Sin Contención 4 #4
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Se vistieron despacio. Antes de salir, se besaron en la puerta como si fuera la última vez, aunque ambos sabían que no lo sería. Todavía no.

Ananda salió primero. Susana esperó diez minutos, como habían acordado. Cuando bajó a la calle, el aire de la tarde le golpeó la cara con una realidad demasiado nítida.

El peligro ya no era una amenaza futura.

Era una cuenta atrás.

Y aun así, mientras caminaba hacia su coche, el cuerpo todavía le latía con el eco de él, y la única certeza que tenía era que volverían a verse.

Fue un martes a media mañana.

Luis había ido al banco a resolver un tema de la hipoteca. La cola no era larga. Estaba revisando unos papeles cuando levantó la vista y la vio.

Luisa.

La reconoció al instante. La mujer del supermercado. La que había pasado junto a Susana y le había dicho algo al oído. La esposa de Ananda. Llevaba el pelo recogido, gafas de sol en la mano y una expresión de quien lleva demasiados días sin dormir del todo.

Sus miradas se encontraron. Hubo un segundo de duda. Luego el reconocimiento mutuo, frío y exacto. Luisa fue quien dio el primer paso. Se acercó cuando él terminó de ser atendido y salía hacia la puerta.

—Usted es el marido de Susana —dijo sin preámbulos. No era una pregunta.

Luis se detuvo. Asintió una sola vez.

—Y usted es la mujer de Ananda.

Se quedaron de pie junto a los cristales del banco, con el ruido de la calle como fondo. Ninguno sonrió. Ninguno extendió la mano.

— Necesito saber si estoy loca —continuó Luisa, con la voz baja pero firme—. Porque mi marido lleva semanas en otro sitio. Llega tarde. Se ducha en cuanto entra. Tiene una marca que no me explica. Y cada vez que digo el nombre de “la alumna alta del mono negro” se le cierra la cara.

Luis tragó saliva. El estómago se le había vuelto de piedra.

— Mi mujer también está en otro sitio —respondió—. Desde que empezó con ese yoga. Las clases que se alargan. Los olores nuevos en casa. La forma de mirarme como si yo fuera un mueble familiar. Y el día del supermercado… se le puso la cara blanca cuando os vio.

Luisa asintió despacio. Parecía que por fin alguien le confirmaba lo que ya sabía. —No es solo atracción —dijo ella—. Es más. Se les nota. Como si se hubieran encontrado en un lugar donde nosotros no existimos.

Luis miró hacia la calle un momento. Cuando volvió a hablar, la voz le salió más grave.

— ¿Usted cree que se acuestan?

Luisa sostuvo su mirada sin parpadear.

—Yo creo que sí. Y creo que no es solo sexo. Eso es lo que más me jode.

Hubo un silencio denso. Dos personas que no se conocían de nada, unidas de pronto por la misma herida.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó Luis.

—No lo sé todavía. Le dije que si volvía otra vez oliendo a ella, se terminaba. Todavía no ha vuelto con ese olor… o yo ya no lo detecto. Pero la cuenta atrás está en marcha. Luis asintió. Se pasó una mano por la cara.

—Yo todavía no le he dicho nada claro. Tengo miedo de oír la respuesta. Pero después de hablar con usted… ya no puedo seguir fingiendo que no veo lo que veo. Se miraron un segundo más. No había complicidad. Solo una extraña y amarga solidaridad.

—Si se entera de algo más —dijo Luisa—, o si decide confrontarla, tal vez deberíamos hablar otra vez.

—Igual —contestó él.

Se separaron sin despedirse del todo. Cada uno caminó en dirección contraria. El sol de media mañana les daba en la cara con una claridad casi cruel.

Luis llegó a casa antes de lo habitual. Dejó las llaves en el mueble de la entrada y se quedó de pie en el recibidor.

Los niños todavía estaban en el colegio.

Susana estaba en el salón, leyendo. Al verlo entrar tan pronto, levantó la vista y sonrió con esa calma nueva que él ya no reconocía del todo.

Él no sonrió.

Se quedó mirándola en silencio, con la certeza recién adquirida ardiéndole en el pecho. Ya no era sospecha. Era conocimiento.

Susana notó el cambio en su expresión. Cerró el libro despacio.

—¿Luis…?

Él no respondió de inmediato. Solo pensó, con una claridad fría:

Ya lo sé.

Al otro lado de la ciudad, Luisa entró en su piso y cerró la puerta con cuidado. Dejó el bolso en el sofá y se quedó de pie en medio del salón. Ananda no estaba. Todavía no.

Sacó el móvil. Miró la última conversación con él. Luego lo bloqueó y lo dejó boca abajo.

Por primera vez en semanas, la duda había desaparecido.

Ahora solo quedaba decidir qué hacer con la verdad.

Se vieron esa misma tarde.

Ananda mandó un solo mensaje:

Necesito verte. Ahora. El apartamento.

Susana llegó en menos de una hora. No se saludaron. En cuanto la puerta se cerró, se abrazaron con una fuerza que no habían tenido antes. No era solo deseo. Era miedo. Era la sensación de que el suelo se estaba moviendo bajo los pies de los dos.

Se desnudaron sin hablar. Esta vez el sexo no fue urgente ni salvaje.

Fue lento, profundo, casi solemne. Se miraron todo el tiempo.

Ananda entró en ella con una lentitud que dolía de tan íntima.

Se movieron juntos durante mucho rato, sin prisa, como si quisieran memorizar el cuerpo del otro.

Cuando se corrieron, lo hicieron en silencio, abrazados con fuerza, la cara de ella escondida en el cuello de él.

Después no se separaron.