Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Las horas pasaron entre paradas breves y mecánicas. Se bajaban de las motos, bebían agua, revisaban los anclajes de la carga y volvían a arrancar. Mantenían un ritmo exacto, estirando los descansos lo necesario para recuperar el aliento, pero sin dar tiempo a que el cuerpo se enfriara del todo.

En una de esas paradas, Evan se sentó un poco apartado y abrió su diario de viaje. Pasó un par de páginas y volvió a guardarlo antes de que nadie tuviera que esperarlo.

A media tarde, las ruinas aparecieron antes de que Lena las buscara.

Eran muros de hormigón erosionado y estructuras que no llegaban a ser edificios pero que conservaban un ángulo imposible para la geología de las Serales.

El material estaba entero, ignorado por el tiempo y por los hombres, diseñado expresamente para que la vista pasara de largo sin detenerse. Era una repetición de patrón.

Cuando las motos se detuvieron cerca de uno de los edificios ruinosos, Lena bajó y caminó unos pasos, observando.

—¿Lo ves? —le preguntó a Evan.

—Sí.

Bruno se quitó el casco y se restregó la cara con fuerza, tratando de sacudirse la opresión del valle.

—Vale. Esto me suena.

Alex observaba el conjunto, deteniendo el giro de su fidget .

—El patrón se repite igual que en las primeras instalaciones subterráneas. No están colocados al azar.

—Sí —dijo Lena—. No es exactamente igual porque está modificado según el entorno, pero el criterio es el mismo.

—Y eso es lo que llama la atención —murmuró Bruno—. Que aquí también quisieron que pareciera irrelevante.

Avanzaron a pie durante el último tramo, dejando las motos ocultas entre rocas y matorral seco, lejos de cualquier línea directa de visión.

El terreno cambiaba de forma sutil a medida que caminaban entre las ruinas. Alex fue el primero en detenerse inclinando un poco la cabeza y observando con la fijeza que utilizaba cuando algo no le encajaba.

—Eso no es normal.

Lena siguió su línea de visión y detectó una formación rocosa que, bajo la vegetación rala, revelaba una geometría insólita para ser obra de la naturaleza.

Lena sintió ese clic interno de reconocimiento que la devolvió de golpe a las primeras instalaciones subterráneas.

Era el mismo esquema, el mismo empeño en disfrazar una estructura industrial bajo la apariencia de un derrumbe antiguo.

—En las otras instalaciones vi una formación similar. Tenía la misma forma extraña.

Se acercó un poco más, observándola desde otro ángulo.

—Esto no confirma solo que haya algo aquí —añadió ella—. Confirma que quien diseñó las instalaciones anteriores también diseñó estas.

Bruno soltó una risa seca mientras se ajustaba la mochila con un movimiento nervioso.

—Genial. Repetición de autor.

Evan rodeó la elevación y al detenerse apartó un grupo de piedras amontonadas, dejando a la vista una grieta vertical que se hundía en el corazón de la montaña.

Lena no necesitó que dijera nada para entender lo que era.

—Ya estamos —murmuró.

Evan se incorporó despacio y lo confirmó, con ese silencio suyo que ya empezaba a resultarle familiar. Dentro de la hendidura, protegida de la luz, aparecía la escalera de caracol tallada directamente en la roca viva.

Bruno se asomó con cautela.

—Otra vez el agujero misterioso con escalera terrorífica. Empiezo a pensar que alguien tenía fijación con no poner puertas normales.

Alex dio un paso atrás. Sus dedos apretaron el engranaje metálico hasta que los nudillos le temblaron.

—Sigue sin gustarme no ver el final.

Lena se acercó a él. Le rodeó el antebrazo con la mano, apretando con firmeza.

—Bajamos despacio, juntos. Igual que antes.

Alex asintió y se aferró a su mano con una fuerza que a Lena le llegó hasta el hombro.

Encendieron las linternas y comenzaron el descenso.

El paso era igual de incómodo que en las instalaciones anteriores y se perdía de vista el exterior muy rápido.

Lena notó que el pulso se le aceleraba por la anticipación.

Al fondo, cuando el terreno se estabilizó, la vieron. La puerta. Igual a la anterior. Integrada en la roca con la misma precisión. Evan dejó la mochila en el suelo y se acercó. Apartó el polvo con la palma de la mano, dejando al descubierto una hendidura irregular, casi disimulada entre la roca.

Metió los dedos en la muesca y tiró, tensando los músculos de la espalda hasta que la tela de su chaqueta pareció a punto de ceder.

Luego se desplazó medio paso a la izquierda y apoyó la mano en otro punto, más bajo.

Esta vez empujó, cargando todo el peso de su hombro contra la piedra, hasta que un clac seco vibró desde las entrañas de la montaña.

Lena, ahora que lo observaba con atención, notó que cada movimiento tenía intención y orden.

Recordó haberlo visto hacer algo parecido en las primeras instalaciones.

Pero entonces no había sido capaz de entender que lo que tenía delante era una secuencia lógica de apertura que parecía diseñada para dificultar el acceso a cualquiera que no se supiera el truco de memoria.

