4
Volvieron a empezar poco después. Esta vez más despacio.
Él la puso de lado, una pierna de ella sobre su cadera, y entró con una lentitud casi dolorosa.
Se miraron todo el tiempo. A ratos el sexo se volvía casi quieto: solo el pulso dentro de ella, solo las contracciones voluntarias de ambos, solo la respiración sincronizada.
Era tan íntimo que a Susana le costaba no cerrar los ojos. Pero no los cerró. Quería verlo.
Pasaron de esa quietud a una urgencia nueva.
Él la puso a cuatro patas otra vez y la tomó con más fuerza, una mano en su nuca, la otra en su cadera, el sonido de la piel contra la piel llenando el estudio.
Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más.
Cuando sintió que él estaba cerca, se apartó, se giró y lo tomó en la boca hasta el final.
Se lo bebió todo, mirándolo, mientras él gemía con la cabeza echada hacia atrás.
Después se rieron un poco, cansados, sudados, brillantes. Se tumbaron de lado, frente a frente, tocándose sin prisa. Ananda le recorrió con el dedo la línea de la cadera, el borde del pecho, el labio inferior.
— Luisa me preguntó anoche si tengo una amante —dijo de pronto, en voz muy baja. Susana no apartó la mirada.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
Pero ya no estoy seguro de cuánto tiempo más voy a poder mentir.
Ella asintió. El peso de la realidad entró en el estudio por un momento. Luego ella se acercó más y lo besó con lentitud.
—Luis también nota cosas. Me mira distinto. Como si intentara reconocer a alguien que ya no está del todo.
Se quedaron en silencio. El deseo, sin embargo, no había desaparecido. Solo se había vuelto más complejo. Más peligroso. Más real.
Al cabo de un rato Ananda la atrajo otra vez sobre él.
Entró en ella con una suavidad casi dolorosa.
Esta vez no hubo prisa ni fuerza. Solo profundidad.
Solo la necesidad de estar dentro el mayor tiempo posible.
Se movieron despacio, durante mucho rato, hasta que el orgasmo los alcanzó otra vez, más bajo, más largo, más silencioso.
Cuando por fin se detuvieron de verdad, el sol ya caía en otro ángulo. Habían pasado horas otra vez. El estudio olía a sexo, a sudor limpio y a sándalo. Susana tenía el pelo pegado a la nuca. Ananda tenía marcas de sus uñas en los hombros.
Se vistieron en silencio. Antes de que ella se pusiera el kaftan, él la detuvo, le puso ambas manos en la cara y la besó una última vez, largo, profundo, como quien sella algo.
—La siguiente vez —dijo contra sus labios— no sé si vamos a poder seguir fingiendo que esto tiene límites.
Susana le rozó la boca con el pulgar.
—Entonces dejemos de fingir.
Salió a la calle con el cuerpo pesado de placer, las piernas todavía blandas y la certeza de que cada encuentro los acercaba un poco más al borde de algo que ya no podrían controlar.
Y ninguno de los dos quería detenerse.
La clase grupal del martes empezó con una tensión distinta.
No era solo la que existía entre Susana y Ananda. Era otra, más difusa, que flotaba entre las esterillas.
Varias personas del grupo la miraron un segundo más de la cuenta cuando se quitó el kaftan y quedó solo con el mono.
Alguien susurró algo a media voz cerca de la ventana.
Paula, que solía colocarse siempre a su lado, esa tarde eligió una esterilla un poco más lejos.
Susana lo notó. El estómago se le encogió.
Ananda dirigió la clase con la misma calma de siempre, pero sus correcciones a ella fueron mínimas, casi distantes.
Solo una vez, al ajustar una postura de pie, sus dedos rozaron la parte baja de su espalda y se demoraron lo justo para que ella sintiera el calor.
Luego se apartó demasiado rápido. Ambos sabían que los estaban observando.
Al terminar, mientras el grupo recogía, Paula se acercó por fin. Esperó a que casi todos se hubieran ido. Ananda estaba al fondo, enrollando su propia esterilla, lo bastante lejos para no oír, lo bastante cerca para notar que algo ocurría.
Paula habló en voz baja, sin rodeos.
—Hay habladurías, Susana.
Susana se quedó quieta, la esterilla a medio enrollar.
—¿Qué tipo de habladurías?
— De vosotros dos. Que te quedas después de clase. Que él te mira de una manera que no mira a nadie más. Que el otro día te pintó el bindi como si fuera algo… privado. Alguien dijo que os han visto salir juntos cuando el estudio ya estaba vacío.
Paula hizo una pausa. Su expresión no era de juicio. Era de preocupación real.
— Yo te traje aquí. Y me alegra que hayas encontrado algo que te haga sentir viva. Pero ve con cuidado. Este mundo es más pequeño de lo que parece. Y la gente habla. Sobre todo cuando una mujer casada y un maestro también casado empiezan a brillar demasiado cerca el uno del otro.
Susana sintió un frío repentino en la nuca. Asintió despacio.
— Gracias por avisarme.
Paula le apretó el brazo con suavidad.
—No te estoy pidiendo que pares. Solo que no seas ingenua. Si esto es lo que creo que es… protegeos. O al menos protegete tú.
Se fue sin esperar respuesta. Susana se quedó sola unos segundos, el corazón latiéndole con fuerza. Cuando levantó la vista, Ananda la estaba mirando desde el otro extremo de la sala. Había visto la conversación. No necesitaba oírla para entenderla.
