Sin Contención 1
7%
Sin Contención

Sin Contención

Por Ernest Pont Salmern

© inepub.com

1

Susana tenía cuarenta y cinco años y el cuerpo de quien había luchado contra el tiempo con disciplina casi religiosa.

Noventa de busto, sesenta de cintura, noventa y uno de cadera.

Un metro ochenta. Cincuenta y cuatro kilos.

Durante más de una década el gimnasio había sido su templo: el olor a caucho y sudor, el sonido metálico de las mancuernas, el espejo que le devolvía una silueta todavía deseable.

Pero últimamente el hierro le sabía a vacío.

No fue una sola cosa. Fue la acumulación.

El cansancio de tres hijos que ya no eran pequeños.

Las noches en las que Luis, su marido de veinte años, el mismo chico con el que había jugado al escondite en el patio del colegio, se dormía antes de que ella terminara de desmaquillarse.

Fue también aquella tarde en la que un instructor nuevo del gym le corrigió la postura de sentadilla y su mano se demoró un segundo de más en la parte baja de su espalda.

No fue grosero. Fue solo… visible. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, se sintió mirada como mujer y no como madre o esposa.

El rubor que le subió al cuello la avergonzó tanto que al día siguiente dejó de ir.

Paula fue quien le tendió la otra puerta.

— Deja el hierro un tiempo —le dijo una tarde, mientras compartían té en la terraza de Paula—. Ven a practicar conmigo. Ananda no es un instructor cualquiera. Es un Yogacharya de verdad. Te va a devolver la paz que el gimnasio ya no te da. Y de paso… te va a recordar que todavía tienes un cuerpo.

Paula tenía cuarenta y tres y practicaba desde hacía ocho años. Su voz al hablar de Ananda tenía una calidez especial, casi reverente.

—¿Y él? —preguntó Susana, intentando que sonara casual.

—Cuarenta y dos. Cuerpo de quien ha hecho de la disciplina su vida. Mirada que no juzga. Verás.

La primera clase fue un martes a las siete de la tarde.

La sala olía a sándalo e incienso suave.

Había esterillas alineadas, luz dorada entrando por las ventanas altas.

Ananda estaba de pie al fondo, descalzo, con un pantalón de yoga negro y una camiseta holgada del mismo color.

Alto, hombros anchos pero no hiperdesarrollados, cabello oscuro ligeramente entrecano en las sienes, barba corta cuidada.

Cuando sonrió para dar la bienvenida al grupo, Susana sintió un pequeño tirón en el estómago que no esperaba.

Llevaba el mono de yoga negro que Paula le había prestado. Ajustado. Sin nada debajo. Había sido una decisión práctica: el tejido se pegaba mejor a la piel y no se movía. No había pensado en cómo marcaría ciertas zonas cuando sudara o cuando abriera las piernas.

Ananda empezó la práctica con respiración. Su voz era grave, pausada, con un leve acento que no lograba identificar.

—Inhala por la nariz… expande el pecho… exhala por la boca como si soltaras todo lo que ya no necesitas.

Susana cerró los ojos. Por primera vez en semanas el ruido de su cabeza bajó de volumen. Cuando abrió los ojos de nuevo, Ananda estaba caminando entre las esterillas, corrigiendo posturas con toques precisos y respetuosos. Llegó a ella cuando estaban en Adho Mukha Svanasana —el perro boca abajo—.

Sus manos se posaron en sus caderas. Firmes. Calientes.

—Baja un poco más la pelvis —murmuró cerca de su oído—. Deja que el peso se reparta. Así.

El mono se tensó entre sus labios. Ella lo sintió. Él también. Sus dedos se quedaron un segundo más de lo estrictamente necesario sobre la curva de sus caderas. Cuando se apartó, Susana notó que sus pezones se habían endurecido contra la tela fina. No era frío. Era otra cosa.

Más adelante, en la postura del puente, Ananda se arrodilló a su lado para ayudarla a levantar más la pelvis.

Su mirada bajó un instante —solo un instante— hasta el punto donde el tejido negro se hundía entre sus muslos y marcaba con absoluta claridad la forma de su sexo.

Susana lo vio. Él levantó la vista y sus ojos se encontraron.

No hubo sonrisa. Solo un reconocimiento silencioso, denso, que le dejó el corazón latiendo en la garganta.

Al terminar la clase, mientras enrollaba la esterilla, Ananda se acercó. —Eres nueva.

—Sí. Me llamo Susana.

— Ananda. —Hizo una leve inclinación de cabeza—. Tienes un cuerpo muy consciente. Se nota que has trabajado. Pero hay tensión en la cadera y en el suelo pélvico. Si quieres, la semana que viene podemos hacer una sesión más personalizada. Solo si te apetece, claro.

Ella asintió antes de pensarlo demasiado.

—Me apetece.

En el coche, de regreso a casa, el mono todavía húmedo se le pegaba a la piel. Cada vez que se movía en el asiento sentía el roce de la tela contra su sexo sensible. Luis la esperaba en el sofá con el portátil abierto y los niños ya dormidos. Le dio un beso distraído en la mejilla.

