3 #2
Se lavó la cara con agua fría, se peinó y salió como si acabara de venir de una clase larga.
Luis estaba en el salón con el portátil. Levantó la vista y sonrió.
—Vaya, te has alargado. ¿Todo bien?
— Sí —contestó ella, y por primera vez la mentira le supo distinta. Ya no era solo ocultar un deseo. Era ocultar un hecho—. Se nos fue el tiempo con una práctica más profunda.
Él asintió, distraído. No notó el temblor fino que todavía le recorría las piernas ni el modo en que ella evitaba mirarlo demasiado tiempo a los ojos.
Los niños llegaron del colegio poco después y la casa se llenó del ruido habitual.
Susana cocinó, preguntó por los deberes, sonrió, funcionó.
Pero por dentro todo estaba desplazado. Cada vez que se inclinaba sentía el leve dolor dulce entre las piernas.
Cada vez que respiraba profundo, el recuerdo de la boca de Ananda entre sus muslos le subía como una oleada.
Por la noche, cuando se metieron en la cama, Luis se acercó con intención.
Ella no lo rechazó. Lo dejó tocarla, la dejó que él entrara en ella.
Cerró los ojos y, por un momento, casi pudo fingir que era la misma mujer de siempre.
Pero el cuerpo ya no mentía igual. Estaba más sensible, más abierto, y al mismo tiempo más lejos.
Cuando Luis se corrió y se quedó dormido a su lado, ella se quedó mirando el techo, sintiendo todavía las manos de otro hombre en su piel.
Al otro lado de la ciudad, Ananda llegaba a su propio piso casi a la misma hora. Luisa estaba en el sofá, leyendo. Levantó la vista y lo examinó con esa precisión de quien lleva años compartiendo cama.
— Llegas tarde.
—Se alargó la sesión privada —respondió. No era mentira del todo.
Luisa cerró el libro.
—Estás distinto desde hace semanas. Más callado. Más… en otro sitio. Y hoy tienes cara de quien ha cruzado una línea.
Él sostuvo su mirada. No confesó. Pero tampoco negó con convicción. Se limitó a decir:
—Es la práctica. Está removiendo cosas.
Luisa no insistió esa noche. Solo asintió, con una sombra de preocupación en los ojos, y se fue a la cama antes que él. Ananda se quedó solo en el salón, con el sabor de Susana todavía en la boca y el peso de lo que habían hecho instalado en el pecho.
Pasaron tres días.
Tres días en los que Susana y Ananda se vieron en la clase grupal como si nada hubiera ocurrido.
Se saludaban con normalidad. Él la corregía con la misma precisión de siempre.
Ella sostenía las posturas con la misma concentración.
Pero ambos sabían. Cada vez que sus miradas se cruzaban, el aire entre ellos se volvía denso.
Cada vez que él le ajustaba una cadera, sus dedos se demoraban un segundo de más.
El deseo no había bajado. Había crecido.
El jueves, al terminar la clase, mientras el resto del grupo recogía las esterillas, Ananda se acercó lo suficiente para que solo ella lo oyera.
—Mañana. Misma hora. El estudio estará cerrado todo el día. Puedo avisarte si surge algo, pero… quiero toda la mañana otra vez. Y esta vez no quiero tener prisa.
Susana asintió, apenas perceptible.
—Estaré.
Él le rozó el dorso de la mano con los dedos, un gesto mínimo, casi invisible. —Ven como el otro día. Sin nada debajo.
Ella sintió el calor subirle desde el bajo vientre hasta la cara.
—Vendré así.
Se separaron. Paula, desde el otro lado de la sala, los observó un segundo más de la cuenta, pero no dijo nada.
Esa noche Susana se quedó despierta mucho rato.
Luis roncaba suavemente a su lado. Ella tenía una mano sobre el vientre y la otra entre los muslos, sin llegar a tocarse del todo.
Solo sentía el pulso. El recuerdo de la mañana anterior se mezclaba con la anticipación de la siguiente.
Ya no había vuelta atrás, y lo sabía. Las consecuencias estaban ahí: la mentira cotidiana, la distancia creciente con Luis, el miedo a perder el equilibrio que había construido durante veinte años.
Pero por encima de todo eso había algo más fuerte y más simple.
Quería volver a tenerlo dentro.
Quería volver a saborearlo.
Quería que la mirara otra vez como la había mirado cuando se quitó el vestido.
Al otro lado de la ciudad, Ananda también estaba despierto. Luisa dormía de espaldas a él. Él miraba el techo y pensaba en la espalda desnuda de Susana, en la forma en que había gemido cuando la tomó por primera vez, en la promesa de mañana.
La siguiente vez ya tenía fecha.
Y las consecuencias, aunque todavía no habían explotado del todo, ya estaban creciendo en silencio dentro de las dos casas.
Llegó exactamente a la misma hora. Esta vez no llevaba el vestido boho. Llevaba un kaftan largo de lino negro, holgado, que se quitó en cuanto Ananda cerró la puerta con llave detrás de ella. Debajo no había nada. Solo su cuerpo, ya húmedo, los pezones erguidos por la anticipación del trayecto.
No se saludaron con palabras.
Se saludaron con las manos.
Ananda la atrajo contra él y la besó como quien recupera algo que ha estado a punto de perder. La boca de ella se abrió de inmediato. El beso fue profundo, húmedo, urgente. Ella notó que él ya estaba duro dentro del pantalón de yoga. Él notó que ella ya estaba lista. No hicieron falta preámbulos.
Se quitaron la ropa del otro con rapidez, casi con hambre. Cuando quedaron desnudos otra vez, se miraron un segundo más largo que la vez anterior. Ya no había sorpresa. Había reconocimiento. Y un deseo que había crecido en los tres días de espera.
Ananda la levantó con facilidad. Susana rodeó su cintura con las piernas y sintió cómo la entrada de su polla la abría de un solo empuje mientras la sostenía contra la pared.
Gimió contra su cuello. Él embistió con fuerza, profunda, controlada, sin prisa pero sin piedad.
Cada embestida la subía un poco más. Ella se agarró a sus hombros y se dejó tomar.
Después lo bajaron al suelo.
Esta vez conocían mejor los cuerpos. Ananda se detuvo varias veces solo para mirarla: abierta, brillante de lubricación, los pechos subiendo y bajando, la cara enrojecida.
Bajó la cabeza y la lamió con una lentitud deliberada, saboreándola, recordando el gusto de la vez anterior.
Susana se corrió en su boca con un gemido largo, las manos enredadas en su pelo.
Cuando él subió a besarla, ella le chupó la lengua para probarse a sí misma en su boca.
Luego fue ella quien lo empujó de espaldas y lo montó.
Se guió con la mano y se lo introdujo despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarlo completo.
Empezó a moverse con un ritmo circular, profundo, usando los músculos del suelo pélvico exactamente como había aprendido.
Ananda le sujetó las caderas y la miró fijamente.
—Así —susurró—. Exactamente así.
Se corrieron casi al mismo tiempo, ella primero, con contracciones fuertes que lo apretaron, él segundos después, llenándola mientras gruñía su nombre. No se separaron.
Se quedaron unidos, respirando juntos, frente a frente. Ananda le acarició la espalda con lentitud. Ella le besó el hombro, el cuello, la mandíbula.
— Tres días se hicieron eternos —dijo ella en voz baja.
—Lo sé.