Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

LENA

El desayuno se estaba acabando cuando Lena fue consciente de que ya estaban, mentalmente, fuera de allí.

Las tazas vacías se acumulaban en la mesa metálica, el pan había desaparecido y alguien había dejado una miga aplastada junto al borde de la mesa.

Lena removió el fondo de su taza a pesar de que ya no quedara nada.

Notó que Evan se movía por la sala antes incluso de levantar la vista, una especie de detección instintiva que le avisaba de su posición exacta en el espacio sin necesidad de buscarlo con los ojos.

Levantó la vista sin querer y lo encontró al otro lado de la mesa, inclinado mientras le señalaba algo a Vera sobre el mapa.

Se odió un poco por apartar la vista tan rápido cuando sus ojos se cruzaron.

Lo de la noche anterior seguía ahí, dándole vueltas en la cabeza sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.

Le escocían un poco los ojos de haber pasado la noche en vela, repasando el momento exacto en el que se había girado hacia él, reviviendo esa distancia mínima que les había dejado con el aliento a medio camino.

No había pasado nada. Y, aun así, había pasado demasiado.

—¿Vamos tarde? —preguntó Bruno, rompiendo el silencio.

—No —respondió Evan—. Justo a tiempo.

Aquella voz grave y demasiado tranquila le bajó directa al estómago.

Lena apretó los dedos alrededor de la taza y se obligó a respirar despacio.

No quería estar pendiente de él. No quería estar midiendo distancias ni interpretar cada uno de sus gestos.

Cuando él levantó la vista del mapa para mirarla otra vez, Lena detectó en sus ojos que los dos estaban atrapados en el mismo recuerdo, lo que la empujó a levantarse del asiento con una brusquedad innecesaria para empezar a organizar cacharros que ya estaban en su sitio.

—Recojo mis cosas —dijo, aunque nadie se lo había preguntado.

Vera la observó de reojo, sin hacer comentarios. Alex seguía concentrado en cerrar su mochila. Bruno hablaba solo mientras ajustaba una correa.

Lena se acercó a la mesa donde Evan revisaba el mapa desplegado sobre una superficie improvisada. Esperó a que él levantara la vista.

—Me faltan cosas —dijo entonces fingiendo total normalidad.

Evan no reaccionó, solo se limitó a escuchar.

—Instrumentos más simples. Material para comparar sin tener que fiarme solo de observación. Lo que tenemos sirve para confirmar, pero no para afinar.

—Y aquí no los vas a encontrar —comentó él mientras sopesaba diferentes opciones.

—No.

Lena se apoyó en el borde de la mesa para estudiar el trazado de la ruta en el mapa, reduciendo el espacio entre ellos hasta que el calor del brazo de Evan le llegó a través de la manga de la chaqueta.

Podría haberse quedado a un paso de distancia y mantener las formas, pero prefería arriesgarse a ese contacto antes que seguir escuchando el golpeteo desbocado de su propio pulso en los oídos.

—Si vamos a seguir entrando en este tipo de instalaciones, necesito instrumental para poder medir mejor los resultados. No quiero volver a tocar nada a ciegas.

Evan señaló una de las rutas marcadas.

—Podemos desviarnos a Nexus.

Nexus, la capital de Orialis, tenía el mayor mercado de intercambio permanente de piezas antiguas, restos de tecnología y todo tipo de artículos. No era un sitio cómodo, pero sí útil.

—Me sirve. Allí tendrán lo que necesito.

—Bien. Luego ya nos dirigiremos hacia Arken—culminó Evan.

Bruno, que estaba guardando cosas en su mochila a pocos metros, se quedó inmóvil con una mano aún dentro. Levantó la cabeza de golpe.

—¿Arken?

Lena giró apenas el cuello para mirarlo con una sonrisa de esas que no tienen nada de inocente al ver cómo se le iluminaba la cara al oír el nombre de Arken.

—Parece que tenemos a alguien con el oído demasiado fino para las conversaciones ajenas —dijo divertida—. Así que al final, sí existe.

Bruno chasqueó la lengua.

—¡Oye! Yo nunca invento personas —protestó él.

—Pero si inventas contextos —replicó ella.

—Y exageras —añadió Vera desde el otro extremo, sin levantar la voz—. Muchísimo.

Bruno se giró hacia Vera y la señaló con el dedo.

—Tú estás prejuzgando.

—No —respondió Vera, ajustando una hebilla con calma—. Estoy cansada de escuchar el mismo entusiasmo con nombres distintos.

—Esta vez es diferente —replicó el negando con la cabeza y sonriendo.

—Claro que lo es. Siempre lo es… hasta que deja de serlo.

—No garantizo encuentros emotivos —dijo Evan guardando el mapa.

—Con que tenga cara me conformo —insistió Bruno—. El resto ya lo gestiono yo.

—Eso también lo has dicho antes —añadió Vera—. Y luego acabo yo gestionando tus emociones.

La conversación siguió sola, como siempre hacía con ellos.

Alex pasó cerca de ellos con un paquete de baterías en brazos. Lena lo observó un instante. Estaba concentrado, meticuloso, moviéndose con esa precisión que había ido afinando durante el viaje. Eso también le llamó la atención.