—¿Qué tal la clase rara esa de yoga?

—Bien —contestó ella, y por primera vez en mucho tiempo la palabra le supo a mentira y a verdad al mismo tiempo.

Esa noche, en la ducha, se pasó los dedos por entre las piernas con una lentitud que no se permitía desde hacía años. No pensó en Luis. Pensó en unas manos firmes sobre sus caderas y en una mirada que había bajado justo donde no debía… y había seguido mirando.

Cuando se metió en la cama, Luis ya roncaba suavemente. Susana se quedó con los ojos abiertos, sintiendo el pulso todavía acelerado entre las piernas, y por primera vez en mucho tiempo no se sintió solo esposa o madre.

Se sintió mujer.

Y tuvo miedo. Y deseó.

El miércoles por la mañana Susana abrió el paquete que había pedido dos días antes.

El mono de yoga era negro mate, de un tejido técnico que prometía “segunda piel”.

Cuando lo sacó de la bolsa sintió un pequeño vértigo.

No era el que le había prestado Paula. Este lo había elegido ella. Más ceñido. Más deliberado.

Se desnudó delante del espejo del vestidor.

La luz de la mañana entraba oblicua y dibujaba su silueta: los senos firmes que aún pesaban con generosidad, la cintura estrecha, las caderas anchas, el leve relieve de los músculos del abdomen que el gimnasio le había dejado.

Cincuenta y cuatro kilos de disciplina y de años.

Se pasó las manos por los costados, subió hasta los pechos, rozó los pezones y los sintió responder al instante.

Luego bajó hasta el pubis. Se miró un segundo más y se metió en el mono.

El tejido la envolvió como un guante. Subió por las piernas, se ajustó a los muslos, se hundió entre ellos con una precisión casi obscena.

Cuando terminó de tirar de la cremallera hasta la base del cuello, se giró de lado y de espaldas.

El mono marcaba todo. La línea exacta de su sexo.

El relieve de los labios. La curva de cada nalga.

Y cuando se inclinó un poco hacia delante, los pezones se dibujaron con claridad bajo la tela fina.

No se puso ropa interior.

Otra vez.

Se quedó quieta frente al espejo, respirando despacio. No era vanidad. Era otra cosa: la necesidad de sentirse deseable de forma deliberada, de llevar encima una decisión que solo ella conocía. El corazón le latía más rápido de lo normal.

Para salir a la calle se puso encima un vestido de playa largo, de lino blanco, holgado, casi transparente a contraluz. Nadie vería lo que había debajo. Nadie excepto, tal vez, quien debía verlo.

Llegó al estudio quince minutos antes. Ananda ya estaba allí, preparando las esterillas. Cuando levantó la vista y la vio, su expresión no cambió, pero algo en la forma de mirarla se detuvo un segundo más de la cuenta.

— Buenas tardes, Susana.

—Buenas tardes.

Ella se quitó el vestido de lino con naturalidad y lo dobló al lado de la esterilla.

El mono negro quedó al descubierto. Ananda no apartó la mirada de inmediato.

Sus ojos bajaron por el escote, por la cintura, por la forma exacta en que el tejido se hundía entre sus muslos.

Luego volvió a subir hasta su cara. No sonrió.

Solo asintió, casi imperceptiblemente, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

La clase empezó.

Esta vez Ananda no se limitó a corregir desde lejos. Cuando llegaron a las posturas de apertura de cadera, se arrodilló detrás de ella. Sus manos se posaron en sus crestas iliacas y presionaron con suavidad para inclinarse más.

—Más profundo —dijo cerca de su oído—. Deja que el peso caiga. Respira hacia el lugar donde sientes resistencia.

Susana obedeció. El mono se tensó todavía más.

Sintió cómo la tela se pegaba a su sexo húmedo, cómo cada milímetro de tejido le recordaba que no llevaba nada debajo.

Los pezones se le endurecieron de nuevo, visibles, insistentes.

Ananda no dijo nada, pero sus dedos se quedaron un segundo más de lo necesario sobre su piel, justo encima del mono, y ella notó la leve presión de sus yemas.

Más adelante, en la postura del palomo, Ananda se colocó a su lado para ayudarla a alinear la cadera delantera.

Su rodilla rozó el muslo de ella. Su mano se deslizó por la parte interna de su pierna —siempre por encima de la tela— para corregir el ángulo.

Susana contuvo la respiración. Estaba empapada.

El mono lo delataba. Y Ananda, a juzgar por la forma en que su propia respiración se había vuelto más profunda, también lo sabía.

Al terminar la clase el grupo se dispersó con normalidad. Susana se quedó enrollando la esterilla con dedos que no del todo le respondían. Ananda se acercó cuando ya no quedaba nadie.

—El mono nuevo te sienta… muy bien —dijo con voz baja, casi neutra. Ella levantó la vista. No había coqueteo evidente en su tono. Había algo más denso. Más peligroso.

