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Sus dedos presionaron con suavidad el borde interno del muslo, justo donde el mono se hundía.
No tocó piel. No necesitaba. El roce a través de la tela fue suficiente para que un temblor le recorriera el vientre.
Sus pezones dolían de lo duros que estaban.
Ananda levantó la vista y sus ojos se encontraron.
Ya no había neutralidad en su mirada. Había deseo contenido, denso, casi doloroso.
— Eres muy sensible aquí —susurró—. El cuerpo no miente.
—No… —logró decir ella—. No miente.
Se quedaron así varios segundos. Él respirando despacio, ella temblando ligeramente bajo sus manos. Luego Ananda se apartó con una disciplina que le costó visible esfuerzo.
— Vamos a terminar con una respiración compartida —dijo, y su voz sonaba más grave de lo normal—. Tú en Sukhasana. Yo frente a ti. Mirada fija. Respiración sincronizada.
Se sentaron uno frente al otro, rodillas casi tocándose.
Ananda tomó sus manos. Sus palmas estaban calientes, secas, firmes.
Empezaron a respirar juntos. Inhala… exhala…
El aire entre ellos se volvió espeso. Cada vez que ella exhalaba, el mono se pegaba más a su sexo húmedo.
Cada vez que él inhalaba, el pecho se le expandía y ella podía ver la tensión en su mandíbula, el leve movimiento bajo el pantalón de yoga.
Al final de la décima respiración, Ananda no soltó sus manos de inmediato. Sus pulgares rozaron el interior de sus muñecas, justo donde el pulso latía desbocado. —Mañana hay clase grupal —dijo en voz muy baja—. Pero si quieres… podemos repetir esto. Solo nosotros. Cuando el estudio esté vacío.
Susana no respondió con palabras. Solo apretó sus dedos contra los de él un segundo más de lo necesario. Fue suficiente.
Cuando se puso el vestido de lino encima, el mono todavía empapado le recordaba con cada paso lo que acababa de pasar. En el coche se tocó otra vez, esta vez sin pudor, dos dedos por encima de la tela negra, recordando la presión de sus manos, la voz cerca, la mirada que ya no mentía.
Llegó a casa con las piernas temblando. Luis estaba viendo la televisión. Le preguntó cómo le había ido la “clase especial”. Ella sonrió, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Muy bien —susurró—. Mejor de lo que esperaba.
Esa noche, mientras Luis dormía a su lado, Susana se quedó despierta mucho rato. Se pasó una mano por el vientre, por los pechos todavía sensibles, por el sexo que seguía latiendo. No se corrió. Guardó la tensión. Como quien guarda una promesa.
Y por primera vez en veinte años de matrimonio, no se sintió solo la mujer de alguien.
Se sintió deseada.
Y deseante.
Y profundamente, peligrosamente viva.
La clase grupal del jueves empezó como siempre: incienso, respiración, el sonido suave de los cuerpos moviéndose sobre las esterillas. Pero nada era como siempre.
Susana llegó con el mono negro nuevo, el más ceñido, otra vez sin nada debajo, y el vestido de lino blanco encima. Cuando se lo quitó, Ananda la miró un segundo más largo de lo prudente. Ella sostuvo la mirada. Había dejado de fingir que no sabía lo que estaba haciendo.
Durante las posturas de pie él se acercó varias veces.
En Utthita Trikonasana sus dedos rozaron el lateral de su pecho al corregir la apertura de la caja torácica.
En Virabhadrasana II su mano se posó en la parte interna de su muslo, demasiado arriba, demasiado tiempo.
Susana sintió cómo el tejido se humedecía al instante.
Los pezones se le marcaron con una claridad casi violenta.
Ananda apartó la mano, pero su respiración se había vuelto audible.
Cuando llegaron a las posturas de suelo, el aire entre ellos era espeso.
En la postura del palomo, Ananda se arrodilló detrás de ella para ajustar la cadera.
Sus manos se cerraron sobre sus crestas iliacas y tiraron hacia atrás con una fuerza contenida.
El mono se tensó hasta el límite. Susana soltó un gemido muy bajo, casi inaudible.
Él se quedó inmóvil. El resto de la clase seguía respirando ajenos a lo que ocurría en esa esquina de la sala.
Ananda se inclinó hasta que sus labios quedaron a un centímetro de su oreja. —No aquí —susurró, la voz ronca—. No podemos.
Ella asintió, temblando. Cuando la clase terminó y el grupo se dispersó, él la retuvo con una sola mirada.
— Lunes. Primera hora. A las siete. El estudio estará cerrado. Solo nosotros. No fue una pregunta.
El fin de semana la casa se vació el sábado por la tarde. Luis se llevó a los tres niños a casa de los abuelos. “Para que descanses un poco”, le dijo. Susana sonrió y cerró la puerta detrás de ellos con un cuidado casi ceremonial.
Subió a la habitación. Corrió la cortina.
Sacó el mono viejo, el primero, el que ya conocía cada curva de su cuerpo.
Se desnudó despacio delante del espejo y se lo puso.
Sin ropa interior. Otra vez. El tejido, más gastado, se pegó con una intimidad distinta.
Se miró: los senos pesados y firmes, los pezones ya despiertos, el sexo claramente marcado entre los muslos.
Extendió la esterilla en el suelo. Cerró los ojos.
Empezó a respirar.
Cada asana la hacía pensando en él. En las manos de Ananda sobre sus caderas.
