CAPÍTULO 18
LENa
Nexus no se parecía a ninguna otra comunidad que Lena hubiera visto hasta entonces.
A medida que avanzaban, la escala de la ciudad empezaba a devorar el horizonte.
Eran bloques que se estiraban hacia arriba en un amontonamiento de hormigón viejo, metal recuperado y parches de materiales modernos que no combinaban estéticamente, pero que cumplían su función de mantener el calor dentro.
No se habían molestado en disimular las cicatrices de las fachadas ni en alinear las ventanas.
Si alguien necesitaba unir dos niveles para ahorrarse ocho pisos de escaleras, simplemente soldaba una pasarela nueva y listo, creando una red de puentes colgantes que hacían que la ciudad pareciera un organismo vivo que crecía hacia el cielo porque, en algún momento, habían decidido que crecer hacia arriba era más eficiente que extenderse.
Pero lo que realmente le hacía sentir pequeña a Lena eran las Montañas Serales, que se alzaban al fondo como un muro de roca oscura y picos afilados.
Las Serales no formaban solo un paisaje estático, sino que funcionaban como una frontera natural que dividía Orialis en dos y recordaba a cualquiera que levantase la vista lo irrelevante que resultaba el esfuerzo humano frente a esa mole de piedra milenaria.
—Esto sí que es una ciudad —murmuró Bruno con un tono en el que se mezclaba el respeto y la desconfianza de quien no está acostumbrado a tener tanto cemento sobre la cabeza.
Lena no respondió porque estaba demasiado ocupada analizando cómo demonios se mantenía en pie aquel equilibrio.
Recorrió con la vista las terrazas de cultivo que rodeaban la ciudad.
Había muchas más de las que esperaba, escalando las laderas como si intentaran arañar cada metro de tierra disponible.
Aun así, hizo un cálculo rápido en la cabeza y la cuenta no le cerró. Nexus tenía demasiada gente para depender solo de aquello. O estaban produciendo comida de alguna forma que ella no entendía… o estaban estirando los recursos mucho más de lo que parecía prudente.
Cuando se adentraron en el centro, tuvieron que bajar el ritmo y continuar a pie, empujando las motos entre el flujo constante de gente. Nexus daba la impresión de haber aguantado el colapso el tiempo suficiente para no desaparecer.
Se notaba en el movimiento constante de la gente que entraba y salía con cargas pequeñas sin detenerse más de la cuenta y en grupos de personas que cerraban tratos en las esquinas con la rapidez de quien tiene algo urgente que hacer mientras los vehículos circulaban por las calles estrechas el tiempo imprescindible para descargar y marcharse de allí.
Tenía todo el sentido del mundo que la llamaran la capital de Orialis porque la energía que desprendía el lugar resultaba agotadora de observar desde fuera.
—No parece un sitio para venir a curiosear —comentó Lena mientras esquivaba a un hombre que cargaba con un fardo de cables al hombro.
—No lo es —respondió Evan—. Aquí entras sabiendo exactamente lo que necesitas o te quitan del medio a empujones.
Él se movía por aquel laberinto con una naturalidad que a Lena empezó a resultarle inquietante, porque ajustaba la trayectoria sin dudar en los cruces y saludaba a la gente antes incluso de que llegaran a cruzarse con él.
Una discusión que parecía estar a punto de estallar en un callejón lateral se apagó de golpe en cuanto Evan pasó por delante, como si su sola presencia impusiera un tipo de orden que no necesitaba gritos para hacerse valer.
—Eh, Evan —gritó una mujer desde una de esas pasarelas metálicas que cruzaban la calle por encima de sus cabezas—. Te debo una ruta del norte.
—Apúntala bien esta vez —respondió Evan sin detenerse—. La última estaba incompleta.
La mujer alzó el pulgar en un gesto de reconocimiento y Lena aprovechó para evaluar a Evan de nuevo. Se movía con seguridad ocupando el espacio sin necesidad de empujar a nadie y con la seguridad de quien sabe que pertenece a ese caos.
Entraron en una zona todavía más densa donde los edificios se abrían a patios interiores que hervían de actividad y donde el intercambio de recursos era tan visible que Lena no sabía hacia dónde mirar primero.
Vio filtros de agua que pasaban de mano en mano a cambio de baterías reacondicionadas y escuchó discusiones acaloradas sobre rutas fluviales mientras grupos de jóvenes etiquetaban sacos de semillas con fechas y procedencias muy precisas.
Allí nadie se molestaba en esconder lo que llevaba encima, dejando claro que aquel intercambio era solo un eslabón más de una cadena invisible de favores y deudas que servía para mantener a la ciudad unida.
—Y si alguien no cumple con su parte del trueque ¿Cómo lo controlan aquí? —preguntó ella mientras observaba cómo un anciano entregaba una pieza de motor a una chica que apenas le dio las gracias.
