CAPÍTULO 2 #2
Durante un tiempo, todo siguió funcionando por costumbre. Se hablaba de salarios que no llegaban, de contratos sin garantía y de créditos que ya no significaban nada. El comercio aguantó unos meses más, sostenido por la ilusión de que el sistema aún podía sostenerse.
Cuando esa ilusión se rompió, llegó el desabastecimiento. Lo que antes se compraba empezó a negociarse, lo que se negociaba pasó a intercambiarse, y lo que no admitía intercambio, simplemente dejó de existir.
Cuando el sistema económico terminó de caer, lo que siguió fue una adaptación desesperada.
Al principio hubo protestas aisladas e intentos torpes de mantener un orden imposible.
Pero con el paso de las semanas, cuando el dinero pasó a ser papel inútil y las reservas desaparecieron, la violencia se volvió cotidiana.
El planeta estaba superpoblado para un mundo sin producción estable.
La comida y el agua no alcanzaban. Las ciudades empezaron a vaciarse porque la vida en ellas se volvió insostenible.
Las leyes perdieron su relevancia y la ayuda mutua duró lo que duraron los recursos.
Grupos enteros desaparecieron sin dejar rastro, mientras que otros sobrevivieron mediante actos que nadie habría admitido antes del colapso.
La población mundial se redujo de forma drástica en muy poco tiempo, por una acumulación constante de pérdidas: hambre, enfrentamientos por recursos básicos, enfermedades sin tratamiento y decisiones tomadas cuando ya no quedaban opciones aceptables.
Fue una extinción rápida, desordenada y profundamente humana. El caos duró más de lo que nadie quiso admitir, pero finalmente el mundo dejó de arder porque ya no quedaba nada que quemar. Quienes quedaron aprendieron, a base de golpes, a reconstruir con los escombros.
Lo que existía ahora, más de ciento cincuenta años después, funcionaba como una reconstrucción incompleta y frágil, sostenida por aceptar unos límites que nadie se atrevía a cuestionar.
Lena conocía ese equilibrio mejor que nadie, porque cada sistema que reparaba estaba diseñado solo para aguantar un día más, lejos de esa idea antigua de crecer sin control que tanto daño había hecho.
Valere resistía porque era un modelo técnico que encajaba en ese rincón del mapa, una prueba de que la tierra podía recuperarse si se respetaban unas reglas muy estrictas que ellos seguían a rajatabla.
Pero cuanto más informes cruzaban su mesa, más evidente resultaba que aquel problema no era solo suyo.
En cada mensaje que llegaba de otras comunidades aparecía la misma historia con palabras distintas: suelos que rendían menos, cosechas cada vez más irregulares y técnicos intentando mantener con vida sistemas que funcionaban peor cada temporada.
El problema real nunca había sido la falta de manuales o de conocimientos sobre cómo depurar el agua o salvar el suelo, porque esa parte la tenían dominada.
El verdadero obstáculo era la ausencia total de una red que los uniera a otras comunidades, de rutas que no fueran una trampa y de una confianza mínima que permitiera colaborar sin miedo a que el vecino te robara hasta el aliento.
A Lena le frustraba que en Orialis todo se redujera a un fallo de estructura o a algo tan frío como la logística, porque sabía que tenían la capacidad de arreglar las cosas, pero les faltaba el apoyo para no hacerlo a ciegas y solos.
Lena miró a su alrededor y sintió esa punzada de claustrofobia que la asaltaba a veces. Todo en Valere era una construcción suya o de gente que confiaba ciegamente en ella.
—Habrá que ajustar raciones —comentó alguien del equipo de mantenimiento, más como una consecuencia física que como una queja.
—Todavía no —respondió Lena—. Antes revisamos consumo interno real y reducimos intercambios externos. Recortar por pánico siempre sale caro.
—Eso no rellena un ciclo perdido —insistieron.
—Pero no va a hacer que la gente empiece a desconfiar del sistema —replicó ella—, y ganar tiempo sigue siendo una estrategia válida cuando no hay milagros disponibles.
Ren negó con la cabeza, un movimiento seco que detuvo la conversación. Sostuvo la mirada de Lena con una severidad que advertía del peligro antes de ponerle palabras.
—Modificar intercambios exteriores significa tocar rutas que llevan años funcionando. Y tocar eso siempre levanta ampollas, Lena.
—Lo sé —respondió Lena—. Pero también sé que seguir llamando estabilidad a lo que se sostiene con pinzas es una forma elegante de mentirnos.
Comenzó a caminar hacia la salida del centro operativo y Bruno la siguió durante un tramo largo. Sabía cuándo el humor de Lena no admitía bromas. Justo antes de entrar en el edificio principal, se detuvo y la obligó a mirarlo.
—Esto es más que un mal ciclo, ¿verdad?
Lena asintió despacio, sintiendo un nudo de frustración en la garganta.
—Sí. Y no quiero repetir el mundo que colapsó, ni siquiera a pequeña escala.
Se quedaron unos segundos más allí quietos y por primera vez en mucho tiempo, Lena sintió que las paredes se le echaban encima.
Lo que ella quería, lo que necesitaba desesperadamente sin saber cómo pedirlo, era dejar de ser la pieza que sostenía todo el arco.
No tener que decidir el destino de nadie.
Quería que Valere fuera capaz de caminar sola para poder, tal vez, permitirse ella el lujo de tropezar.
Valere seguía organizándose y resistiendo. Pero por primera vez, no estaba claro por cuánto tiempo