Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Le dijiste que no los desmontara —la corrigió Bruno, aguantándose las ganas de reírse de la cara que ponía ella—. Técnicamente está revisando. He pensado que querrías saberlo antes de descubrirlo tú misma.

—Gracias por el aviso —dijo ella, y esta vez sí sonrió un poco—. ¿Ha dicho por qué?

—Algo sobre medidas que no le cuadran —respondió Bruno—. Ha usado esas palabras exactas, lo cual suele ser señal de que no va a soltar el tema hasta que alguien lo escuche.

Lena negó con la cabeza, aunque no sentía enfado de verdad. Conocía muy bien esa cabezonería.

—Vale. Ahora voy.

—Sabía que dirías eso también.

—Deja de intentar anticiparte a lo que voy a hacer, Bruno —le advirtió ella—. Empieza a ser inquietante.

—Es supervivencia emocional. Si no sé por dónde vas a salir, me estreso.

—¿Y qué pasó con la diversificación del estrés? —preguntó ella confusa pero divertida.

—Contigo no diversifico. Eres una inversión de riesgo alto.

—Qué encantador eres cuando quieres.

—Práctico es lo que soy, cariño mío.

Lena negó con la cabeza, ya sonriendo, y se dio la vuelta hacia el corredor del sector norte, donde estaba Alex, dejando atrás el ruido constante del núcleo operativo.

A medida que se alejaba de la calle principal, el bullicio de la zona de los depósitos de agua se convirtió en un eco lejano.

Lena avanzaba sin pensar, esquivando los baches donde el suelo se había hundido revelando tuberías oxidadas, y anticipando el parpadeo de las farolas solares que flaqueaban un segundo antes de fallar del todo.

Pensó en Alex antes incluso de verlo, como siempre.

Hacía apenas unos meses que su sobrino había dejado de figurar como "menor a cargo" en los listados de raciones para pasar a las listas oficiales de trabajo, y ya cargaba con preguntas y decisiones que no correspondían a alguien tan joven.

Pero que él no sabía ignorar. Sin proponérselo, se había convertido en el aprendiz silencioso, una sombra técnica que se proyectaba tanto sobre los filtros de Lena como sobre los terminales de Bruno.

Alex absorbía conocimiento con una seriedad que chocaba con la imagen que muchos seguían teniendo de él.

Para buena parte de la comunidad seguía siendo “el crío”, aunque hacía tiempo que esa etiqueta se le quedaba corta.

Al llegar, a las cisternas del sector norte, vio que Alex estaba agachado junto a los filtros.

Estaba revisando el sistema con atención casi obsesiva, moviendo los dedos cerca de las juntas, pero sin llegar a rozarlas.

Delgado, con el pelo rubio oscuro corto, ojos azules atentos y una forma de ocupar el espacio que parecía pedir permiso, incluso cuando tenía razón.

—Te dije que no tocaras eso hoy —dijo Lena, sin levantarle la voz.

Alex alzó la cabeza despacio, sin sobresaltarse, como si hubiera sabido desde el principio que ella aparecería en algún momento.

—No los estoy tocando. Los estoy observando.

—Eso no es una diferencia real —replicó ella.

—Para mí sí.

Lena suspiró y se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos.

—Vale, explícamelo. Pero rápido.

Alex se levantó despacio, se colocó a un lado del sistema y apoyó la mano abierta sobre la carcasa metálica, marcando con el dedo índice la línea exacta donde empezaban las variaciones.

—Hay variaciones que no coinciden con el uso registrado—dijo—. No son grandes, pero son constantes.

Lena lo miró con atención ahora, dejando a un lado la impaciencia inicial.

—¿Estás diciendo que alguien está usando más agua de la que dice?

—No —respondió Alex—. Estoy diciendo que hay algo que el sistema está teniendo en cuenta y nosotros no.

Se quedaron los dos en silencio, escuchando el latido de las tuberías. Lena sabía que Alex no soltaba esas cosas por hablar.

—¿Y qué propones? —preguntó ella.

—Nada ahora —dijo él—. Solo que lo tengamos en cuenta antes de realizar ajustes futuros.

Lena cerró los ojos, sintiendo el peso de otra variable más en su lista de problemas.

—Vale —exhaló un suspiro largo, frotándose el puente de la nariz como si intentara disipar una migraña incipiente—. Anótalo todo, pero no toques nada y no se lo digas a nadie todavía.

Alex asintió y empezó a recoger sus herramientas. Lena lo observó un momento, reconociendo en él esa misma chispa de preocupación que ella sentía cada mañana al despertar.

—Ve a comer —añadió—. Luego seguimos.

Cuando se quedó sola, Lena dejó que el cansancio le cayera encima por primera vez en toda la mañana.

