Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 12 #4
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CAPÍTULO 12 #4

—Mañana veremos el resto con calma —le prometió Lena, con un hilo de voz—. Quizás sí haya algo que lo indique y todavía no sabemos identificarlo.

Alex levantó la cabeza y la observó con un brillo súbito en la mirada.

Sus dedos detuvieron el engranaje, aferrándose a esa posibilidad como si fuera un cabo suelto al que aferrarse para no flotar en el vacío.

Encontrar puntos de referencia para mantener sus rutinas era lo único que evitaba que su mundo se derrumbara.

—Dejaré mi puerta abierta por si me necesitas. ¿Vale, cariño?

Alex asintió y se dejó caer en el colchón, buscando la seguridad de las sábanas.

Lena se recostó y cerró los ojos un instante. El refugio la envolvía con una certeza inquietante, la de que se encontraban en un sitio que había sido abandonado con la premisa de que, si alguien regresaba algún día, sabría exactamente qué hacer con él.

No hubo un instante que marcara el comienzo de la mañana, salvo una variación leve en la claridad que atravesaba el interior de su habitación. Lena se incorporó con movimientos lentos, dejando que los pies buscaran el frío del suelo mientras fijaba la vista en el panel de luz.

El resplandor anaranjado que los había acompañado durante la noche, ese tono de seguridad que invitaba al sueño estaba siendo desplazado por una luz blanca, nítida y vibrante.

Se quedó quieta sintiendo un vuelco de satisfacción.

No iba tan desencaminada con lo que le había prometido a Alex: el lugar tenía su propio ciclo diario programado para que el cuerpo no olvidara el paso del tiempo.

El sistema emitía luz fría para despertar sus cerebros, dando una orden electrónica que le decía a cada célula de su cuerpo que el día acababa de empezar.

Se levantó y salió de la zona de habitaciones, notando que algo había cambiado en la vibración de las paredes. Un zumbido suave recorría el pasillo, un despertar de maquinaria latente que no estaba allí cuando se había acostado.

Avanzó por el pasillo contiguo y se detuvo al llegar a una estancia que la noche anterior apenas había registrado.

Un comedor con varias mesas metálicas rectangulares ancladas al suelo y pensadas para cuatro o seis personas, rodeadas de sillas individuales.

Al fondo, algo parecido a una cocina, mantenía la misma austeridad gris que el resto del bloque.

Evan estaba allí.

Al parecer había prescindido de las raciones compactas para preparar algo bastante más elaborado. Había pan tostándose, huevos en una sartén, una olla pequeña de la que salía vapor suave y un aroma que no tenía nada que ver con lo que solían desayunar en ruta.

—¿Esto…? —empezó Lena, apoyándose en el marco sin entrar del todo.

—Sorda —respondió Evan sin girarse—. Pensé que aquí podríamos permitirnos algo distinto.

Eso le arrancó a Lena una sonrisa inmediata.

—¿Trajiste ingredientes sabiendo que había cocina?

Él se giró entonces, con esa media sonrisa suya.

—Sabía que había una zona de preparación. No sabía en qué estado estaría.

—Eso es una forma muy elegante de decir que te la jugaste.

—Y me salió bien.

Evan señaló la mesa y movió la tabla justo cuando ella alargaba la mano hacia el pan.

Sus dedos chocaron y se quedaron allí, piel contra piel sobre la madera rugosa.

Ninguno retiró el contacto. Evan presionó ligeramente las yemas de sus dedos contra las de ella.

Lena sintió un chispazo eléctrico que le recorrió la columna hasta la nuca.

Se obligó a soltar el pan y apretó los dedos contra su propia palma, intentando retener el calor de Evan antes de sentarse.

—No sabía que cocinabas —dijo intentando mantener la compostura.

—No cocino —corrigió Evan—. Evito que la comida se rinda.

Lena soltó una risa breve.

—Eso explica muchas cosas.

Evan sirvió dos platos y se sentó frente a ella. Lena probó un bocado y levantó las cejas.

—Vale. Esto no entra en la categoría de supervivencia básica.

—Era la idea.

—¿Y también sabías que hoy iba a levantarme con hambre de verdad?

—Eso no. Pero llevas días tirando de raciones compactas. Antes o después ibas a protestar.

—No protesto. Hago observaciones críticas.

—Con bastante vehemencia.

—Es pasión por el detalle.

La sonrisa le brotó a Evan de forma genuina relajándole la cara y aclarando el tono de sus ojos.

A Lena le sorprendió lo distinto que se veía así, porque de repente el Enlace hermético había dejado paso a un hombre vulnerable y cercano.