—Lo elegí yo.

— Se nota. —Hizo una pausa—. La sesión individual sigue en pie, si quieres. Mañana a las ocho, cuando el estudio esté vacío. Podemos trabajar la cadera y el suelo pélvico con más calma.

Susana sintió un calor subirle desde el bajo vientre hasta la garganta. —Estaré aquí.

Ananda asintió. Sus ojos bajaron un instante más hacia el punto exacto donde el mono negro se humedecía entre sus piernas. Luego se apartó.

En el coche, con el vestido de lino otra vez encima, Susana no pudo evitar deslizar una mano bajo la tela y tocarse por encima del mono. Estaba tan sensible que el simple roce la hizo arquearse en el asiento. No se corrió. No quiso. Guardó esa tensión como quien guarda un secreto.

Cuando llegó a casa, Luis estaba en la cocina preparando la cena de los niños. Le sonrió con esa familiaridad de veinte años.

—¿Otra vez yoga?

— Sí —contestó ella, y esta vez la mentira le supo más dulce y más amarga al mismo tiempo.

Esa noche se duchó con el mono todavía puesto.

Dejó que el agua caliente lo empapara todavía más contra su piel.

Se miró en el espejo empañado: el tejido negro transparente ahora, pegado a sus pechos, a su sexo, a cada curva.

Se tocó despacio, recordando las manos de Ananda sobre sus caderas, la voz cerca del oído, la mirada que no había mentido.

Cuando por fin se corrió, lo hizo en silencio, mordiéndose el labio, con los ojos cerrados y el nombre de su marido muy lejos de la lengua.

Y por primera vez en mucho tiempo no se sintió culpable.

Se sintió viva.

El estudio olía a sándalo y a madera cálida.

Las luces estaban más bajas que en las clases grupales.

Solo una lámpara de sal en un rincón y la luz dorada del atardecer filtrándose por las ventanas altas.

Ananda esperaba de pie junto a las esterillas, descalzo, con el mismo pantalón negro de siempre y una camiseta holgada que no lograba ocultar del todo la definición de sus hombros y pecho.

Susana llegó con el vestido de lino blanco otra vez encima.

Se lo quitó en silencio. El mono negro, todavía más ceñido por el calor del día, se pegó a su cuerpo como una segunda piel.

Sin ropa interior. Otra vez. Se notaba en cada paso: el tejido hundido entre sus labios, el roce constante, los pezones ya semi-duros solo de anticipación.

Ananda la miró sin precipitación. Sus ojos recorrieron el mono con una calma que resultaba casi más íntima que cualquier toque.

— Hoy no vamos a hacer una clase completa —dijo con voz baja—. Vamos a trabajar la cadera, el suelo pélvico y la respiración. Quiero que sientas cada centímetro. Sin prisa.

Ella asintió. El corazón le latía en la garganta.

Empezaron de pie. Él se colocó detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su pecho a través de la tela fina de su camiseta. Sus manos se posaron en las crestas de sus caderas.

—Inhala… y al exhalar deja que el coxis baje un milímetro. Solo un milímetro.

Susana obedeció. El mono se tensó. Ananda no apartó las manos. Sus pulgares se deslizaron un poco más abajo, justo encima de la curva de sus nalgas, y presionaron con suavidad.

—Otra vez. Más profundo. Siente cómo se abre el suelo pélvico.

Ella respiró. Y sintió. No solo la apertura muscular. Sintió el tejido negro pegándose todavía más a su sexo, ya húmedo. Los pezones se le endurecieron por completo, marcando dos puntos perfectos bajo la tela. Ananda lo vio. Ella lo sabía.

Pasaron a la postura del puente. Él se arrodilló a su lado. Una mano bajo su lumbar, la otra en la parte interna de su muslo, por encima del mono, corrigiendo el ángulo.

— Sube más la pelvis. Empuja hacia el techo con el pubis, no con los glúteos. Cuando ella lo hizo, el mono se hundió de forma obscena entre sus labios. Ananda contuvo la respiración un segundo. Sus dedos, todavía sobre el muslo de ella, se tensaron ligeramente.

—Así… —murmuró—. Quédate aquí. Respira hacia el perineo. Imagina que el aire entra por ahí y se expande.

Susana cerró los ojos. Cada inhalación hacía que el tejido se frotara contra su clítoris. Estaba empapada. Podía sentirlo. Y él, a juzgar por la forma en que su propia respiración se había vuelto más profunda y irregular, también.

Después vino la postura del palomo. Ananda se colocó frente a ella esta vez.

La ayudó a flexionar la pierna delantera, a abrir más la cadera.

Sus manos guiaron la suya hasta el suelo.

Luego, con una lentitud deliberada, una de sus palmas se deslizó por la parte interna de su muslo, siempre por encima de la tela, hasta detenerse a pocos centímetros de su sexo marcado.

— Aquí hay mucha tensión —dijo en voz muy baja—. ¿Puedo…?

Ella asintió. No confió en su voz.