6
A las seis de la mañana ya estaba en la cocina, con una taza de café frío entre las manos. Había repasado mil veces las palabras que le diría a Luis. Ninguna le servía. Todas sonaban a traición o a cobardía.
A las siete oyó moverse arriba. Luis bajó las escaleras. Venía vestido, con la cara cansada y la decisión todavía intacta. Se detuvo en el umbral de la cocina. —¿Ya tienes respuesta?
Susana levantó la vista. La voz le salió más firme de lo que esperaba.
— No puedo cortar con él esta noche como si fuera un grifo. No es tan simple. Pero tampoco voy a pedirte que esperes mientras yo decido. Necesito unos días. Solo unos días. Para pensar con claridad qué estoy dispuesta a destruir y qué no.
Luis la miró en silencio durante varios segundos. Luego asintió una sola vez, lento. —Tienes hasta el domingo por la noche. El lunes, si no hay una decisión clara y visible, yo tomo la mía. Y será definitiva.
Se dio la vuelta y salió de casa. El ruido del coche alejándose dejó el silencio todavía más grande.
Susana se quedó quieta. Luego agarró el móvil. Las manos le temblaban. Escribió:
Luis me ha dado hasta el domingo.
Luisa se ha ido con la maleta, ¿verdad?
La respuesta de Ananda llegó en menos de un minuto:
Sí. Se ha ido. La carta de la abogada está sobre la mesa.
Necesito verte. Hoy. Aunque sea un rato.
Ella contestó:
El apartamento. En una hora.
Se vieron a las nueve de la mañana.
El apartamento olía todavía a ellos. En cuanto entró, Ananda la abrazó con fuerza, sin besarla todavía. Solo la sostuvo. Susana se dejó envolver. Por un momento ninguno habló.
Después se separaron solo lo justo para mirarse.
—Me ha dado hasta el domingo —dijo ella—. Si el lunes no he cortado de forma clara, él empieza a separar las vidas.
—Luisa ya ha empezado —contestó Ananda—. La maleta salió anoche. La carta está firmada. Solo falta presentarla.
Se quedaron en silencio. El deseo estaba ahí, como siempre, pero ahora competía con algo más pesado: el miedo real a perderlo todo.
— ¿Qué hacemos? —preguntó Susana.
Ananda le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
— No lo sé. Sé que no puedo decirte que vuelvas con él y me olvides. Sé que no puedo pedirte que dejes a tus hijos por mí. Y sé que cada vez que te tengo cerca siento que por fin estoy en el sitio correcto.
Ella cerró los ojos. Apoyó la frente contra la suya.
—Yo también. Por eso tengo tanto miedo.
Se besaron. Fue un beso lento, profundo, casi triste.
Después se desnudaron sin prisa. Esta vez el sexo fue silencioso, casi ceremonial.
Se movieron juntos como si quisieran grabar cada centímetro del cuerpo del otro.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados encima de las sábanas, sudorosos, el corazón todavía acelerado.
Ananda habló contra su pelo.
—Si el domingo llega y tú decides quedarte con él… lo entenderé. No te odiaré. Pero voy a doler como no he dolido nunca.
Susana levantó la cara. Tenía los ojos húmedos.
—Y si yo no puedo quedarme… ¿tú qué harás con Luisa?
—No lo sé. Ahora mismo solo sé que no quiero soltar tu mano.
Se quedaron así un buen rato. Desnudos. En su mundo. Mientras fuera las dos casas esperaban respuestas que ya tenían fecha de caducidad.
Antes de separarse, Ananda le tomó la cara con las dos manos.
—Pase lo que pase el domingo… no desaparezcas sin decirme adiós de verdad. —No lo haré —prometió ella.
Se vistieron. Se besaron una última vez en la puerta.
Y salieron otra vez a la vida que los estaba esperando con el reloj en marcha.
No se vieron.
No se escribieron.
Solo se desearon.