Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

LENA

El tiempo empezó a medirse de otra forma en cuanto la decisión quedó tomada. Los días y las horas perdieron su peso frente a las listas, las comprobaciones repetidas y en la sensación constante de que cualquier detalle olvidado podía terminar pasando factura.

Desde que Lena dijo que iría, nadie mencionó una fecha concreta de salida.

Nadie la había propuesto siquiera. Hablaron de dos, quizá tres días para revisar material, redistribuir tareas y dejar claros los relevos.

Lena insistió en eso más que en nada porque su prioridad era que Valere siguiera funcionando cuando ellos cruzaran las murallas.

Comprobaron repuestos que ojalá no necesitarían y separaron comida seca capaz de aguantar días, cargaron baterías y prepararon el material de medición.

Nada de aquello era nuevo para ella debido a que lo había hecho mil veces para otros.

La diferencia residía en que esta vez la lista no terminaba en la supervisión, sino que el punto final era salir.

Esa idea, tan simple en apariencia, la inquietaba más de lo que habría querido admitir.

Esa mañana, Lena encontró a Alex en el almacén pequeño.

Permanecía sentado sobre el suelo de hormigón frío, rodeado de cajas de plástico translúcido.

Delante de él, había desplegado una colección de juntas tóricas, conectores de cobre y fusibles cerámicos que clasificaba por milímetros y amperaje con precisión.

Estaba tranquilo y eso, precisamente, era lo que más le chirriaba a Lena.

Se apoyó en el marco de la puerta sin decir nada durante unos segundos mientras lo observaba.

Alex funcionaba mejor cuando el mundo tenía bordes claros, cuando las reglas estaban visibles y las consecuencias podían anticiparse con cierta lógica.

Valere, con todas sus complejidades, seguía siendo eso: un sistema cerrado y predecible incluso cuando fallaba. Fuera de los muros no funcionaba así y Alex no había sido educado para eso, porque nunca pensó que tendría que cruzarlos.

—¿Puedo sentarme? —preguntó rompiendo el silencio.

Alex levantó la vista, asintió una vez y volvió a lo que estaba haciendo, dejando espacio a su lado sin mirarla.

Lena se sentó despacio y se quedó allí, en silencio, respetando el ritmo de Alex.

Sabía que, si hablaba ahora, él tendría que reiniciar el conteo de los fusibles desde el principio y eso le generaría una frustración física que tardarían minutos en calmar.

Así que esperó a que la última pieza de cobre encajara en su caja correspondiente.

Solo cuando Alex dejó las manos quietas sobre sus rodillas y exhaló un aire contenido, Lena supo que la ventana para hablar estaba abierta.

—Alex, ¿quieres venir a esta expedición? ¿Quieres acompañarme?

Le preguntó con una suavidad inusual, dejando que las palabras flotaran. Necesitaba oír su respuesta en voz alta, aunque ya la intuyera. Alex dejó la pieza que tenía en la mano y la colocó en el montón correspondiente antes de responder.

—Si tú vas, yo voy.

Lena sintió un peso súbito en el esternón, una presión física que le recordó que ahora la seguridad de Alex dependía de ella.

—No tienes por qué hacerlo —respondió, sabiendo que la frase era inútil—. No es una obligación.

Alex la miró entonces con atención intentando descifrar su expresión.

—No es por obligación. Es más fácil si voy contigo —dijo levantando ligeramente los hombros—. Fuera será raro, pero contigo no tanto.

Lena cerró los ojos un instante. Pensó en su hermana, que murió años atrás cuando ella tenía más o menos la edad que Alex tiene ahora.

Recordó la promesa que hizo entonces, sin saber realmente cómo se cumplía algo así.

Pensó en cómo había aprendido sobre la marcha al apoyarse en Bruno y en Vera.

Se había equivocado muchas veces y había acertado otras.

Construyó rutinas, normas y pequeños sistemas con una única idea en mente: que Alex pudiera sobrevivir sin ella si algún día faltaba.

—Tengo miedo —le confesó mientras se miraba las palmas de las manos, sintiendo el peso de la confesión—. No por mí, sino por ti.

Se giró hacia él obligándose a ser clara para que él la entendiera.

—Fuera no funciona como aquí. No siempre hay señales. A veces voy a necesitar que hagas cosas sin que te dé tiempo a analizarlas, y eso te resultará incómodo.

Alex la escuchaba sin interrumpirla, grabando cada palabra en su cabeza como si fuera un manual de emergencia.

—Si te digo que te muevas, te mueves. Si te digo que pares, paras. Aunque no entiendas por qué en ese momento. Allí fuera las explicaciones suelen llegar tarde —bajó un poco la voz—. Y si en algún momento sientes que la situación te supera, me lo dices. No te calles ni intentes aguantarlo tú solo.

Alex se inclinó un poco hacia ella y apoyó la frente en su hombro de una forma torpe y medida. Fue un contacto seco, de hueso contra hueso, desprovisto de la suavidad de un abrazo convencional pero cargado de confianza absoluta.

—Vale —aceptó a pesar de no estar del todo convencido—. A mí también me da miedo salir. Pero contigo, el miedo es… procesable.

