CAPÍTULO 8 #3
—Valere no se va a deshacer porque tú no estés aquí para vigilarla —añadió Vera, dándole un pequeño apretón en los dedos, ese gesto que siempre le hacía sentir que el mundo podía esperar un poco—.
Y si algo se rompe, lo arreglaremos cuando vuelvas.
O aprenderán a arreglarlo ellos. Ahora sube.
Ya has hecho todo lo que estaba en tu mano, y lo has hecho bien. Confía en lo que has construido.
Ese "confía" fue lo que finalmente hizo que Lena soltara el aire que llevaba reteniendo en el pecho.
Se volvió a mirar Valere una última vez, recorriendo con la vista los muros y las estructuras que habían sido su vida entera, y por primera vez en semanas, se permitió creer que quizás, solo quizás, no todo dependía de ella.
Evan ya estaba al frente de su moto, con el motor preparado. Alex ocupaba el sidecar, recto y con las manos apoyadas con cuidado. A unos metros, Bruno esperaba sobre la otra moto, con Vera acomodada detrás.
—¿Listos? —preguntó Evan.
Todos asintieron y las motos arrancaron dejando a Valere atrás con el siseo de los motores en marcha y la sensación clara de haber salido del único lugar donde las cosas todavía tenían nombre.
El camino se volvió áspero en cuanto abandonaron las rutas mantenidas.
El asfalto se interrumpía, reaparecía más adelante, volvía a romperse.
El terreno ya no amortiguaba nada. Cada vibración subía por el chasis, por los brazos, por la espalda, recordando que fuera de Valere el error no se corregía solo.
Bruno, por supuesto, decidió que era el momento perfecto para existir con volumen a través del comunicador.
—Última oportunidad de arrepentirte, Calder, todavía podemos fingir que todo esto era una salida terapéutica para aprender a compartir espacios reducidos sin matarnos entre nosotros.
—Si lo llamas “terapéutico” una vez más, el que va a terminar yendo en el sidecar eres tú.
Bruno hizo un sonido de ofensa teatral, como si le hubieran insultado la genealogía.
—¿Me estás diciendo que el sidecar es peor que la muerte? No quiero juzgar, pero eso dice cosas muy feas de tu criterio, teniendo en cuenta que Alex va allí.
Alex, que escuchaba la conversación por su propio pinganillo, giró la cabeza para mirarlo y habló con esa tranquilidad que siempre parecía que había pensado mucho las cosas antes de decirlas.
—El sidecar es estable, el problema es que tú hablas y te mueves demasiado. Y eso altera cualquier estabilidad.
Bruno chasqueó la lengua, teatral incluso en el silencio.
—Qué bonito es convivir con alguien que te evalúa con lógica impecable y cero compasión emocional.
Lena notó cómo Evan ajustaba apenas el cuerpo delante de ella, un movimiento mínimo. No dijo nada, simplemente eligió la velocidad y la mantuvo, firme y constante.
A los lados aparecían edificaciones bajas, algunas todavía en pie mientras que otras estaban vencidas a medias.
No había señales recientes de saqueo ni de impacto directo.
Eran estructuras parasitarias. Alguien había cogido una antigua gasolinera y la había rodeado de muros de neumáticos rellenos de arena.
Otros habían tapiado las ventanas de un bloque de oficinas con chapas de acero remachadas al azar.
No había estética, solo una acumulación desesperada de capas.
Eran refugios construidos bajo la lógica del pánico, con el objetivo de cerrar el paso, ver sin ser visto y tener una salida siempre a la espalda.
Los árboles grandes no existían. Los pocos que seguían en pie eran bajos y retorcidos, siendo más cercanos a arbustos resistentes que a lo que antes se habría llamado un bosque.
Formaban apenas manchas verdes dispersas, separadas entre sí por amplios tramos de suelo agotado.
El suelo contaba su propia historia mediante capas distintas de desgaste, se extendían desiertos de asfalto cuarteado y tierra calcinada, zonas donde el suelo había sido exprimido hasta dejar solo una arena estéril que el viento movía sin esfuerzo.
Lena había visto todo aquello antes en mapas incompletos, en informes fragmentados, en simulaciones que intentaban ordenar lo que nunca había sido limpio. Pero recorrerlo así, kilómetro tras kilómetro, era distinto.
Valere había sido una excepción porque había sido un intento consciente de hacer las cosas de otra forma y ese enfoque la había moldeado más de lo que solía admitir.
Había estudiado sobre recursos, agua, suelo y ciclos, porque estaba convencida de que, si entendías bien un sistema, la gente querría mejorarlo.
Que nadie elegía vivir peor si tenía una alternativa clara.
Ahora, viendo Orialis sin filtros, comprendió que el mundo estaba quieto porque cada intento mal medido, cada experimento que no había salido como se esperaba, había acabado degenerando en algo bastante peor que el problema original.
Lena no podía reprocharlo. Los sistemas que colapsan no se levantan solo con ganas.
Necesitan tiempo. Y, sobre todo, necesitan margen para equivocarse sin que el error lo destruya todo.
Tras el éxodo de las élites, prácticamente nadie había tenido el lujo de contar con ese espacio de seguridad.
Cada paso en falso se pagaba con un precio tan alto que la mayoría prefería no arriesgarse a perder lo poco que les quedaba.
Evan hablaba de zonas irregulares y lugares donde, contra todo pronóstico, la tierra parecía haberse recuperado sin intervención directa.
La idea la inquietaba, porque en un mundo que había aprendido a sobrevivir sin arriesgarse, esas islas fértiles se convertían en un peligro.
Lena no esperaba encontrar en aquellos sitios respuestas concretas ni soluciones listas para replicar.
Buscaría pistas, procesos distintos y algo que le ayudara a entender por qué existían.
Para ella, aquello no era una cuestión de fe, sino de aprendizaje técnico. Si Orialis pretendía sobrevivir sin repetir los mismos errores, tendría que empezar por observar los lugares que habían prosperado fuera de cualquier manual.