CAPÍTULO 18 #2
Avanzaron por el vestíbulo observando el movimiento preciso de la gente que cargaba mochilas ligeras o cajas selladas con precintos de seguridad, moviéndose entre murmullos y acuerdos que se cerraban sin necesidad de levantar la voz, creando una atmósfera de eficiencia que a Lena le resultaba casi relajante después de la vorágine del exterior.
Se detuvieron un momento junto a uno de los accesos laterales, donde varias personas revisaban autorizaciones antes de salir. Fue entonces cuando Bruno se quedó un poco atrás, porque el murmullo de unas voces en el mostrador contiguo le llamó la atención.
—…una autorización a nombre de Ciro Leone —decía una voz.
Bruno se giró en redondo, ignorando por un momento la marea de gente que lo empujaba hacia la salida.
El enlace que hablaba estaba en el mostrador, realizando la solicitud tenía a un lado otro hombre apoyado contra una columna.
Era rubio, el pelo cortado sin demasiada intención, y con sus ojos azul zafiro concentrados en su tablet.
Al notar la mirada, levantó la vista clavando los ojos en Bruno y fue cuando él acercó unos pasos hacia ellos.
—¿Ciro Leone? ¿De Arken? —preguntó Bruno emocionado.
—Sí —respondió Ciro con cautela.
Bruno sonrió, sorprendido de verdad.
—No jodas. Pensé que era coincidencia. Soy Bruno Russo.
Ciro tardó un segundo en reaccionar, pero cuando lo hizo, la sonrisa le cambió la cara entera.
—¿Bruno? ¿De Valere?
—El mismo. ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo. Estoy de paso. He venido acompañado con un enlace a por componentes informáticos. Mañana por la mañana los pillo y me vuelve a llevar a Arken.
Bruno soltó una risa breve, nerviosa.
—Llevo meses leyendo tus mensajes y ahora apareces aquí, en medio de Nexus.
Ciro lo observó un segundo más, evaluándolo con curiosidad mientras terminaba de asimilar que la persona con quien llevaba meses intercambiando mensajes estaba allí delante.
—Eres más bajo de lo que imaginaba —soltó Ciro con una media sonrisa—. Por cómo escribes, te hacía midiendo dos metros.
Bruno soltó una carcajada seca y se encogió de hombros.
—Ya ves, las antenas siempre engañan.
Ciro lo observó un segundo más, asintiendo para sus adentros.
—¿Vas a quedarte esta noche?
—Sí. Dormimos en la central —respondió Bruno señalando con la cabeza a sus compañeros que observaban la escena a unos pocos metros.
—Perfecto. Entonces ¿tomamos algo luego? Antes de que tenga que marcharme mañana.
—Claro. Me apunto.
Ciro sonrió de nuevo, retrocediendo un paso para volver con su enlace.
—Luego te busco por la zona común.
Se dieron un apretón breve y Ciro se perdió entre la gente junto a su enlace. Bruno se quedó quieto un instante, procesándolo, antes de regresar con los demás con un brillo nuevo en la mirada.
—¿Todo bien? —le preguntó Lena con guasa.
Bruno levantó la vista, todavía con la sonrisa en la cara.
—Sí. Demasiado bien, de hecho.
—Al final resulta que no te lo estabas inventando —agregó Vera cruzándose de brazos.
—¡Que no invento personas! —protestó él, aunque la alegría le quitaba cualquier rastro de molestia a su voz.
—Eso ya nos lo has dicho —respondió ella divertida.
Evan se limitó a asentir, manteniendo su perfil bajo habitual.
—Me alegro. No siempre pasan estas cosas en Nexus.
—Esta noche tengo plan —anunció, mirando al techo como si fuera el evento del siglo—. Lo digo por si alguien se preguntaba.
—Que aproveche —respondió Vera con sorna.
Se dirigieron hacia la zona de alojamiento de la central y el tránsito disminuía a medida que avanzaban por los pasillos interiores. Encontraron habitaciones funcionales que habían sido pensadas para compartir.
Al entrar en la que les habían asignado, Lena dejó la mochila en el suelo y se quedó un momento contemplando la habitación funcional, idéntica a tantos otros y con esa estética clásica diseñada para estancias cortas.
Lena se sentó en el borde de la litera y sintió que, a pesar de la alegría de Bruno por su encuentro con Ciro, la escala de Nexus la superaba. Se percató de que, en un mundo tan vasto y desapegado como aquel, las raíces que intentaba proteger en Valere parecían cada vez más frágiles.
Bruno ya se había marchado hacía rato con Ciro, llevándose consigo ese entusiasmo que no admite espera cuando algo le importa de verdad, dejando la habitación sumida en un silencio, donde el ruido de Nexus llegaba amortiguado a través de las paredes.
El cansancio se notaba en los gestos, en la forma en que cada uno ocupaba su espacio sin hablar.
Vera fue la primera en romper la dinámica. Se sentó en el borde de la cama, alternando la mirada entre Evan y Lena.
