Capítulo 32
Lara
La noche avanza y Cecilia sigue aquí a mi lado, en las fiestas del pueblo.
Apoyo mi espalda en su pecho y ella me abraza desde atrás.
Cecilia, esa mujer que siempre ha huido de todo, está aquí conmigo, en la plaza del pueblo, abrazándome mientras los vecinos nos miran.
Carmen la saluda, al igual que otros vecinos; ella les hace un gesto con la cabeza.
—Si quieres irte, nos vamos —digo girándome en sus brazos para mirarla directamente.
—Estoy bien —responde dejando un beso en mi nariz.
—Cecilia.
—Estoy bien, Lara —repite mirándome directamente, y en sus ojos veo que es verdad, que está incómoda, pero que quiere estar aquí, que ha elegido estar aquí, que no se va a ir porque el esfuerzo que le ha costado bajar merece la pena si el resultado es esto: mi espalda pegada a su pecho mientras me rodea con sus brazos y la certeza de que somos algo, de que lo que tenemos es real y ya no es un secreto.
Sonia aparece del brazo de Sergio, los dos con las mejillas rojas de bailar y de beber, y cuando nos ve juntas, se le ilumina la cara de una forma que solo Sonia es capaz de iluminarse.
—¡Mirad qué bonitas! —dice señalándonos como si fuéramos una exposición en un museo—. Sergio, míralas, ¿no son monísimas?
—Sonia, baja la voz —digo.
—No quiero bajar la voz, estoy emocionada —declara—. Mi amiga tiene novia y su novia es una ganadera con ovejas que hace queso artesanal en una montaña. Eso es como en las películas americanas, Lara, dos mujeres en un pueblo perdido encontrando el amor.
—Está borracha —le digo a Cecilia.
—No estoy borracha, estoy feliz —corrige Sonia—. Bueno, también un poco borracha; el vino de aquí es traicionero.
Cecilia sonríe, una sonrisa pequeña, controlada, de las suyas, pero que está ahí y que Sonia la ve porque señala con el dedo.
—¡Mira! ¡Está sonriendo! La he hecho sonreír, eso cuenta como un logro personal.
Y en ese instante Cecilia no aguanta y ríe por las ocurrencias de mi amiga. Soy feliz de verla así, que no se controle, que exprese lo que siente, y Sonia ahora mismo con su borrachera y sus cosas lo ha conseguido.
—Me encantas —susurro contra su boca.
Me besa, de nuevo, delante de todos, mientras Sonia aplaude con efusividad y silba. Si alguien no nos había visto, mi amiga se ha encargado de que nos vean.
La fiesta sigue y en algún momento Eloísa se acerca a nosotras, nos agarra del brazo a las dos como si fuéramos sus nietas y nos dice que hacemos una pareja preciosa y que ella ya lo sabía, que desde el primer día que Lara llegó al hostal supo que iba a pasar algo bueno en este pueblo.
Cecilia la escucha con paciencia, porque Eloísa es de las pocas personas a las que Cecilia le permite hablar sin límite de tiempo, quizás porque es la única que nunca le ha pedido nada a cambio de su amabilidad.
Fermín pasa por delante, nos ve y levanta una ceja con una expresión que podría significar cualquier cosa, desde sorpresa hasta aprobación, gruñe algo que suena a «buenas noches» y sigue caminando con su vaso de vino en la mano.
Mercedes nos ve desde la otra punta de la plaza y levanta su vaso de vino a modo de brindis, con esa sonrisa calmada suya que siempre me tranquiliza.
Nadie hace un escándalo. Nadie viene a decirnos nada desagradable, nadie nos mira con rechazo, nadie se escandaliza.
La gente nos ve, asiente, sonríe o no, y sigue con sus cosas, porque en un pueblo donde todo se sabe, probablemente ya lo sabían antes que nosotras, porque en un pueblo de cien personas, dos mujeres que se buscan cada tarde no pasan desapercibidas por mucho que una viva en una montaña y la otra finja que sube a preguntar por los puerros.
Sobre las once y media, Cecilia me aprieta la mano y la miro.
