CAPÍTULO 1
LENA
Lena tenía la costumbre de creer que todo podía arreglarse si se insistía lo suficiente. Llevaba ya una década peleándose con los filtros de Valere, tiempo más que de sobra para haber aprendido que en este sitio nada se arregla a la primera.
En ese momento tenía las manos hundidas hasta la muñeca en el cajón de acero de uno de esos filtros mientras lidiaba con una masa de barro oscuro que apestaba a huevo podrido.
No deberían estar ahí, pero estaba claro que después de la tormenta la acumulación de suciedad había conseguido que la presión del agua fuera casi inexistente.
Resopló con fuerza para apartar el mechón de pelo que se le había escapado sobre los ojos, pero no sirvió de nada. Daba igual lo corto que se lo cortara o lo mucho que se peleara con el recogido, siempre había un rizo que decidía ir por libre en el peor momento posible.
Apoyó bien las botas en el suelo resbaladizo, echó el peso del cuerpo hacia delante y siguió rascando el filtro sin ninguna delicadeza.
Necesitaba que el agua pasara de una vez.
El lodo estaba frío y se le metía por debajo de las uñas, mientras que el flujo respondía a trompicones, como ocurre siempre que se le exige a algo más de lo que puede dar.
—Si sigues así, te vas a cargar el filtro y mañana no vamos a tener ni media cisterna —advirtió una voz a su espalda, cargada de esa calma irritante de quien solo mira mientras otro trabaja.
Lena ni se molestó en levantar la cabeza.
—Si no sigo así, hoy no llenamos ni una —respondió, apretando los dientes mientras tiraba de una masa de raíces húmedas—. El filtro ya está en las últimas. Ahora mismo solo necesito que el agua pase. Mañana veremos si aguanta algo más.
Escuchó ese murmullo típico de cuando nadie está de acuerdo, pero tampoco tiene una alternativa mejor, así que lo ignoró.
Estaba más pendiente de cómo cambiaba el paso del agua bajo los dedos, buscando ese punto exacto en el que el sistema dejaba de ahogarse y empezaba, por fin, a fluir con algo que se pareciera a la normalidad.
Cuando el caudal se estabilizó y el sonido cambió a un gorgoteo constante, Lena cerró los ojos un segundo. Se quedó quieta y calculó mentalmente cuánto tiempo podrían aguantar así antes de que el filtro volviera a saturarse del todo si a nadie hacía ninguna tontería.
—Vale —dijo al final, sacando las manos del lodo y limpiándoselas como pudo en el pantalón, dejando dos manchas oscuras sobre la tela gastada—.
Abrimos el segundo tramo durante dos horas.
Ni una más. Y nadie toca nada sin avisar.
Si alguien cree que sabe más que el sistema, que venga y me lo diga a la cara.
El agua volvió a moverse por las canalizaciones que recorrían el suelo y los tubos recuperaron ese sonido grave y vibrante que significaba que, dentro de lo que cabía, todo estaba funcionando. Apenas, pero funcionando.
—¿Entonces podemos repartir agua hoy? —preguntó una mujer mayor, mirando fijamente el medidor improvisado de la cisterna.
Lena se incorporó despacio, sintiendo cómo la espalda le crujía por la postura, y siguió la mirada de la mujer hasta la escala pintada con pintura roja desconchada en el lateral del depósito.
—Hoy sí, si nadie se pasa de listo. Mañana habrá menos margen, así que más vale que todo el mundo vigile lo que gasta.
El espacio alrededor de los depósitos de agua era abierto a propósito.
Sin paredes de más ni rincones donde ocultar decisiones.
En Valere, la transparencia constituía una necesidad técnica.
Cuando los recursos eran tan limitados que podías contarlos con los dedos, ocultar información era la forma más rápida de romper un sistema que ya funcionaba al límite.
Había gente entrando y saliendo, revisando listados y moviendo contenedores, mientras anotaban cifras en tablillas reutilizadas una y otra vez hasta que ya no quedaba espacio libre. Todo estaba en movimiento, pero nada parecía caótico.
Lena caminó hacia la mesa central notando como la estaban observando sin mirarla directamente. Sabía que esperaban la siguiente instrucción. Repasó la tablilla de reparto, corrigió dos cifras con un lápiz casi gastado y la devolvió a su sitio.
—Reducimos un diez por ciento en los puntos tres y cinco —ordenó, señalando las zonas en el mapa desgastado—. Compensamos con el siete. Y el ocho se queda como está.
—El siete ya va justo —protestó un hombre que pasaba con un carro.
—Por eso he dicho compensar. No cargar. Si alguien tiene una alternativa mejor que no implique quedarnos sin reservas de agua la semana que viene, este es el momento —respondió ella, sin levantar la voz.
Nadie habló. El silencio en Valere solía ser la forma que tenían de darte la razón a regañadientes. Lena asintió una sola vez y el reparto empezó a reorganizarse con esa eficiencia muda de quienes llevan años sobreviviendo juntos.
Mientras se alejaba, dejando que el sonido del agua se convirtiera en ruido de fondo, sintió a alguien caminando a su lado con una energía que no pegaba nada con el ambiente.