—¿Cuánto nos retrasa el desvío? —le preguntó Lena a Evan.

—Unos tres días. Quizá menos, si no nos entretenemos.

—Compensa.

Ajustar la ruta para obtener mejores datos era una lógica compartida. Terminaron de recoger en silencio. Lena guardó sus cuadernos, revisó las muestras que se llevaban y aseguró los recipientes con más cuidado del habitual. Todavía no sabía cómo interpretar del todo lo que contenían.

Antes de salir, se detuvo en la sala principal. Miró una última vez los módulos, las superficies limpias, el equilibrio estable que habían dejado atrás. Las instalaciones seguían funcionando en su quietud controlada, indiferente a su presencia.

Evan se acercó al panel de la pared y apagó las luces.

—Listo.

Lena ajustó la mochila sobre los hombros y se dirigió hacia la salida junto al resto. Cuando cruzaron el umbral y la puerta se cerró tras ellos con el mismo ajuste preciso con el que se había abierto.

Se marchaba de aquel sitio con la sensación de que no había encontrado ninguna respuesta definitiva, sino más bien una pregunta mucho mejor formulada que la que traía al llegar.

Durante las primeras horas avanzaron en silencio a través del camino. Lena iba repasando mentalmente lo que habían visto, lo que habían medido, lo que no había terminado de cuadrar. No buscaba respuestas nuevas, sino entender por qué las que tenía la dejaban tan insatisfecha.

El camino se volvió un laberinto de antiguas terrazas agrícolas donde la piedra seca se desmoronaba en cascada sobre los surcos muertos.

Lena se fijó en los canales de riego, que eran una pesadilla de remiendos, con tramos caños viejos empalmados y parches para tapar fugas que nadie llegó a solucionar bien del todo.

También cruzaron asentamientos que habían brotado como malas hierbas, sin una sola línea recta, levantados con la urgencia del que sabe que no va a echar raíces y se conforma con que el techo aguante una tormenta más.

Se detuvieron al mediodía en un cruce donde el asfalto era ya más arena que otra cosa, a la sombra de una estación de paso que se caía a pedazos. El techo colgaba de un par de vigas dobladas, dejando a la vista un esqueleto de hierro que chirriaba con cada racha de viento.

Evan dejó las motos alineadas, con la vista siempre puesta en el horizonte, y Vera revisó el perímetro como quien prepara un hogar efímero.

Apartó con el pie restos de cristales y cascotes de una zona protegida de la corriente, comprobó la estabilidad de la viga que les daba sombra y, solo entonces, hizo un gesto con la mano para que el grupo se acercara.

—Aquí estaremos bien —sentenció Vera, soltando su mochila con un golpe seco que parecía marcar el territorio—.

Bruno, deja de mirar las nubes y ayuda a Alex con la hidratación.

Lena, siéntate y quítate las botas un momento, que llevas los tobillos rígidos desde hace diez kilómetros y vas a acabar conduciendo como un tronco.

Bruno se cuadró de inmediato, llevándose la mano a la frente en un saludo militar exageradamente rígido, aunque con una chispa de guasa en los ojos que delataba que no se tomaba la disciplina muy en serio.

—¡Sí, señora, a la orden, señora! —exclamó con voz firme, antes de soltar una risilla y ponerse a buscar los bidones de agua—. No se hable más, si la jefa dice que hay que hidratarse, nos convertiremos en esponjas.

Vera ni siquiera le dedicó una mirada de reproche, se limitó a arquear una ceja con esa paciencia infinita de quien ya conoce todos sus trucos.

Mientras Bruno se sentaba en el borde de una losa y sacaba la comida, Vera se aseguró de que Alex tuviera un sitio donde apoyar la espalda sin que el sol le diera de frente, anticipándose a su incomodidad antes de que el chico tuviera que ponerle palabras.

Había algo en la forma de Vera de acomodar el espacio que lograba que aquello pareciera menos una ruina y más un refugio.

—Esto ya se parece más a casa —comentó Bruno, repartiendo las raciones mientras miraba el paisaje de escombros.

Lena asintió. Reconocía que era el mismo patrón de siempre, el de la supervivencia a mordiscos, tan distinto a la pulcritud silenciosa de las instalaciones subterráneas que acababan de dejar atrás.

Retomaron la marcha poco después. El paisaje fue perdiendo cualquier rastro de intención deliberada.

Las malas hierbas crecían donde podían no donde debían, y los caminos se desviaban por paso humano o por simple desgaste.

Lena se sorprendió agradeciendo esa imperfección.

Era más fácil leer un terreno que no pretendía engañar.

Antes de que cayera la noche, buscaron un lugar para detenerse. Evan eligió una ruina en una zona elevada, un saliente de piedra y grava que les permitía vigilar la ruta sin quedar expuestos en mitad del llano.

El suelo estaba sembrado de cascotes de ladrillo y restos de ferralla que crujían bajo las ruedas de las motos, pero el sitio era seco y el viento no pegaba con tanta fuerza contra los muros que aún quedaban en pie.