CAPÍTULO 12 #2
El motor eléctrico zumbó al activarse y el camino se abrió de nuevo delante de ellos, incierto y exigente. Sorda quedaba atrás, pero algo entre los dos ya no estaba en el mismo sitio.
Cuando Lena abrió los ojos esa mañana, el frío seguía metido en sus huesos y tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Habían pasado la noche en unas ruinas que no figuraban en ningún mapa.
Restos de estructuras bajas con muros partidos a la altura del pecho y un suelo cubierto de polvo fino donde una vegetación torpe crecía donde podía.
Dormir allí fue una decisión meramente logística, dándoles el tipo de descanso típico de quien descansa sobre piedras que no sirve de mucho para recuperar fuerzas, pero que al menos permite seguir adelante.
Evan ya estaba despierto, concentrado en su diario. Lena lo observó sin detenerse demasiado mientras él pasaba páginas revisando probablemente notas de ruta, tiempos y referencias.
El campamento se levantó con la eficacia de siempre. Desayunaron poco y rápido. Cuando las motos estuvieron listas, el sol apenas había terminado de ganar altura y las ruinas volvieron a quedarse atrás igual de irrelevantes que cuando llegaron.
Con el paso de las horas, el camino se volvió largo y aburrido.
El terreno se extendía ante ellos con una monotonía infinita, una sucesión de horizontes idénticos donde el motor zumbaba constante, volviéndose hipnótico tras varias horas de ruta.
El viento se colaba por los huecos del casco, golpeando la cara de Lena con la misma intensidad kilómetro tras kilómetro hasta que el paisaje se convirtió en una mancha marrón sin principio ni fin.
Lena notó cómo el cansancio empezaba a pesarle más en la espalda que en las piernas. Ajustó el peso contra Evan sin pensarlo, buscando equilibrio. Él siguió conduciendo con la misma firmeza de antes, atento al camino y a lo que todavía no se veía.
El intercomunicador chisporroteó.
—Esto se está haciendo eterno —dijo Bruno—. No pasa nada. No cambia nada. Es todo igual.
Evan se limitó a ignorarlo manteniendo la vista fija en las grietas del suelo. Pero Bruno no era de los que se rendía tan fácilmente solo con un silencio.
—Digo yo que podríamos hacer algo —insistió—. Para no quedarnos fritos.
—No —contestó Evan, seco—. Concéntrate.
Se hizo uno de esos silencios tensos que Bruno siempre interpreta como una invitación para seguir hablando.
—Vale. Lo intento.
El intercomunicador volvió a crujir.
— A-wimoweh… a-wimoweh…
Evan apretó la mandíbula.
—Bruno.
—¿Qué? —respondió él, con una tranquilidad sospechosa—. Estoy concentradísimo.
Bruno siguió con el a-wimoweh , alargando el sonido como si no tuviera intención de acabarlo nunca.
Lena dudó apenas un instante, con la frente apoyada contra la espalda de Evan, notando el traqueteo suave del terreno subirle por el cuerpo.
Entró bajito, casi por reflejo, más para acompañar que por ganas reales de cantar.
— A-wimoweh…
Evan soltó aire despacio.
—Genial —murmuró.
Alex empezó a marcar un ritmo regular, golpeando el sidecar con precisión mecánica. El sonido se acompasó con el motor.
—Tenemos percusión —celebró Bruno—. Esto ya es un grupo serio.
—Alex —advirtió Evan sin girarse.
El ritmo no se detuvo. Alex siguió marcando el compás y Evan terminó por negar con la cabeza, con los ojos clavados en el terreno.
—Venga, Evan —dijo Bruno—. Tu turno.
—Ni lo sueñes.
—Solo una vez.
—Ni una.
Hubo un silencio sospechoso.
—Vale —dijo Bruno—. Entonces improvisamos.
Y se lanzó:
— Iiiiiii… oioioio… a-wimoweeehhh…
Lena soltó una carcajada antes de poder evitarlo y siguió con su a-wimoweh , ya sin ninguna intención de contenerse. El ritmo de Alex seguía martilleando mientras Evan tensaba los hombros mientras aguantaba el bombardeo sonoro.
—Te juro que como sigas…
— Brrrrrrrr… laaalaaa… a-wimboweeehh…
—Te voy a cortar el canal, Bruno, lo digo en serio —dijo Evan, la voz tensa de quien está a punto de perder los estribos.
—¡Eso es censura! Y de la mala, Evan —respondió Bruno—. Muy feo por tu parte.
—Esto es tortura —masculló Evan—. Y lo peor es que lo estáis disfrutando.
—Muchísimo —se oyó la risa de Vera a través del comunicador, confirmando que ella también estaba en el bando de los rebeldes—. Evan, no seas aguafiestas.
—Vera, por favor —pidió él, casi como una súplica—, no me digas que tú también vas a empezar con el coro.
—Yo tengo demasiado estilo para esto —respondió ella con una calma soberana—, pero me encargaré de que Bruno no se quede sin aire.
Bruno soltó un grito de victoria que casi hace que Lena salte del susto.
—¿Lo has oído? Tenemos el respaldo del Consejo. ¡Alex, sube el tempo!
