CAPÍTULO 5
LENA
Lena no volvió a su puesto después de la reunión con Evan. Se quedó dando vueltas sin rumbo, recorriendo caminos que el cuerpo conocía de memoria mientras la conversación se repetía insistentemente en su cabeza.
Intentó hacer lo de siempre, separar lo que se había dicho de lo que había entendido.
Quería quedarse con los hechos y dejar fuera las interpretaciones, pero no funcionó.
Cada vez que intentaba entenderlo, volvía al mismo punto.
Una norma básica de cómo funcionaba el mundo había cambiado y no sabía cómo encajarlo en lo que sabía.
Se detuvo frente a uno de los nodos secundarios, una caja de acero acorazado empotrada en el muro de hormigón.
Abrió el panel por pura memoria muscular, escuchando el chasquido seco del cierre magnético.
Dentro, los indicadores analógicos oscilaban con un ritmo hipnótico bajo el cristal rayado.
Revisó lecturas conocidas, buscando desviaciones mínimas, esas que no rompen nada, pero obligan a corregir.
No encontró nada fuera de lugar, pero eso no la tranquilizó.
Valere funcionaba porque cada parte respondía dentro de límites claros. Cuando algo se salía de ellos sin motivo visible era mala señal. Pero que algo pareciera ajustarse solo tampoco era un alivio.
Cerró el panel y apoyó la frente un instante contra el metal frío. Había visto sistemas aparentar mejoras antes, pero siempre había una razón detrás: una decisión antigua, un trabajo previo mal documentado o algo que explicaba el cambio. Lo que Evan describía no encajaba en nada de eso.
Fue al espacio común sabiendo que encontraría allí a Bruno. Estaba donde solía estar cuando algo no le cuadraba, revisando datos sin mirar realmente los números. Alzó la vista al verla llegar y, por una vez, no hizo ninguna broma.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Bruno.
—Ha dicho cosas que no me cuadran —respondió sentándose frente a él sin quitarse la chaqueta, notando todavía el frío del pasillo pegado a la tela.
Bruno ladeó la cabeza, dejando que la tableta resbalara sobre la mesa.
—¿Cómo qué?
Lena apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, una postura que Bruno conocía bien. Solo la adoptaba cuando estaba a punto de decir algo que llevaba tiempo evitando.
—Ha hablado de zonas fértiles. No como casos aislados. Como patrón. Lugares que nadie ha tocado en años y que están respondiendo solos.
A Bruno se le desencajó la cara y se quedó un momento con la boca a medio abrir, procesando lo que acababa de oír.
—¿Solas cómo?
—Sin intervención visible. Sin trabajo reciente. Sin ajustes técnicos que lo expliquen.
—Eso no existe —dijo él, casi por reflejo, con la seguridad de quien se sabe de memoria los manuales de recuperación.
—Eso digo yo.
Se quedaron en silencio un instante. Ya les había pasado otras veces eso de verse obligados a distinguir entre lo que era improbable y lo que resultaba sencillamente imposible, pero Evan parecía haber cruzado esa frontera con una naturalidad que a Lena le ponía los pelos de punta.
—¿Lo has contrastado? —preguntó Bruno.
Lena negó despacio.
—No como me gustaría. Lo he cruzado con datos que ya teníamos, con lecturas antiguas.
Bruno apretó los labios, claramente poco convencido con la respuesta.
—Eso no es una verificación.
—No. Pero es lo único que tengo ahora mismo para no pensar que se lo está inventando todo.
Bruno se quedó mirándola con los ojos entrecerrados, como si intentara leerle el pensamiento.
—Eso no explica por qué te tiene así —dijo inclinándose hacia delante.
Lena bajó la vista hacia la mesa, repasando con el dedo una muesca.
—No ha venido solo a contarnos lo que ha visto.
—¿Ajá? —dijo Bruno levantando las cejas y esperando el golpe.
Ella inspiró despacio, consciente de que una vez pronunciado ya no habría vuelta atrás.
—Me ha pedido que vaya con él.
Bruno se quedó de piedra, pestañeando varias veces como si no terminara de procesar las palabras.
—¿Que vayas… con él? ¿Fuera?
—Sí. Para verlo con él sobre el terreno. Para ayudarle a entender qué está pasando.
Bruno soltó una risa breve.
—Eso es una locura, Lena. Una soberana estupidez.
—Sí.
—Tú no sales —añadió, empezando a ponerse nervioso y moviendo las manos sobre la mesa—. Yo no salgo. Aquí nadie sale si no es Enlace o explorador, y ninguno de los dos es ninguna de esas cosas.
—Lo sé.
Bruno se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con fuerza antes de volver a apoyarse en la mesa.
—¿Y él qué dice? ¿Que todo va a ir bien?
—Dice que al ir con él reduce riesgos, no que los elimine.
Bruno resopló, echando el aire con fuerza por la nariz.
—Qué tranquilizador.
Se quedaron callados un momento, y el ruido de la ventilación del sector pareció volverse más fuerte de repente.
—¿Y tú qué le has dicho? —preguntó con cautela.
—Que no podía decidirlo en ese momento. Que no depende solo de mí.
Bruno la miró entonces de verdad.
