Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 17 #2
50%

CAPÍTULO 17 #2

Alex se dirigió hacia el sidecar y se agachó junto a el para soltarlo de los anclajes de la moto con movimientos seguros y precisos.

Lo acercó a la zona del campamento y lo volcó con cuidado, dejándolo apoyado sobre la parte trasera.

El cuerpo del sidecar quedó convertido en una especie de caja con techo, estable, con el respaldo del asiento ahora horizontal.

Era la ventaja de que la estructura fuera un cubo.

Extendió el saco de dormir sobre el respaldo y se acomodó encima con precisión, encajando la espalda justo donde el asiento hacía de base firme. Alex suspiró, satisfecho.

—Esto es mucho mejor que el suelo —anunció, ya medio instalado.

Bruno se detuvo a medio paso, giró la cabeza y lo miró sin parpadear.

—Eso es injusto.

—Es práctico —le respondió Alex girando apenas la cabeza.

—Es ventajista. Tú eres joven. A ti te da igual dormir en cualquier lado.

—Precisamente por eso. Aprovecho cuando algo es cómodo.

Bruno chasqueó la lengua y cruzó los brazos.

—Eso debería ser para mí. Yo ya tengo una edad.

Alex lo miró con atención sincera, sin rastro de mala intención.

—Entonces debería ser de Vera. Ella es más vieja que tú.

Bruno abrió la boca para responder, pero Vera se le adelantó.

—Ni se te ocurra —le advirtió ella.

—No he dicho nada —se defendió Bruno girando la cabeza hacia ella.

—No ha hecho falta —replicó Vera.

Luego se giró hacia Alex, clavándole la mirada con calma peligrosa.

—Y tú, jovencito, cuida el tono cuando hables de señoras mayores.

Alex parpadeó una vez, procesando.

—Vale. Lo siento, Vera. —dijo acomodándose sobre el respaldo—. El sidecar es mío, Bruno. Siempre lo ha sido. Tú no lo querías porque era el terror de la estética.

—Eso no significa que tengas que usarlo siempre. Podrías compartir.

—Ahora porque te conviene. Dijiste que preferías el suelo porque te conecta con la realidad.

—Eso era una elección filosófica. No una renuncia permanente... Y deja de citarme.

—No lo reclamaste oficialmente. Falta de protocolo.

Bruno se llevó la mano al pecho, herido.

—¿Protocolo? Hay una tradición no escrita.

—Lo no escrito no cuenta —respondió Alex, acomodándose un poco más—. Además, esto ya está montado.

Vera observaba la escena mientras preparaba su propio espacio. Ajustó su saco, colocó sus cosas y alzó la vista.

—Si al final vais a resolver esto a golpes, avisad. Así me pongo de espaldas y no me salpica la tontería.

—Buenas noches, Bruno —dijo Alex mientras cerraba los ojos satisfecho de haberse salido con la suya.

—Está bien —cedió Bruno suspirando exageradamente—. Pero mañana me toca a mí.

—Mañana no dormimos aquí —respondió Alex.

—Detalles —murmuró Bruno.

Lena se encontraba tumbada un poco apartada del resto, con la cabeza apoyada sobre la mochila y la mirada fija en el cielo. Escuchó la discusión de Alex y Bruno con una incredulidad tranquila.

No era la primera vez que los escuchaba pelear por algo absurdo, pero aquella noche el tono le resultó extrañamente tranquilizador. Seguían siendo ellos. El mundo podía volverse incomprensible, pero ciertas constantes permanecían.

Las estrellas se extendían sobre su cabeza sin orden aparente, demasiado presentes como para ignorarlas. No lograba dormir. Las instalaciones que habían visitado seguían ahí, como una idea que no terminaba de encajar con nada de lo que sabía.

Percibió la presencia de Evan antes de que hablara. Notó su cercanía por el leve crujido de la grava bajo sus botas. Levantó la vista y lo encontró acomodándose contra la rueda de la moto. No invadía su espacio, pero tampoco se quedaba lejos. Simplemente estaba allí.

—¿No duermes? —preguntó él en voz baja.

Lena giró apenas la cabeza hacia él.

—Es complicado con esos dos —respondió, señalando con la barbilla hacia donde Alex y Bruno habían quedado en silencio—. Parecen dos críos de cinco años peleando por un juguete.

Evan esbozó una media sonrisa.

—Ya madurarán… algún día. Aunque Bruno…

Lena soltó una carcajada suave, breve. Volvió la vista al cielo.

—¿Tú crees que las élites que se fueron siguen ahí fuera? —preguntó Lena al cabo de un momento—. Quiero decir… ¿en algún sitio concreto?

Evan alzó la vista, siguiendo la dirección de su mirada.

—En algún sitio con camas limpias y sin polvo. Eso seguro.

—Eso no responde a la pregunta.

—La mejora. Reduce opciones.

Lena soltó una risa breve, más cansada que divertida.

—A veces pienso que se fueron a otro planeta. Algo bonito, todo verde y con muchos árboles. Colonias limpias, cúpulas, vistas que no te recuerdan lo que dejaste atrás.

—Y gente dispuesta a decidir por otros. De eso iban sobrados —dijo Evan encogiéndose de hombros—. También podrían estar en su estación flotando en el espacio. Sin asentarse. Sin echar raíces.

Lena giró la cabeza para mirarlo.

—Eso suena a vagabundos de lujo.

—Buena comparación —replicó él sonriendo.

El silencio se estiró entre los dos mientras las brasas del fuego empezaban a perder intensidad, lanzando destellos anaranjados sobre el metal de las motos. Evan seguía vigilando, pero su atención estaba claramente repartida.

—Tengo otra teoría —añadió él, con un tono más ligero.

—A ver… —dijo Lena curiosa.

—Salieron todos juntos, brindaron muy solemnes, activaron los motores… y chocaron con un asteroide a los diez minutos.

—¿Eso es todo? —dijo ella mirándolo incrédula.

—Explosión limpia. Muy estética. Fin del problema.

Desde algún punto cercano, Vera soltó una risa seca.

—Me gusta —comentó—. Directo y sin segundas partes.

—Luego te quejas de Bruno y su tendencia a rellenar huecos con fantasía —le dijo Lena divertida a Evan.

—Esto no es fantasía —replicó Evan—. Es optimismo rencoroso.

La conversación se fue apagando poco a poco. Lena volvió a mirar el cielo.

Evan permaneció sentado unos minutos más, en silencio, compartiendo la noche sin intentar llenarla. Lena ajustó apenas su saco de dormir y dejó que el cansancio hiciera lo que podía. Dormiría poco, pero no lo haría sola.