Sin cobertura Capítulo 33
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Capítulo 33

Lara

Me despierta el olor a café y el sonido de que alguien está en mi casa. Abro los ojos y el lado de Cecilia está vacío. Miro el reloj y son las siete y cuarto de un domingo, pero sé que para ella no hay días libres, que todos son iguales, que los animales no entienden de fines de semana.

Me levanto, me pongo una camiseta y voy a la cocina; Cecilia está ahí, con una camiseta y descalza, moviéndose de un lado a otro, como si esto lo hubiera hecho mil veces, como si esta cocina fuera la suya.

Me quedo mirándola desde la puerta, solo un momento, grabando esta imagen en mi memoria: Cecilia en mi cocina, descalza un domingo por la mañana, preparándome café.

—Sé que estás ahí —dice sin girarse.

Me acerco, la abrazo por detrás y le beso el hombro.

—Buenos días —digo cuando se gira en mis brazos.

—Buenos días.

Cojo la taza de café que está a su lado antes de que sigamos besándonos y terminemos de nuevo en la cama. Sé que ella tiene que subir. Así que cuando tengo la taza en la mano, me siento para que las dos desayunemos.

—Anoche —empiezo a decir, y ella me mira por encima de la taza—. Gracias por bajar, sé lo que te ha costado hacer eso.

—No hace falta que me lo agradezcas.

—Claro que sí hace falta —insisto—. Lo de anoche, lo de venir aquí, lo de quedarte…

—Quería quedarme —responde dejando la taza en la mesa—. No me quedé por obligación. Me quedé porque quería estar contigo, porque llevo todo el día queriendo estar a solas contigo, porque cuando te vi bailar en esa plaza lo único que podía pensar era en traerte aquí y…

Se queda callada, pero las dos sabemos a lo que se refiere, de todo lo que pasó anoche, de todo lo que significa el paso que dio ayer.

—Lo hiciste —aseguro con una sonrisa.

—Lo hice —confirma sonriendo.

Nos quedamos mirándonos un rato y ella suspira.

—Deberías haberme dicho lo de Sonia.

—Lo sé —reconozco—. Tenía miedo de que te agobiara, de que pensaras que te estaba metiendo prisa para conocer a mi gente, de que te cerraras.

—No me habría cerrado.

—No lo sabía, Cecilia. Contigo nunca sé qué va a pasar, no sé cuándo algo es demasiado para ti y cuándo no lo es, porque no me lo dices y yo tengo que adivinar, y a veces acierto y a veces no.

Se queda callada un momento, mirando su taza de café, y yo contengo la respiración porque no sé si lo que he dicho ha sido demasiado honesto, demasiado directo, si he vuelto a cruzar una línea.

—Tienes razón —dice después de un silencio—. No te lo pongo fácil.

—No me lo pones fácil, no —confirmo.

—Pero estoy aquí —dice levantando la vista y mirándome con esos ojos que me desarman—.

Y eso no es fácil para mí tampoco, estar aquí, en tu cama, en tu casa, haber bajado a unas fiestas que llevo cinco años evitando, haberte besado en la plaza delante de personas que van a hablar de ello durante el próximo mes.

Nada de esto es fácil, Lara, pero lo hago. Lo hago porque tú mereces que lo haga.

Siento cómo algo dentro de mí se instala; tiro de ella para que se ponga de pie para abrazarla. Cuando suelto el abrazo, sujeto su cara entre mis manos y la beso, muchos besos, y ella comienza a reír.

—Tengo que terminar de desayunar para subir a sacar a las ovejas —dice mientras sujeta mis manos.

—¿Bajas después? —pregunto.

—Sí —dice sentándose—. Quiero despedirme de Sonia y pasar un rato aquí contigo.

—¿En serio?

—Sí, eres mi novia, eso hacen las novias, ¿no?

Sonrío, no respondo porque no hace falta. Ella sigue desayunando mientras yo me quedo embobada mirándola. Cuando termina, se viste bajo mi atenta mirada y, tras darme un beso, se va y yo siento que la casa, ahora sin ella, está vacía, pero volverá, claro que volverá.

Me voy a la ducha y, tras salir, me doy cuenta de que Sonia no está, y pienso en lo mala amiga que soy. El que debe saber dónde está es Sergio, así que salgo y toco la puerta. Él me abre con una taza de café en la mano, unos pantalones cortos, sin camiseta y descalzo.

—Buenos días —saluda con una sonrisa.

—Buenos días. ¿Sabes algo de mi amiga?

—Sí —responde bebiendo de su taza, mientras yo espero una respuesta—. Está en mi cama.

Abro mucho los ojos y él simplemente se encoge de hombros.

—No es lo que piensas —comienza a decir—. Tú estabas con Cecilia; se quedó aquí para no molestar.

—Si le has hecho algo a mi amiga, te mato —digo poniendo el dedo en su pecho—. Aquí se puede ocultar un cuerpo de muchas formas.

—Pasa, anda —responde riendo—. Está en la habitación durmiendo.

Paso por su lado y me paro frente a él, mirándole fijamente a los ojos; sé perfectamente que Sergio no haría algo a Sonia, pero ponerme en modo amiga protectora me gusta.

Toco a la puerta y, al no obtener respuesta, entro y la encuentro en la cama, boca abajo, durmiendo profundamente. Le toco la pierna y la muevo mientras le digo que tiene que levantarse.

—Déjame dormir —murmura contra la almohada.

—Sonia, son las nueve. Tu vuelo sale a las seis de la tarde y el bus aquí solo pasa a las dos.

—Es muy temprano para tu lógica —dice girándose para mirarme.

—¿Estás desnuda? —pregunto cuando veo que no lleva nada.

—No es lo que crees —dice rápidamente.

