Capítulo 34
Lara
La llamada llega un martes de mayo, a las dos de la tarde, cuando estoy recogiendo el aula después de clase. El teléfono suena con un número que reconozco porque lo tengo grabado en la memoria desde hace meses. Es la Consejería de Educación.
—¿Lara Dorta? Soy Elena Vázquez, del Servicio de Personal Docente.
La llamo para informarle que la sustitución que ocupa actualmente tiene fecha de finalización el treinta de junio.
Queríamos confirmar que está informada y recordarle que puede participar en el concurso de traslados si desea optar a otra plaza.
Lo sabía desde el principio, desde el primer día que firmé el contrato y leí la fecha de finalización de contrato con esa indiferencia de quien cree que junio está tan lejos que no existe, pero ahora junio está a seis semanas.
—Sí, estoy informada —digo con una voz que no suena mía—. Gracias.
—Si necesita cualquier información sobre el proceso, no dude en llamarnos. Que tenga buen día.
Cuelgo y me quedo sentada en la silla, mirando el aula vacía con los dibujos de los niños en las paredes, las estanterías con los libros que he ido comprando, el rincón de lectura que monté con cojines que trajo Carmen de su tienda.
Treinta de junio. Seis semanas. Cuarenta y dos días para recoger mi vida de este pueblo y volver a…
¿A dónde? ¿A mi isla? ¿A la lista de interinos esperando otra sustitución en otro pueblo que no será este?
¿A un piso compartido en alguna ciudad donde nadie me conoce y donde no tengo una mujer que me hace café descalza por las mañanas?
Me levanto, cierro con llave el aula y me voy a mi casa. El pueblo está tranquilo, como siempre, como si nada hubiera cambiado. Porque realmente, nada ha cambiado, todo sigue igual que hace una hora, solo que ahora yo tengo un reloj dentro del pecho que cuenta hacia atrás y que no puedo parar.
Esa tarde subo a ver a Cecilia, necesito verla, necesito estar con ella, pero no le digo nada de la llamada, no sé por qué.
Quizás porque decirlo en voz alta lo hace real, quizá porque no quiero ver su cara cuando se entere, quizá porque soy una cobarde y prefiero un día más de normalidad antes de enfrentar lo que viene.
Cecilia me nota rara, lo sé porque me mira más de lo habitual, porque me pregunta dos veces si estoy bien, porque cuando le digo que sí, ella me observa en silencio sabiendo que miento, pero no insiste, porque es Cecilia y no fuerza, no presiona, solo espera a que yo esté lista para hablar.
Paso la noche con ella, acurrucada contra su espalda, despierta mientras ella duerme, pensando en todas las posibilidades, en todos los escenarios, en todas las vidas que podría vivir y en cuál de ellas me hace menos infeliz.
Porque ya no se trata de cuál me hace feliz, eso lo sé, eso está claro.
Lo que me hace feliz es esto. La pregunta es si puedo quedarme en esto, si es posible, si es sostenible, si es real o si es un paréntesis bonito que tiene fecha de caducidad como todo lo demás.
Los días siguientes son extraños. Doy clase como siempre, sonrío a los niños como siempre, corrijo cuadernos, preparo actividades, escucho a Nerea contarme sus historias, aguanto las trastadas de Balti y celebro los avances de Mateo, pero todo lo hago con esa sensación de estar memorizando, como alguien que recorre un lugar por última vez y quiere grabarse cada detalle antes de irse.
Mercedes lo nota. Claro que lo nota, Mercedes lo nota todo.
—¿Qué te pasa? —me pregunta el jueves en el recreo.
—Nada.
—Lara.
—Me han llamado de la Consejería. Mi contrato acaba en junio.
Mercedes se queda callada un momento, con su café en la mano y esa expresión serena que nunca se altera del todo.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunta.
—No lo sé.
—¿Quieres quedarte?
La pregunta me golpea porque es directa, sin rodeos y la necesidad de una respuesta honesta.
—Sí —digo, y al hacerlo algo se rompe dentro de mí, algo que estaba conteniendo desde el martes y que ahora sale en forma de lágrimas que no esperaba, que me pillan por sorpresa, que caen sin permiso mientras estoy en la sala de profesores.