Todo funcionaba, sí, pero solo porque nadie presionaba demasiado.

Caminó de vuelta por la calle principal hacia la zona común, donde el olor a comida caliente era tan apetecible como para que el estómago le recordara que llevaba horas funcionando a base de café tibio.

Vera estaba de espaldas a la mesa larga, inclinada sobre una de las ollas comunitarias, removiendo con una cuchara de madera que parecía más vieja que la mitad de las instalaciones.

No era cocinera, nunca lo había sido, y nadie en su sano juicio habría dicho que aquel fuera su trabajo.

Pero ella era de las que sabía cómo estirar un guiso hasta que nadie pasara hambre sin que le supiera insulso.

Tenía el pelo gris recogido en un moño bajo, práctico, y una espalda recta que no encajaba del todo con sus casi cincuenta años. Sus brazos eran fuertes, marcados por décadas de cargar cosas que no podían caerse, personas incluidas.

—Si sigues mirando así la olla, no va a cocinarse más rápido —dijo Vera, sin girarse.

Alex estaba sentado en uno de los bancos de forma extraña, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra apoyada apenas con la punta del pie.

Tenía la espalda inclinada hacia delante, con una rigidez y una tensión en los hombros que echaba por tierra cualquier intento de parecer relajado.

Sujetaba el cuenco con ambas manos, aferrado a ese punto fijo.

Alzó la vista cuando Vera le habló.

—Estoy esperando a que hierva.

—Está hirviendo desde hace cinco minutos.

—No lo parecía.

—Eso es porque no mirabas con atención —replicó ella, sirviéndole el cuenco sin preguntarle si tenía hambre—. Come.

Alex cogió el cuenco con cuidado excesivo, con miedo de derramar algo incluso antes de acercárselo a la boca.

Lena se apoyó en el marco de la entrada, observándolos durante unos segundos sin intervenir mientras el vapor grisáceo del guiso empañaba el ambiente con un olor denso y ligeramente metálico.

No solía pararse a pensar que su cena era el resultado de tres semanas de impulsos eléctricos y nutrientes filtrados en un contenedor.

En Valere, si la comida no tenía la textura del cartón húmedo, ya se consideraba un éxito.

Al ver cómo Vera mantenía la vista fija en la rigidez de los hombros de Alex, Lena supo que no necesitaba dar explicaciones.

Vera ya había leído en la postura de Alex que venía de algún sitio donde no debía estar, pero se limitaba a remover la olla con calma tensa, decidiendo que aquel no era el momento de forzar una confesión.

—Ha vuelto a tocar cosas —dijo Vera dejando la cuchara apoyada en el borde de la olla y girándose para clavar sus ojos claros en los de Lena.

—No las ha tocado —respondió Lena, acercándose a la mesa—. Las ha observado.

—Eso dices tú ahora —dijo Vera alzando una ceja—. Luego ya veremos cómo lo llamamos cuando haya que arreglarlo.

Alex bajó la mirada al cuenco, concentrado de repente en la comida.

—No he roto nada —murmuró.

—Lo sé —añadió Vera, sentándose frente a él—. Pero ten cuidado. Si lo tocas y se rompe, todos se centrarán en el error y no en el por qué lo has tocado.

El silencio que se instaló fue del tipo de pausa que solo existía entre personas que se habían elegido mutuamente.

Nadie preguntó de quién era responsabilidad Alex, porque todos sabían que la respuesta no cabía en una sola persona.

Pero bastaba con que Vera dijera algo para que la tensión en él cediera.

Lena se acercó a la mesa y se sirvió ella también. Bruno apareció entonces, apoyándose en el respaldo de una silla.

—Siento interrumpir para anunciar que, si nadie se opone, el café de esta tarde será todavía peor que el de la mañana —soltó con una sonrisa—. Estoy pensando en usarlo para desatascar las tuberías del sector sur.

—Eso ya lo hacemos —le soltó Lena, dejando escapar una pequeña risa a pesar de todo.

—Perfecto, entonces voy por buen camino.

Vera lo miró con una mueca que casi era una sonrisa.

—Mientras funcione todo lo demás, puedes servir alquitrán si quieres.

—Qué alivio contar con tu apoyo moral —dijo Bruno, llevándose una mano al pecho.

—¿Cómo ha ido el reparto? —preguntó Vera.

Lena se encogió ligeramente de hombros.

—Ajustado. Como siempre

—Eso no dice mucho.

—Es que no hay nada nuevo que decir, Vera. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos.

Vera asintió despacio, sin insistir. Aceptó la respuesta por lo que era y no por lo que le gustaría que fuera.

Vera removió la olla en silencio un momento más antes de hablar.

