Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LENA

El chirrido de las poleas era el único sonido que rompía el silencio en el almacén central. Desde lo alto de la pasarela, Lena reponía las cuerdas de tracción del montacargas manual, moviéndose con esa precisión que solo otorga el hábito.

La luz mortecina de los paneles superiores parpadeaba, proyectando sombras largas sobre la plataforma de metal, rayada y gastada por el uso y el paso de los años.

El trabajo que estaba realizando no era complicado ni delicado, pero exigía concentración.

Si algo quedaba mal tensado no se rompería de inmediato, aguantaría lo suficiente para fallar cuando más se necesitara.

Había aprendido hacía tiempo a desconfiar de las soluciones rápidas y provisionales porque siempre acababan saliendo caros.

No delegaba ese tipo de tareas, prefería asumir el riesgo de las consecuencias ella misma.

Las cuerdas de cáñamo estaban viejas, ásperas, y eso obligaba a ajustar cada amarre con más cuidado del habitual. Lena mantenía un ritmo de movimientos precisos y constantes, repitiendo la secuencia de tensar y comprobar mientras peleaba contra una atención que se le escapaba hacia otros sitios.

Había repetido aquel nudo tantas veces que sus manos conocían los movimientos sin necesidad de que ella las guiara, y aunque sabía que el nudo estaba perfecto antes siquiera de mirarlo, tiró con una fuerza innecesaria.

La cuerda resistió el tirón, devolviéndole un roce seco que le escoció en la piel y le arrancó una mueca de fastidio.

—Si sigues así, te vas a cargar la cuerda.

La voz llegó desde un lateral. Lena no levantó la vista, concentrada todavía en el amarre, pero reconoció el tono bajo de Evan, que contrastaba con el silencio pesado del taller.

—No tengo tiempo para que ceda solo —respondió, y tiró otra vez.

Evan se acercó un poco más para poder ver el nudo desde el ángulo opuesto. Su sombra se proyectó sobre la plataforma, fundiéndose con la de ella.

—No está mal hecho —dijo ladeando la cabeza—. Pero está demasiado apretado.

Lena resopló, molesta, y volvió a tirar, esta vez con menos paciencia. Sintió el roce áspero de las fibras contra sus callos.

—¿Vas a ayudar o solo vas a opinar?

Evan dudó un instante, mirándola más a ella que a la cuerda. Llevaba la chaqueta abierta y el rostro marcado por el cansancio del viaje, pero sus ojos permanecían fijos en el trabajo de Lena.

—Estoy intentando no estorbarte.

—¿Estorbarme? —le preguntó girándose hacia él.

—Sí. Ahí. —le dijo señalando el amarre, sin cambiar el tono.

Lena frunció el ceño, más por la interrupción que por la frase. El calor del almacén empezaba a resultarle agobiante.

—¿Ahí cómo?

Evan se agachó junto a ella y sus dedos rozaron los de Lena al tomar el cabo contrario. Fue un contacto mínimo, pero Lena sintió una descarga que la obligó a soltar la cuerda antes de lo previsto.

Él ajustó primero la posición de los dedos en la cuerda, buscó el punto exacto y liberó la tensión sobrante, sin deshacer el nudo. El amarre cedió con un chasquido breve y Evan levantó la vista hacia ella sin incorporarse, sosteniéndole la mirada.

—Cuando fuerzas así, el amarre deja de trabajar como debería.

Lena le quitó la cuerda de las manos sin brusquedad y terminó de acomodarla ella misma, asegurándose de que quedara firme sin forzarla.

—No necesito que me analicen mientras trabajo.

—No lo estaba haciendo —le respondió él mientras alzaba una ceja.

—Sí lo estabas.

Evan sonrió, esta vez sin disimularlo. La luz del almacén acentuó las líneas de su mandíbula y la profundidad de su mirada.

—Vale.

Lena se incorporó despacio y se limpió las manos contra el pantalón, consciente de la leve vibración que todavía le recorría los dedos. No tanto por la cuerda. Por él. El ambiente se había vuelto denso, cargado de una electricidad que no venía de los cables de la pared.

Recogió las herramientas sin prisa, colocándolas en su sitio casi por inercia. Necesitaba moverse para no seguir dándole vueltas a lo que la presencia de Evan en Valere implicaba.

Salieron juntos del almacén, con el suelo metálico de los pasillos resonando bajo sus botas en un eco acompasado. Lena notó cómo ajustaba el paso al suyo, atento a no invadirle el espacio mientras avanzaban por los pasillos de servicio hacia las zonas comunes.

—He convocado al consejo. Será mañana —le dijo Lena sin mirarlo.

—Tiene sentido.

—Haré lo que se decida allí —le replicó mientras se paraba de golpe y se giraba hacia él. Pero calculó mal la distancia y se encontró con la mirada de Evan a apenasunos centímetros de distancia. No llegaron a chocar, pero él no tuvo tiempo de esquivarla. Tampoco se apartó.

Lena notó primero el calor. Luego su presencia, sólida y contenida. Tuvo que alzar apenas la barbilla para sostenerle la mirada. Los ojos verdes de Lena se cruzaron con los suyos, marrones y atentos. Evan simplemente se quedó ahí, obligándola a decidir si retrocedía. No lo hizo.

El silencio se tensó en ese espacio ridículamente pequeño entre ambos, lo suficiente para que Lena fuera consciente de su propia respiración y del error de haberse detenido tan cerca.

