Sin cobertura Capítulo 31
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Capítulo 31

Cecilia

Es sábado por la tarde y las fiestas ya han empezado hace rato, lo sé porque desde aquí arriba se escucha la música, ese bajo que retumba y que sube por la montaña como si no existiera la distancia que hay hasta el pueblo.

Llevo aquí cinco años y jamás he bajado a las fiestas, cuando llegan, mi día sigue siendo exactamente igual: ordeño, limpio, hago queso, ceno algo rápido y me acuesto intentando ignorar el ruido que sube desde el pueblo.

Esa es mi rutina y me funciona, me ha funcionado durante todo este tiempo, porque yo no necesitaba verbenas, ni música, ni gente bebiendo, bailando y hablando demasiado alto sobre cosas que no me importan; no lo necesito, nunca lo he necesitado. Pero hoy es distinto.

Hoy llevo todo el día con una sensación en el pecho que no se va, una que se parece al vacío, pero no es eso, es ausencia, la de Lara, que no ha subido porque tiene cosas que hacer, porque es normal que esté en las fiestas y no conmigo, y yo lo entiendo, claro que lo entiendo, soy una mujer adulta que entiende que las personas tienen su propia vida, lo entiendo.

Lo que no entiendo es por qué me cuesta tanto.

Llevo un día sin verla y es como si me faltara algo especial, como si el aire fuera diferente, como si las tardes hubieran vuelto a ser lo que eran antes de que ella empezara a subir con sus excusas ridículas y sus preguntas que no eran de los niños.

Un solo día y ya noto el hueco, ya echo de menos su voz llenando los silencios que antes me parecían suficientes y que ahora me pesan, y esto me asusta, depender de alguien, que una sola persona tenga la capacidad de hacer que mi casa se sienta vacía cuando llevo tanto tiempo convenciéndome de que la soledad era lo que yo elegía.

Me siento en el porche y Drago se echa a mis pies.

La música sigue sonando, recordándome que ahí abajo está pasando algo y que Lara está en medio de ese algo, probablemente riendo, comiendo, hablando con Sergio, bailando quizás, y yo estoy aquí arriba, sola, con el orgullo y el silencio que no me sirven de compañía.

—Joder —susurro.

Drago levanta la cabeza y me mira.

—No me mires así —le digo.

Drago me conoce mejor que nadie y su mirada dice lo que yo no quiero oír: que estoy aquí arriba cuando quiero estar abajo, que estoy sentada en esta silla cuando quiero estar al lado de Lara, que llevo toda la tarde luchando contra algo que ya no tiene sentido combatir.

La echo de menos. Es una locura, es absurdo, es ridículo que un solo día sin verla me haga sentir así, pero es la verdad y estoy cansada de no decir la verdad, estoy cansada de fingir que no siento lo que siento, que no necesito lo que necesito, que estoy bien sola cuando ya no lo estoy, cuando ella me ha enseñado que hay algo mejor que estar bien sola y es estar bien con alguien.

Me levanto y entro en la casa. Abro el armario y miro la ropa que tengo, casi toda de trabajo, pero tengo algún pantalón decente. Me pongo unos vaqueros, una camiseta básica y unas zapatillas que tengo limpias. Me miro en el espejo y me veo bien.

Decido bajar en el coche, porque es más cómodo que bajar caminando y después tener que subir muy tarde por ese camino de tierra.

Al llegar, veo todo el bullicio de gente, aparco donde encuentro sitio y me bajo mirando hacia la plaza que está llena.

Camino despacio, aunque mi corazón palpita de prisa, tanto que parece que se me va a salir del pecho.

Cuando estoy cerca, la veo; está bailando.

Lara está bailando en el centro de la plaza con una mujer que no conozco, una mujer morena, de pelo largo y un vestido que grita de ciudad tanto como las zapatillas de Lara gritaban lo mismo el primer día que la vi.

Las dos se ríen, se mueven al ritmo de la música, Lara echa la cabeza hacia atrás y se ríe de algo que le ha dicho y tiene esa sonrisa suya que tanto me gusta, esa que ya conozco, esa que es mía, y ahora está dedicándosela a otra mujer.

