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Día 1 – Lunes
Susana se despertó con el cuerpo en tensión.
Había soñado con la boca de Ananda entre sus piernas y se despertó mojada, el corazón acelerado, la mano ya a medio camino de tocarse.
Se obligó a detenerse. Se levantó, se duchó con agua fría y bajó a preparar el desayuno de los niños como si nada.
Luis la observaba desde el otro lado de la mesa.
No decía nada, pero su mirada pesaba. Cada vez que ella se inclinaba a servir el café, él parecía buscar en su cara alguna señal de debilidad. Ella no se la dio.
Ananda abrió el estudio más temprano de lo habitual. Barrió el suelo, colocó las esterillas con una precisión casi obsesiva y evitó mirar el rincón donde ella solía ponerse. Cuando llegó el primer alumno, sonrió con profesionalidad. Nadie notó que tenía las manos ligeramente temblorosas.
Esa noche, ambos se acostaron pensando en la misma cosa: el tacto de la piel del otro. Ninguno se tocó. Fue una forma de fidelidad extraña y dolorosa hacia el acuerdo.
Día 3 – Miércoles
Susana fue al supermercado y, sin querer, eligió el mismo yogur que Ananda compraba.
Lo dejó en el carrito varios minutos antes de devolverlo a la nevera con un gesto brusco.
En casa, Luis había vuelto a dormir en el dormitorio conyugal, pero no la tocaba.
Dormían de espaldas, el espacio entre los dos cuerpos como una frontera.
Ella sentía el deseo acumularse entre las piernas como una fiebre baja y constante.
Por las noches, cuando él roncaba, se permitía recordar: la forma en que Ananda la miraba cuando entraba en ella, el sonido de su respiración cuando se corría, el peso de su mano en la nuca.
Se mordía el labio hasta casi hacerse sangre para no gemir.
Ananda, por su parte, encontró una de las horquillas de Susana entre las sábanas del apartamento el día que fue a recoger sus cosas.
La guardó en el bolsillo del pantalón. La llevaba encima como un talismán prohibido.
Por las noches se sentaba en el sofá a oscuras y la hacía girar entre los dedos.
Luisa no había vuelto. Solo había un mensaje frío:
Las dos semanas corren. No me contactes.
Él no respondió.
Día 6 – Sábado
Fue el día más duro.
Susana se encerró en el baño mientras los niños veían una película.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la puerta, y por fin se tocó.
Lo hizo pensando en él. En su boca, en sus manos, en la forma en que la llenaba.
Se corrió en silencio, con lágrimas en los ojos, y después se quedó temblando, con más vacío que antes.
Subió a la cama y fingió dormir cuando Luis entró.
Ananda dio una clase especial de pranayama esa misma tarde.
Mientras guiaba a los alumnos en la respiración, sintió una erección incontrolable solo de recordar el olor de ella.
Tuvo que sentarse en postura de loto y fingir que profundizaba en la meditación.
Paula lo miró desde el fondo de la sala.
Ya no había duda en sus ojos. Solo una tristeza contenida.
Esa noche, casi a la misma hora, los dos miraron el móvil. La pantalla en negro. El deseo era tan físico que les dolía el pecho.
Día 9 – Martes
Luis intentó acercarse.
La besó en la cocina, con los niños arriba.
Fue un beso torpe, cargado de necesidad y de orgullo herido.
Susana respondió. Dejó que la llevara a la habitación.
Dejó que la tocara. Cuando él entró en ella, cerró los ojos y, por un momento, casi consiguió no pensar en Ananda.
Casi. Pero el cuerpo la traicionó: estaba seca al principio, y solo cuando imaginó otras manos se humedeció.
Luis lo notó. No dijo nada. Se corrió en silencio y se giró de espaldas.
El silencio posterior fue peor que cualquier reproche.
Ananda recibió una llamada de Luisa esa misma noche. Fue breve.
—Solo quería saber si sigues vivo.
—Sí.
—¿La has visto?
—No.
—Bien. Quedan cinco días.
Colgó. Ananda se quedó mirando el teléfono y sintió una rabia impotente mezclada con un deseo tan fuerte que tuvo que salir a caminar bajo la lluvia para no romper el acuerdo.
Día 12 – Viernes
El cuerpo de Susana estaba en un estado de alerta constante. Cada roce de la ropa le recordaba lo que no tenía. Por la noche, mientras Luis dormía, escribió un mensaje largo y sincero… y lo borró sin enviar. Luego escribió otro, más corto:
Te deseo.
También lo borró.
Se limitó a poner el móvil boca abajo y a morderse el interior de la mejilla hasta que el impulso pasó.
Ananda hizo algo parecido. Abrió la conversación con ella veinte veces.
Nunca escribió nada. En su lugar, se masturbó con la horquilla todavía en la otra mano, recordando el sabor de su sexo, el sonido de su voz cuando decía su nombre.
