CAPÍTULO 19
Evan
Nexus todavía estaba en silencio cuando el recuerdo del beso se instaló en el centro de todo.
Evan se quedó boca arriba, escuchando el crujido del metal del edificio, con esa sensación todavía grabada en los labios con una intensidad que le hacía dudar de si aquello había pasado de verdad o lo había soñado.
Se incorporó con cuidado y se calzó las botas sin hacer ruido. El edificio central ya estaba activo con gente subiendo y bajando escaleras, puertas abiertas y voces bajas. El olor a café aguado y pan caliente llenaba el aire simulando una rutina casi doméstica.
La sala común de la sede de los enlaces ocupaba una planta diáfana que parecía haber sido un antiguo almacén, ahora reconvertido en un comedor compartido donde las columnas de acero sostenían un techo cruzado por tuberías de ventilación que nunca dejaban de zumbar.
Había hileras de mesas largas y bancos de madera gastada, rodeados por una barra metálica en uno de los laterales donde se repartía comida caliente y bebida en jarras de plástico resistente.
Nadie asignaba los sitios ni marcaba protocolos de entrada, de modo que cada uno buscaba hueco donde podía o se arrimaba a algún grupo conocido, creando un murmullo constante de conversaciones que rebotaba contra las paredes desnudas.
Vera estaba allí, sentada en uno de los extremos de un banco que quedaba a la vista desde el acceso principal.
Tenía una taza humeante entre las manos y mantenía la espalda recta mientras observaba el movimiento de los trabajadores con la calma de quien lleva un buen rato despierta.
Evan se sirvió una taza de café y se sentó en la misma mesa de ella.
—Buenos días.
Vera alzó la vista despacio, sin soltar la taza, y le dedicó una de esas miradas que parecen saber mucho más de lo que dicen.
—Eso dicen —contestó, y le asomó una mueca divertida en la comisura.
En cuanto Lena entró en la sala sus miradas chocaron de frente y el ruido de los platos y las conversaciones de fondo pareció apagarse de golpe, obligándolo a clavar la vista en su café para que nadie se diera cuenta de que se le acababa de cortar la respiración en mitad del desayuno.
Evan notó cómo ella iba encajando en el espacio a medida que se movía, esquivando pasos, dejando que el ruido de la estancia terminara de despertarla.
Tenía la cara lavada y el pelo revuelto cayéndole por la cara.
Evan notó que se le ponían los hombros rígidos y tuvo que clavar los talones en el suelo para no levantarse a decirle algo, lo que fuera, solo para romper ese muro que ella acababa de levantar.
Vera habló antes de que Lena llegara a la mesa.
—Parece que has dormido poco.
—Lo suficiente —respondió Lena, sirviéndose una taza con café.
Alex apareció unos minutos después, arrastrando los pies, con el pelo desordenado y la camiseta puesta del revés. Se sentó y, sin mediar palabra, empezó a diseccionar el pan y la fruta, separándolos por colores y tamaños. Alex siempre encontraba orden incluso cuando el resto aún estaba despertando.
Bruno llegó tarde, como siempre. Entró en la sala con la seguridad de quien sabe que nadie va a sorprenderse. Se dejó caer en el banco con exageración estudiada.
Lena lo miró de arriba abajo.
—¿Vienes de desayunar o sigues con la misma noche?
Bruno apoyó los codos en la mesa.
—Dormir está sobrevalorado —soltó Bruno, restregándose los ojos con los nudillos hasta dejárselos rojos—. Y hay charlas que se ponen interesantes justo cuando todo el mundo está roncando, y me da pena dejarlas a medias.
Lena se concentró en dar un trago largo a su café, aunque quemaba, apretando los labios para que no se le escapara la risa ante la cara de satisfacción de Bruno.
—Ah —consiguió decir, con una voz que intentaba sonar plana.
—Además —añadió él, dejando caer la cabeza pesadamente sobre la palma de la mano mientras la miraba con esos ojos brillantes de quien no ha pegado ojo, pero está de subidón—, alguien tenía que asegurarse de que cierta persona no se metiera en problemas sin supervisión adulta.
Lena soltó un carraspeo seco para tragarse la carcajada. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe demasiado ruidoso, incapaz de controlar la fuerza por culpa de la diversión.
