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Y el deseo, lejos de aplacarse, se había vuelto todavía más afilado, más urgente, más imposible de ignorar.
Susana ya no llegó con el vestido de lino blanco.
Había pedido por Amazon un kameez de algodón crudo, color arena, de mangas holgadas y corte amplio que dejaba circular el aire y permitía todos los movimientos del torso.
Debajo, el mono negro más ceñido. Cuando se quitó la túnica al inicio de la clase grupal, el contraste fue inmediato: la tela ligera y casi ceremonial encima, y debajo el cuerpo marcado con una precisión que ya no intentaba disimular.
Varias personas del grupo levantaron la vista un segundo más de la cuenta.
Paula, a su lado, sonrió con complicidad.
En un momento de descanso, Susana se inclinó hacia ella y le habló al oído, con voz tranquila y casi serena:
— Has cambiado mi vida. Tenías razón. Veo la vida desde otro lado. Gracias. Paula le apretó la mano en silencio. No hizo falta más.
Ananda los observaba desde el frente. Cuando la clase avanzó hacia las posturas de suelo, se acercó a corregir a Susana en una apertura de cadera. Se arrodilló a su lado, tan cerca que solo ella pudo oírlo.
— Estás bella —susurró, sin que nadie más lo notara.
Ella no respondió con palabras. Solo sostuvo un segundo más la postura, dejando que el mono se tensara entre sus muslos y que él lo viera.
Al final de la clase, mientras el grupo aún estaba reunido, Ananda tomó un pequeño recipiente de pasta de sándalo y se acercó a ella. Con el dedo índice le pintó un bindi en el centro de la frente, delante de todos. El gesto fue lento, preciso, casi ritual.
—Con un traje tan bello —dijo en voz alta, para que todos oyeran—, esto te introducirá más en este mundo.
Susana sintió el toque frío de la pasta y, debajo, el calor de su dedo. El grupo sonrió, algunos con admiración, otros con simple curiosidad. Nadie vio lo que realmente pasaba entre los dos: el deseo contenido, la tensión que ya no cabía del todo en la respiración.
Cuando la sala se vació, se quedaron unos minutos a solas. No fue una sesión completa. Solo el tiempo suficiente para hablar.
Ananda fue el primero.
—Mi mujer también ha notado cambios. Se llama Luisa.
Susana soltó una risa baja, incrédula.
—¿Luisa? La mía… el mío se llama Luis.
Se miraron y la risa se hizo más abierta, casi aliviada. La coincidencia era absurda y perfecta a la vez. Dos matrimonios, dos nombres que se reflejaban, dos personas que de pronto se estaban volviendo ajenas a quienes dormían a su lado.
— La noche anterior —dijo Susana, más seria— le hice el amor de una manera distinta. Con respiración, con bandhas, con mirada. Encendí velas, olíbano, la lámpara de sal. Y mientras estaba con él… pensaba en ti.
Ananda asintió despacio. No pareció sorprendido. Solo más pesado.
— Luisa me preguntó por qué de pronto necesito silencio, por qué el incienso, por qué llego más tarde. Le dije que era la práctica. No le mentí del todo. Pero tampoco le dije que cada vez que cierro los ojos en savasana, tu cuerpo está ahí.
Se quedaron en silencio. El deseo seguía presente, denso, pero ahora tenía una nueva capa: la simetría de las dos vidas que se estaban resquebrajando al mismo tiempo.
Ananda levantó la mano y rozó el bindi que le había pintado.
—Esto ya no es solo yoga, Susana.
—Lo sé.
—La próxima vez que nos veamos a solas… quiero verte sin el mono. Quiero ver tu cuerpo. Y quiero que veas el mío.
Ella sostuvo su mirada. El corazón le latía con fuerza, pero ya no había miedo. Solo una certeza clara y peligrosa.
— Está bien —susurró—. La próxima vez.
Salieron del estudio por separado. Ella con el kameez encima, el bindi todavía fresco en la frente, el mono húmedo otra vez. Él con la mandíbula tensa y la promesa ya dicha en voz alta.
En el coche, Susana se miró un segundo en el espejo retrovisor. El punto rojo de sándalo en su frente la hacía verse distinta. Más suya. Más lejos de la mujer que Luis creía conocer.
Y más cerca de la que Ananda estaba a punto de tocar de verdad.
Llegó con un vestido largo boho de color crema, espalda en V profunda que dejaba al descubierto la línea de su columna hasta casi el coxis.
El tejido ligero se movía con ella. Debajo no llevaba nada.
Ni mono. Ni ropa interior. Solo piel. Y ya estaba empapada.
Desde que salió de casa el roce del vestido contra su sexo sensible la había mantenido en un estado de excitación constante. Cada paso era un recordatorio.
Ananda abrió la puerta del estudio. No dijo “hola”. No sonrió. Solo la miró y retrocedió para dejarla entrar. Cerró con llave detrás de ella. El sonido del pestillo fue definitivo.
Se quedaron frente a frente. El silencio era espeso. Susana levantó las manos, tomó el borde del vestido y se lo quitó de un solo movimiento. Cayó al suelo como una ofrenda. Quedó desnuda delante de él por primera vez.
Noventa de busto, sesenta de cintura, noventa y uno de cadera.
Un metro ochenta. Cincuenta y cuatro kilos de mujer de cuarenta y cinco años que había decidido no esconderse más.