Evan soltó un bufido y le dio un golpe al acelerador de la moto, aumentando la velocidad con un movimiento brusco que obligó a Lena a ajustar el agarre por puro reflejo, una señal clara de que su paciencia estaba a punto de agotarse gracias a la improvisación de su amigo.
—Esto explica por qué trabajo solo.
—Claro… solo —añadió Vera por el comunicador, con una sonrisa que casi se podía oír—. Pero todavía no has cortado el canal.
El golpeteo de Alex se fue fundiendo poco a poco con el zumbido constante del motor hasta que el silencio volvió a imponerse, dejando que Bruno diera por terminada su actuación con esa suficiencia de quien sabe que ha logrado desquiciar al guía para hacer el camino más llevadero.
Fue entonces cuando el terreno empezó a cambiar.
Llegaron a las primeras estructuras irregulares cuando el sol ya empezaba a caer, bañando el desierto con una luz anaranjada.
Aquellos restos de muros y estructuras a medio caer carecían por completo del desorden típico del colapso.
Todo estaba demasiado limpio, sin rastros de saqueos ni de gente que hubiera intentado apilar materiales para montar un refugio improvisado.
Se detuvieron junto a unos muros derruidos para estirar la espalda, dejando que el crujido de sus propias vértebras compitiera con el siseo del viento.
Lena recorrió el paisaje con la vista, dándose cuenta de que lo que de verdad le resultaba extraño era precisamente todo lo que faltaba en aquel escenario.
Frente a ellos se abría una extensión de restos dispersos: estructuras vencidas, placas hundidas y muros que habían cedido sin desplomarse del todo. No se veían acumulaciones caóticas ni restos apilados a lo loco, como tampoco se percibían intentos evidentes de reaprovechar lo que quedaba.
Se quedó allí quieta observando, ignorando el calambre de las piernas después de tantas horas de ruta. Evan se le acercó tanto que Lena pudo notar el calor de su brazo, pero no se apartó porque en ese momento los dos estaban hipnotizados por la misma anomalía visual que se extendía ante ellos.
—¿Qué pasa? —le preguntó atento a cualquier cambio en su expresión.
Lena se pasó una mano por la nuca, tratando de encontrar el término técnico para la inquietud que sentía.
—Estas ruinas no se parecen al resto que hemos pasado. No sabría decir por qué todavía.
Evan siguió la dirección de su mirada, intentando leer lo que ella estaba leyendo sin adelantarse.
—¿En qué sentido?
Lena señaló una estructura medio hundida a lo lejos.
—Cuando la gente huye, deja errores. Abandona cosas a medias, refugios improvisados o intentos torpes de quedarse un poco más. Aquí no hay nada de eso.
—¿Y qué ves? —insistió él.
—Una retirada limpia. No hay señales de disputa por el espacio. Nadie peleó por quedarse. Nadie intentó reorganizar nada después.
Vera pasó por el lado de ambos revisando el perímetro con la mano apoyada en el cinturón, moviéndose con la tensión de quien espera que una de esas piedras se levante para atacarla. Soltó un bufido que era puro escepticismo.
—Eso es porque no estaban huyendo. Se estaban yendo.
Lena giró la cabeza hacia ella sorprendida.
—No es lo mismo —continuó Vera—. Cuando huyes pierdes el control de lo que dejas atrás, pero irse es una decisión meditada de quien ha echado cuentas y ha visto que ya no le compensa quedarse.
Bruno se pasó la mano por la cara y se apoyó en lo que quedaba de un marco de puerta con una desgana que ocultaba bastante mal que estaba tan alerta como el resto del grupo.
—Eso suele pasar cuando el coste empieza a ser mayor que el beneficio —añadió Bruno—. No cuando todo se va al carajo de golpe.
—Las distancias son demasiado regulares —dijo Alex señalando el espacio entre los edificios —. Si alguien hubiera intentado ocupar esto después, habría marcas o cambios. Siempre los hay cuando una persona llega a un sitio nuevo.
—Y no los hay. Nadie volvió para reclamar nada. Ni siquiera para aprovechar lo que quedaba —dijo Lena notando cómo las piezas terminaban de encajar.
Bruno se pasó la mano por la barbilla.
—Sea lo que sea, alguien se aseguró de que no llamara la atención.
—Y de que pareciera irrelevante —añadió Vera.
Avanzaron bajo la guía de Evan cargando las motos a pie, sorteando estructuras a medio caer, cuando el sol empezó a inclinarse lo suficiente como para estirar las sombras.
—¿Cuánto falta? —le preguntó Lena rompiendo el silencio.
—Ya hemos llegado —dijo él sin detenerse y con la vista al frente.
—¿Aquí? —preguntó recorriendo el entorno con atención renovada. Solo veía ruinas dispersas y terreno seco.
Evan giró apenas la cabeza, con una expresión que rozaba lo divertido.
—Quería ver qué pensabas antes de decirte nada. Prefería no condicionarte.
—Muy profesional por tu parte. O muy cruel.
Él sonrió y siguió avanzando hasta una zona donde las motos podían quedar fuera de la vista, encajadas entre restos de hormigón. Luego de esconderlas, continuaron la marcha.
—No lo entiendo —murmuró Lena mientras buscaba algún indicio claro de regeneración o algún brote verde, pero no veía nada —. Si esto es una zona regenerada, debería haber algún signo.
—Si fuera visible, no habría durado —respondió Evan.