Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Vera no apartó la mirada en ningún momento, pero su voz sonó con una suavidad que solo reservaba para los momentos en los que Lena estaba a punto de colapsar.

—Si Valere no estuviera preparada para seguir sin ti, significaría que nada de lo que has hecho estos años estaría funcionando de verdad, Lena.

Lena apretó la mandíbula, procesando la verdad incómoda que Vera le acababa de soltar con tanta naturalidad.

—Y quedarte puede tener un coste igual de alto para todos —agregó Vera, inclinándose un poco hacia ella para enfatizar que no hablaba solo de técnica, sino de supervivencia—. Solo que ese coste puede tardar un poco más en llegar y ser mucho más difícil de pagar cuando lo haga.

Alex se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en las rodillas. Se quedó mirando el suelo un instante con ese gesto de concentración máxima antes de alzar la vista hacia Lena.

—Si no miras tú, alguien más lo hará. Y no tiene por qué hacerlo mejor.

Lena sabía que tenía razón. Aquello no iba a quedarse contenido, ni bajo control solo porque ella se empeñara en que el mundo siguiera siendo un lugar predecible.

Se levantó despacio, notando cómo el cansancio de las últimas horas se asentaba en sus articulaciones mientras sopesaba una idea que cambiaría las reglas del juego para todos en Valere.

—Esto ya no puede quedarse aquí —dijo y su voz sonó más firme de lo que se sentía por dentro.

Bruno alzó la vista y la miró, con una sombra de resignación.

—¿Consejo? —preguntó con un tono amargo.

—Consejo —confirmó Lena.

Vera se puso en pie también. Alex se quedó sentado, observándola con atención.

—No voy a llevarles una decisión —añadió Lena—. Voy a llevarles un problema. Y voy a escuchar lo que tengan que decir, aunque no me guste.

Todos entendieron lo que acababa de ponerse en marcha. Ya no podían postergar las decisiones.

—¿Y después? —insistió Bruno, ladeando la cabeza y dejando claro con el gesto que, para él, lo que opinaran las otras tres personas de ese consejo era el menor de sus problemas frente a la magnitud de lo que tenían entre manos.

Lena exhaló despacio, sintiendo el peso de la responsabilidad como una presión física en el pecho.

—Después decidiré qué hago con lo que salga de esa sala. Porque escuchar no es lo mismo que obedecer —respondió ella, y vio cómo Bruno sonreía apenas, un amago de gesto que delataba su satisfacción al confirmar que Lena, al menos hoy, no iba a dejar que la burocracia ganara la partida.

—Menos mal —murmuró Bruno, volviendo a su pantalla con una energía renovada—, porque si esperas a que ese Consejo se ponga de acuerdo sobre el futuro, nos habremos convertido en abono antes de que redacten el primer acta.

—Decidan lo que decidan —añadió Vera entonces, con voz tranquila—, no va a afectar solo a quienes estén sentados en esa mesa.

—Lo sé —admitió Lena.

Miró a Bruno primero, luego a Vera, y por último volvió a fijarse en Alex, que no apartó la mirada.

La decisión que acababa de tomar no incluía a nadie más, y eso era precisamente lo que la hacía pesada.

Fue Bruno quien se encargó de romper el silencio otra vez, aunque esta vez su voz tenía un filo diferente.

—Ni se te ocurra —soltó él, adivinando por dónde iban sus pensamientos—. Como pretendas salir ahí fuera tú sola, te ato a un poste y llamo a eso planificación preventiva de seguridad.

Lena arqueó una ceja, buscando el tono ideal para aligerar el aire antes de que la conversación se volviera tensa.

—Primero atarme a una silla, ahora a un poste. ¿Algún otro lugar al que quieras atarme o ya agotaste el catálogo por hoy?

Bruno ni siquiera hizo el amago de seguirle la broma. Se limitó a mirarla con una seriedad absoluta, con esa expresión que solo aparecía cuando algo le importaba demasiado como para disfrazarlo de broma.

—Sería capaz de atarte al árbol, con tal de que no salgas de aquí sola.

La frase golpeó a Lena con más fuerza que una advertencia técnica.

El árbol era el lugar que se protegía incluso cuando todo lo demás se negociaba.

Nombrarlo así revelaba sus prioridades. Bruno no pondría nada por delante de ella.

Ni el símbolo, ni la comunidad, ni la idea de un futuro mejor para el mundo.

Lena cerró los ojos un instante.

—Bruno…

—¡No! —la cortó—. Llevamos cuidándonos desde críos. Cuando uno hacía algo estúpido, el otro se aseguraba de que no muriera en el intento. No veo por qué ahora iba a ser distinto.

—No se trata de acompañarte por valentía, sino de no dejarte cargar con esto sola —agregó Vera.

Alex no dijo nada, pero se levantó y se colocó a su lado. El gesto fue suficiente respuesta. Lena los miró uno a uno, consciente de que no había pedido nada y, aun así, no le estaban dando opción.

—Esto no será seguro —dijo rindiéndose finalmente a la tozudez de los tres.

—Nunca lo ha sido. Y, aun así, nunca te dejamos sola —dijo Bruno sonriendo y ladeando la cabeza.

No hubo más discusión. Pasara lo que pasara después, aquello no iba a convertirse en una excepción a algo que llevaban haciendo toda la vida: protegerse sin necesidad de pedir permiso el uno al otro.

Cuando Lena se dio la vuelta para ir a convocar al consejo, tenía la certeza de que, si Evan tenía razón, quedarse no iba a salvar a Valere. El mundo no estaba planteando una pregunta, estaba esperando a ver quién se atrevía a mirar primero.