4 #2
—¿Pasa algo entre vosotros?
Hubo un silencio demasiado largo.
—Hay una atracción —admitió por fin—. No te voy a mentir. Pero no he cruzado todas las líneas que crees.
Luisa soltó una risa corta, amarga.
—No necesito que las hayas cruzado todas. Con que hayas cruzado una ya es suficiente. Y hoy, en el supermercado, se os notaba. A los dos.
Se quedó mirándolo un momento más.
—No sé hasta dónde estás dispuesto a llegar, Ananda. Pero yo sí sé hasta dónde estoy dispuesta a aguantar.
Se fue a la habitación y cerró la puerta con un golpe seco.
Esa misma noche, mientras Luis dormía de espaldas a ella, el móvil de Susana vibró una sola vez.
Un mensaje de Ananda:
Ya no podemos seguir en el estudio.
Tengo la llave de un pequeño apartamento que usa un amigo cuando está fuera. Está vacío hasta el domingo.
Mañana, a las nueve.
Te mando la dirección.
Ven sin nada debajo.
Y esta vez… no tengamos prisa, pero tampoco contención.
Susana leyó el mensaje dos veces. El corazón le latía con fuerza. El miedo estaba ahí, más real que nunca después del supermercado. Pero el deseo era más fuerte.
Respondió solo una palabra:
Estaré.
Apagó la pantalla y se quedó mirando el techo en la oscuridad.
Las consecuencias ya habían salido a la calle.
Y aun así, mañana volvería a entregarse por completo.
El apartamento era pequeño, luminoso y estaba en un tercer piso de una calle tranquila. Ananda abrió la puerta a las nueve en punto. Susana entró sin decir nada. Llevaba un vestido largo de algodón gris, holgado. En cuanto la puerta se cerró con llave detrás de ella, se lo quitó.
Debajo no había nada.
Ananda la miró un segundo y soltó el aire despacio. Luego se quitó la ropa con la misma rapidez. Cuando quedaron desnudos, ya no hubo la cautela de las primeras veces. Se abalanzaron el uno sobre el otro como si el tiempo se hubiera acortado de golpe.
El primer beso fue profundo y casi brusco. Las manos de él bajaron directo a su sexo y la encontró empapada, exactamente como le había pedido. Gimió contra su boca. Ella le rodeó la polla con los dedos y lo notó duro, caliente, ya completamente listo. No esperaron.
Ananda la levantó y la sentó en la mesa del comedor. Le abrió las piernas y entró en ella de un solo empuje. Susana arqueó la espalda y soltó un gemido alto, sin cuidarse de modular la voz. Ya no había paredes del estudio que pudieran delatarlos. Aquí podían hacer ruido. Y lo hicieron.
Él embistió con fuerza, profunda, sin la contención de antes. Cada embestida hacía temblar la mesa. Ella se agarró a sus hombros y empujó hacia adelante para recibirlo entero. Se corrieron rápido la primera vez, casi al mismo tiempo, con una urgencia que venía del miedo y del deseo mezclados.
No se separaron.
Ananda la cargó hasta el sofá sin salir de ella.
Allí la tumbaron de lado y siguieron, más despacio esta vez, pero igual de intensos.
Se miraban. Se tocaban. Él le besaba los pechos mientras se movía dentro, ella le clavaba las uñas en la espalda.
Cuando el ritmo volvió a subir, ella se corrió otra vez, apretándolo con fuerza, y él la siguió segundos después, gimiendo su nombre contra su cuello.
Después se fueron al suelo.
Allí el sexo se volvió más libre, más sucio, más largo.
Ella lo montó a caballo, moviéndose con las caderas en círculos amplios, dejándose caer con todo el peso.
Él le sujetaba las nalgas y subía a su encuentro.
Luego la puso a cuatro patas y la tomó desde atrás con embestidas profundas y lentas, una mano en su nuca, la otra rodeándole la cintura para tocarle el clítoris al mismo tiempo.
Susana gritaba contra el brazo del sofá. Ya no había pudor.
Hubo sexo oral sin prisa. Él se arrodilló entre sus muslos y la lamió hasta hacerla correrse dos veces seguidas, la segunda casi llorando de tanto placer.
Ella lo tomó en la boca después, profundo, mirándolo a los ojos, hasta que él le avisó con voz ronca y ella se apartó solo lo justo para que se corriera en sus pechos y en su cuello.
Se rieron un poco, jadeando. Él la limpió con su propia camiseta.
Luego la atrajo otra vez contra su cuerpo y entraron en una fase más quieta, casi tántrica otra vez: él dentro de ella sin moverse apenas, solo respirando juntos, contrayendo los músculos, mirándose.
El orgasmo, cuando llegó, fue bajo, largo, silencioso, y los dejó temblando.
Pasaron horas.
A media mañana estaban otra vez en la cama del dormitorio, sudados, el pelo pegado a la piel, los cuerpos brillantes.
Ananda la tomaba con lentitud, casi con ternura, mientras le susurraba al oído todo lo que había querido decirle durante las clases y no había podido: que la deseaba desde la primera vez que vio el mono marcar su sexo, que cada noche pensaba en ella,
que el miedo a perderlo todo no era suficiente para dejar de buscarla.
Susana le respondía con el cuerpo y con palabras rotas: que ya no podía fingir con Luis igual que antes, que el olor de él se le había metido debajo de la piel, que cada vez que se corría con su marido cerraba los ojos y lo veía a él.
Cuando por fin se detuvieron de verdad, el reloj marcaba casi las dos. Estaban agotados. Se quedaron abrazados en la cama, escuchando el silencio del apartamento.
