7
El jueves, el viernes y el sábado pasaron con una lentitud cruel. Cada uno en su casa, con el peso de la decisión creciendo hora a hora.
Susana funcionaba en automático. Llevaba a los niños al colegio, cocinaba, contestaba mensajes del grupo de madres, sonreía cuando hacía falta.
Por las noches, cuando Luis dormía en el cuarto de invitados, se quedaba despierta mirando el techo.
El cuerpo le pedía a Ananda con una fuerza física casi dolorosa: el recuerdo de sus manos, de su boca, de la forma en que la miraba cuando estaba dentro de ella.
Pero cada vez que cerraba los ojos también veía las caras de sus hijos.
Y la de Luis, cuando le dijo “no voy a compartir a mi mujer”.
Ananda, por su parte, habitaba una casa vacía.
La maleta de Luisa ya no estaba. La carpeta de la abogada seguía sobre la mesa.
No la había tocado. Pasaba las horas en el estudio de yoga dando clases con una concentración casi excesiva, evitando los ojos de Paula, evitando el lugar donde Susana solía colocar su esterilla.
Por las noches se sentaba en el sofá a oscuras y sentía el fantasma de su cuerpo como una ausencia física.
Deseaba escribirle. Deseaba pedirle que dejara todo y se fueran juntos.
Pero no lo hacía. Habían acordado silencio hasta el domingo.
Y el silencio se estaba volviendo insoportable.
El sábado por la noche, casi a la misma hora, los dos miraron el móvil. Ninguno envió mensaje. Ambos lo desearon con toda el alma.
Domingo
A las diez de la mañana Susana bajó al salón. Luis ya estaba allí, sentado en el mismo sofá de días atrás. Había traído a los niños de casa de los abuelos la noche anterior, pero ahora estaban arriba. El silencio entre los dos era denso.
Luis habló primero.
—Es domingo. Quiero la respuesta.
Susana se sentó frente a él. Tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre las rodillas. Respiró hondo.
— No puedo cortar con él como si no hubiera existido.
Sería mentirme a mí misma. Pero tampoco puedo destruir lo que tenemos —miró hacia arriba, hacia donde estaban los niños— por algo que todavía no sé qué es del todo.
Te pido… no una eternidad. Te pido tiempo real.
Tiempo para ver si esto que siento por él es un incendio o una casa nueva.
Y tiempo para ver si tú y yo todavía tenemos algo que merezca la pena salvar más allá del costumbre y de los hijos.
Luis la miró largo rato. Su mandíbula estaba tensa.
—Eso no es una decisión. Es una prórroga.
— Es lo único que puedo darte ahora con honestidad —contestó ella—. Si me obligas a elegir esta mañana, entre el miedo y el deseo, no sé qué saldrá. Y no quiero que la respuesta sea una mentira dicha por pánico.
Luis se levantó. Caminó hasta la ventana. Estuvo de espaldas varios segundos. Cuando se giró, su voz sonó más cansada que enfadada.
— Te doy dos semanas. Solo dos. En ese tiempo no quiero que lo veas. Ni una vez. Si al final de las dos semanas sigues sin poder dejarlo… entonces yo tomo la decisión por los dos. Y será definitiva.
Susana asintió. El alivio y el miedo se le mezclaron en el pecho.
—Está bien.
Esa misma mañana, Ananda llamó a Luisa. Quedaron en un café neutral. Ella llegó puntual, sin la maleta, pero con la misma expresión cerrada de días atrás.
— He venido a decirte una sola cosa —dijo Ananda sin sentarse todavía—.
No voy a pedirte que vuelvas esta noche.
No voy a jurarte que todo ha terminado, porque sería mentirte.
Pero tampoco voy a seguir escondiéndome.
Necesito tiempo. Poco. Para saber si lo que tengo con ella es algo que merece romper una vida o algo que debo dejar marchar antes de que nos destruya a todos.
Luisa lo miró con frialdad.
—¿Cuánto tiempo?
— Dos semanas. Las mismas que le ha pedido ella a su marido. No nos veremos en ese tiempo. Ni ella ni yo. Si al final no soy capaz de soltarla… entonces firmas los papeles y yo no me opongo a nada.
Luisa asintió una sola vez.
—Dos semanas. Ni un día más. Y si me entero de que te has visto con ella antes… la abogada presenta la demanda al día siguiente.
Se levantó. Dejó dinero en la mesa para el café que no había pedido.
—No me llames hasta que tengas la respuesta de verdad.
Salió. Ananda se quedó solo, con el café enfrente y el peso de las dos semanas recién acordadas.
Esa noche, casi a la misma hora, Susana y Ananda se enviaron un único mensaje. Ella:
Dos semanas. Sin vernos. Después… decidimos.
Él:
Dos semanas. Sin vernos. Después… lo que sea.
Ninguno añadió nada más.
Ninguno dijo “te quiero”.
Pero el deseo seguía ahí, intacto, latiendo en la distancia que ahora se habían impuesto.
Y el reloj volvía a ponerse en marcha.
No se vieron.
No se escribieron.
No se llamaron.
Solo se desearon.
Las dos semanas empezaron con un silencio que dolía de tan deliberado.