Sin Control (Sin dueños ni señores 1)
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PRÓLOGO
Esa parte de la casa siempre había estado ahí, aguantando a duras penas, rindiéndose poco a poco a la gravedad.
Las paredes de hormigón estaban tan cuarteadas que dejaban ver el esqueleto de hierro oxidado.
El suelo de tablones de madera vieja y media podrida desaparecía bajo un sedimento gris que se filtraba por las costuras de los zapatos y se instalaba entre los dedos como una segunda piel.
El tejado había cedido hacia dentro y las vigas de acero se habían encajado unas con otras en un ángulo imposible. Todo ello formaba una trampa de metal retorcido en la que nadie entraba.
Era una zona peligrosa, sí, pero en aquel mundo, lo conocido tranquilizaba incluso cuando amenazaba con aplastarte. Su familia evitaba aquel lugar porque no valía la pena arriesgarse. O al menos eso decían siempre.
“Un día se te caerá algo encima.”
“Esa zona no está estable.”
“¿Qué necesidad tienes?”
Él había asentido mil veces e incluso se lo había creído. Hasta ese día. Entró porque vio cómo la luz del atardecer se colaba por un hueco distinto, una rendija estrecha que proyectaba un haz de partículas brillantes sobre todo lo que era el desastre del interior.
Avanzó despacio, apoyando primero la punta del pie y probando el suelo como le habían enseñado.
El corazón le golpeaba en los oídos. El polvo crujía bajo las botas y el aire olía a tierra y metal.
La estancia era más pequeña de lo que había imaginado.
O quizá lo parecía porque el techo bajaba tanto que lo obligaba a encorvarse para no darse con las vigas.
Había una mesa de oficina con las patas dobladas por el óxido y unas estanterías metálicas que se habían quedado incrustadas en el muro, vencidas por el peso de los años y de la humedad que lo devoraba todo.
Nada útil ni nada que justificara ignorar las advertencias de toda una vida, así que se giró para salir.
Entonces lo oyó.
Apenas un crujido más hueco que el resto.
Volvió a apoyar el pie, despacio, en el mismo punto.
Sonó otra vez. Se agachó y el pulso se le aceleró un poco más de lo normal por esa euforia absurda de haber encontrado algo sin estar buscándolo.
Pasó los dedos por la madera y apartó el polvo hasta notar una tabla suelta.
Miró alrededor, aunque sabía que no había nadie. Tiró con cuidado, creyendo que la madera pudiera delatarlo con un ruido innecesario. La tabla se levantó sin resistencia, pero debajo no había nada espectacular, solo oscuridad.
Metió la mano, apartó telarañas secas y notó el polvo áspero en la piel hasta que tocó algo distinto. Lo sacó despacio y contuvo la respiración sin saber muy bien por qué. Era algo pequeño. Un cuaderno. O lo que quedaba de uno.
La tapa de cuero oscuro estaba agrietada en los bordes y permanecía cubierta de polvo espeso. Al limpiarla un poco con la manga apareció una marca casi borrada que el tiempo se la había ido comiendo.
Las páginas estaban amarillentas y frágiles. Faltaban muchas. El lomo estaba forzado, con jirones de papel que delataban que alguien había arrancado hojas con una rabia desesperada.
Había dibujos que no entendía: líneas de ríos, flechas que apuntaban a la nada, palabras tachadas y fechas escritas sin contexto. No comprendía las frases escritas con letra irregular, que a veces era apretada y otras veces temblorosa. Pero supo una cosa con claridad: aquello era valioso.
El cuaderno estaba oculto para que nadie lo encontrara por accidente y para que se olvidara con el tiempo. Para que alguien con suerte diera con el. Lo cerró con cuidado y, sin darse cuenta, se lo acercó al pecho sintiendo el frío del cuero contra la piel.
—¿Qué haces ahí?
La voz de su madre lo sobresaltó y se giró con tanta torpeza que golpeó el hombro contra una viga baja. Siseó de dolor mientras ella daba un respingo.
—¡Te dije que no entraras en esta parte!
Su voz sonaba tensa, con ese temblor inconfundible que aparece cuando el miedo se disfraza de enfado. Se quedó callado mientras ella evaluaba los riesgos del techo inclinado. Luego lo miró a él y se detuvo en el objeto que protegía entre sus manos.
—¿Qué es eso?
—No lo sé —respondió él con la verdad.
Ella suspiró. Fue un sonido largo y agotado, el de quien añade otra preocupación a una lista que nunca se vacía.
—Sal de ahí. Ahora.
Mientras él caminaba de vuelta hacia la parte segura de la casa, el cuaderno seguía bajo su brazo. Ella no se lo pidió ni insistió en verlo.
—No vuelvas a entrar ahí —dijo ella, sin mirarlo—. Nunca más.
Él asintió, pero supo con certeza que no lo cumpliría.