—Con la antena este fallando otra vez —añadió al cabo de un momento—, la gente se está empezando a inquietar.

Lena dejó la cuchara en el borde del cuenco, perdiendo de golpe el poco apetito que tenía.

—No es que falten noticias. Es que ahora mismo no podemos permitirnos depender de ellas cuando nosotros mismos estamos a un filtro de quedarnos secos. Si Valere se hunde, no servimos de nada a nadie.

—La gente no funciona con lógica de ingeniera, Lena —respondió Vera—. Necesita saber que hay algo más ahí fuera, aunque no pueda hacer nada con ello.

Alex levantó la vista del guiso, con los ojos brillando por una idea que llevaba rato dándole vueltas.

—¿Y si sí podemos? ¿Y si hay información que estamos perdiendo porque no la estamos mirando?

Lena y Vera se cruzaron una mirada de puro agotamiento. No era la primera vez que tenían esta conversación.

—Mirar fuera cuesta recursos —dijo Lena al final—. Y ahora mismo no podemos permitirnos gastarlos mientras tenga que decidir quién se queda sin agua la semana que viene.

—Siempre decís que no es el momento —insistió Alex hundiéndose en la silla.

—Porque casi nunca lo es —respondió Vera con calma—. Y menos cuando llevamos días sin recibir nada de fuera. La gente empieza a hacerse preguntas. Y ahora mismo necesitamos sostener lo que tenemos dentro antes de abrir más frentes.

—¿Qué tipo de preguntas están haciendo? —preguntó Lena.

—Las de siempre —respondió Vera—. Si hay comunidades más grandes. Si alguien ha conseguido estabilizar más de lo que tenemos aquí. Si merece la pena seguir con este control tan estricto.

Bruno resopló.

—La fantasía de que en otro sitio todo es más fácil.

—La fantasía de que alguien más se ha roto la espalda por ti —añadió Lena—. No vamos a cambiar cómo funciona Valere porque la gente esté inquieta o haga preguntas de que pasa en el resto de Orialis.

—Lo sé —respondió Vera—. Pero tampoco podemos fingir que el resto de Orialis no existe o que no pueda cambiar.

Lena apoyó la mano en el borde de la mesa, pensativa.

—De eso ya no estoy tan segura —dijo dejando caer la cabeza hacia atrás un instante, cerrando los ojos. El cansancio, por fin, se le filtró por la voz—. Durante años compartimos ajustes, advertencias, protocolos... Lo hicimos para que no dijeran después que nadie avisó.

—Y casi nadie escuchó —añadió Bruno—. O escucharon solo la parte que no les obligaba a cambiar nada.

—Por eso también preguntan —continuó Lena—. Ocurre que no entienden por qué seguimos haciendo lo mismo cuando nada cambia en Orialis.

Vera la miró entonces con algo más que atención. Con ese cuidado silencioso de quien ha visto a alguien cargar con el mismo peso durante mucho tiempo y empieza a notar el momento exacto en el que el agotamiento se cuela por las grietas.

—No por eso hay que asumir que nada puede cambiar.

Alex levantó la vista de su cuenco entonces.

—Si ya compartisteis información y no funcionó —preguntó—, ¿por qué insistir?

Las palabras quedaron suspendidas un instante. Para Alex, conceptos como la esperanza no formaban parte de su forma de entender el mundo. Las cosas funcionaban o no funcionaban. Insistir sin una variable nueva era mera repetición.

Bruno asintió despacio y buscó la respuesta en una lógica que Alex pudiera entender.

—Porque dejar de hacerlo empeora el sistema —respondió—. Aunque no lo arregle.

Alex negó con la cabeza. Sus ojos saltaron de Bruno a Lena, rechazando ese razonamiento que no terminaba de entender.

—Pero tampoco hace que cambie nada. Es repetición sin cambio de resultado.

—Reduce la probabilidad de colapso —corrigió Bruno—. Si algo cambia algún día, no será porque nos hayamos rendido nosotros primero.

Alex devolvió su mirada al cuenco. Había llegado al límite de lo que podía traducir sin añadir variables nuevas.

Bruno rompió la tensión con un suspiro exagerado.

—Bueno… comunicación exterior en la línea de siempre y cero soluciones nuevas. Bastante consistente todo. Yo lo llamaría una mañana productiva.

Lena los observó a los tres y sintió ese pinchazo de calidez que siempre le pillaba desprevenida. Alex era la única familia por sangre que le quedaba. Vera y Bruno, la que era por elección. Eran los que hacían que Valere fuese algo más que un montón de tuberías y depósitos.

Por ellos valía la pena el esfuerzo de seguir adelante, aunque el agua nunca fuera suficiente.

Y precisamente por eso no podían permitirse fallar.