Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

Lena se detuvo observando a una formación rocosa demasiado perfecta para ser obra del viento, una especie de bulto geométrico que la erosión había intentado disimular sin mucho éxito.

Evan ni siquiera se lo pensó, se limitó a rodear escombros y derrumbes, deteniéndose junto a una grieta estrecha que, si no te fijabas bien, jurarías que era solo una sombra más entre las rocas.

—La entrada está ahí abajo —dijo señalando el hueco oscuro.

Todos se acercaron. La grieta ocultaba un descenso por una especie de escalera en forma de caracol tallada en la roca. Era muy inclinada y obligaba a girar el cuerpo y perder de vista el exterior casi de inmediato.

Bruno se asomó con cautela.

—Genial. Bajar por un hueco oscuro sin saber qué hay debajo —masculló mientras se ajustaba la mochila—. Si algo me come ahí abajo, espero que al menos le siente mal la cena.

Lena se quedó mirando el descenso y luego miró a Evan, que esperaba con una calma que le resultó casi insultante dadas las circunstancias. Una duda le saltó entonces por la certeza repentina de que nadie llegaba allí por casualidad.

—¿Cómo encontraste esto? —le preguntó, intentando que no sonara a interrogatorio, pero sin quitarle el ojo de encima—. Porque nadie llega a una grieta invisible en medio de un desierto por puro azar, ni siquiera tú.

Evan tardó un poco en responder y luego se encogió de hombros con una naturalidad que no terminó de convencerla.

—Rumores. Como casi todo lo que funciona en Orialis.

Lena asintió despacio. Le pareció una respuesta coherente con el mundo que conocía y, sobre todo, no tenía motivos para dudar de su palabra.

—No me gusta no ver el final —dijo Alex. Su voz sonó más plana de lo habitual, una señal clara de que estaba empezando a tensarse por la incertidumbre visual del pozo.

Vera, que ya estaba calculando los apoyos del primer tramo, se detuvo junto a él y le extendió la mano con la palma hacia arriba, esperando a que él decidiera acortar la distancia.

—A mí tampoco me gusta, Alex —le dijo Vera con una suavidad que solo usaba con él—.

Pero yo voy a bajar justo delante de ti y Bruno irá detrás.

Solo tienes que mirar dónde pongo yo el pie y, si te sientes inseguro, apriétame la mano.

Vamos a bajar juntos, hasta que el final aparezca.

No hace falta que veas toda la escalera, solo el siguiente escalón.

Alex miró la mano de Vera y luego el hueco oscuro.

Tras un segundo de duda, dejó que sus dedos se cerraran alrededor de los de ella.

El contacto pareció anclarlo al suelo de nuevo.

Vera esperó a que Alex diera el primer paso por su cuenta, manteniendo un agarre firme que le decía que no iba a soltarlo por mucho que la escalera se cerrara sobre ellos.

—Vale —murmuró Alex, empezando a moverse con la rigidez cediendo ante la presencia de Vera—. Un escalón cada vez.

—Eso mismo —confirmó ella—. De a uno.

Encendieron las linternas y el haz de luz cortó la oscuridad.

Empezaron a bajar, con el sonido de las botas rascando la piedra y la respiración entrecortada de Alex llenando el espacio.

La roca obligaba a bajar despacio y a medir cada paso.

Bruno murmuró algo entre dientes, tenso, maldiciendo decisiones pasadas.

Bajaron y bajaron, sintiendo cómo el aire se volvía más frío y pesado, hasta que el suelo se niveló y los dejó frente a una puerta integrada en la roca cubierta de polvo y marcas del tiempo. Evan se adelantó un paso y apoyó la mano sobre la superficie fría.

—Dormir fuera no tiene sentido. Aquí dentro estaremos seguros.

Lena observaba la puerta con la certeza de que acababa de ver algo cuya existencia ya no podía ignorar. Ya no tenía duda alguna. Este lugar no solo estaba oculto, había sido pensado para no ser encontrado.

Evan accionó un mecanismo antiguo y específico que no parecía una cerradura intuitiva.

El chasquido de la puerta fue bajo y contenido.

El metal cedió con un susurro seco y la puerta se abrió para revelar un interior que echaba por tierra cualquier idea que Lena se hubiera hecho sobre lo que encontrarían allí abajo, dejando el desierto y las ruinas como un recuerdo lejano en cuanto el mecanismo se cerró a sus espaldas.

Lena se dio cuenta enseguida de que no había olor a humedad cerrada ni a polvo viejo. En su lugar, el aire olía a tierra mojada recientemente, idéntico al que sube del suelo cuando caen las primeras gotas después de una larga sequía.

Evan dio un paso lateral y se detuvo junto a un panel empotrado en la pared.

Apoyó la mano con naturalidad y accionó un interruptor que no destacaba a simple vista.

La iluminación cobró vida con un zumbido casi imperceptible.

No fue un fogonazo blanco, sino un resplandor ámbar y difuso que bañó las paredes metálicas con un tono cálido, casi crepuscular.

