Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Bruno se apoyó en la estructura metálica mientras cruzaba los brazos. Entonces soltó la información completa, de una sola vez, con la rapidez de quien arranca una tirita.

—Porque tenemos un pequeño problema logístico. Solo hay una moto más disponible. Las demás están asignadas, desmontadas o a medio morir esperando piezas que no van a llegar antes de que salgamos.

Lena cerró los ojos un instante.

—Bruno…

—Espera —la cortó—. No he terminado, porque también tenemos una solución.

Señaló el sidecar con la cabeza. Alex lo observó con interés inmediato mientras se acercaba un poco más. Lena siguió la dirección de su gesto y lo entendió al instante.

—El sidecar.

—Este mismo —confirmó Bruno—. Entre la moto de Evan, la que ya tenemos y el sidecar, cabemos los cinco. No es elegante, pero es matemáticamente impecable.

Lena volvió a mirar el sidecar, esta vez con más atención. Pasó la yema de los dedos por una soldadura rugosa que se sentía como una cicatriz sobre el acero.

—No sabía que íbamos tan justos de motos.

—No tendrías por qué saberlo —corrigió Bruno—. Ibas centrada en cosas más grandes y esto me tocaba a mí.

Ella suspiró, largo y despacio, y luego soltó una risa cansada.

—Siempre haces lo mismo.

—Y seguiré haciéndolo mientras funcione.

Lena rodeó el sidecar y pasó la mano por el metal frío.

—Se ve cómodo —dijo Alex, casi para sí.

Bruno lo señaló con un dedo, satisfecho.

—Puede. Pero no deja de ser el terror de la estética.

Alex lo pensó durante unos segundos mientras procesaba la información con la calma de quien evalúa una ecuación sencilla.

—Me parece óptimo —dijo pasando la mano por el asiento acolchado—. Reduce la necesidad de equilibrio constante y permite observar el entorno sin esfuerzo adicional.

Bruno parpadeó.

—¿Ves? —dijo Lena, mirándolo—. A alguien le gusta.

Bruno soltó una risa corta y negó con la cabeza.

—Claro que le gusta. Funciona, es estable y no intenta parecer algo que no es: bonito.

Lena lo miró con una sonrisa cargada de malicia.

—Igual el problema no es el sidecar. Sino que tú tienes un concepto muy estrecho del buen gusto.

—¿Perdona? —replicó él indignado—. Yo crecí soñando con motos, no con carritos con ruedas.

—No es un carrito —corrigió Alex levantando la vista bruscamente hacia él—. Es una plataforma de transporte eficiente.

Bruno suspiró, derrotado.

—Genial. Me han superado técnica y estéticamente en la misma tarde.

Salieron del almacén dejando atrás el olor a grasa y metal frío.

Alex caminaba un paso por delante y marcaba un ritmo preciso.

Cruzaron el pasillo central, donde el sonido de la actividad diaria de Valere se amortiguaba con la llegada del crepúsculo que se colaba por la entrada del Complejo Técnico, y se dirigieron hacia el área de suministros médicos.

Al entrar en el pabellón sanitario, la luz blanca y aséptica los recibió de golpe. El olor a desinfectante sustituyó al de la grasa del almacén. Encontraron a Vera en una de las mesas del fondo, organizando el kit médico de viaje.

Bruno se acercó a su ordenador para volcar los últimos mapas topográficos en las unidades que se llevarían al viaje. El silencio solo lo rompía el zumbido de los equipos y el suave golpe de los suministros de Vera contra la mesa.

—La próxima vez —le soltó Vera a Bruno sin levantar la vista—, te sientas tú a explicarles por qué el nodo del noreste sigue operando a medias. Me han tenido tres horas dándole vueltas a lo mismo y tengo la cabeza como si me hubieran pasado una lija por el cerebro.

Bruno no despegó los ojos de la barra de carga, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en la comisura de sus labios.

—Ya lo hablamos, Vera. Si voy yo, les diré la verdad técnica en tres frases y se sentirán insultados porque no les he dado un discurso de esperanza de media hora. Tú tienes paciencia para sus dramas. Además, te queda mejor el asiento en el consejo que a mí.

—Me encasquetaste el puesto porque sabías que yo no podía decir que no mientras Lena formara parte de él —replicó ella, y esta vez se detuvo para mirar a Bruno con una resignación antigua y cargada de verdad—.

Sabías perfectamente que si alguien tenía que meterse en el barro de las discusiones para que ella pudiera usar su voz solo para lo que importa, esa iba a ser yo.

Pero ahora que nos vamos, les he dejado claro que no pienso responder ni un solo mensaje sobre protocolos de comunicación.

Si el nodo se cae, que aprendan a usar señales de humo.

Lena, que estaba terminando de ajustar las correas de su mochila mientras observaba la escena, sintió una mezcla de gratitud unida a una punzada de culpa.

Sabía que Bruno había maniobrado con una precisión de cirujano para evitar el Consejo, pero también entendía que Vera lo había aceptado por ella, actuando como un escudo.

Se dio cuenta de que muchas de las veces en las que ella simplemente exponía sus planes técnicos y salía de la sala, Vera se quedaba atrás, lidiando con las quejas para que nadie persiguiera a Lena por los pasillos con problemas menores.