—Eso depende siempre de quién haya sido el que ha avalado el trato —contestó Evan con una brevedad que cerraba cualquier posibilidad de seguir preguntando por el momento.
Siguieron avanzando por las calles de la ciudad hasta que los edificios empezaron a separarse y desembocaron en una plaza amplia y despejada que estaba rodeada de estructuras mucho más sólidas y mejor conservadas que el resto.
—Ahí —dijo Evan—. La sede de los enlaces.
El edificio era una construcción que destacaba por una fachada de piedra gris tan limpia y unas puertas tan amplias que lograban imponer un orden inmediato sobre el caos de pasarelas y cables que habían dejado atrás.
Había un flujo constante de personas entrando y saliendo por los accesos laterales con una tranquilidad que a Lena le hizo sentir un respeto instintivo, como si al cruzar aquel umbral el ruido del mercado y las prisas por la supervivencia se quedaran fuera por decreto.
—Si esto es el centro de poder de la ciudad, desde luego disimula muy bien —comentó Lena al ver la sobriedad del edificio.
—Es que no lo es, al menos no de la forma en que tú te imaginas —respondió Evan mientras se encaminaba hacia la entrada principal—. Aquí el poder no se mide por quién manda, sino por quién tiene la información necesaria para que el siguiente convoy no se pierda por el camino.
Al cruzar la puerta, el interior se abrió en un espacio organizado meticulosamente para facilitar el movimiento, con mesas de consulta de metal reutilizado y zonas de espera abiertas donde la gente hablaba en susurros mientras consultaba unas pantallas antiguas.
Los monitores mostraban cascadas de datos sobre rutas comerciales, estados de intercambio y avisos breves que parpadeaban con un brillo anaranjado, creando un ambiente de biblioteca técnica donde la información era la única moneda que realmente importaba.
Evan se dirigió a uno de los mostradores con una seguridad que confirmaba que aquel no era, ni de lejos, su primer trámite en la sede, y esperó a que el hombre que estaba al otro lado terminara de anotar algo en una terminal que emitía un zumbido constante.
—Pensé que te habías evaporado —dijo el administrativo levantando la vista con una media sonrisa que denotaba una familiaridad de años.
—Casi —respondió Evan apoyando las manos en el mostrador—. Necesito cargar unas cuantas cosas en mi registro y emitir dos autorizaciones básicas a mi nombre.
El hombre asintió sin pedir detalles ni cuestionar para qué necesitaba los permisos, limitándose a teclear una secuencia rápida de comandos mientras consultaba una ficha técnica que Lena no alcanzó a ver desde su posición.
—Tu cuenta de servicios sigue limpia, pero vas bastante justo de crédito después de lo de la última temporada —le advirtió el hombre mientras la impresora térmica empezaba a escupir unos papeles estrechos—.
Así que ya sabes cómo funciona esto: o traes algo de valor en el próximo viaje o vas a tener que empezar a avalar con algo más que tu palabra.
Evan asintió en silencio mientras Lena conectaba las piezas de lo que estaba presenciando, dándose cuenta de que allí Evan no era un simple viajero sino alguien con un historial de deudas y favores que pesaba sobre sus hombros.
Todo lo que retiraba en ese momento y cada autorización que firmaba tendría consecuencias reales que se cobrarían en rutas, servicios o información compartida, dejando claro que en Nexus nada era gratis y que la libertad de Evan dependía de su capacidad para seguir siendo útil al sistema de los Enlaces.
Cuando se giró hacia ellos, Evan ya llevaba dos documentos codificados. Le entregó uno a Lena y otro a Bruno.
—Con esto podéis moveros por la zona comercial y conseguir lo básico—dijo, entregándolos—. Pero tened en cuenta que todo lo que saquéis sale de mi bolsillo, así que mejor que no os pongáis creativos con los suministros.
Bruno sonrió como si acabaran de darle un juguete nuevo.
—Prometo no pedir nada raro.
Vera arqueó una ceja con esa expresión suya que indicaba que su concepto de "extraño" y el de Bruno no vivían en el mismo código postal.
—Eso no tranquiliza a nadie —murmuró Vera.
Alex se limitó a examinar el documento junto a Lena, leyendo cada una de las normas y condiciones que se indicaban en ellas, escritas con letra pequeña.
—Aquí no esperan que seas buena persona —comentó Lena doblando el papel con cuidado—, solo confían en que seas lo bastante listo como para cumplir lo que has firmado si quieres seguir comiendo mañana.
Evan la miró con una chispa de satisfacción en los ojos, como si le gustara que ella hubiera descifrado tan rápido la lógica fría de la ciudad.
—Exacto.
Bruno guardó el documento con más cuidado del habitual.
—¿Y ahora dónde dormimos? —dijo, intentando sonar despreocupado.
—Aquí —respondió Evan, señalando con la barbilla las escaleras del edificio—. La central tiene alojamiento operativo. Camas limpias y silencio razonable. Para lo que es Nexus, es un lujo.