Ananda le acarició el pelo.
—Luisa sabe que hay algo. No todo. Pero sabe.
—Luis también sospecha —respondió ella—. Y Paula me advirtió. El círculo se está cerrando.
Él asintió contra su sien.
—Lo sé. Pero no quiero parar. No todavía.
Susana cerró los ojos. El cuerpo le pesaba de tanto placer. El corazón le pesaba de tanto riesgo.
—Yo tampoco.
Se vistieron despacio. Antes de salir, Ananda la pegó contra la puerta y la besó una última vez, largo, profundo, como si quisiera llevarse el sabor de ella hasta la siguiente vez.
— Te avisaré cuando podamos volver —susurró.
Ella asintió.
Bajaron por separado. En la calle, el sol de media tarde les dio en la cara como una realidad demasiado brillante. Las consecuencias seguían ahí afuera, esperándolos. Pero durante toda esa mañana, en ese apartamento prestado, habían conseguido olvidarlas por completo.
Y ambos sabían que volverían a hacerlo.
Susana llegó a casa pasadas las tres.
Se había duchado en el apartamento, pero el olor de Ananda seguía en su piel, debajo del jabón. Luis estaba en el jardín con los niños. Cuando la vio entrar, dejó la pelota y se acercó.
— Has tardado.
—Se me hizo tarde con unas gestiones —mintió. La voz le salió demasiado calmada.
Luis la miró con atención. Tenía el pelo todavía húmedo, la cara relajada de una forma que él no le veía desde hacía meses, y un leve enrojecimiento en el cuello que el maquillaje no había cubierto del todo.
—Otra vez esa cara —dijo en voz baja, para que los niños no oyeran—. La misma de cuando salimos del supermercado. Como si volvieras de un sitio donde yo no estoy. Susana dejó el bolso en la mesa. Por un momento pensó en confesar. La tentación fue breve y peligrosa. Luego negó con la cabeza.
—Estoy cansada. Nada más.
Luis no insistió. Pero esa noche, cuando se metieron en la cama, no se acercó a ella. Se quedó de lado, mirando la pared, y el silencio entre los dos fue más elocuente que cualquier discusión.
Al otro lado de la ciudad, Luisa esperaba a Ananda sentada en el sofá, con la luz apagada. Cuando él entró, encendió solo la lámpara de la mesita.
— Has estado con ella.
No era una pregunta.
Ananda cerró la puerta con cuidado. Dejó las llaves sobre el mueble.
—Sí.
La palabra quedó suspendida en el aire. Luisa asintió despacio, como si recibiera una confirmación que ya no necesitaba.
— ¿Cuántas veces?
—Las suficientes.
Ella soltó una risa corta, sin humor.
—Al menos no me mientes. Eso es nuevo.
Se levantó. Se acercó a él hasta quedar a un palmo. Sus ojos estaban brillantes de una mezcla de rabia y dolor.
— No te voy a pedir detalles. No quiero saber cómo la follas ni qué te dice al oído. Solo quiero que sepas una cosa: cada vez que sales por esa puerta a “dar clase” o a “resolver algo”, yo me quedo aquí calculando cuánto tiempo más estoy dispuesta a aguantar esto.
Ananda no respondió de inmediato. Cuando habló, la voz le salió grave, cansada. —No sé cómo pararlo.
—Entonces aprende —contestó ella—. O yo aprenderé a vivir sin ti.
Se fue a la habitación. Esta vez no cerró de golpe. Cerró con una suavidad que resultó todavía más fría.
Pasaron dos días.
Dos días en los que Susana y Ananda no se escribieron.
Dos días en los que las clases grupales se volvieron un ejercicio de contención casi doloroso.
Se miraban lo justo. Se hablaban lo mínimo.
Paula los observaba desde su esterilla con una expresión que ya no era solo de advertencia: era de certeza.
El miércoles por la noche, mientras Luis dormía, el móvil de Susana vibró. El apartamento sigue libre el viernes.
Todo el día.
Si quieres, vamos.
Si no, lo entiendo.
Pero necesito saber si seguimos o paramos.
Susana se quedó mirando la pantalla en la oscuridad. El peligro ya no era una posibilidad. Era una presencia concreta: la voz de Luisa en el supermercado, la mirada de Luis en el jardín, el silencio de Paula en clase, la puerta cerrada con suavidad en casa de Ananda.
Y aun así, el deseo seguía ahí, intacto, latiendo entre las piernas y en el centro del pecho.
Escribió la respuesta despacio, como si cada letra pesara:
Seguimos.
Viernes.
Todo el día.
Sin contención.
Envió el mensaje. Apagó el móvil. Se giró hacia el cuerpo dormido de su marido y cerró los ojos.
El peligro ya era real.
El deseo, también.
Y los dos habían elegido, una vez más, no detenerse.
Fue el jueves por la noche.
Ananda llegó más tarde de lo habitual. No había estado con Susana.
Solo había necesitado caminar, pensar, sentir el peso de lo que estaba a punto de hacer al día siguiente.
Cuando entró en casa, Luisa estaba en la cocina, de pie junto a la encimera, con una copa de vino tinto en la mano. No estaba bebiendo. Solo la sostenía.
Lo miró fijamente mientras él dejaba las llaves.
—Quítate la camiseta.
Ananda se detuvo.
—¿Qué?
—Quítatela —repitió ella, con una calma peligrosa—. Ahora.
Él obedeció. Se sacó la camiseta por la cabeza y la dejó sobre una silla.