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Venía de la contracción sostenida, de la respiración compartida, de esos ojos oscuros que no la soltaban.
El mono estaba empapado. Cada micro-movimiento del tejido contra su sexo era una chispa más.
Ananda también temblaba. Su erección era evidente, dura, marcada contra el pantalón. Su respiración se volvió irregular por primera vez. Pero no apartó la mirada.
—Ahora —susurró él, la voz rota—. Suéltalo todo. Pero no cierres los ojos.
El orgasmo de Susana llegó como una ola interna, silenciosa y devastadora.
Las contracciones del suelo pélvico la sacudieron una tras otra mientras seguía mirándolo.
Un gemido largo, ahogado, le salió de la garganta.
El mono se empapó por completo. Las lágrimas le subieron a los ojos sin que pudiera evitarlo. No de tristeza. De demasiada sensación.
Al mismo tiempo, Ananda exhaló un sonido grave, gutural.
Su cuerpo se tensó por completo. Ella vio el momento exacto en que se corría dentro del pantalón, sin tocarse, solo con la mirada y el bandha.
Un temblor le recorrió el torso. Sus dedos apretaron los de ella con una fuerza casi dolorosa. No apartó los ojos ni un segundo.
Se quedaron así, jadeando, frente a frente, todavía conectados por la respiración y por las manos. El silencio del estudio era absoluto. Solo se oía el latido de los dos.
Ananda fue el primero en hablar, la voz ronca, casi irreconocible.
—Esto… ya no es práctica.
Susana asintió, todavía temblando, el mono negro brillante de humedad entre sus muslos.
—Lo sé.
Él levantó una mano y le limpió una lágrima con el pulgar, con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir.
—El deseo ya no se puede contener solo con respiración, Susana.
Ella sostuvo su mirada. Por primera vez no hubo miedo en sus ojos. Solo una claridad peligrosa.
—Entonces deja de contenerlo.
Ananda cerró los ojos un segundo, como quien reza o como quien se rinde. Cuando los abrió otra vez, el maestro había desaparecido. Solo quedaba el hombre.
— La próxima vez —dijo en voz muy baja— no va a ser solo energía. Susana sonrió. Pequeña. Húmeda. Viva.
—La próxima vez —repitió— quiero sentirte dentro. No solo en la mirada.
Se levantaron en silencio. Ella se puso el vestido de lino encima del mono empapado. Él se quedó mirándola mientras lo hacía, la respiración todavía agitada, el pantalón manchado.
En la puerta, antes de que ella saliera, Ananda la detuvo con una sola palabra: —Pronto.
Susana asintió.
Y salió a la calle con el cuerpo todavía latiendo, el mono húmedo pegado a la piel, y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
El deseo se había vuelto casi insoportable.
Y los dos lo sabían.
En el coche, de regreso, el mono todavía húmedo se le pegaba a la piel con cada curva de la carretera. Susana conducía despacio, las manos firmes en el volante, pero la mente no estaba en la carretera. Estaba en la promesa.
La próxima vez no va a ser solo energía.
La próxima vez quiero sentirte dentro.
Las palabras de Ananda y las suyas propias resonaban juntas, como un mantra peligroso.
El cuerpo le temblaba aún, un temblor fino, profundo, que no venía del frío.
Venía de haber cruzado un umbral sin volver atrás.
Cada vez que el tejido negro rozaba su sexo sensible, un escalofrío le subía por la columna.
Pensó en la mirada de él, en el momento exacto en que ambos se corrieron sin tocarse, solo con la respiración y los ojos.
Y pensó, con una claridad casi cruel, que la siguiente vez esa contención se rompería.
Llegó a casa con las piernas todavía blandas. Luis estaba en la cocina, preparando café. Los niños aún dormían. Al verla entrar, sonrió con esa familiaridad de veinte años, pero la sonrisa se detuvo a mitad de camino.
—Vaya… qué temprana. ¿Cómo te fue la clase?
Susana dejó el bolso en la mesa. El olor a sándalo que aún llevaba pegado a la piel se mezcló con el café.
