Capítulo 35
Lara
El fin de semana no subo a la finca, no llamo a Cecilia, tampoco llamo a mi amiga, no hablo con nadie.
Me encierro en mi casa, me acuesto en el sofá con mis pensamientos y dejo que todo salga, todo lo que llevo semanas conteniendo, todas las preguntas que no me he hecho, todas las respuestas que no he querido ver.
El sábado por la mañana me siento en la cocina con una libreta y escribo. No hago una lista de pros y contras, solo escribo lo que siento, lo que pienso, lo que quiero.
Escribo sobre este pueblo, lo que significa haberme venido de la ciudad al campo, de cambiar de isla y lo que he encontrado aquí.
Escribo sobre la llamada de la consejería, sobre cómo llegué y pensaba que el mundo se me caía y en lo que se ha convertido ahora, sobre el miedo que tuve, sobre la soledad y lo que ahora siento al estar rodeada de esta gente maravillosa.
Lo hago sobre los niños, sobre Nerea y sus dibujos, sobre Balti y sus destornilladores, sobre Adrián y Pepe, esa lagartija que se convirtió en parte de la clase, sobre Mateo, sobre Hugo, Valentina, Lucía, Daniela…
de todos ellos y cómo se han colado en mi corazón.
Escribo sobre Mercedes y el café de por las mañanas, sobre Carmen y sus abrazos, de Eloísa y sus mermeladas, sobre Fermín y cómo ayuda al pueblo.
Escribo sobre Cecilia, pero poco, porque Cecilia ha dicho que la quite de la ecuación y estoy intentando hacerle caso, aunque me cuesta, porque ella está en todo, en cada rincón de esta vida que he construido.
El domingo salgo a caminar. Subo por un camino que no es el de la finca de Cecilia, uno que va a un mirador que me enseñó Sergio una vez.
Camino durante una hora y llego arriba sudando y con las piernas temblando, pero cuando miro el valle desde arriba, cuando veo el pueblo abajo con sus calles estrechas, el colegio, la tienda de Carmen, el huerto de Eloísa…
algo se acomoda dentro de mí, como una pieza que llevaba tiempo fuera de sitio y que por fin encaja.
Esto es lo que quiero.
No a Cecilia, o no solo a ella. Todo esto, esta vida, este pueblo, estos niños, esta versión de mí que ha crecido aquí, que se ha hecho más fuerte aquí, que ha descubierto cosas de sí misma que no sabía que existían.
La Lara que improvisa clases al aire libre, que se sienta en el suelo con los niños a leer cuentos.
La que conoce el nombre de todos sus vecinos, la que ha aprendido a quedarse quieta, a escuchar el silencio, a no necesitar escuchar ruido constante para sentirse viva.
Si Cecilia no estuviera, si lo nuestro no existiera, ¿me quedaría?
Me hago la pregunta mirando el valle y espero la respuesta como se espera un veredicto, con el corazón encogido y la respiración contenida.
Sí.
Me quedaría igualmente. Me quedaría por los niños, por el colegio, por el pueblo, por esta vida que no sabía que quería hasta que la tuve.
Me quedaría porque aquí soy mejor profesora, mejor persona, mejor todo.
Me quedaría porque salir corriendo ya no es una opción, porque he aprendido que los sitios no te fallan, que las vidas no se acaban porque sean pequeñas, que la felicidad no necesita una ciudad grande ni un plan perfecto para existir.
Sí. Me quedo. Con Cecilia o sin ella, aunque con ella es infinitamente mejor, me quedo.
Bajo hasta el pueblo con una certeza en el pecho que no había sentido en años. Cuando llego, son las seis de la tarde.
El lunes me levanto temprano, me visto y, antes de ir al colegio, paso por la casa de Sergio. Al salir, lo veo sentado en su puerta con una taza de café, su pantalón corto y unas chanclas.
—Sergio —saludo—, necesito hablar contigo.
—Siéntate —indica haciéndose a un lado.
—Quiero quedarme —suelto nada más sentarme—. En el pueblo, en este colegio, quiero optar a la plaza.
