y empezó a sacar material sin hacer muchas preguntas, obligado a alzar la voz para hacerse oír entre el ruido.

Ella se agachó para revisar el material, unas herramientas de medición básicas, algunas piezas sueltas, cables gruesos y varios instrumentos que habían pasado por demasiadas manos.

Vera permanecía a su lado. Se movía para cubrir espacio, ajustándose a cada empujón y a cada cuerpo que pasaba demasiado cerca.

—Esto me sirve —dijo Lena, señalando un conjunto de piezas—. Y esto también.

El vendedor asintió y le entregó lo elegido. Mientras Lena guardaba el material en su mochila, notó el cambio en Vera antes de entenderlo. En la forma en que dejó de moverse como siempre.

Lena levantó la vista y se topó con un hombre de unos cincuenta años, plantado a unos metros, observándolas con una quietud que no encajaba con el caos del mercado.

Tenía el pelo gris y corto, muy descuidado, y una mandíbula ancha que mantenía apretada mientras las observaba.

Una cicatriz profunda le cruzaba el lado izquierdo del rostro, un surco pálido que nacía en el pómulo y moría cerca de la mandíbula, dándole una expresión rígida, casi tallada en piedra.

Llevaba una chaqueta de cuero de corte militar desgastada, pero de una calidad que nadie en Orialis podría pagar.

Vera giró el cuerpo con una lentitud calculada, ganando el espacio justo para que Lena quedara a su espalda sin que pareciera una maniobra de defensa.

Lena reconoció ese gesto. Lo había visto antes, en otros contextos.

Con otras amenazas. El hombre no se inmutó ante el bloqueo.

Se limitó a apoyar los pulgares en el cinturón, con las manos abiertas y cerca de la hebilla, en una postura de relax y esbozó una sonrisa que apenas movió los músculos de su cara.

—Pensé que no volvería a verte.

La voz le salió seca, sin una pizca de sorpresa.

Vera lo recorrió con la mirada, y Lena notó un rastro de palidez subiéndole por el cuello.

—Aquí no —soltó Vera.

La voz le salió estable, pero Lena notó que estaba forzando el aire para que no le temblara el pecho. Algo se le cerró en el estómago al ver a Vera así, nunca la había visto negociar con el miedo.

El hombre acortó la distancia con un paso lento, invadiendo el espacio personal de Vera con una confianza asfixiante.

Ella no retrocedió, aunque apretó los dedos contra la tela de su chaqueta con tanta fuerza que los nudillos le blanquearon.

Mantuvo la espalda rígida, proyectando una calma que su respiración, algo más rápida de lo normal, desmentía por completo.

—Sigues igual. Cambias de sitio, cambias de nombre, pero sigues igual. Un poco más vieja nada más.

Vera tragó saliva, un gesto seco que intentó ocultar endureciendo la mandíbula.

—Vete —le dijo ella, con una voz que sonaba extrañamente suave, como si temiera que un tono más alto disparara la violencia que ya flotaba en el aire—. Ahora.

El vendedor había dejado de moverse. Dos personas observaban desde el lateral, sin acercarse, comprobando si aquello les incumbía o no.

Lena dio un paso atrás sin pensarlo.

El hombre ladeó la cabeza, sin apartar la vista de Vera.

—Siempre mirando hacia delante. Como si el pasado no hubiera existido. Como si no me debieras nada.

—Este no es el momento —dijo Vera, lanzándole a Lena una mirada fugaz, una advertencia silenciosa para que no se acercara, antes de volver a centrarse en el hombre con una fijeza desesperada. —Vete.

El hombre sonrió apenas.

—Nunca te parece un buen momento para hablar de tu traición.

Entonces lanzó a Lena en una mirada breve, de cálculo.

Volvió a centrarse en Vera y todo ocurrió en menos tiempo del que Lena necesitó para reaccionar.

Vio la mano del hombre con un brillo metálico moverse hacia Vera.

Vio el gesto corto ascendente en el hueco bajo las costillas de Vera.

Vio a Vera girarse apenas mientras el metal salía tan rápido como habíaentrado.

Vio cómo Vera soltaba el aire en un silbido roto mientras caía.

Lena se tiró al suelo, metiendo los brazos bajo las axilas de Vera para amortiguar la caída, sintiendo el calor húmedo de la sangre filtrándose por sus propios dedos casi al instante.

