Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

LENA

El árbol se erguía en el centro de Valere, y con él, todo lo demás. No había otros como él en todo Orialis, o al menos no que Lena tuviera conocimiento.

La plaza central se había construido alrededor sin que nadie lo decidiera. Simplemente, los caminos empezaron a rodearlo, los bancos improvisados aparecieron a su sombra y las reuniones más importantes terminaban ocurriendo bajo sus ramas torcidas.

Era un ejemplar raquítico, con el tronco retorcido y la corteza cubierta de cicatrices de antiguos incendios, cuyas raíces habían levantado el hormigón creando una red de grietas que nadie se atrevía a rellenar.

Sus hojas eran escasas y de un verde apagado que parecía haber perdido la cuenta de las estaciones.

Nadie sabía quién había decidido conservarlo, pero todos sabían que no se tocaba: se rodeaba. A Lena le daban igual las historias sobre si fue el primero en brotar o el único en no morir. El árbol constituía un símbolo porque seguía en pie cuando casi nada más lo hacía.

Desde allí, las calles descendían en círculos mostrando una arquitectura de remiendos que rara vez superaba los dos pisos, con tejados de planchas metálicas abolladas y vueltas a enderezar a martillazos.

No había líneas rectas perfectas ni fachadas que no estuvieran interrumpidas por un conducto de ventilación artesanal, dándole a la calle ese aspecto de puzle terminado a la fuerza que tanto le gustaba a Lena.

Al final de la pendiente oriental se alzaba el Complejo Técnico, el único edificio de seis plantas de hormigón armado que protegía los almacenes, servidores y los bancos de baterías que constituían el verdadero tesoro de la comunidad.

Cruzó la plaza sin detenerse hacia el invernadero, como hacía siempre, registrando de forma automática quién estaba allí, quién faltaba y qué sonidos no encajaban del todo con la rutina.

Esa era su maldición. Sus ojos no veían un árbol, veían un sistema de soporte vital.

En lugar de una plaza, veía un flujo de personas que debía gestionar.

Al llegar, se dirigió hacia el huerto, una cuadrícula de bandejas de aluminio recuperado y contenedores de acero galvanizado, con las juntas selladas por cordones de soldadura basta, que subían en niveles por las paredes del antiguo almacén.

No había nada natural en aquel verde, las plantas crecían bajo la luz amarillenta de unos focos de espectro completo que proyectaban sombras nítidas sobre el suelo de rejilla metálica. El aire vibraba con un zumbido eléctrico constante y olía a tierra húmeda.

Algunas zonas mostraban brotes raquíticos inclinados hacia la luz, mientras que en otras el sustrato estaba pardo, cuajado de una costra de sal blanquecina, el rastro físico del uso excesivo de agua reciclada y filtrada hasta el límite.

Lena se arrodilló junto a uno de esos bancales y hundió los dedos en el suelo seco hasta donde la consistencia se lo permitió. Buscaba humedad, no milagros, y no la encontró ni siquiera rascando en las capas más profundas.

La tierra se deshacía con una facilidad pasmosa, volviéndose polvo ligero y sin cohesión, una mezcla muerta que era incapaz de sostener vida más allá de un solo ciclo.

—No ha prendido —dijo Ren a su espalda, con tono plano que no buscaba dramatizar nada, solo nombrar lo que estaba delante de ellos.

Ren era un hombre de complexión compacta y movimientos medidos, con unos antebrazos anchos surcados por cicatrices de quemaduras químicas.

Tenía el rostro ancho, de pómulos altos y una piel cetrina, curtida por años de exposición a los focos del invernadero, que se replegaba en mil arrugas al final de sus ojos rasgados.

Siempre los mantenía entornados, como si estuviera analizando una pieza diminuta bajo una luz escasa, en un gesto de concentración perpetua.

—Prender, ha prendido —le corrigió Lena mientras apartaba con cuidado un poco más de tierra, dejando al descubierto unas raíces tan finas que parecían hilos de coser, totalmente insuficientes para la profundidad que la planta necesitaba—.

Lo que no ha hecho es seguir y eso no es exactamente lo mismo.

Si no sigue, es porque el suelo no tiene fuerza para sujetarla, no porque la semilla fuera mala.

Se incorporó despacio, escuchando el crujido de sus rodillas y limpiándose las manos contra el pantalón sin ninguna prisa. A veces sentía que, si retrasaba el siguiente movimiento, podía ganar unos segundos antes de que la realidad se le echara encima con todas sus consecuencias.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que esto empiece a notarse de verdad? —preguntó, sabiendo que la respuesta no iba a gustarle.

Ren se encogió de hombros, observando el bancal como quien no necesita instrumentos para entender lo que tiene delante.

—Poco. Si el próximo ciclo de siembra responde igual, insistir deja de ser cultivo y pasa a ser desgaste.

Estaremos tirando agua y esfuerzo a un agujero negro.

Si forzamos ahora —indicó Ren, bajando la vista hacia sus propias manos curtidas—, en el próximo ciclo el margen será todavía menor.

