Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

LENA

El primer día de viaje fue bastante tranquilo. Al anochecer, Evan eligió el lugar sin explicaciones. Lena se fijó en su manera de mirar el espacio. Él no solo elegía sitios, sino que parecía medir distancias invisibles, ángulos y sombras. Detalles que nadie más parecía estar viendo.

Buscó una curva del terreno, con la carretera lo bastante lejos, donde los restos de una antigua casa ofrecían un refugio discreto. Era una construcción de muros gruesos de piedra y ladrillo, con el tejado hundido en una de las esquinas, pero con la cocina y el salón todavía estables.

Entraron las motos en lo que debió ser un porche lateral, ocultándolas tras unas contraventanas de madera podrida. Bruno bajó de la moto con la rigidez propia de quien ha sobrevivido a una tragedia.

—Confirmo que sigo con vida —anunció dejándose caer contra la pared de piedra, soltando un quejido que pareció sacudirle los huesos—. Y confirmo que tengo la espalda de un señor de ochenta años, lo cual es un detalle precioso.

—Eso último ya lo tenías antes —le dijo Alex sin emoción.

Vera soltó una exhalación que, en ella, contaba como risa.

El aire dentro olía a papel viejo húmedo y a un rastro dulce de abandono, un espacio cerrado que, a diferencia de la llanura abierta, permitía que el calor corporal del grupo se mantuviera entre las paredes desconchadas.

Al terminar de armar el campamento, Lena aprovechó para preguntar lo que le llevaba rondando desde que habían salido.

—¿Qué margen real tenemos aquí fuera con las comunicaciones? —preguntó, mirando directamente a Bruno.

Él se apoyó en la pared y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras se preparaba para su versión resumida del apocalipsis tecnológico.

Lena conocía el marco general porque había aprendido a no confiar nunca del todo en una red que no veías. Ahí fuera, las conexiones distaban de ser una infraestructura para convertirse en una circunstancia. A veces estaban y a veces no.

Existían satélites antiguos que seguían emitiendo ahí arriba desde antes de que ella naciera, aunque nadie sabía muy bien por qué ni hasta cuándo.

No eran muy fiables, por eso dentro de comunidades como Valere, la red se sostenía de otra forma.

Nodos locales con antenas parabólicas y tramos de cable que enlazaban unas ciudades con otras.

Cada antena apuntaba a un lugar distinto, buscando otras comunidades con las que intercambiar señal. Era una red hecha de enlaces directos, no de cobertura. Si una antena fallaba, esa dirección desaparecía del mapa.

La información viajaba a saltos, pasando de un punto a otro. Llegaba tarde, incompleta o distorsionada, y uno aprendía pronto a no dar nada por cierto solo porque apareciera en una pantalla.

Lo que Lena no tenía claro era cuánto de esa precariedad podía permitirse ahora que dependían de lo que llevaban encima. Se preguntaba qué margen real había entre escuchar algo y poder usarlo sin consecuencias.

—Depende de lo que llames comunicación —dijo frotándose los ojos con el dorso de la mano—. Si esperas enviar algo y que llegue limpio, completo y cuando tú quieres… eso, aquí fuera, murió con los satélites bien mantenidos.

Lena apretó los dientes, asimilando que estaban mucho más aislados de lo que le gustaba admitir.

—Y con lo que llevas tú... ¿cómo funciona?

Bruno soltó una exhalación breve, entre resignada y divertida.

—Funcionar es una palabra generosa. Esto es portátil.

Tiene una antena ligera y potencia limitada.

Sirve para escuchar, para asomarse un poco, a veces para colarse un segundo si hay suerte.

Pero si hay saturación, interferencias o alguien filtrando, un nodo fijo siempre gana.

Ofrece más alcance, más estabilidad… y más control.

Yo aquí juego en desventaja. Pero peor es ir a ciegas.

—Por eso en las comunidades pediremos acceso —agregó Evan—. No solo por comodidad. Sin un nodo estable, dependes de lo que otros decidan dejarte ver.

Lena asintió despacio. En Valere, la red era una herramienta compartida. Ahí fuera, entendió, era algo que otros te concedían o te negaban.

—¿Y quién decide eso?

—Quien controla el nodo —respondió Evan desde las sombras, cerca de la entrada, con la mirada fija en la carretera oscura—.

Es quien gestiona qué entra, qué sale y qué queda registrado.

No todo lo que circula merece circular. No todo lo que llega es verdad.

Hay comunidades que usan la red como cebo.

Otras como filtro. Y algunas como trampa.

Lena quiso pedir ejemplos, nombres y detalles, pero algo en el tono de Evan la frenó. Él no estaba explicando, sino que estaba delimitando.

—Internet existe —añadió Bruno—. Pero lo que tenemos aquí fuera son islas de datos conectadas por puentes que se caen a pedazos.

Si el nodo de una comunidad está corrupto o bajo un bloqueo, la información que recibes es como un eco deformado.

Aquí fuera no navegamos, recolectamos restos de un naufragio y rezamos para que no estén podridos.