Tiene los ojos cansados, esos de alguien que ha hecho un esfuerzo social que le ha costado más de lo que muestra, y yo entiendo, entiendo que para ella esto ha sido enorme, que bajar ha sido enorme y que besarme delante de todos ha sido lo más grande que ha hecho en cinco años.
—¿Nos vamos? —pregunto.
Asiente y algo en su cara se relaja, como si hubiera estado esperando a que yo lo dijera para no tener que pedirlo ella. Busco a Sonia y la encuentro sentada en una mesa con Sergio, Carmen y Juan, los cuatro hablando de algo que hace reír a Sonia a carcajadas.
—Nos vamos —le digo.
—¿Ya? —pregunta, y después me mira, mira a Cecilia, que está detrás de mí—. Vale, yo me quedo un rato más; Sergio me ha dicho que me acompaña a la casa después.
—¿Segura?
—Segura, vete con tu novia —dice guiñándome un ojo—. Cecilia, encantada de conocerte. Cuida a mi amiga o te mato.
—Lo tendré en cuenta —responde Cecilia.
Caminamos en dirección a mi casa con las manos entrelazadas y es perfecto.
Al llegar a mi puerta, me giro y la miro, y ella hace lo mismo y, antes de que pueda decir algo, Cecilia me acorrala contra la puerta y me besa.
No es un beso de buenas noches, es uno con hambre, con urgencias, con todas las horas que lleva deseando esto.
Subo una mano a su nuca y la beso, con la misma hambre que ella a mí.
—Te deseo —susurra contra mis labios.
No digo nada porque no puedo, porque las palabras no salen, porque todo lo que necesito decir está en la forma en que la beso de vuelta, en cómo busco las llaves en mi bolsillo sin dejar de besarla, en cómo abro la puerta a tientas mientras ella me muerde el labio inferior despacio, con esa mezcla de dulzura y fiereza que es tan suya.
Entramos tropezando, cerramos la puerta de una patada y no llegamos más allá del sofá.
Nos dejamos caer en él, enredadas, con las manos buscándose bajo la ropa, con la respiración entrecortada y los besos que no paran, que van de la boca al cuello, del cuello a la clavícula, de la clavícula a ese punto justo debajo de la oreja que me hace estremecer.
Me subo a horcajadas encima de Cecilia y nos quitamos la camiseta. Cecilia me separa y me mira mientras recorre mi pecho ya desnudo con sus manos, como si quisiera memorizar cada rincón de mi cuerpo.
—Bésame —le pido acercándome.
Y lo hace, nos perdemos en ese lugar donde no existen las palabras, donde solo existe el tacto, la piel, el calor, la forma en que nuestros cuerpos se conocen.
Me besa despacio como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si no hubiera prisa, como si fuera lo único que importa.
Me dejo hacer, me dejo querer, me deshago bajo sus dedos, bajo su boca, bajo el peso de su cuerpo contra el mío cuando se pone encima.
Le devuelvo cada caricia, cada beso, cada susurro.
Nos movemos las dos buscando el placer hasta que explotamos casi al mismo tiempo.
Cuando terminamos, cuando nuestras respiraciones empiezan a calmarse, nos quedamos un poco más en el sofá, enredadas, con las piernas entrelazadas y las manos buscándose. Cecilia me besa la frente y yo escondo la cara en su cuello.
—¿Te quedas? —pregunto.
—Me quedo —dice apretándome más contra ella—. Quiero quedarme aquí contigo.
Me quedo callada porque esa frase me desarma, porque es una promesa dicha sin decirse, porque es Cecilia diciéndome a su manera que esto no es temporal, que se queda.
Nos quedamos en el sofá un rato más, en silencio, solo escuchando nuestras respiraciones, sintiendo el latido del corazón de la otra.
Después nos levantamos, recogemos la ropa que está en el suelo y nos metemos en la cama como dos personas que lo han hecho mil veces.
Me duermo con su cuerpo abrazado al mío, con su respiración en mi nuca, con sus manos en mi cintura, y pienso que esto es lo más parecido a la paz que he sentido nunca.