—¿Supervisión adulta? —dijo Lena con un carraspeo para que no se le escapara la carcajada—. Veo que has redefinido bastante el término.
—Bueno, alguien tenía que darle un lavado de cara al diccionario —le contestó él con una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. No es mi culpa que a algunos nos siente tan bien el contacto estrecho nocturno... por muy intenso que se ponga.
Vera soltó un resoplido por la nariz que sonó a carcajada contenida, pero ni siquiera levantó la vista del plato.
Se limitó a empujar un trozo de pan con el dedo, disfrutando de cómo a Lena se le quedaba la mirada perdida en el fondo de la taza y de cómo Evan, de repente, parecía muy interesado en estudiar las muescas de la mesa.
Lena cortó el momento sacando su cuaderno de golpe y lo estampó contra la mesa, abriéndolo por una página llena de esquemas con una energía que no admitía más bromas.
Entró en modo trabajo con una frialdad tan repentina que, si el muro entre ella y Evan ya era alto, en ese instante le puso alambre de espino.
—Hoy necesito ir a buscar los materiales —dijo sin levantar la vista del papel—. Cosas que me ayuden a medir y comparar mejor ahora que sé un poco más a qué nos enfrentamos.
Evan asintió.
—Hay tiendas interesantes en el anillo interior y almacenes más grandes en el exterior. Pueden tener cosas útiles.
Bruno se inclinó hacia delante.
—Yo necesito algo distinto. Interfaces viejas, lectores directos y herramientas que no se bloqueen al primer protocolo raro. Si vamos a meter las narices en instalaciones antiguas, prefiero no hacerlo a ciegas.
Alex levantó la vista.
—Baterías autónomas y cableado simple. Del que se pueda cortar y empalmar fácilmente.
Bruno sonrió.
—Te voy a adoptar.
—Perfecto. Entonces nos organizamos. —dijo Vera dejando la taza sobre la mesa— Lena y yo nos vamos por el anillo interior.
Luego giró la cabeza hacia Evan y Bruno.
—Vosotros id con Alex al anillo exterior.
Evan abrió la boca para intentar protestar, pero Vera le dedicó una de esas miradas que te obligan a tragarte las palabras antes de que lleguen a la punta de la lengua y que no dejan ninguna duda sobre quién está al mando de la situación.
—Luego nos vemos en la plaza de las luces —terminó Vera.
Se levantaron y salieron del edificio en grupos distintos. Evan se alejó con Bruno y Alex, caminando con las manos hundidas en los bolsillos y la espalda demasiado recta. Lena se obligó a seguir el paso de Vera, dejando que el movimiento de Nexus las envolviera.
Avanzaban por uno de los pasillos laterales del mercado, donde los puestos se alternaban con tramos de metal visto y cajas apiladas sin demasiado orden.
El ruido era constante sin llegar a ser caótico, con conversaciones superpuestas, el golpe seco de alguna caja al moverse y el tintinear de herramientas al chocar entre sí.
—Dadme dos minutos —dijo Bruno reduciendo el paso y mientras señalaba un puesto al fondo—. Necesito comprobar lo que está allí antes de que alguien más se lleve esas cosas.
No esperó respuesta y se mezcló entre la gente con la naturalidad.
Evan y Alex siguieron caminando unos pasos más antes de detenerse contra una pared de un edificio.
Alex se apoyó contra ella y volvió a lo suyo, manipulando un fidget que había sacado de la mochila.
Lo hacía girar entre los dedos una y otra vez, con un ritmo exacto que parecía que ese pequeño trozo de metal fuera un escudo.
Mientras se concentrara en el giro, era como si el estrépito del mercado no pudiera tocarlo.
—¿Vas bien? —le preguntó Evan—. Llevas un rato apretando eso como si fuera a escaparse.
Alex no dejó de mover las manos, pero el giro de la pieza se volvió más errático, perdiendo esa precisión de antes.
—Más o menos. Demasiadas cosas pasando a la vez.
Una pareja pasó por detrás de ellos discutiendo precios. Evan esperó a que se alejaran antes de continuar.
—Aquí hay demasiado ruido y demasiada gente moviéndose a la vez, es normal que te sientas agobiado —dijo utilizando un tono plano, casi técnico.