—Lo sabía —dice cogiendo su café—. Lo sabía desde hace semanas, solo estaba esperando a que te dieras cuenta tú.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque la gente que se va no hace lo que tú haces —responde dando un sorbo—.
La gente que se va no compra cojines para el colegio ni monta rincones de lectura.
La gente que se va cuenta los días para irse, y tú no cuentas días, Lara, tú haces planes.
Cada semana me vienes con algo nuevo para el trimestre siguiente, para el curso que viene, y ni siquiera te das cuenta de que hablas en futuro.
Tiene toda la razón y ni siquiera me había dado cuenta.
—¿Es posible? —pregunto—. ¿Puedo quedarme?
—Posible es, fácil no —dice dejando el café a un lado y poniéndose serio—.
Mira, la plaza sale a concurso cada año porque nadie la quiere.
La cogen porque no queda otra cosa, pero desde que sale algo, se van.
En septiembre vendrá otro sustituto, eso significa que la plaza puede salir en convocatoria de estabilización o en las oposiciones.
Si te presentas, si la pides como destino, tienes opciones reales.
—¿En serio?
—Sí, nadie la pide, Lara. Nadie quiere venir aquí. Tú serías la única que la pediría y eso cuenta. Además, ya tienes experiencia aquí, conoces el centro, conoces a los alumnos y eso puntúa.
—¿Por qué haces esto? —pregunto.
—Porque eres buena persona —responde sonriendo—. Eres buena profesora y este pueblo necesita gente como tú. Gente que se queda, que elige estar aquí. No podemos permitirnos perderte, Lara, ni los niños ni nosotros. Así que vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que te quedes, ¿vale?
—Vale —digo con la voz temblándome.
—Ahora vamos a dar clase, no podemos llegar tarde.
Me levanto y empiezo a andar hacia el colegio, pero a los pocos metros me giro.
—Sergio.
—¿Qué? —dice y lo veo cerrando la puerta de su casa.
—Gracias. Por todo. Por ayudarme cuando llegué, por las risas, por todo.
—No me lo agradezcas a mí —dice levantando su taza—. Agradéceselo al pueblo. Yo solo quería una profesora para quitarme trabajo de encima.
Sonreímos y caminamos juntos los metros que nos separan del colegio, que son pocos.
Por la tarde, cuando salen los niños, subo a la finca de Cecilia.
Voy corriendo, con el corazón desbocado y las piernas quemándome por la pendiente, cuando llego arriba, la encuentro en el porche.
Me ve llegar y se levanta, no viene hacia mí, solo se queda mirándome.
Yo me quedo a dos metros de ella recuperando el aliento.
—Me quedo —digo.
—¿Por qué? —pregunta sin moverse.
—Porque quiero esta vida —respondo—. Este colegio, estos niños, este pueblo, las montañas.
Quiero la Lara que soy aquí, quiero despertar con frío, tomarme un café con Mercedes, discutir con Balti sobre por qué no se pueden desmontar los enchufes.
Quiero las fiestas, las tormentas, el silencio, el barro y todo lo que conlleva vivir aquí.
Lo quiero todo. Y te quiero a ti, Cecilia, pero no me quedo por ti.
Me quedo por mí y tú eres lo mejor de todo esto, pero no eres la única razón. ¿Lo entiendes?
Cecilia me mira y veo cómo las lágrimas corren por sus mejillas. Da un paso hacia mí, otro y así hasta que llega a donde estoy, me sujeta la cara con las dos manos y me besa, es un beso de alivio y de futuro.
Cuando se separa, apoya su frente contra la mía y la oigo respirar hondo, como si llevara dos días sin respirar del todo.
—Te quiero —susurra.
—Yo también te quiero —digo, y al decirlo siento que todo encaja, que todo el camino que me ha traído hasta aquí, cada desvío, cada error, cada miedo, tenía sentido porque terminaba en esto.
Nos abrazamos y nos quedamos así, de pie, sin necesidad de nada más, mientras el mundo sigue girando, pero nosotras estamos quietas, por fin quietas, por fin en el sitio exacto donde queremos estar.