Vera era la que permitía que Lena conservara esa pureza profesional.

Se sintió pequeña bajo el peso de ese sacrificio silencioso, una deuda que no se pagaba con un "gracias" y que ahora, con la partida a la vuelta de la esquina, quemaba más que nunca.

Lena los observó a los tres. Estaba cansada, pero no pudo evitar sonreír. Eran ellos. Eran su familia. El sistema que realmente funcionaba cuando todo lo demás fallaba.

El viaje que comenzarían al día siguiente seguía asustándola, era un nudo en el estómago que no terminaba de soltarse, pero sentía que estaban encontrando la forma de hacerlo juntos.

Las motos no se cargaban solas, aunque lo pareciera.

Cada uno ocupaba su sitio y hacía lo que tocaba, moviéndose alrededor de ellas sin necesidad de palabras.

Cada cosa que entraba desplazaba otra, y no había lugar para sentimentalismos ni para objetos “por si acaso”. Todo estaba elegido con cabeza fría.

Lena tensó una cincha de nailon deshilachado y comprobó el anclaje del sidecar al chasis de la moto de Evan. El metal vibró bajo sus manos con un golpe seco.

—Si sigues así —dijo Bruno a su espalda—, la cincha va a denunciarte por mal trato.

Lena ni se inmutó y dio un último tirón a la cinta.

—Está bien ajustada.

—Eso no lo dudo. Ajustas las cosas como si pudieran salir corriendo.

—Ayuda o aparta.

—Estoy ayudando… a las pobres cinchas.

Ella soltó aire por la nariz en apenas una risa.

Evan revisaba una de las motos sin tocar nada que no fuera suyo. Solo intervenía para señalar un amarre mal ajustado o una pieza que convenía reforzar antes de salir. Todo en él era preciso.

Alex observaba desde el sidecar con atención los movimientos de todos. Evan se agachó junto al sidecar, a la altura de Alex, y señaló la franja de terreno que se extendía delante de ellos.

—Desde ahí no tienes que mirar solo al camino. De hecho, lo menos importante suele estar justo delante.

Alex siguió la dirección de su mano.

—¿Entonces qué miro?

—Los bordes. Fíjate en si hay marcas recientes o si algo se desplaza donde todo lo demás está quieto.

Alex frunció ligeramente el ceño.

—¿Personas?

—Personas, animales o estructuras a punto de ceder. Pero, sobre todo, busca los silencios. En Orialis, si un tramo debiera tener ruido y no lo tiene, es que algo o alguien lo ha silenciado.

—¿Y cómo sé si es peligro inmediato o solo irregularidad?

Evan sostuvo la mirada de Alex un segundo, evaluando si la pregunta nacía de la curiosidad o de la necesidad de un parámetro fijo.

—Por acumulación. Una señal sola no significa nada. Dos, te pones alerta. Tres, dices “para” y yo freno. Ya veremos luego si era o no.

—Eso es asumible.

—Desde el sidecar tienes ventaja. Ves sin tener que mantener equilibrio ni velocidad. Confía en eso.

Alex bajó la vista hacia la estructura metálica.

—Entonces mi función es detectar anomalías antes de que sean evidentes.

—Exacto. Y eso se te da bien.

Alex levantó la mirada hacia él. La comisura de la boca se le movió apenas como una respuesta física a algo que había encajado en su cabeza.

Evan se giró hacia Lena justo cuando se agachaba junto al sidecar. Ella estaba comprobando el arnés del asiento de Alex y la posición de los anclajes que iban a mantenerlo estable. Pasó los dedos por cada punto una y otra vez para ajustar milímetros que ya estaban bien.

—Si sigues tocando eso, lo vas a desajustar —le dijo Evan—. Está correcto, ya lo he revisado.

Lena retiró las manos despacio.

—No voy a dejar nada al azar.

—Estás intentando controlar todo después de haberlo hecho bien. Y eso solo sirve para agotarte mentalmente incluso antes de salir.

Ella alzó la vista, sorprendida por lo preciso del comentario.

Bruno, que llevaba un rato observando la escena con expresión divertida, no pudo evitar intervenir.

—¿Ves? Yo te dije que este hombre era peligroso. No por lo que hace, sino por lo que ve. Te desmonta las manías en tiempo real. Eso debería estar regulado por ley.

Evan lo miró como si Bruno fuera parte del equipaje que toleras porque no has encontrado dónde dejarlo.

Vera apareció con la mochila ya ajustada, deteniéndose a un par de pasos de Lena. La observó en silencio ese ir y venir de manos que no buscaban fallos reales.

—¿Ya está todo listo, Lena? —preguntó Vera, y no era una pregunta sobre las motos.

Lena señaló la carga, evitando su mirada.

—Eso creo. Está todo en su sitio y bien asegurado.

—Entonces basta —sentenció Vera, con ese tono que Lena solía usar para dar órdenes técnicas, pero cargado de una ternura que la desarmaba—. Ya no estás revisando la seguridad, cariño. Estás intentando volcar tus nervios en el chasis de la moto, y el metal no sabe qué hacer con ellos.

Lena apretó los labios, sintiendo que la fachada de ingeniera al mando se le agrietaba por momentos.