Alex detuvo el movimiento de los dedos un instante, rumiando esas palabras como si estuviera comprobando si encajaban con lo que sentía.
—Sí —respondió al cabo—. Eso.
Evan se quedó a su lado, sin forzar el contacto visual, dejando que su presencia fuera algo constante y tranquilo. Esperó a que Alex encontrara nuevamente el ritmo antes de volver a hablar.
—Estos días de tantos cambios, sé que se te están haciendo duros.
Alex dudó un instante, pero no se cerró.
—Sí. Me… cuestan. Cada vez que llegamos a un lugar nuevo tengo que… reordenar todo. Me gusta lo estable y esto no lo está siendo.
—Entonces, ¿por qué elegiste venir?
Alex no pareció incómodo con la pregunta, pero sí lo obligó a detenerse un momento.
—Porque… Porque quedarme en Valere sin ellos era peor.
Evan asintió despacio sin quitarle el ojo de encima.
—¿Peor en qué sentido?
Alex se quedó mirando el metal de la viga que había en la pared, buscando las palabras entre los remaches.
—Allí todo seguiría igual. Los mismos sitios y las mismas rutinas. Pero faltarían ellos. Y eso también lo cambiaría todo. Cada lugar nuevo me descoloca. Pero al menos estamos juntos. Eso… me parecía más llevadero.
—Está claro que no te resulta nada fácil —observó Evan.
—No, pero al menos es algo que puedo manejar sí sé que ellos están cerca.
Evan se despegó de la pared y acortó la distancia, situándose a un lado para no taparle la salida. No quería invadirlo, solo que Alex sintiera que tenía un muro sólido en el que apoyarse si el mercado se volvía demasiado ruidoso.
—Entonces no viniste porque te guste moverte. Viniste porque sabes qué es lo que no podrías soportar.
Alex asintió, visiblemente aliviado por no tener que explicarlo.
—Eso.
—Pues eso dice mucho de ti.
Evan se tomó un momento, midiendo el peso de lo que iba a decir.
Alex dejó de juguetear con la pieza y se quedó quieto, esperando.
—¿El qué?
—Que sabes priorizar... aunque te cueste.
Alex bajó la mirada y siguió guardando cosas, pero la tensión en los hombros había disminuido. Evan se enderezó, estirando la espalda hasta que le crujió alguna vértebra.
—Yo llevo moviéndome tanto tiempo que a veces se me olvida que no a todo el mundo le resulta natural.
—Para ti lo es —observó Alex.
—No tanto como crees. Para mí ahora es supervivencia. Igual que para ti lo es mantener a los tuyos cerca.
—Supongo que no hay una forma correcta de hacerlo.
—Se hace poco a poco. Al final uno se acostumbra… aunque al principio no fuera la idea.
Alex soltó un suspiro, de esos que te vacían los pulmones de golpe.
—Lo sé.
—Si en algún momento necesitas parar antes que el resto, dímelo. No es un problema.
Alex alzó la vista, sorprendido.
—¿De verdad?
Evan ni parpadeó y se limitó a sostenerle la mirada con esa seguridad que no deja lugar a las dudas.
—Sí. Ajustar el ritmo según las necesidades de cada uno no tiene nada que ver con rendirse, Alex. Es pura logística de ruta para que nadie termine quemado antes de tiempo.
A Alex se le soltó algo en la expresión, como si por fin alguien le hubiera dado el manual de instrucciones para sentirse mal sin culpa.
—Vale. Gracias.
En ese momento Bruno reapareció desde el pasillo lateral, cargando una mochila abierta que parecía a punto de desbordarse.
—Vaya —soltó Bruno, apareciendo con una sonrisa de oreja a oreja y la mochila a punto de reventar por las costuras en cualquier momento—. Ya veo. Confidencias masculinas en mitad del mercado. ¿Interrumpo?
—Un poco —respondió Evan.
—Genial. Es mi especialidad —replicó Bruno divertido mientras se colgaba la mochila al hombro—. Cuando queráis, vamos a buscar a las chicas antes de que nos cojan manía por hacerlas esperar.
Evan asintió y se pusieron en marcha. La plaza de las luces quedaba a unos minutos.