—Aquí no nos vamos a quedar encerrados —dijo mientras se pasaba una mano por la nuca, estirando el cuello con un crujido deliberado—. Evan, ¿hay algo que merezca la pena ver por la noche?
Evan levantó la vista de su diario soltando la tensión de los hombros y prestándole toda su atención.
—Hay un sitio, sí.
Vera arqueó una ceja, lanzándole a Lena una mirada que contenía demasiada información antes de volver a centrarse en Evan.
—¡Qué bien! —festejó mientras se quitaba las botas y las dejaba junto a la pared con un golpe seco—. Alex y yo nos quedamos aquí descansando. Yo ya soy una señora mayor y mañana quiero poder gruñir con energía.
Durante un segundo, Lena y Evan se miraron, los dos con la misma sensación de haber llegado tarde a una decisión que ya estaba tomada.
Alex estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, ordenando sus cosas con atención constante. No levantó la vista ni intervino, como si esa salida no lo hubiera incluido desde el principio.
Evan se quedó mirando a Lena, esperando a ver si ella ponía alguna excusa o si realmente le apetecía salir de allí.
—¿Quieres ir? —preguntó, dejándole el espacio de decidirlo de verdad.
Lena se giró hacia Vera. Sabía exactamente qué estaba haciendo. Vera le devolvió la mirada con expresión tranquila de absoluta inocencia.
—Sal a estirar las piernas —añadió Vera—. Te vendrá bien ver algo que no necesite que lo arregles.
Lena volvió a mirar a Evan, mientras admitía para sus adentros que estaba agotada.
—Sí. Me vendrá bien.
Evan se puso en pie y se ajustó la chaqueta.
—No tardaremos —dijo él.
Lena asintió y cogió sus cosas. Salieron cruzando las calles que durante el día estaban llenas de gente y mercancía en movimiento constante, pero que de noche se volvían más lentos y selectivos.
Vio grupos pequeños que cruzaban los caminos mientras otros permanecían apoyados contra las paredes.
Las luces colgaban de cables tensados entre edificios, creando zonas claras y otras más apagadas que nadie parecía considerar un problema.
—Ahora es cuando Nexus se nota distinto —dijo Evan mientras avanzaban—. Cuando baja el ritmo, se ve mejor cómo está montado.
Lena miró el suelo mientras caminaban, fijándose en las placas metálicas superpuestas y en los refuerzos añadidos en distintos momentos. Eran marcas de uso que no se habían intentado borrar y que le daban al lugar una coherencia pensada para resistir parches constantes.
El espacio se abrió de golpe al final de la calle y desembocaron en una plaza circular donde los puestos de mercado, con sus techos de chapa y sus mostradores de metal, se amontonaban unos junto a otros rodeando el espacio abierto del centro.
Lena se frenó en seco antes de entrar en la plaza.
Se quedó allí, con la boca a medio abrir.
En medio se alzaba una estructura metálica alta, construida con restos de vigas, tubos curvados y piezas soldadas que dibujaban la silueta de un árbol abstracto, sin hojas ni corteza, solo líneas ascendentes que se abrían en ramas geométricas.
Lo que lo transformaba por completo eran las luces.
Cientos de pequeños puntos luminosos recorrían la estructura, sujetos a los tubos con bridas y enganches reciclados, trazando el recorrido del metal hasta las puntas más altas.
Algunas parpadeaban levemente, otras mantenían una luz constante, creando un efecto irregular que hacía que el conjunto pareciera vivo sin intentar parecer natural.
—Vale. Esto no me lo esperaba —comentó Lena bañada por ese resplandor eléctrico que no pegaba nada con la rudeza del resto del lugar.
La luz cálida de la estructura central suavizaba los contornos del metal, y la gente que pasaba lo hacía sin detenerse demasiado.
—¿Qué es? —preguntó Lena al fin.
—Una idea que fue creciendo. Empezó como un soporte para colgar luces y acabó así.
—¿Y para qué sirve? —preguntó ella, observando las soldaduras, algunas más recientes que otras.
—Para verse —respondió él mientras se encogía de hombros—. De día es una estructura más. De noche… la gente la disfruta.
Lena alzó una ceja, volviendo a su análisis de ingeniera.
—Eso no es una respuesta técnica.
—No lo es.
Ella volvió a mirar las luces, siguiendo con la vista el recorrido de una rama metálica hasta perderla entre otros puntos brillantes.
—¿Quién decide cuándo se arregla algo? Porque esto no está abandonado.
—Nadie decide. Si una luz se apaga durante varios días, alguien sube y la cambia. Si una rama se afloja, aparece una soldadura nueva. No hay turnos ni avisos. Simplemente ocurre.
Lena se agachó para examinar una de las conexiones más bajas.
—Esto requiere atención constante y no da ningún beneficio directo.
—Aparentemente no lo da.
Ella se quedó en silencio, procesando esa anomalía práctica mientras el reflejo de los leds le bailaba en los ojos.