Evan fue el primero en moverse, apenas un desplazamiento del peso para que le devolviera el espacio sin romper del todo la proximidad.

—Está bien —respondió bajando la voz, que ahora sonaba más profunda en la estrechez del pasillo—. No he venido a pedirte que ignores cómo funcionáis.

Parecía que lo decía en serio y eso la descolocó más de lo que habría querido. Lena finalmente rompió el contacto visual girándose y continuó con su camino. Sus botas golpearon el suelo con una determinación renovada, tratando de ignorar el latido acelerado en su pecho.

—Esto que tenéis montado funciona —continuó Evan señalando los alrededores, donde los conductos de ventilación zumbaban con una eficiencia envidiable—. Mejor que en casi cualquier sitio que haya visto. Y por eso incomoda.

Lena se le quedó mirando con suspicacia, intentando adivinar dónde estaba la trampa en el cumplido.

—¿Incomoda a quién?

—A los que prefieren pensar que no hay otra forma de hacer las cosas. Demuestra que algunas cosas no fallan por falta de recursos, sino por decisiones.

Lena apretó el paso, molesta por la ligereza con la que Evan soltaba verdades que a ellos les habían costado años de racionamiento. Caminaban ahora bajo el cielo grisáceo de Valere, donde el aire olía a lluvia.

—Valere no es un modelo exportable sin más, y fingir que lo es sería irresponsable.

—Lo sé. Pero no he venido a hablar contigo de Valere.

Eso hizo que ella se detuviera en seco para buscarle los ojos.

—He visto muchos sitios que siguen en pie a base de apretar cada día un poco más —continuó—. No se caen, pero tampoco avanzan. Ajustan, parchean, ceden… y miran hacia aquí como si esto fuera una excepción imposible de replicar.

Lena apretó el puño con fuerza hasta que notó las uñas clavándose en la piel todavía enrojecidas por el esfuerzo de la cuerda. El viento frío de la tarde le azotó la cara, revolviendo los cabellos sueltos que se escapaban de su recogido.

—He compartido lo que he podido. Protocolos, ajustes, datos... Siempre que las comunicaciones lo han permitido. La mayoría no responde. O lo hace tarde. O responde para decir que aquí las cosas son distintas.

Él mantenía las manos en los bolsillos, observándola de frente.

—No puedo hacerme responsable de comunidades que no quieren o no pueden aguantar lo que aquí funciona —se pasó una mano por la nuca, cansada—.

Bastante hago con que esto no se caiga. Con mantener un equilibrio que ya es frágil de por sí, mientras fuera muchos prefieren seguir como están antes que arriesgarse a cambiar algo.

—No te estoy reprochando nada —dijo cuando terminó.

Lena alzó la vista. Vio en sus ojos una comprensión que no esperaba, una ausencia total de juicio.

—Necesito que vengas conmigo. No tengo todas las respuestas, pero sé que es algo que no puedo gestionar yo solo. Quiero que elijas venir para que lo compruebes tú misma, para que dejes de ser la que envía datos a ciegas y seas la que vea qué es lo que está pasando de verdad.

Lena bajó la vista y soltó un suspiro largo, notando que el peso de Valere se sentía hoy más físico que de costumbre, una carga que, por alguna razón que no terminaba de descifrar, quería compartir con él.

—¿Y si ir a comprobarlo rompe algo que ahora mismo aguanta? —preguntó ella en un susurro—. ¿Y si abrir esa puerta tiene un coste que no podemos pagar?

—Entonces lo sabremos los dos —respondió Evan, y la seguridad en su voz fue como un ancla para ella—. Pero tú eres la única persona que puede decirme qué es lo que está pasando de verdad.

Lena se quedó en silencio, consciente de que no había una respuesta clara y segura a sus preguntas.

—Mantener esto en pie es legítimo, Lena, pero Valere tiene algo que otros sitios perdieron hace mucho —añadió él, observándola con una atención que la hacía sentir más expuesta que cualquier auditoría.

—¿Y qué se supone que es eso? —preguntó ella sin levantar la voz.

—Tiempo, estabilidad, capacidad para decir “no ahora” sin que todo se venga abajo al día siguiente.

—Eso no cayó del cielo, Evan. Costó mucho. A base de decisiones que dolieron, límites que nadie quería aceptar y un desgaste que algunos asumimos para que el resto ni siquiera lo notara.

Él la observó en silencio durante un instante, con la misma atención con la que había leído el nudo antes. El viento amainó, dejando un silencio expectante entre los dos.

—Soy consciente de ello. Por eso pregunté por ti. Al principio solo sabía que este sitio aguantaba. Ahora empiezo a entender por qué.

Lena bajó la mirada sin darse cuenta. Sintió un calor repentino en las mejillas mientras el sol se ponía tras los muros de Valere, tiñendo el cielo de un naranja sucio y violáceo.

—Mañana hablaremos en la reunión del consejo y decidiré con ellos —dijo ella, tratando de recuperar su tono profesional para dar por finalizada la conversación.

Evan inclinó la cabeza, aceptando sus tiempos sin rechistar, y Lena se giró para continuar su camino sintiendo la mirada de él fija en su espalda hasta que dobló la esquina.

Mañana entraría en la sala del consejo sabiendo que, le gustara o no, Evan Costa acababa de encontrar la forma exacta de tirar del cabo que más le dolía: su propia necesidad de saber la verdad.