Algo me aprieta el pecho. Es rápido, punzante, como un alfiler clavado en un sitio que no sabía que existía.

Celos. Eso es lo que siento, lo identifico porque lo he sentido antes, hace mucho tiempo, en otra vida, con otra persona, y me acuerdo de lo que es, de cómo te quema por dentro, de cómo te cierra la garganta y te nubla el juicio.

Pero no soy así. Yo no soy celosa, nunca lo he sido, ni siquiera con Nayra fui celosa cuando debería haberlo sido, cuando había motivos reales para serlo.

No voy a serlo ahora, no con Lara, no con una mujer que ha demostrado que confía en mí, que me espera, que sube cada tarde a mi finca sin pedirme nada más de lo que puedo dar.

Confío en ella. Lo hago de una forma en que no confiaba en nadie desde hacía años, de una forma que me sorprende a mí misma porque la confianza era algo que creía haber perdido para siempre y resulta que no, que solo estaba esperando a la persona correcta para volver a aparecer.

Respiro y la punzada se va. Se va porque no tiene sitio aquí, porque no le corresponde, porque esa mujer con la que baila seguro que es su amiga, la que viene de Tenerife, la que me ha contado que habla con ella por teléfono, la misma Sonia de la que habla sin parar.

Y está aquí porque la quiere, porque ha cogido un avión para verla, y eso es bonito, es lo que hacen las amigas que se quieren, y yo no voy a ser la persona que ponga sombra a eso.

—¿Cecilia? —escucho detrás de mí.

Me giro y es Sergio, con un vaso en la mano y los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo una aparición.

—Hola, Sergio —digo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, y no lo dice con mala intención, lo dice con sorpresa, porque él sabe, como todo el pueblo, que yo no bajo a las fiestas.

—He venido a… a ver cómo iban las cosas —respondo, y suena tan falso que ni yo me lo creo.

Sergio me mira, mira hacia donde está Lara bailando y vuelve a mirarme. Sonríe con esa media sonrisa suya que es mezcla de diversión y cariño, y señala con la cabeza hacia la plaza.

—Esa es Sonia, la amiga de Lara. Ha venido este fin de semana desde Tenerife a visitarla.

Asiento, claro que es Sonia. Lo sabía, en el fondo lo sabía, pero oírlo confirmado me relaja de una forma que no quiero analizar demasiado.

—No me ha dicho que venía —digo, y me sale antes de poder contenerlo.

—Creo que quería decírtelo, pero no encontraba el momento —responde Sergio encogiéndose de hombros—. Ya la conoces, es impulsiva para unas cosas y cobarde para otras.

—No es cobarde —le corrijo.

—Tienes razón, cobarde no es la palabra. Precavida, quizás.

No contesto porque ya no estoy escuchando a Sergio, estoy mirando a Lara, que ha dejado de bailar porque ha girado la cabeza hacia donde estoy yo, como si supiera que estoy aquí, como si me hubiera sentido antes de verme.

Nuestros ojos se encuentran y veo cómo su cara cambia, cómo se le abre la boca, cómo los ojos se le iluminan de una forma que me hace sentir que el corazón se me va a salir del pecho.

Lara se suelta de Sonia y viene hacia mí, no camina, corre, corre entre la gente sin importarle quién la mire, sin importarle que todo el pueblo la esté viendo cruzar la plaza corriendo hacia la mujer que lleva cinco años sin pisar una fiesta.

Llega hasta donde estoy y me abraza, se lanza contra mi cuerpo y me rodea con los brazos con tanta fuerza que casi me desequilibra, y yo la sujeto, la agarro de la cintura y la sostengo, y su olor me llega, a champú, a perfume, a ella, y todo lo que he sentido esta tarde en la finca, ese vacío, esa ausencia, desaparece de golpe porque está aquí, contra mí, abrazándome como si llevara semanas sin verme cuando solo ha sido un día.

Le sujeto la cara con las dos manos, la miro un segundo, solo uno, lo justo para ver sus ojos brillantes, su sonrisa enorme, y la beso.

La beso aquí, en medio del pueblo, con la música sonando, la gente alrededor, Sergio a un metro y todo el Lomo del Palo como testigo.