—Entonces no es decoración —concluyó—. Es un mensaje.
Evan sonrió apenas, satisfecho con esa lectura.
—Por eso quería que lo vieras de noche.
Lena se permitió, por una vez, dejar de buscar fallos en las juntas o caídas en el voltaje.
Se quedó allí quieta, dejando que la red de luces se fundiera en un solo resplandor cálido que le teñía la piel y le hacía olvidar, aunque fuera un segundo, el peso constante de las decisiones que la esperaban.
—Es absurdamente bonito. Me encanta.
Evan soltó una risa corta, de esas que se le escapaban sin querer.
Lena se giró para mirarlo al mismo tiempo que él hacía lo mismo.
Quedaron demasiado cerca el uno del otro, pero se detuvieron ahí, sin apartarse.
Lena fue consciente de la distancia exacta entre los dos, de lo fácil que sería dar un paso más y de lo poco sentido que tenía hacerlo allí, en medio de todo.
—Deberíamos volver —dijo, pero no se movió.
Evan no le respondió, bajó la mirada un instante a su boca, como si estuviera sopesando una decisión que llevaba demasiado tiempo evitando.
Se miraron firmemente a los ojos y a Lena se le aceleró el pulso de golpe, notando que el aire entre los dos empezaba a arder, con esa claridad de saber exactamente hacia dónde iba esto y no querer hacer nada por evitarlo.
Ya no escuchaban los ruidos de fondo. Solo estaban ellos dos, atrapados en esa burbuja de luz cálida que hacía que todo lo demás pareciera lejano y borroso.
—Lena… —empezó él, y no terminó la frase.
—No lo digas —murmuró ella, casi sin aire.
Evan levantó la mano con lentitud. Le rozó la mandíbula con las yemas de los dedos, un toque tan suave que parecía que tenía miedo de que ella se rompiera. Pero cuando apoyó el pulgar bajo su mentón y la obligó a subir la cara, la suavidad se terminó.
Lena notó un calambre recorriéndole el estómago y, en lugar de apartarse, se inclinó hacia él, acortando el último milímetro que los separaba. Evan no esperó más. La besó con una urgencia que le quitó el aire de golpe, un beso con sabor a polvo y a ganas contenidas durante demasiados kilómetros.
Evan le rodeó la cintura y la empujó hacia atrás hasta que la espalda de Lena chocó con el metal frío de una estructura.
El impacto le arrancó un gemido que se perdió directamente en la boca de él, y ella respondió enredándole los dedos en el pelo, tirando de su nuca con una desesperación que pedía más.
El beso se volvió profundo, casi asfixiante, y Evan se encajó contra ella con un movimiento brusco, buscando una fricción que les encendió la sangre de golpe.
Lena soltó un suspiro entrecortado contra sus labios al sentir la presión directa de sus caderas, un recordatorio abrasador de que ya no había tela ni capas suficientes para separarlos.
Lena sentía el calor de Evan atravesándole la ropa, el latido desbocado de su corazón contra el pecho y la presión de sus manos contra su espalda, reclamándola.
Ella enredó una pierna entre las de él, arqueándose para forzar un contacto todavía más firme, mientras las manos de Evan bajaban de su espalda para aferrarse a sus muslos con una decisión que la dejó sin aliento.
El calor era tan real, tan físico, que el árbol de luces dejó de ser una estructura para convertirse en lo único que evitaba que se desplomaran allí mismo.
Fue él quien detuvo el beso con un esfuerzo visible.
Mantuvo la frente apoyada contra la de ella, agitado y con las manos todavía firmes en su cintura.
Durante un segundo no se movió. Luego llevó una de sus manos a la nuca de Lena para sostenerla con cuidado mientras levantaba apenas la cabeza para apoyar los labios en su frente.
Lena permaneció contra la pared con el pulso alto y los dedos aún cerrados en la tela de su chaqueta, con la sensación de que, si se movía un poco más, él volvería a acercarla.
Evan dio medio paso atrás y se pasó una mano por la nuca mientras respiraba hondo. Necesitaba más distancia de la que realmente había entre ellos.
—Será mejor que volvamos —dijo con la voz un poco ronca.
Lena asintió.
Empezaron a caminar en dirección a la sede, dejando atrás la luz de la estructura. Uno al lado del otro, con el cuerpo todavía atento a la cercanía, aunque ya no hubiera contacto. Durante un tramo ninguno habló. El ruido de Nexus volvió a envolverlos poco a poco, devolviendo las cosas a su sitio.
Fue Lena la que habló primero, cuando por fin sintió que el corazón dejaba de martillearle en los oídos.
—Vera lo hizo a propósito —soltó, intentando que la voz no le temblara demasiado.
—Siempre lo hace —respondió Evan sonriendo.
Cuando regresaron, la noche ya estaba avanzada. Vera fingió no notar nada, Alex siguió concentrado en su tarea, y el mundo continuó girando con su indiferencia habitual. Y, aun así, ninguno de los dos durmió igual que la noche anterior.