Alex, que había estado escuchando sin perderse una palabra y con el cuerpo echado hacia delante, levantó la vista.

—Entonces… ¿cómo sabes si lo que recibes es verdad?

Bruno suspiró antes de responder.

—No lo sabes. Lo contrastas. Ves si encaja con otras cosas, si se repite, si a alguien le conviene demasiado que lo creas.

Alex arrugó la nariz, poco convencido con la falta de lógica del sistema.

—Entonces puede ser mentira.

—Puede serlo —admitió Evan—, o puede estar incompleta. Por eso importa saber quién controla el nodo. Para saber desde dónde te hablan.

Alex asintió una vez, en silencio.

—La información no deja de servir por estar controlada —dijo Vera—. El problema es olvidarte de que lo está.

Lena se quedó en silencio un momento. Lo que había fuera no iba a mentirle necesariamente, pero tampoco iba a facilitarle las cosas.

El entorno iba a exigirle que estuviera alerta todo el día, incluso cuando solo quisiera cerrar los ojos y olvidarse de todo.

Bruno se dejó caer al suelo con un gruñido exagerado sobre su saco de dormir mientras estiraba las piernas.

—Qué bien esto de dormir en el suelo —añadió soltando un suspiro.

Lena lo miró de reojo, envuelta en su propia manta.

—¿En serio?

—Sí —respondió él encogiéndose de hombros—. Te conecta con la realidad. Te recuerda dónde estás, lo que hay debajo y lo poco que controlas. Es incómodo, pero es honesto.

Lena soltó una respiración que casi era una risa y se tumbó.

Intentó descansar, pero su cuerpo no entendía de intenciones, porque sus músculos seguían tensos.

Su organismo no había procesado que ya estaba en el suelo.

Cada sonido activaba una alerta sin nombre y no había manera de decidir cuál importaba y cuál no.

El suelo de la vivienda era un puzle de baldosas cerámicas levantadas y escombros de yeso. Lena oía el goteo de una tubería seca, el roce de alguna alimaña en el falso techo y el viento silbando en las rendijas de las ventanas tapiadas.

En un momento oyó pasos lentos y medidos.

Reconoció a Evan sin abrir los ojos solo por cómo se movía.

Eran pasos sordos, calculados para evitar las tablas del suelo que crujían.

Se movía por el pasillo de la casa, pasando de habitación en habitación con una fluidez que solo da la costumbre de habitar ruinas.

Lena lo veía pasar por el marco de la puerta como una silueta que se fundía con las sombras de los muebles rotos, deteniéndose junto a cada ventana para observar el exterior sin exponerse.

Ella dejó que los pasos se alejaran. Evan hacía su trabajo y ella, simplemente, se quedó allí, escuchando cómo el silencio volvía a cerrarse sobre la casa.

Lena sentía que el cuerpo le pesaba una tonelada luego de haber dormido en el suelo, pero se levantó sin quejarse porque no iba a regalarle al mundo el placer de verla floja tan pronto.

Estaba peleándose con su saco de dormir, intentando embutirlo en el compartimento de la moto, cuando notó que Evan se acercaba por detrás. Se situó lo bastante cerca como para que ella percibiera el calor de su presencia en la espalda.

—Así no va a caber nunca —soltó él con una calma que a ella le resultó irritante.

Lena le dio un empujón seco al saco, forzando el tejido con todas sus ganas.

—Si cabe, ya verás.

Al inclinarse Evan, para comprobarlo mejor, Lena percibió con una nitidez que no esperaba el olor a cuero viejo que emanaba de su chaqueta. El hombro de él quedó a pocos centímetros del de ella y su mano apoyada en la moto justo donde Lena necesitaba maniobrar.

Evan no llegó a tocarla, pero tampoco hizo el más mínimo esfuerzo por retirarse o darle el espacio que cualquier desconocido le habría concedido por pura cortesía.

—Terminará cabiendo —admitió él, bajando el tono de voz—, pero cuando lo saques esta noche para usarlo, el relleno estará tan apelmazado que terminarás hecha polvo.

Lena se giró con brusquedad para replicar, harta de sus consejos no solicitados.

Al hacerlo, se encontró con que se habían quedado frente a frente a una distancia ridícula para mantener una discusión práctica sobre equipaje y, al mismo tiempo, lo bastante lejos como para que cualquiera de los dos pudiera seguir fingiendo que no se había dado cuenta de lo que estaba pasando entre ellos.

—No necesito que optimices la forma en la que duermo.

Evan bajó la mirada hacia el amarre y volvió a subirla muy despacio, recorriendo su cara hasta detenerse en sus ojos con una fijeza que la desarmó.

—No lo hago por ti —respondió con calma—. Lo hago porque mañana te quiero funcional. No me sirves de nada si no puedes ni mover los hombros.

—Qué detalle —replicó ella, cargando las palabras de todo el sarcasmo que pudo reunir—. Me tranquiliza saber que, para ti, soy un recurso más que hay que mantener a punto.

Él ladeó apenas la cabeza, sin inmutarse por el tono de ella.

—Si lo fueras, no estarías discutiendo conmigo ahora por un trozo de tela.