4 #3
Luisa se acercó. Con dos dedos le giró el hombro izquierdo hacia la luz.
Allí, justo debajo de la clavícula, había una marca pequeña, casi invisible: el rastro de una uña que se había clavado días atrás, en el apartamento.
Una marca que él no había notado y que el tiempo no había borrado del todo.
Luisa la rozó con la yema del dedo.
—Esto es nuevo.
Ananda no dijo nada. No había forma de explicar una marca de uña sin mentir peor.
Ella bajó la mirada por su pecho, por su abdomen, como si buscara más pruebas. Luego levantó la vista y lo miró a los ojos con una claridad fría.
— Ya no eres el mismo. No solo por ella. Eres distinto en la forma de estar en esta casa. En la forma de mirarme. En la forma de callarte. Antes mentías con más elegancia. Ahora ni siquiera te esfuerzas.
—Luisa…
— No. —Levantó una mano—. No quiero oír el nombre de ella. No quiero oír que “es complicado” ni que “no sabes cómo pararlo”. Quiero que escuches lo que te voy a decir una sola vez.
Dio un paso atrás, todavía con la copa en la mano.
— El viernes te vas a ir. Como has hecho estas últimas semanas.
Vas a decir que tienes una práctica, un retiro, una reunión, lo que sea.
Y yo voy a quedarme aquí. Pero cuando vuelvas…
si vuelves oliendo otra vez a otra mujer, si vuelves con esa cara de quien ha estado en un sitio donde yo no existo…
esta casa se termina. No voy a gritar. No voy a romper platos. Simplemente voy a dejar de estar.
Ananda sintió que algo se quebraba dentro del pecho. No era solo miedo a perder a Luisa. Era la confirmación de que el doble juego ya no tenía espacio. —No quiero hacerte esto —dijo en voz baja.
—Entonces no lo hagas —contestó ella—. Pero ambos sabemos que mañana vas a salir por esa puerta igual.
Luisa dejó la copa sobre la encimera. Se quedó mirándolo un segundo más, con una mezcla de rabia, dolor y una extraña piedad.
—Lo que más me duele no es que te la folles. Es que ella te ha devuelto algo que yo ya no conseguía sacarte. Y eso se te nota en la piel.
Se fue a la habitación. Esta vez ni siquiera cerró la puerta. La dejó entreabierta, como si ya no valiera la pena poner barreras.
Ananda se quedó solo en la cocina, desnudo de cintura para arriba, con la marca de la uña todavía visible bajo la luz. Sacó el móvil. Miró la conversación con Susana. El último mensaje seguía ahí:
Viernes.
Todo el día.
Sin contención.
Se quedó mirando la pantalla largo rato. Luego escribió:
Mañana a las nueve.
El peligro es real.
Pero voy a estar ahí.
Envió. Apagó el móvil. Se sentó en una de las sillas de la cocina y se pasó las manos por la cara.
En la habitación de al lado, Luisa no dormía.
Y al otro lado de la ciudad, Susana tampoco.
El viernes se acercaba.
Todo el día.
Sin contención.
Y esta vez, las dos casas ya sabían, de formas distintas, que algo estaba a punto de romperse del todo.
Llegó a las nueve en punto.
Ananda le abrió la puerta y, en cuanto ella entró, la pegó contra la pared y la besó con una urgencia que no había tenido ni siquiera la vez anterior. El beso sabía a decisión y a miedo. Susana lo notó al instante. Cuando se separaron, ella le sujetó la cara con las dos manos.
— ¿Qué ha pasado?
Ananda apoyó la frente contra la suya. Respiraba agitado.
—Luisa. Ayer. Vio una marca que me dejaste. Me dijo que si vuelvo otra vez oliendo a ti, se termina. Que esta casa se termina.
Susana cerró los ojos un segundo. El peso de esas palabras se instaló entre los dos. Luego lo miró.
— ¿Y aun así has venido?
—Aun así he venido —contestó él—. Porque no sé estar sin esto. Sin ti. No hicieron falta más explicaciones.
Se quitaron la ropa allí mismo, en el recibidor. El vestido de ella cayó al suelo. La camiseta y el pantalón de él detrás. Cuando quedaron desnudos, el deseo ya no era solo deseo: era una forma de aferrarse a algo antes de que todo saltara por los aires.
Ananda la levantó y la llevó hasta la cama sin apenas separarse de su boca.
Entró en ella de un solo empuje, profundo, y los dos soltaron un gemido largo.
Esta vez no hubo juego previo. No hubo contención.
Empezaron fuerte, casi desesperados, como si el tiempo se les estuviera acabando.
Él embestía con fuerza, ella levantaba las caderas para recibirlo entero, las manos agarradas a su espalda.
Se corrieron rápido, uno detrás del otro, con una intensidad casi dolorosa.
No se detuvieron.
Se quedaron unidos, jadeando, y al poco él volvió a endurecerse dentro de ella.
Esta vez fueron más lentos, más profundos.
Se miraban. Se tocaban la cara. Ananda le susurraba al oído, con la voz rota, que no quería perderla, que no sabía cómo sostener las dos vidas, que cada vez que estaba dentro de ella sentía que por fin respiraba.
Susana le respondía con el cuerpo y con palabras entrecortadas: que ella tampoco sabía, que el miedo era real, pero que el vacío de no verlo lo era todavía más.
Pasaron de la cama al sofá, del sofá al suelo, del suelo otra vez a la cama.
Hubo sexo oral largo, casi reverente: él de rodillas entre sus muslos, lamiéndola con lentitud hasta hacerla arquearse y gemir su nombre; ella tomándolo profundo en la boca, mirándolo a los ojos, hasta que él se corría y ella se lo bebía sin apartar la mirada.
Hubo momentos casi quietos, donde solo se movían con las contracciones internas y la respiración, y momentos en los que él la tomaba con fuerza, sujetándole las muñecas, embistiendo como si quisiera marcarla por dentro.
A media mañana, sudados y entrelazados, Ananda se quedó mirándola en silencio durante un rato largo.
— Si Luisa cumple lo que dijo… no sé qué va a pasar conmigo. Con nosotros. Susana le acarició el pecho, justo donde había estado la marca de su uña.
—Entonces no volvamos a dejar marcas visibles —susurró—. Pero no dejemos de hacerlo.
Él asintió. La besó con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Y volvieron a empezar.
La tarde los encontró todavía en la cama, cansados, brillantes de sudor, el olor a sexo impregnando las sábanas y la piel. Habían perdido la cuenta de las veces. Solo sabían que cada orgasmo los dejaba un poco más lejos de las vidas que los esperaban fuera y un poco más cerca el uno del otro.
Cuando el sol empezó a bajar, se quedaron abrazados en silencio. Ananda le besó el hombro.
— No sé cuántas veces más vamos a poder hacer esto.
Susana se giró hacia él. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—Entonces hagamos que cada una cuente.