Los pechos pesados y firmes, los pezones ya duros y oscuros, el vientre suave con las marcas discretas de tres partos, el sexo afeitado y brillante de humedad, los muslos largos y fuertes.
Ananda la miró sin prisa, como quien contempla algo que ha deseado demasiado tiempo.
Luego se quitó la camiseta y el pantalón de yoga. Él también quedó desnudo.
Su cuerpo era el de un hombre de cuarenta y dos años que había hecho de la disciplina su religión: hombros anchos, pecho definido, abdomen marcado sin exageración, caderas estrechas, muslos fuertes.
Y entre las piernas, ya completamente duro, grueso, la piel tensa y oscura.
Susana lo miró con la misma intensidad con la que él la miraba a ella. No hubo vergüenza. Solo hambre.
No hablaron.
Se acercaron al mismo tiempo. El primer beso fue profundo, casi violento de tanto que se habían contenido.
Bocas abiertas, lenguas buscando, dientes rozando labios.
Las manos de Ananda bajaron por su espalda desnuda hasta agarrarle las nalgas con fuerza y pegarla contra él.
Ella sintió su erección caliente presionando contra su vientre. Gimió dentro de su boca.
No quisieron perder ni un minuto.
Ananda la guió hasta la esterilla más amplia.
La tumbó de espaldas y se arrodilló entre sus piernas.
Abrió sus muslos con las manos y la miró un segundo antes de bajar la cabeza.
El primer contacto de su lengua contra su sexo fue lento, deliberado, casi reverente.
Recorrió los labios hinchados, subió hasta el clítoris y lo rodeó sin tocarlo del todo.
Susana arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
Él la sostuvo por las caderas y empezó a probarla de verdad: lengua plana, chupando, metiendo la punta dentro de ella, volviendo al clítoris con presión firme.
El sabor de ella lo embriagó. Estaba tan mojada que el sonido de su boca era obsceno y hermoso a la vez.
Ella no tardó en correrse la primera vez. Las piernas le temblaron alrededor de su cabeza. Él no se detuvo. Siguió lamiéndola a través del orgasmo, más despacio, hasta que ella lo empujó suavemente porque era demasiado.
Entonces fue ella quien lo tumbó. Se colocó entre sus muslos, tomó su polla con las dos manos y lo miró a los ojos mientras bajaba la boca.
El sabor de él era limpio, ligeramente salado, intenso.
Lo tomó profundo desde el primer momento, relajando la garganta, dejando que la saliva bajara por el tronco.
Ananda gruñó y le sujetó el pelo, no para forzarla, sino para sentirla.
Ella chupó con ganas, con hambre, con meses de contención convertidos en movimiento.
Cuando sintió que estaba cerca, se apartó y lo lamió despacio desde la base hasta la punta, mirándolo.
—No todavía —susurró.
Se besaron otra vez, con el sabor de los dos mezclado en la boca.
Luego él la puso a cuatro patas y la tomó desde atrás por primera vez.
Entró de un solo empuje profundo. Los dos soltaron el aire al mismo tiempo.
Era grueso y ella estaba tan abierta, tan mojada, que lo recibió entero.
Empezó a moverse con fuerza, pero no con prisa.
Cada embestida era completa, controlada, profunda.
Ella empujaba hacia atrás para recibirlo mejor.
El sonido de la piel contra la piel llenaba el estudio.
Pasaron de esa postura a ella encima, montándolo con la espalda arqueada, los pechos balanceándose mientras él le agarraba las caderas y subía a su encuentro.
Después él la puso de lado, una pierna de ella sobre su hombro, entrando todavía más hondo.
Se miraban todo el tiempo. A veces se besaban.
A veces solo respiraban juntos, sincronizados, como habían aprendido.
Hubo más sexo oral. Ella se corrió otra vez en su boca. Él se corrió la primera vez en la suya, profundo, mientras ella lo miraba desde abajo. Después descansaron apenas unos minutos, tocándose, besando hombros, pechos, el interior de los muslos, y volvieron a empezar.
Fueron horas.
La mañana entera.
A veces el sexo era lento, casi tántrico: él dentro de ella sin moverse, solo contrayendo el suelo pélvico, mirándose, respirando.
Otras veces era urgente, casi animal: él sujetándole las muñecas contra la esterilla, embistiendo con fuerza, ella gimiendo sin cuidarse de modular la voz porque el estudio estaba cerrado y el mundo fuera no existía.
Cuando por fin se detuvieron de verdad, el sol ya estaba alto.
Estaban sudados, brillantes, el pelo de ella pegado a la frente, el de él revuelto.
Él seguía dentro de ella, semiduro, sin querer salir del todo.
Le besó el pecho, el cuello, la boca con una ternura que contrastaba con todo lo que habían hecho.
— Esto ya no tiene vuelta atrás —dijo en voz baja.
Susana le acarició la cara, todavía temblando por dentro.
—No la quiero —respondió.
Se quedaron abrazados en el suelo del estudio, desnudos, oliendo a sexo y a sándalo, mientras afuera la ciudad seguía su día como si nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado.
Susana llegó a casa pasadas las dos de la tarde.
El vestido boho todavía olía a sándalo, a sexo y a la piel de Ananda.
Se cambió en el baño antes de que nadie la viera.
Se miró en el espejo: tenía marcas suaves en las caderas, un leve enrojecimiento en el cuello, los labios hinchados.