Evan realizó el último ajuste, girando una pieza apenas visible, presionándola contra un tope y entonces la roca vibró.

Una línea fina apareció entre dos planos de piedra que antes parecían continuos mientras escuchaban el arrastre metálico y pesado que delataba que aquello llevaba décadas sin moverse.

Bruno soltó una exhalación temblorosa. Se restregó las manos sudorosas contra los pantalones.

—Siempre me tranquiliza que estas cosas no funcionen como nada normal —masculló Bruno, intentando camuflar su nerviosismo con su ironía habitual.

Evan empujó la puerta y el interior los recibió con aire quieto y denso.

Cruzaron el umbral sin pensárselo dos veces, pero Lena supo que algo no encajaba antes de terminar de entrar.

Era esa alerta instintiva que salta cuando el cuerpo reconoce un espacio antes que la cabeza.

En cuanto Evan accionó el interruptor, las luces se activaron con el mismo retraso calculado de la última vez, bañando las paredes con una luz crepuscular que cayó sobre las paredes con una intensidad idéntica.

La claridad fue revelando un calco absoluto de las instalaciones subterráneas que ya habían visitado.

El mismo recibidor, el mismo pasillo principal cortado en un ángulo recto perfecto y esas puertas metálicas situadas a la misma distancia, repitiendo incluso las marcas de desgaste alrededor de los paneles.

Lena se detuvo en seco, apretando las correas de su mochila hasta que los nudillos le blanquearon.

—¿Os pasa lo mismo…? —empezó a decir.

Alex miraba alrededor con el ceño hundido, haciendo girar su engranaje metálico con un clic frenético.

—Sí. Esto…

Bruno avanzó un par de pasos más y soltó una carcajada breve.

—Joder.

Evan se quedó quieto, observando sin tocar nada.

—Esto va mucho más allá de reutilizar un plano —dijo Lena, midiendo la distancia entre las puertas con la vista—. Han calcado cada centímetro sin molestarse en cambiar ni una sola marca de desgaste.

Alex pasó la mano por el marco de una puerta.

—Ni siquiera se molestaron en adaptarlo.

—¿Para qué? —respondió Bruno—. Si nadie iba a comparar.

Al acceder a la zona de descanso, las habitaciones eran cubículos individuales, exactamente como en el centro anterior. Mismo tamaño. Misma cama anclada a la pared. Mismo armario metálico.

Lena abrió la puerta de la habitación equivalente a la que había sido la suya y se quedó en el umbral unos segundos.

—Podría haber entrado aquí medio dormida y no haberme dado cuenta de que habíamos cambiado de sitio.

—Eso es lo que da mal rollo —soltó Alex desde el pasillo abrazándose a sí mismo.

Lena entró en el cubículo y se quedó de pie en el centro, obligándose a no tocar nada. No necesitaba hacerlo. Conocía la distancia exacta entre la cama y el armario, y la forma en que la luz amarillenta moría antes de llegar a las esquinas.

—Es una construcción modular —dijo Lena, y su voz sonó extrañamente hueca.

Evan apareció en el umbral, observando su rigidez.

—¿Modular?

—Han excavado el corazón de la montaña solo para crear el hueco donde encajar esto —explicó ella, volviéndose hacia él con una mezcla de fascinación técnica y puro rechazo—.

Es un diseño en serie, Evan. Han replicado los planos centímetro a centímetro, ignorando dónde estaban o para qué servía el terreno.

Lena pasó la mano por la unión entre el panel metálico y el techo. No había cemento, solo sellados industriales de una precisión quirúrgica.

—Es una cadena de montaje a escala geológica —añadió ella—. Da igual que estemos en las Serales o en el desierto. Ellos solo querían que el patrón encajara. Como si el mundo fuera un tablero donde ir soltando estas piezas.

—Eso ahorra tiempo —observó Evan, aunque su mirada delataba que no le parecía una explicación reconfortante.

—Ahorra tiempo si tienes los recursos para mover toneladas de estructuras prefabricadas por todo el mapa —replicó Lena—. Esto no es supervivencia, es una invasión de ingeniería.

Evan guardó silencio un momento, recorriendo con la vista el pasillo que se perdía en la penumbra.

Si el diseño era modular, si habían replicado cada centímetro de la estructura, lo que les esperaba en el resto del interior no iba a ofrecerles ninguna sorpresa agradable.

Sería encontrarse, otra vez, con la misma lógica implacable que ya los había puesto al límite.

—Mañana comprobaremos el resto —concluyó Evan, rompiendo el trance—. Ahora intentad descansar.

Se alejó hacia su habitación, dejando a Lena frente a la cama que parecía reclamarla como si nunca se hubiera ido de la anterior. Se sentó en el borde, notando la misma dureza del colchón y el mismo olor a aire filtrado.

Lena cerró los ojos, pero la imagen de aquel centro subterráneo clónico se le quedó grabada en la retina. Estaban avanzando, sí, pero por primera vez sentía que, sin importar cuánto caminaran, el sistema siempre los mantendría exactamente en el mismo lugar.