Se corrió con un gemido ahogado y después se sintió más solo que antes.
Día 14 – Domingo
Amaneció gris.
Susana se levantó antes que nadie. Se duchó, se vistió con ropa cómoda y se sentó en la cocina a esperar. El café se enfrió entre sus manos. Arriba, los niños todavía dormían. Luis bajó a las nueve. Se miraron. Ya no había espacio para más prórrogas.
Ananda, al otro lado de la ciudad, estaba sentado en el mismo sofá donde había pasado tantas noches a oscuras. La carpeta de la abogada seguía sobre la mesa. El móvil, a su lado, sin mensajes nuevos. Sabía que ese día, de un modo u otro, la decisión llegaría.
El deseo seguía intacto.
Había sobrevivido a catorce días de silencio forzado.
Ahora solo quedaba ver si también sobreviviría a la verdad.
Amaneció con el cielo bajo y una lluvia fina que no llegaba a empapar. Parecía el tipo de día en el que las cosas importantes se dicen en voz baja. Casa de Susana – 10:17 h
Luis estaba en el salón cuando ella bajó. Los niños habían dormido en casa de los abuelos la noche anterior, otra vez. Nadie quería testigos. Él tenía las manos apoyadas en las rodillas, la espalda recta, como quien se prepara para un golpe.
—Se han cumplido las dos semanas —dijo sin preámbulos—. Quiero la respuesta.
Susana se sentó enfrente. Llevaba días preparando palabras y, llegado el momento, todas le parecieron insuficientes. Respiró hondo. Cuando habló, la voz le salió serena, aunque le temblaban las manos.
— No puedo volver a ser la mujer que era antes de él.
No porque no te quiera, Luis. Te quiero.
Eres el padre de mis hijos y la persona con la que he construido casi toda mi vida adulta.
Pero algo se despertó en mí que ya no puedo volver a dormir.
Si te digo que lo dejo y me quedo aquí como si nada hubiera pasado, te estaría mintiendo.
Y tú no mereces una mentira de ese tamaño.
Luis cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una tristeza enorme y una rabia contenida.
—Entonces me estás eligiendo a él.
— Te estoy eligiendo a la verdad —contestó ella—.
No sé todavía si él y yo tenemos un futuro juntos.
Sé que lo deseo. Sé que lo necesito de una forma que me asusta.
Y sé que si intento enterrar esto para salvar lo nuestro, voy a envenenar lo que nos queda.
Prefiero que nos duela limpio a que nos pudra en silencio.
Hubo un silencio largo. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con suavidad. Luis asintió muy despacio.
— Entonces esto se termina. Como matrimonio. Como pareja. Seguiremos siendo padres. Pero ya no seré tu marido. Ni tú mi mujer. Empezamos a hablar con abogados esta semana.
Susana sintió que algo se rompía dentro del pecho. No gritaron. No se insultaron. Solo se miraron como dos personas que acaban de firmar el final de algo que creyeron eterno.
— Lo siento —susurró ella.
—Yo también —respondió él.
Se levantó. Subió las escaleras. Un rato después bajó con una maleta pequeña. No era una fuga. Era un primer paso. Dijo que se quedaría unos días en casa de sus padres. Que hablarían con los niños juntos el fin de semana. Que no quería hacer más daño del necesario.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Susana se quedó sentada en el sofá, mirando el espacio vacío. Lloró por primera vez en semanas. Lloró por Luis, por los niños, por la vida que se deshacía. Y debajo de las lágrimas, todavía, latía el deseo intacto.
Casa de Ananda – 11:05 h
Luisa aceptó verse en el mismo café de dos semanas atrás. Llegó puntual, con la carpeta de la abogada bajo el brazo. Se sentó. No pidió nada.
Ananda no dio rodeos.
— No puedo dejarte en un limbo. Ni a ti ni a mí. Lo que siento por ella no se ha apagado. Al contrario. Los catorce días sin verla me han dejado claro que no es un capricho ni una escapada. Es algo que me ha cambiado. Y no voy a pedirte que esperes a ver si se me pasa.
Luisa lo miró con una calma que costaba años de construcción.
—Entonces es un no.
— Es un no a seguir fingiendo —dijo él—. Puedo acompañarte en el proceso. Puedo ser decente. Puedo no pelear por cosas materiales. Pero no puedo volver a ser el hombre que era antes de ella. Ese hombre ya no existe.
Luisa abrió la carpeta. Dentro estaba la demanda de divorcio. La deslizó sobre la mesa hacia él.
—La presento mañana. No necesito que firmes nada hoy. Solo necesitaba oírte decirlo en voz alta.
Se levantó. Se ajustó el bolso.
—Cuídate, Ananda. Y dile a ella… que no se sienta triunfadora. Nadie gana en esto.