—Vera —dijo, sin reconocerse la voz.

El hombre dio un paso atrás. Miró alrededor. Demasiados ojos. Demasiado ruido. Se dio la vuelta y se perdió entre la gente antes de que nadie decidiera intervenir.

Lena se quedó con Vera entre los brazos y al rodearle la cintura, un calor líquido que le empapó las mangas y se le filtró entre los dedos en segundos. Era demasiado. Demasiado rojo. Intentó presionar la herida, pero la sangre le resbalaba por las manos sin detenerse.

—Vera —repitió, esta vez casi sin voz.

Rojo. Todo era rojo. Las manos, el suelo, la chaqueta de Vera. Lena trataba de pensar, de aplicar algún protocolo. Pero sus dedos no obedecían, resbalando en esa viscosidad caliente que no paraba de brotar. Vera hacía un ruido extraño, un gorgoteo pequeño, como si se estuviera quedando sin aire.

—No te muevas —suplicó Lena, con las manos hundidas en la herida—. No te muevas, por favor.

Vera la agarró de la manga con fuerza. Sus dedos temblaban, pero el gesto mantenía una firmeza desesperada.

—Corre —articuló, forzando cada letra—. Lena, corre.

—No —se negó ella de inmediato, sacudiendo la cabeza con violencia—. No te voy a dejar aquí.

Intentó levantarla, pero el cuerpo no le respondió. Pesaba mucho para ella. Vera negó con la cabeza, respirando a trompicones.

—No… —logró exhalar entre estertores—. Vete.

Lena notó un movimiento detrás de ella y giró la cabeza. El hombre estaba a unos metros, quieto, observándolas. No se había ido. Estaba esperando. Lena volvió a mirar a Vera y la entendió de golpe.

—No puedo… —sollozó, con el pánico ganándole la partida—. No puedo sola… No…

Vera apretó los dedos con lo poco que le quedaba de fuerza.

—¡Lena! —sentenció con un grito desgarrador—. Vete. Ya.

El grito le atravesó el cuerpo.

Fue una orden de las que Vera siempre daba cuando no había discusión posible. A pesar de eso, Lena la arrastró unos centímetros más antes de darse cuenta de que no iba a conseguirlo.

La sangre le resbalaba por los brazos y le empapaba la ropa. Le temblaban las piernas de forma incontrolable.

—Lo siento —consiguió articular con un hilo de voz—. Lo siento.

La vista empezó a empañársele. Le caían lágrimas sin orden, mezclándose con la sangre.

Lena se vio a sí misma levantándose, aunque su mente seguía allí, arrodillada en el charco.

Vera la miró por última vez y no había reproche en su mirada.

Solo urgencia. Lena echó a correr y no miró atrás, porque sabía que, si lo hacía, no podría seguir.

Los pasillos del mercado se cerraban a su paso. El ruido le golpeaba los oídos. El corazón le iba demasiado rápido. Pensó en gritar. No le salió la voz.

Escuchó pasos detrás. Giró en la siguiente esquina y aceleró, empujando a alguien sin darse cuenta. No paró a disculparse.

Vio la plaza de las luces al fondo y casi se cayó al reconocerla.

Evan fue el primero en verla. Estaba con Bruno y Alex. Los tres levantaron la cabeza a la vez, pero Evan no tardó ni un segundo en fijarse en algo más. La chaqueta de Lena estaba manchada de demasiada sangre.

Lena llegó hasta ellos y se le acabaron las fuerzas. Evan la sujetó antes de que cayera, agarrándola con firmeza.

—¿Dónde está Vera? —preguntó Evan.

Lena abrió la boca y no salió nada. Las lágrimas le caían sin control.

—Venía a por ella —consiguió decir—. Le… le…

La voz se le quebró del todo. Negó con la cabeza, incapaz de seguir.

Evan la apretó contra su pecho.

El hombre de la cicatriz apareció a lo lejos y frenó en seco al verlos juntos. Se dio la vuelta de inmediato y desapareció por donde había venido.

—Tenemos que movernos. Aquí hay demasiados ojos —le dijo Evan.

Lena asintió sin estar presente del todo, porque una idea empezó a repetirse en su cabeza sin parar.

Había entendido que algo iba mal.

Había tardado demasiado en moverse.

Había obedecido cuando ya no había vuelta atrás.

No sabía si podía haber cambiado algo y eso era lo que más le dolía.