—Ja, ¿te has follado a mi compañero de trabajo?

—No, y baja la voz. Me quité la ropa porque tenía calor —responde.

—Ya, ahora se llama calor —respondo poniendo los ojos en blanco—. Vístete y vamos a la casa.

Cuando salgo, me encuentro a Sergio de frente y lo miro de arriba abajo.

—Tendremos una conversación tú y yo, pero no ahora, que esta casa huele a sexo.

—No he tocado a tu amiga —protesta.

—No nos hemos acostado —insiste mi amiga saliendo de la habitación.

—Ya, claro —digo mirando alrededor, intentando encontrar algo que diga que anoche hubo sexo salvaje en esa casa.

Voy a salir cuando escucho a Sergio.

—Yo llevo a tu amiga al aeropuerto.

—Ah, claro, y dicen que no han follado, y te ofreces hasta a llevarla, eres un descarado, aprovecharte de una mujer de ciudad —le digo, intentando aguantarme las ganas de reírme.

—¿No será que ella se aprovechó de un pobre chico de pueblo?

—Bueno, ya —dice Sonia—. Nosotras nos vamos a desayunar y tú —se acerca a Sergio—, te espero para que me lleves a almorzar y después al aeropuerto.

Me quedo mirando la escena con los ojos muy abiertos; sus caras están muy cerca, Sergio se muerde los labios y le mantiene la mirada a la descarada de mi amiga. Yo me largo porque no quiero ver si se besan o si terminan de nuevo haciendo cosas que hacen los heteros.

A las doce, estamos sentadas fuera de la casa cuando vemos la camioneta de Cecilia. Aparca y baja con una bolsa en la mano, viene hacia nosotras y, cuando llega, le da la bolsa a Sonia.

—Para el viaje —dice.

Sonia abre la bolsa y dentro hay un queso pequeño envuelto en un paño y un bote de mermelada de higos.

—¿Esto es para mí? —pregunta Sonia con los ojos abiertos.

—La mermelada la hace Eloísa, pero el queso es mío. De los buenos —aclara.

—Gracias —dice Sonia—. De verdad, muchas gracias. Y cuida de mi amiga o te juro que cojo un vuelo y vengo a buscarte.

—La cuido —afirma.

—Lo sé —dice Sonia—, porque ayer bajaste de esa montaña por mi amiga, porque querías verla y eso significa mucho.

Cecilia no dice nada, no puede, simplemente asiente y se muerde los labios.

Media hora después, Sergio está esperando para llevarla al aeropuerto, aunque primero pasan a comer a un restaurante. Sonia sigue insistiendo en que no pasó nada con el surfista convertido en chico de campo, pero yo tengo mis dudas.

—Bueno —dice Sonia mirándonos—, este ha sido el mejor fin de semana que he tenido en mucho tiempo. Este pueblo es una locura, la gente es increíble, la comida me ha engordado tres kilos y he conocido a la novia de mi mejor amiga, que resulta que es todo lo que quería para ella.

—Sonia, no me hagas llorar —protesto.

—Llora, me da igual, yo ya estoy llorando —dice.

Nos abrazamos fuerte, de esas veces que abrazas a alguien y no quieres soltarla porque sabes que cuando la sueltes va a estar lejos otra vez, en otra isla, en otra vida, y solo te van a quedar las llamadas y los mensajes hasta la próxima vez.

—Te quiero —me dice al oído.

—Yo también te quiero.

Se aparta, se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y mira a Cecilia.

Se acerca a ella y la abraza también, rápido, porque sabe que Cecilia no es de abrazos largos, pero lo suficiente como para que cuente.

Cecilia se queda quieta un segundo y después pone una mano en la espalda de Sonia, solo un momento, un gesto que parece pequeño, pero que yo sé que es enorme.

—Cuídate —le dice Cecilia.

—Tú también —responde Sonia separándose—. Y cuídala, que, aunque parezca fuerte, es blandita por dentro.

—Como las ovejas —digo recordando lo que dijo Hugo el día de la excursión.

Se sube al coche de Sergio y nos despedimos con la mano mientras se va alejando. Me quedo mirando hasta que desaparece en la primera curva.

—¿Están bien? —pregunta.

—Sí —digo, y es verdad, estoy bien, solo que la echo de menos ya. Así funciona el cariño, que no espera a que la persona esté lejos para empezar a doler, empieza a doler en el segundo exacto en que desaparece de tu vista.

—Vamos —dice Cecilia tirando de mi mano—. Te hago algo de comer en tu casa, porque ayer no cenaste nada sólido y hoy has desayunado una tostada.

—¿Me vas a cocinar tú? La que dice que no sabe cocinar.

—Sé hacer unas patatas con huevos que no están mal.

—Con eso me vale —digo apretando su mano.

Caminamos hasta la casa y pienso en Sonia, en lo que ha dicho sobre que esto es mi casa, en que tiene razón, en que este pueblo que hace cuatro meses me parecía el fin del mundo ahora es el centro del mío.

Pienso en los niños, en lo que dirán mañana cuando entren al aula, en Nerea y su dibujo del día, en Balti y lo que habrá desmontado este fin de semana, en Adrián y Pepe, en Hugo y su energía infinita, en Mateo, que ya casi no llora.

Pienso en Mercedes y su calma, en Juan y sus gruñidos sabios, en Sergio y sus chanclas.

Pienso en Carmen, en Eloísa, en Fermín, en Maruca.

Pienso en esta mujer que camina a mi lado y que ha bajado de su montaña por mí, que ha besado a una mujer en una plaza de pueblo por primera vez en cinco años, que ha dicho «soy su novia» sin que le temblara la voz.

Soy feliz, muy feliz, con la mujer que está a mi lado, con el pueblo, con los niños, con todo esto.