Lena soltó una exhalación que pretendía ser una risa, pero el aire salió con un sonido seco y áspero.

Lo rodeó con los brazos con cuidado, manteniendo una presión suave para no invadir su espacio más de la cuenta.

Alex se mantuvo rígido, pero no se apartó.

Sabía que Lena necesitaba ese contacto más de lo que él necesitaba evitarlo.

—Te quiero —le dijo Lena.

Alex tardó más de lo habitual en responder.

—Yo también. Aunque no sepa decirlo bien.

—Lo dices a tu manera.

El momento se habría quedado ahí, si la puerta no se hubiera abierto de golpe.

—Vale, esto ya está durando demasiado —anunció Bruno—. Y me estoy poniendo incómodo solo de verlo.

Bruno se arrodilló y se dejó caer sobre ellos con la sutileza de un derrumbe, rodeándolos con sus brazos y apretándolos contra su pecho.

Lena olió el rastro de café que siempre acompañaba a Bruno.

Fue un abrazo asfixiante y cálido que contrastaba violentamente con la quietud anterior.

Alex mantenía los hombros duros y el cuerpo recto.

—¿Ves? —dijo Bruno, apretando la mejilla contra el pelo de Alex—. Exactamente lo mismo que abrazar a un poste.

Alex giró la cabeza levemente para mirarlo.

—Estoy quieto a propósito. Así no estorbo.

Bruno soltó una carcajada corta.

—No se trata de no estorbar, chaval. Se trata de abrazar. Falta flexibilidad.

—Esto es abrazar para mí —replicó Alex.

Bruno apretó un poco más intentando compensar la rigidez con fuerza bruta.

—Terapia de choque. Contacto físico intensivo.

Lena resopló y apoyó la frente un momento en el hombro de Bruno.

—Gracias —murmuró.

—Para eso estamos —respondió él, sin soltarlos—. Os quiero. Y es obvio que vosotros a mí también. Si es que soy adorable.

Lena soltó una risa corta y Alex se apartó un poco para poder mirarlo.

—No hace falta apretar más. Ya lo he entendido.

Bruno lo miró un segundo mientras calibraba si era verdad. Aflojó el abrazo, pero no del todo.

—Vale. Pero conste que esto cuenta como progreso.

Lena los miró sonriendo y no necesitó decir nada más.

El zumbido de las máquinas de Valere y la amenaza del exterior desaparecieron.

Eran un equipo, una unidad funcional compuesta de piezas diferentes que encajaban a la perfección.

Pero al mirar la mochila de Alex, ya lista y etiquetada junto a la puerta, la realidad volvió a golpearla.

En menos de veinticuatro horas, ese manual de supervivencia que habían escrito juntos tendría que enfrentarse a un mundo que no seguía ninguna regla.

Cuando el ambiente ya estaba algo más ligero, Bruno decidió que era el momento adecuado para soltar una mala noticia sin que pareciera otro problema más.

—Ven —le dijo a Lena con tono despreocupado—. Acompáñame un momento al almacén.

Alex, que estaba con ellos, se levantó también sin preguntar.

El almacén no tenía secretos para ella. Las estanterías reaprovechadas se alineaban bajo una luz amarillenta que apenas alcanzaba los rincones más profundos.

El aire olía a polvo antiguo y a ese aroma metálico y agrio del hierro que empieza a oxidarse.

Las estaban piezas ordenadas por función en cajas marcadas con códigos internos que solo ellos entendían. Nada que anunciara sorpresas.

Bruno caminó hasta el fondo. Se detuvo frente a una silueta cubierta con una lona gruesa que acumulaba una capa gris de suciedad y se quedó quieto un segundo.

—Antes de que empieces a pensar cosas raras, no es un cadáver.

—Gracias por la aclaración. Me quedo mucho más tranquila.

Bruno sonrió de lado y, sin más preámbulo, tiró de la lona por una esquina.

La apartó de un tirón provocando una pequeña nube de partículas que bailaron bajo el foco del techo.

Lo que Lena vio fue algo que en otra vida había sido un habitáculo de sidecar.

Al menos en concepto. Aún conservaba el brazo de anclaje para unirlo a una moto, pero el paso del tiempo y los arreglos lo habían convertido en un objeto difícil de defender con orgullo.

La estructura recordaba al armazón de un electrodoméstico grande, de esos pensados para no moverse nunca, con líneas rectas y una ausencia total de aerodinámica.

Sobre ella, un asiento de respaldo alto y acolchado, claramente ajeno al conjunto, rompía cualquier intento de coherencia.

Parecía que hubiera pasado por demasiadas manos y que cada una hubiera añadido algo sin preguntarse si todavía merecía la pena seguir llamándolo así.

Probablemente por eso llevaba tanto tiempo abandonado en el almacén.

Lena lo miró en silencio durante unos segundos.

—¿Eso… estaba aquí?

—Desde siempre —respondió Bruno—. Bajo una manta, igual que los secretos que conoce todo el mundo y de los que nadie quiere hablar.

—¿Por qué me estás enseñando esto? —le preguntó arqueando una ceja.