Apartó la vista antes de quedarse demasiado tiempo contemplándolo.

—Si mañana me levanto pensando que esto —añadió Lena, señalando su plato— ha sido una buena idea, voy a asumir que haces cosas, aunque no te salgan rentables.

—Entonces fue una mala idea —dijo él divertido—. Debería haberme limitado a las raciones.

Lena volvió a reír, esta vez sin contenerse, apoyando el antebrazo en la mesa.

—Eres peligrosamente práctico.

—Tú no te quedas atrás —dijo, sonriendo—. Solo lo disimulas mejor.

Bruno apareció entonces rascándose la nuca y con el pelo todavía revuelto. Se detuvo un segundo al ver la escena.

—Vaya. Parece que hoy nos hemos saltado el protocolo de raciones de cartón.

—Sírvete —le indicó Lena—. Pero ni se te ocurra tocar mi plato.

Bruno obedeció a medias y le robó un trozo antes de servirse.

—Ey —protestó ella—. He dicho que no me robes.

—Estoy haciendo control de calidad —replicó él, ya masticando.

Bruno se sentó junto a Evan y empezó a comer en silencio, mientras se limitaba a observar. Lena lo notó, porque su atención iba y venía entre ella y Evan con una precisión que no solía usar.

—Esto está bien —dijo al cabo—. Deberíamos hacerlo más a menudo.

—¿Desayunar? —preguntó Lena.

—No —respondió Bruno—. Empezar el día con tranquilidad.

Lena bajó la vista al plato y esbozó una sonrisa leve.

—No estaría mal. Un poco de calma no nos viene mal.

Vera entró con Alex pegado a su costado, caminando con esa parsimonia de quien no tiene prisa por enfrentarse al mundo. Aspiró el aire con fuerza, cerrando los ojos un instante para saborear el ambiente.

—Esto huele demasiado bien para ser legal en mitad de un desierto —dijo Vera, acercándose a la mesa y poniendo una mano en el hombro de Lena al pasar, un gesto habitual que hoy se sintió como una confirmación silenciosa de que todo estaba bien.

—Que conste en acta. Vera aprueba el desayuno —dijo Bruno riendo—. Y para que lo sepas, lo ha hecho Evan.

—Mira tú —dijo con una sonrisa ladeada—. Resulta que además de saber por dónde ir para que no nos maten, también sabes cuidar a la gente sin necesidad de dar órdenes. No te hacía yo tan doméstico, Evan.

—No lo difundas—dijo Evan sin levantar la vista.

—Tu secreto está a salvo con nosotros —replicó Vera, sentándose junto a Lena y dedicándole una mirada rápida, una de esas que escaneaban el estado anímico de Lena en un segundo—. Este sitio nos está sentando mejor de lo que pensaba.

Alex se quedó de pie evaluando la escena con su rigor habitual.

—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla libre en la cabecera de la mesa.

—Claro —dijo Evan de inmediato—. Lo he reservado para ti, Alex.

Alex se acomodó en el asiento con movimientos milimétricos, alineando sus cubiertos. Evan le deslizó el plato con una suavidad extrema, sin invadir su espacio personal.

—Dormiste mejor —observó Evan.

Alex asintió.

—Aquí dentro… no sé. No me sentí tan expuesto.

—Tiene sentido —respondió Evan—. El espacio está pensado para proteger. No hay que estar vigilando. Eso se nota, aunque no sepas explicarlo.

Lena observó la escena con atención. No usó ese tono condescendiente que otros reservaban para el chico. Ajustaba el lenguaje a Alex sin hacerlo sentir diferente. Bruno también notó este detalle.

—Eres distinto con él. Más… paciente —comentó Lena.

—Su mente ya va bastante rápido por dentro —le respondió Evan—. Necesita tiempo para ordenar las cosas a su manera. Y sé que, si le explico las cosas desde su lógica, lo ordenará mejor.

—Gracias —murmuró Alex bajando la mirada.

Se quedaron unos minutos más así, compartiendo comida y realizando comentarios sueltos. Nadie parecía tener urgencia por romper esa burbuja de tranquilidad que se había formado alrededor de la mesa. Aquella pausa era extraña en mitad de un viaje que hasta entonces se había basado en puro cálculo.

Lena apuró el último trago, sintiendo el peso reconfortante de la taza caliente en las manos y luego buscó los ojos de Evan.

—¿Empezamos?

Evan le sostuvo la mirada un instante y le devolvió un cabeceo apenas perceptible.

—Cuando quieras.