—Bien —sentenció con una expresión mucho más suave, casi de alivio—. Porque si pretendías decirle que sí sin hablarlo antes, te habría atado a una silla y habría fingido que era por tu propio bien.
Lena cerró los ojos un segundo, dejando que la tensión le bajara un poco de los hombros.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
—Ya. Pero tampoco que no y eso es lo que me da miedo.
Ella no respondió. Bruno la observó con atención, consciente de que esa duda era nueva, y de que no se iba a ir sola.
—Sea lo que sea esto —continuó Bruno—, no es un tema solo tuyo.
—Todavía no —dijo Lena levantando la cabeza.
—Todavía —concedió él—. Pero si acaba siéndolo, no vas a cargar con ello sola. Ni ahora ni después.
Antes de que pudiera añadir nada más, Alex apareció por el pasillo lateral.
Caminaba ligeramente desacompasado, que nunca había conseguido corregir del todo y que no tenía nada que ver con torpeza, solo una forma distinta de moverse por el espacio.
Se detuvo al verlos, evaluando la escena con rapidez.
—Estáis hablando del enlace —dijo Alex.
Lena se volvió hacia él, sorprendida por su acierto.
—¿Cómo lo sabes?
Alex los miró a los dos con atención, primero a ella y luego a Bruno. Se quedó un instante más de la cuenta en cada uno, comprobando una hipótesis interna.
—Porque tú tienes la cara de la ficha amarilla —dijo, señalando a Lena—. La de cejas juntas y boca tensa, la que pone “ preocupada, intentando no mostrarlo ”.
Luego giró ligeramente la cabeza hacia Bruno.
—Y tú tienes la de la roja —añadió—. La de “ enfado contenido ”. La que suele venir acompañada de chistes innecesarios.
Bruno parpadeó, descolocado.
—Eso es muy específico.
—Lo son —respondió Alex con gran solemnidad—. Si no, esas fichas no me servirían de nada.
Lena negó despacio, soltando aire por la nariz. Alex no entendía las emociones como los demás, pero las detectaba cuando se repetían con suficiente frecuencia, y casi siempre acertaba.
Él se sentó sin pedir permiso, torciendo la postura de una forma que hacía pensar que las sillas no habían sido diseñadas para él. Lena lo observó con esa mezcla constante de orgullo y miedo que sentía desde hacía años.
—¿Qué ha dicho? —preguntó él.
Lena dudó. Sabía que una vez pronunciadas, ciertas ideas no se podían devolver al cajón.
—Ha visto cosas que no cuadran. Cambios que no deberían estar ocurriendo.
Alex se quedó quieto, procesando la información. La respuesta no terminaba de encajarle.
—Entonces, si a ti no te cuadra, es porque faltan datos. Sin investigación ni observación, los datos no aparecen solos.
La frase cayó como una obviedad imposible de esquivar.
—No puedo ir sin más. Si Evan tiene razón, no estamos hablando de un fallo local ni de algo aislado. Es algo que afecta a cómo está respondiendo el entorno en general.
—¿Y quedarnos aquí nos va a dar más datos? —preguntó Alex ladeando la cabeza.
Lena abrió la boca y la cerró al notar que no tenía ninguna réplica lógica.
—No —respondió al final—. Pero salir a buscarlos tiene un coste.
Alex asintió, satisfecho solo a medias.
—Todo lo que importa lo tiene.
Antes de que nadie pudiera responder, Vera apareció desde el fondo del espacio.
—¿Qué sucede que lleváis rato dándole vueltas a algo? —preguntó Vera cuando Lena notó su presencia.
—Necesito tu opinión —le dijo haciéndole un gesto para que se acercara.
Vera caminó hacia ellos midiendo cada movimiento como si supiera que su sola presencia ya estaba ordenando el caos de su mente. Para Lena, Vera era el lugar donde podía soltar la carga de ser "la ingeniera responsable" y simplemente preguntar qué venía después.
Había una forma en la que Vera la miraba, sin juzgar sus dudas y sin darle respuestas masticadas, que le recordaba a lo que imaginaba que debía ser tener una madre a la que no hay que explicarle por qué tienes miedo, porque ella ya lo ha visto antes de que tú misma lo supieras.
En un mundo donde Lena tenía que ser el soporte de todos, Vera era el único respaldo en el que ella se permitía volcar su peso sin miedo a que se rompiera.
—Entonces no es solo una mala impresión —dijo Vera, acomodándose en la silla mientras buscaba la mirada de Lena para transmitirle esa seguridad que ahora mismo le faltaba.
Vera escuchó en silencio mientras Lena resumía lo esencial. Separaba lo que oía de lo que intuía y se limitó a seguir el hilo.
—Si eso es cierto, no es algo que podamos gestionar desde aquí.
Salir de Valere tiene un coste —concluyó Vera bajando un poco el tono de voz, pero manteniendo la firmeza—.
No solo por el peligro de lo que hay fuera, sino porque te obliga a dejar cosas aquí sin tu supervisión directa, y las dos sabemos lo que eso significa para ti.
—Eso es exactamente lo que me preocupa —respondió Lena, dejando que por un momento se le notara el cansancio en los hombros—. No sé si Valere está preparada para que yo me vaya ahora mismo. Ni si yo lo estoy para dejarlo todo atrás, si te soy sincera.