Bruno caminaba con esa misma ligereza con la que Lena recordaba que se movían cuando eran niños, como si a él no le pesara la vida tanto como al resto, aunque ella sabía de sobra que aquello era puro entrenamiento.
Llevaba una chaqueta de lona con tantos parches que era difícil adivinar el color original y calzaba unas botas que, aunque desgastadas, estaban impecablemente limpias, el único lujo que un informático se podía permitir.
Tenía el pelo castaño oscuro y muy corto, ojos marrones siempre atentos, y un cuerpo acostumbrado a aguantar más de lo que aparentaba. Solía moverse entre tareas críticas con la misma soltura con la que se permitía reírse. En él, ambas cosas formaban parte del mismo mecanismo.
—Buenos días, reina del equilibrio hídrico —dijo estirando el saludo como si fuera un título honorífico mientras inclinaba la cabeza con una reverencia burlona—. Traigo malas noticias y café tibio. He pensado que empezar por el café suavizaba lo otro.
Lena lo miró de reojo, sin detenerse.
—Si está tibio, no cuenta como café, Bruno.
—Discrepo —respondió él, ofreciéndole la taza—. Cuenta como esperanza en forma líquida.
La aceptó más por costumbre que por ganas y dio un sorbo corto, el justo para confirmar que, efectivamente, estaba tibio y sabía a algo que en algún momento remoto había sido café.
Bruno no estaba ahí para animar el ambiente, aunque a veces lo pareciera.
Era quien se encargaba de las comunicaciones con el exterior, es decir, con el resto del continente de Orialis.
Las conexiones eran un desastre la mayor parte del tiempo, pero eran el único hilo que los mantenía unidos a algo más grande que sus propios muros.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Lena sin rodeos.
Bruno caminaba a su lado con ese paso relajado de quien ya había apagado el fuego grande del día y ahora se permitía disfrutar de la teatralidad.
—Nada grave. Lo cual, como sabes, es una forma elegante de decir que es molesto y va a requerir tu atención.
Cuando Bruno decía que algo no era urgente, casi siempre era porque ya había pensado todas las consecuencias antes de abrir la boca.
—¿Qué pasó ahora?
—El nodo noreste volvió a caerse anoche durante la tormenta, pero esta vez no se ha levantado solo. He intentado reengancharlo desde aquí, pero no responde —dijo él, rascándose esa barba cerrada que siempre parecía a medio camino entre la pereza y un exceso de trabajo.
—¿Qué daños hay?
—No lo sabemos. No hay señal suficiente como para confirmarlo. Puede ser una antena mal alineada, puede ser humedad, puede ser que alguien haya decidido experimentar sin permiso…
Lena apretó los labios un segundo.
—¿Afecta a algo crítico?
—A nosotros, no —dijo Bruno—. A los intercambios de datos mínimos con la capital y comunidades en esa dirección, sí.
Aquella respuesta fue suficiente para que Lena se detuviera en seco y reconsiderara lo que acababa de escuchar.
—¿Y cuánto llevamos sin comunicación estable?
—Seis días. Siete si contamos que el último fue intermitente.
Lena lo observó con una ceja levantada, buscando la grieta en su fachada de despreocupación.
—Curioso. Juraría que llevas más o menos esos mismos días sin darme la tabarra con mensajes de cierta persona.
Bruno no se detuvo, pero el gesto de sus hombros cambió lo suficiente para que ella lo notara.
—Estoy diversificando mis fuentes de estrés —respondió encogiéndose de hombros—. Es una técnica de gestión emocional muy avanzada. No todo el mundo está a mi nivel.
—Claro. ¿No será que te escriben menos porque el nodo está caído?
—O porque algunas relaciones no necesitan cobertura perfecta —replicó él, desviando la mirada hacia el horizonte un instante—. Hay quienes se conforman con saber que el otro existe… porque pedir más sería hacerse daño gratuitamente.
Lena notó ese rastro de amargura que Bruno siempre intentaba tapar con bromas, por lo que no insistió.
—Entonces… ¿este tema es urgente o puede esperar?
—No es urgente —admitió desviando la mirada—. Solo… incómodo.
Lena lo miró de lado, con media sonrisa. Sabía que Bruno no solo se refería al fallo de las comunicaciones.
—Incómodo, lo apunto —Lena retomó el paso—. Pero como no es urgente, revísalo cuando pase la semana.
—Sabía que ibas a decir eso. Pero tenía que intentarlo. Por mi corazón impaciente… y porque, cuando no hago drama, empiezo a preocuparme.
—Por tu necesidad de provocarme —corrigió ella.
—Eso siempre, cariño —le respondió guiñándole un ojo.
Se cruzaron con un grupo que transportaba piezas desde el taller al almacén. Bruno los esquivó para no entorpecer, manteniendo la conversación sin perder el tono ligero.
—Por cierto —añadió—, Alex está en el sector norte, revisando los filtros y registros secundarios de las cisternas.
A Lena se le arrugó toda la cara, desde el entrecejo hasta la nariz.
—Le dije que no tocara eso hoy.