Estaremos cavando nuestra propia tumba por puro orgullo.

Vera, que había estado escuchando a un par de metros, se acercó al borde del huerto y se agachó. Hundió los dedos en la tierra removida, presionándola entre las palmas para comprobar la compactación y la humedad, la respuesta real del suelo, no la aparente.

—Esto ya se ha visto antes —dijo Vera en voz baja, sin dejar de desmenuzar el sustrato entre las yemas de los dedos—. Cuando un terreno empieza a avisar así, insistir solo sirve para matarlo del todo. Es exigirle lo que ya no puede dar.

—No es cuestión de exigir más —continuó Lena, más para sí misma que para los demás—.

Los niveles de nutrientes son los correctos, he equilibrado el pH tres veces esta semana y el filtrado de agua no tiene impurezas que justifiquen este bloqueo.

Por pura química, estas raíces deberían estar absorbiendo nutrientes, pero es como si la tierra hubiera decidido volverse impermeable a cualquier ayuda.

Vera abrió la mano y dejó que la tierra cayera como ceniza gris sobre el metal del suelo. Luego, miró a Lena a los ojos, con esa mezcla de firmeza y refugio que solo ella sabía usar.

—Tú no eres solo la que mide los nutrientes, Lena. Eres la que decide cuándo hay que dejar que algo descanse para que no se pierda del todo. No cargues con esto como si fuera un fallo de tu sistema; es el ciclo recordándonos dónde estamos.

Lena respiró hondo, sintiendo cómo el peso de la decisión que acababa de tomar se le asentaba en la nuca, pero esta vez, bajo la mirada de Vera, el peso parecía un poco más compartido.

—Entonces no insistimos. Cambiamos de enfoque. Protegemos lo que todavía responde y dejamos de empujar lo que ya está al límite. No vamos a quemar recursos en algo que ya ha decidido morir.

No hubo discusión porque todos sabían que ignorar una señal técnica era el camino más rápido hacia el hambre. No solucionaba el problema, pero no aceleraba el desastre.

Se desplazaron hacia la zona de almacenaje donde alguien actualizó registros, otra persona revisó reservas y alguien más anotó pérdidas con precisión. El mundo seguía girando, pero los engranajes chirriaban cada vez más fuerte.

Mientras trabajaba, Lena se dio cuenta de que lo que más le pesaba no era la posible falta de comida, sino que, una vez más, la solución pasaba por sus manos.

Bruno apareció con una tablilla bajo el brazo, pero ya no sonreía tanto cuando se colocó a su lado.

—Antes de que preguntes: no, no han aparecido reservas mágicas en el almacén B. Solo hay cajas vacías y buena voluntad.

—Nunca las hay —respondió Lena, sin mirarlo.

—Tenía que comprobarlo igual, por salud mental más que por esperanza.

Se quedaron los dos mirando el ir y venir de la gente en silencio. Bruno suspiró, un sonido pesado que no encajaba con su fachada habitual.

—Esto no es una catástrofe todavía —añadió él—, pero se parece demasiado a todas esas historias que terminaron mal porque nadie se atrevió a llamarlas por su nombre a tiempo.

Lena tardó un poco en responder, necesitaba ordenar la respuesta para que no sonara a consuelo vacío.

—No es un fallo puntual —dijo frotándose la frente, dejando un rastro de tierra oscura sobre la piel clara—. Es acumulativo. Es el planeta recordándonos que las élites nos dejaron aquí con los restos y una tierra que ya no sabe cómo regenerarse sola.

—Como casi todo desde el Éxodo —dijo Vera desde un lateral, limpiándose el sudor de la frente.

Nadie necesitaba que se explicara a qué Éxodo se refería. No existía otro. Eso formaba parte de una historia conocida hasta el cansancio.

El Éxodo se ejecutó bajo la premisa de la salvación biológica de la especie.

Aquellas naves espaciales, que parecían ciudades flotantes, partieron cargadas con el grueso de la tecnología de vanguardia, las reservas completas de recursos procesados y las infraestructuras móviles que habrían permitido una reconstrucción inmediata sobre el terreno.

Junto a las élites, se marcharon también los especialistas y el personal técnico cualificado, personas seleccionadas específicamente para mantener los sistemas en funcionamiento y cubrir las necesidades operativas de quienes lideraban la expedición.

Al final, lo que quedó atrás fue un mundo con el conocimiento fragmentado y una población que debía aprender a sostenerse con los restos de lo que no cabía en las bodegas de carga. Con la tierra exprimida hasta el límite antes de que admitieran que ya no quedaba nada más que extraer.

El colapso no tuvo un inicio claro, fue una retirada progresiva de todo aquello que hacía que el mundo funcionara sin que la mayoría se preguntara cómo.

Después del Éxodo, el dinero no dejó de existir, simplemente dejó de servir porque quienes lo sostenían desaparecieron con el. Los bancos cerraron, los sistemas de pago dejaron de responder y las reservas económicas fueron evacuadas del planeta junto a quienes controlaban su acceso.