Mercedes no dice nada, solo me pone una mano en el hombro y me deja llorar, porque es sabia y sabe que a veces las lágrimas son la única forma que tiene el cuerpo de decir lo que la cabeza no se atreve.
El viernes subo a la finca de Cecilia después de clase.
Ella está en el huerto arrancando hierbas con las manos desnudas, con el sombrero puesto y la camiseta manchada de tierra.
Me ve llegar y me observa; sabe que pasa algo.
Me apoyo en una de las bancadas y ella se pone a mi lado sin decir nada, esperando, dándome espacio.
—Me han llamado de la Consejería —digo al fin—. Mi contrato acaba el treinta de junio.
Cecilia no se mueve, no cambia de expresión, solo asiente una vez, lentamente, como procesando.
—¿Cuándo te llamaron? —pregunta.
—El martes.
—El martes —repite, y ahí sí hay algo en su voz, algo que podría ser reproche o dolor o las dos cosas—. Hace tres días.
—Lo sé, debería habértelo dicho antes.
—Sí —dice simplemente—. Deberías.
Nos quedamos en silencio y ese silencio que normalmente me reconforta ahora me pesa como una losa.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta.
—No lo sé, Cecilia. Quiero quedarme aquí, en el pueblo, contigo, con los niños, con todo esto, pero no sé cómo, no tengo plaza, ni un contrato, no tengo nada que me ate aquí legalmente, excepto…
—Excepto yo —completa ella.
—Excepto tú, los niños y la vida que he construido aquí en estos meses.
Cecilia se queda mirando al frente con la mandíbula apretada.
—Lara, no puedes quedarte por mí.
—No me estoy quedando por ti —respondo.
—Sí lo estás haciendo. Si yo no estuviera, si esto no hubiera pasado entre nosotras, ¿te quedarías? ¿Te quedarías en un pueblo de cien personas, en una escuela con nueve alumnos, lejos de todo, sin contrato, sin seguridad, solo porque te gusta?
La pregunta me desarma porque no sé la respuesta. O sí la sé, pero no estoy segura de si es la verdadera o la que quiero que sea verdadera.
—No lo sé —reconozco.
—Pues necesitas saberlo —dice Cecilia girándose hacia mí, mirándome con una intensidad que casi duele—.
Necesitas saber que te quedas porque quieres, porque esto es lo que quieres para tu vida, no porque estés conmigo.
Porque si te quedas por mí y un día esto no funciona, me vas a odiar.
Y si te vas por miedo y un día te arrepientes, te vas a odiar a ti misma.
Las dos opciones son horribles si no las eliges por las razones correctas.
—¿Y cuáles son las razones correctas?
—Las que tengas tú cuando me quites de la ecuación —responde—.
Piensa en todo lo demás. En tu trabajo, en tu vida, en lo que quieres ser.
Si la respuesta sigue siendo quedarte después de quitarme a mí del medio, entonces quédate.
Pero si no, si la única razón soy yo, entonces no.
Porque yo no puedo ser la razón por la que alguien deja su vida entera.
Ya pasé por eso una vez. No puedo volver a cargar con ese peso.
—¿Me estás pidiendo que me vaya? —pregunto.
—No. Te estoy pidiendo que pienses, que lo pienses bien, que lo hagas por ti.
—¿Y si la respuesta es que me quiero quedar?
—Entonces te quedas y buscamos la forma, pero tiene que ser tu respuesta, Lara, tuya sola, no puedo dártela yo.
Se incorpora y vuelve a arrancar hierba con una calma que sé que es fingida, porque le tiemblan las manos. Yo la observo mientras pienso en lo que acabamos de hablar.
Me voy antes de cenar, no me quedo a dormir, porque necesito espacio. Me besa en la puerta, un beso corto, que sabe a «vuelve cuando lo sepas» y a «espero que vuelvas» al mismo tiempo.
Bajo la montaña con el corazón partido en dos mitades que quieren cosas distintas: una quiere volver arriba y decirle que sí, que me quedo, que me da igual todo, que ella es suficiente razón.
La otra sabe que Cecilia tiene razón, que si me quedo, tiene que ser por algo más grande que una persona, tiene que ser por una vida entera que elijo con los ojos abiertos.