La recepción no daba la sensación de ser una cueva aprovechada a martillazos como lo podría haber parecido desde fuera, sino que se notaba la geometría de la prefabricación, con paneles blancos impolutos encajados al milímetro y un suelo nivelado con una precisión que no existía en ningún asentamiento de la superficie.

En el techo se veían canales y tuberías bien integradas, colocadas de forma ordenada.

Todo allí parecía haber quedado detenido en el tiempo.

—La energía sigue estable —dijo él, en tono neutro—. Al menos en este sector.

—¿Sin intervención? —preguntó Bruno, mirando alrededor.

—Eso parece —le respondió Evan.

Lena comenzó a avanzar detrás de él y dejó que la mirada recorriera las superficies con calma. Reconocía ese tipo de construcción. La había estudiado en esquemas antiguos, en manuales que ya no circulaban, en diseños pensados para durar más que quienes los levantaban.

—Esto no parece un refugio. Parece… otra cosa —dijo Bruno.

—¿Cómo qué? —preguntó Lena.

Bruno se encogió de hombros.

—Como si aquí no vinieran a esconderse, sino a trabajar.

Vera caminaba pegada a la pared, con los dedos rozando la superficie lisa mientras sus ojos saltaban de los ángulos del techo a las esquinas del suelo.

Buscaba fallos en el diseño, puntos ciegos o cualquier señal de que alguien hubiera entrado allí por la fuerza, pero la estructura le devolvía una coherencia que la mantenía con la mandíbula apretada.

—Aquí tampoco se fueron corriendo —dijo, casi para sí.

—Es demasiado… correcto —dijo Alex mientras analizaba todo el conjunto —. Si alguien lo hubiera encontrado por casualidad, habría dejado rastro. Aunque solo fuera por curiosidad.

—No es un sitio que invite a explorar —respondió Evan—. Si no sabes qué estás mirando, ya desde fuera no te dice nada.

Evan avanzaba unos metros por delante. En una bifurcación giró a la derecha y siguió avanzando. Lena lo observó desde atrás, con la atención que reservaba para los sistemas que no entendía del todo. Evan no dudaba.

—¿Y eso? —preguntó Alex señalando el pasillo que habían dejado atrás.

—Eso no lleva a nada —respondió Evan sin volverse—. Está colapsado más adelante.

Lena comprendió que no estaba improvisando. Evan había ido a buscarla justamente para investigar este lugar. Tenía sentido que supiera moverse con fluidez por este sitio si ya había estado antes.

Avanzaron hacia un corredor que se abría desde el espacio principal.

La transición era suave, sin puertas visibles, solo un cambio de textura en el suelo y una leve variación en la iluminación.

El corredor desembocaba en una sala más amplia, con módulos alineados a ambos lados.

Vio superficies limpias e interfaces apagadas, con el polvo acumulado de forma uniforme y sin interrupciones.

—Las habitaciones estarán al fondo —añadió Evan al llegar a una rampa descendente—. Si siguen el diseño estándar.

Bruno dejó escapar el aire lentamente y ajustó la mochila.

—Ya tocaba. Después de tantas horas en la moto, mi culo y las piernas están a punto de comenzar una huelga.

Descendieron por la rampa con cuidado. Al final, el pasillo se abría en una sucesión de puertas idénticas, alineadas a ambos lados. Todas guardaban la misma distancia y mantenían la misma proporción. Lena se detuvo un segundo, recorriéndolas con la mirada.

Cada puerta llevaba a una estancia individual, en la que todas eran iguales entre ellas en su interior.

Las habitaciones eran pequeñas, con una cama de una plaza anclada a la pared ocupando la mayor parte del espacio.

Frente a ella, un armario metálico empotrado y al lado una pequeña mesa con una silla.

Lena eligió una y soltó la mochila, escuchando el golpe sordo contra el suelo.

Se dejó caer en el borde de la cama y apoyó los antebrazos en las rodillas, sintiendo cómo el cansancio acumulado de la ruta le golpeaba en cada músculo ahora que el cuerpo entendía que no había peligro inmediato de morir.

Alzó la vista y volvió a recorrer la habitación. Había algo que no entendía del todo. El lugar llevaba tiempo sin uso, eso era evidente, pero no se comportaba como otros espacios abandonados que ella conocía.

Vio cómo Alex, en la habitación de enfrente, se sentaba en el borde de una cama, con la espalda recta y sus manos manipulaban un pequeño engranaje metálico, uno de sus fidgets que giraba con un clic rítmico y metálico.

—Aquí dentro el tiempo se siente distinto —musitó Alex.

Lena lo miró, esforzándose por mantener los ojos abiertos.

—¿En qué sentido?

Alex se encogió de hombros, sin despegar la vista del giro mecánico de sus manos.

—No sabes qué hora es —soltó, y su voz sonó pequeña en aquel entorno clínico.

—¿Porque no entra luz natural?

Alex negó despacio, sin dejar de mirar cómo el metal de su fidget brillaba bajo la luz artificial.

—Porque aparentemente no hay ninguna referencia que lo indique. Arriba sabes cuándo el día avanza, aunque no mires el cielo. Aquí no.

Se encogió sobre sí mismo, visiblemente incómodo sin un ciclo de luz claro.