—Bien —respondió, y su voz sonó más baja, más pausada de lo habitual—. Muy bien.
Luis la miró con más atención. Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos, el gesto de siempre.
—Estás distinta. Más… ausente. Como si estuvieras en otro sitio. Y últimamente todo es más místico. Las velas, los olores nuevos…
Ella no negó. Se limitó a sonreír con calma.
— Es una paz física y mental, Luis. El incienso de olíbano eleva la espiritualidad y purifica el espacio de práctica.
La lavanda y el sándalo ayudan a calmar el sistema nervioso.
Las lámparas de sal del Himalaya emiten una luz anaranjada y tenue que relaja la vista y crea una atmósfera cálida, acogedora.
Los sonidos… ya no necesito ruido. Y estoy leyendo los Yoga Sutras de Patanjali.
Es el clásico para entender la meditación, la ética y el control de la mente.
Es una nueva manera de vivir para mí. Hasta la comida.
Luis frunció el ceño, preocupado de verdad.
—Me da miedo que esto te atrape, Susana. Que te trastorne. Te veo cada vez más lejos.
Ella le acarició la mejilla con ternura real. No era mentira del todo. Solo era incompleta.
—No estoy lejos. Estoy más cerca de mí misma.
Él no quedó del todo convencido, pero no insistió. Besó su frente y se fue a despertar a los niños.
Esa noche, cuando la casa por fin quedó en silencio, Susana actuó.
Apagó todas las luces. Encendió tres velas y la lámpara de sal del Himalaya.
La luz anaranjada y tenue bañó el dormitorio.
Encendió un cono de incienso de olíbano y otro de sándalo.
El aire se volvió denso, sagrado, idéntico al del estudio.
Se desnudó despacio delante de Luis, que la miraba desde la cama con una mezcla de sorpresa y deseo olvidado.
Luego le quitó la ropa a él, con calma, sin prisa, como si estuviera preparando un ritual.
—Quiero intentarlo de otra manera —susurró—. Como he estado aprendiendo. Con la energía. Con la respiración.
Luis asintió, intrigado, un poco perdido. Ella lo guió.
Se sentaron uno frente al otro, desnudos, a la luz de las velas.
Le tomó las manos. Le pidió que la mirara a los ojos y no apartara la vista.
Empezaron a respirar juntos, despacio. Inhala…
exhala… Ella activó Mula Bandha, contrayendo el suelo pélvico con la misma precisión que había practicado con Ananda.
Le enseñó a él a hacerlo. Cuando por fin se acercaron, lo hizo con una lentitud deliberada, casi ceremonial.
Lo montó sin prisa, guiando su entrada con la respiración, no con la urgencia.
Cada embestida era profunda, contenida, sincronizada con la exhalación.
Ella mantenía la mirada fija en los ojos de Luis…
pero detrás de esos ojos familiares veía otros. Veía a Ananda.
La voz grave de su maestro. Las manos firmes en sus caderas. El momento en que ambos se corrieron solo con la mirada. El mono empapado. La promesa.
Cada contracción de su suelo pélvico era para él.
Cada gemido bajo, contenido, era para él.
Cuando el orgasmo llegó, fue largo, silencioso, interno, exactamente igual al de esa mañana.
Luis se corrió dentro de ella con un gemido sorprendido, casi agradecido, sin entender del todo lo que acababa de pasar.
Después se quedaron abrazados en silencio. La luz de la lámpara de sal temblaba suavemente. El olor a olíbano y sándalo llenaba la habitación.
Luis le acarició el pelo.
—Eso… fue diferente. Muy diferente. Me has gustado así.
Susana sonrió contra su pecho. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero no cayeron. —Es una nueva manera de vivir —repitió en voz muy baja.
Pero en su mente, mientras el cuerpo de su marido se relajaba a su lado, solo había una imagen: Ananda, de pie en el estudio vacío, mirándola con esa intensidad que ya no se podía disfrazar de práctica.
Pronto.
La palabra resonaba como un latido.