En la forma en que su voz se volvía grave cuando la corregía.
En la mirada que había bajado hasta donde el mono se hundía y no había mentido.
En Utthan Pristhasana abrió las caderas más de lo habitual y sintió cómo el tejido se frotaba contra su clítoris con cada micro-movimiento.
En el puente levantó la pelvis hasta el límite y el mono se empapó.
En la postura del palomo se quedó mucho más tiempo del necesario, respirando hacia el perineo, imaginando que eran los dedos de él los que presionaban allí.
No se tocó.
Solo respiró. Solo sostuvo. Solo recordó.
El orgasmo llegó de golpe, sin aviso, mientras estaba en Setu Bandhasana, la pelvis elevada, los ojos cerrados, la imagen de Ananda frente a ella.
Una ola profunda, casi dolorosa, le recorrió el bajo vientre, subió por la columna y le arrancó un gemido ahogado.
El mono se empapó por completo. Las contracciones la sacudieron durante varios segundos mientras ella seguía respirando, sin bajar la pelvis, sin romper la postura.
Cuando por fin se dejó caer sobre la esterilla, tenía lágrimas en los ojos. No de culpa. De alivio. De reconocimiento. Su cuerpo todavía sabía. Todavía podía. Todavía la obedecía cuando ella le pedía fuego.
Se quitó el mono empapado, se lo llevó a la cara y respiró su propio olor mezclado con el recuerdo de él. Luego se duchó con el agua muy caliente y se metió en la cama de matrimonio, desnuda, oliendo a sexo y a sándalo imaginario.
Luis y los niños volvieron al anochecer. Ella los recibió con una sonrisa tranquila. Nadie notó que algo en ella había cambiado otra vez.
El domingo pasó lento. Cada hora la acercaba al lunes.
A las once de la noche se probó el mono nuevo delante del espejo. El más ceñido. El que había elegido para él. Se quedó mirando cómo marcaba su sexo, cómo los pezones se dibujaban con solo pensar en las siete de la mañana.
Sonrió.
Pequeña.
Peligrosa.
Y apagó la luz.
El estudio estaba cerrado. Solo una lámpara de sal y la luz grisácea del amanecer filtrándose por las ventanas altas. Olor a sándalo recién encendido. Silencio absoluto.
Susana llegó dos minutos antes de las siete.
Llevaba el vestido de lino blanco encima del mono más ceñido, el nuevo, el que había elegido pensando en él.
Sin nada debajo. El corazón le latía con una fuerza que le subía hasta la garganta.
Cuando empujó la puerta, Ananda ya estaba allí, de espaldas, descalzo, con el torso desnudo por primera vez.
Solo el pantalón negro de yoga. La línea de su espalda era larga, definida, tranquila. Se giró al oírla.
No sonrieron.
No hicieron falta las palabras.
Ella se quitó el vestido con lentitud deliberada.
El mono negro quedó al descubierto, pegado como una segunda piel.
Los pezones ya estaban duros. El tejido se hundía entre sus labios con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
Ananda la miró sin prisa, de arriba abajo, y su pecho subió y bajó una sola vez, profundo.
— Hoy no hay correcciones técnicas —dijo con voz baja, casi ronca—. Hoy practicamos trataka, bandhas y prana. Mirada fija. Candados de energía. Respiración como único puente.
Se sentaron uno frente al otro, a menos de un metro de distancia, en Sukhasana. Rodillas casi tocándose. Ananda tomó sus manos. Las suyas estaban calientes, firmes, ligeramente húmedas.
—No apartes los ojos de los míos. Da igual lo que sientas. Da igual lo que suba. La mirada es el canal.
Empezaron a respirar juntos.
Inhala…
Exhala…
Poco a poco el ritmo se sincronizó. El aire entre ellos se volvió denso, casi visible.
Susana sentía cómo el mono se humedecía con cada exhalación.
El roce constante del tejido contra su clítoris era una tortura dulce.
Los pezones dolían de lo erguidos que estaban.
Ananda no bajó la mirada ni una sola vez, pero ella vio el momento exacto en que su mandíbula se tensó y el pantalón negro empezó a marcar la forma de su erección.
—Ahora Mula Bandha —susurró él—. Contrae el suelo pélvico como si quisieras detener el prana y subirlo. Mantén. Respira igual. No sueltes la mirada.
Susana obedeció. Apretó. El mono se tensó todavía más.
Una oleada de calor le subió desde el perineo hasta el bajo vientre.
Ananda hizo lo mismo: ella lo vio en el leve movimiento de su abdomen, en la forma en que sus hombros se mantuvieron quietos mientras todo su centro se activaba.
El deseo entre los dos ya no era solo físico.
Era una corriente que viajaba por la respiración y por los ojos.
Pasaron minutos así.
Solo respiración.
Solo mirada.
Solo el sutil temblor de los bandhas.
Ananda soltó una de sus manos y la llevó a su propio pecho, sobre el corazón. Luego guió la mano de ella hasta el mismo lugar. El contacto de su piel desnuda contra la palma de Susana fue eléctrico. Ella sintió el latido fuerte, acelerado, traicionando la calma de su rostro.
—Ahora los dos —dijo—. Contrae. Siente el prana subir por la columna. No lo sueltes. Mírame.
Susana apretó con más fuerza. El orgasmo empezó a construirse desde muy abajo, lento, profundo, distinto a cualquiera que hubiera sentido antes.
No venía de los dedos ni de la fricción externa.