Esperó a que la última persona saliera. Entonces se acercó.
—¿Paula?
—Sí —contestó Susana—. Hay rumores. De nosotros.
Ananda cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su expresión era grave.
— Lo temía. La semana pasada Luisa me preguntó si “esa alumna alta de mono negro” tenía algún problema particular conmigo. Alguien le ha dicho algo. O lo ha intuido.
Se quedaron en silencio. El deseo seguía ahí, intacto, pero ahora tenía un borde afilado de peligro real.
— ¿Qué hacemos? —preguntó ella.
Ananda le rozó los dedos, un gesto mínimo, escondido entre sus cuerpos.
—Seguir. Pero con más cuidado. Ya no podemos quedarnos después de las clases grupales. Ni pintar bindis. Ni mirarnos demasiado.
Hizo una pausa.
—Sin embargo… no quiero dejar de verte. Ni de tocarte. Si estás dispuesta, buscamos otro sitio. Otro horario. Algo que no deje rastro aquí.
Susana sostuvo su mirada. El miedo estaba presente. También la culpa. Pero por encima de ambas cosas seguía ardiendo lo mismo de siempre.
— Estoy dispuesta.
Ananda asintió. Su voz bajó todavía más.
—Entonces la siguiente vez no será aquí. Te avisaré. Y ven como la última vez. Sin nada debajo.
Ella sintió el calor subirle por el vientre a pesar del miedo.
—Avisame.
Salieron del estudio por separado, con varios minutos de diferencia.
En la calle, Susana se cubrió con el kaftan y caminó hacia el coche sintiendo por primera vez el peso de las miradas ajenas.
Ya no era solo una historia secreta entre dos.
Empezaba a tener testigos. Empezaba a tener consecuencias que no controlaban del todo.
Y aun así, mientras arrancaba el motor, la única frase que le daba vueltas en la cabeza no era la advertencia de Paula.
Era la de Ananda:
La siguiente vez no será aquí.
Fue un sábado por la mañana.
Susana iba con Luis y los dos hijos pequeños a hacer la compra semanal. El mayor se había quedado en casa. Iban por el pasillo de las frutas cuando ella lo vio. Ananda.
Estaba junto al lineal de yogures, con una mujer a su lado. Alta, morena, pelo recogido, cara seria. Luisa.
Susana sintió que el suelo se movía un milímetro. Apretó el mango del carrito.
Luisa levantó la vista en ese exacto momento.
Sus ojos se encontraron con los de Susana.
Hubo un segundo de vacío. Luego el reconocimiento.
Luisa no sonrió. Solo la miró con una intensidad fría, evaluadora, como quien confirma una sospecha.
Ananda, al notar la tensión de su mujer, giró la cabeza.
Al ver a Susana su expresión se cerró por completo.
Un saludo mínimo, casi imperceptible, y apartó la vista.
Luis, a su lado, notó algo.
—¿Conoces a esa pareja? —preguntó en voz baja, mientras fingía interesarse por los aguacates.
—Es el maestro de yoga. Ananda. Y su mujer, supongo.
—Ah. —Luis los observó un segundo más—. Qué raro. Os habéis mirado como si os debierais dinero.
Susana soltó una risa falsa.
—Será que no esperaba verlo aquí.
Pero Luis no apartó del todo la mirada. Algo en la forma en que su mujer había tensado los hombros, en cómo había evitado los ojos del hombre, le resultó extraño. No dijo nada más. Solo guardó el detalle.
Siguieron el pasillo. Las dos parejas se cruzaron cerca de la sección de pan. Luisa pasó tan cerca de Susana que casi rozaron los carritos. No se hablaron. Pero Luisa dejó caer una sola frase, lo bastante baja para que solo Susana la oyera:
—El mono negro engaña menos de lo que crees.
Susana no respondió. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. Ananda, un paso detrás de su mujer, apretó la mandíbula y no miró a nadie.
En el coche, de regreso, Luis iba silencioso. Los niños hablaban en el asiento de atrás. Cuando llegaron a casa y bajaron las bolsas, él esperó a que los niños subieran a su habitación para hablar.
—Esa mujer… la mujer del maestro. Te ha dicho algo.
No era una pregunta.
Susana dejó una bolsa de manzanas sobre la mesa.
—Solo un comentario sin importancia.
— No lo pareció. —Luis se apoyó en la encimera, cruzado de brazos—.
Llevas semanas distinta, Susana. Más callada.
Más en tu mundo. Los inciensos, las velas, las clases que se alargan, esa cara de no estar del todo cuando estás conmigo…
Y hoy en el supermercado has visto a ese hombre y se te ha puesto la cara blanca.
Ella sostuvo su mirada. Por primera vez sintió que la grieta ya no estaba solo dentro de ella. Estaba empezando a verse desde fuera.
—Estoy pasando por un momento de cambio. El yoga está removiendo muchas cosas. No es nada más.
Luis no pareció convencido. Asintió una sola vez, lento.
—Espero que no sea nada más.
Subió las escaleras sin esperar respuesta. Susana se quedó en la cocina, rodeada de bolsas de la compra, con el eco de la voz de Luisa todavía en el oído y el peso de la mirada de su marido instalado en el pecho.
Al otro lado de la ciudad, la conversación en casa de Ananda fue más directa. Luisa dejó las bolsas en el suelo y se giró hacia él.
—Era ella. La del mono negro. La que te mira en clase como si fueras oxígeno. Ananda no lo negó.
—Sí.