La beso porque no puedo no hacerlo, porque llevo todo el día echándola de menos.

Lara me devuelve el beso, sus manos van a mi nuca para acercarme más, y me da igual que nos miren, me da igual lo que piensen, lo que digan, lo que comentan mañana en la puerta de la tienda de Carmen.

Me da exactamente igual porque la tengo aquí y eso es todo lo que importa.

Nos separamos y Lara me mira con los ojos abiertos, con la respiración agitada y una expresión de absoluta incredulidad.

—Estás aquí —dice, como si necesitara confirmarlo.

—Te echaba de menos —respondo, y lo digo sin pensarlo, sin medir, sin calcular, porque esta noche he decidido que el muro se queda arriba en la finca y que aquí abajo soy solo yo, sin protección, sin armadura, solo Cecilia, la que echa de menos a Lara cuando no la ve y que no tiene vergüenza de decirlo.

Lara me mira como si hubiera dicho la cosa más bonita del mundo, porque viniendo de mí un «te echaba de menos» es una declaración entera.

—Cecilia —dice, y es su forma de decir mil cosas con solo mi nombre.

—¿Qué?

—Yo también te he echado de menos, y que estés aquí.

—Estoy aquí —confirmo.

—En las fiestas.

—Sí —afirmo.

—Las que dijiste que no ibas a venir.

—He cambiado de opinión —digo encogiéndome de hombros.

—¿Desde cuándo cambias de opinión? —pregunta sonriendo.

—Desde que tú me las cambias todas —respondo, y Lara se muerde el labio como si estuviera conteniendo algo que quiere salir, pero que no se atreve a soltar todavía.

—¡Tú debes de ser Cecilia!

La voz viene de detrás de Lara y cuando miro, veo a la mujer del vestido acercándose con una sonrisa enorme y los brazos medio abiertos como si fuera a abrazarme, aunque se contiene porque algo en mi cara debe de indicarle que no soy de abrazos con desconocidos.

—Sí —respondo—. Soy Cecilia.

—¡Dios mío, por fin te conozco! —dice Sonia agarrándome del brazo como si nos conociéramos de toda la vida—. Esta mujer no para de hablar de ti, lo sabes, ¿no? Todo el día Cecilia esto, Cecilia lo otro, las ovejas de Cecilia, el queso de Cecilia, los ojos de Cecilia…

—Sonia —la corta Lara.

—¿Qué? Es verdad —responde Sonia encogiéndose de hombros.

La miro y me cae bien. No sé por qué, porque normalmente la gente que habla tanto me agota, pero Sonia tiene algo que se parece a la honestidad bruta, a decir lo que piensa sin filtro, y eso lo respeto porque yo hago lo mismo, solo que con menos palabras.

—Encantada —digo, y le tiendo la mano.

Sonia me la estrecha con fuerza y me mira evaluándome, de arriba abajo.

—Tienes buena mano —dice después de soltarme—. Eso dice mucho de una persona.

—¿Y qué dice? —pregunto.

—Que eres de fiar —responde, y después me guiña un ojo como si acabara de aprobar su examen.

Hablamos un rato las tres. Sonia me pregunta sobre mis días en una granja, hace preguntas concretas, y yo respondo, no me obliga a hablar de qué me hizo apartarme, solo de mi día a día en una montaña. En un momento de la conversación, Sonia nos mira.

—¿Qué es mi amiga para ti, Cecilia? —pregunta de pronto.

—Sonia… —comienza a decir Lara.

—Es mi novia —respondo.

Lara me mira con los ojos muy abiertos y Sonia lo hace con una sonrisa en los labios.

—Yo me voy, que quiero enseñar a Sergio a bailar —dice y suena exactamente a lo que es una excusa para dejarnos a solas.

Antes de irse, me da un beso para poder susurrarme algo:

—Si le haces llorar, juro que te buscaré y acabaré con tu vida, Fermín tiene unos cerdos y parecen hambrientos.

Sonrío, eso hago mientras escucho a Sonia, cuando se despacha a gusto, se aleja.

—¿Qué te ha dicho? —pregunta Lara mirándome a los ojos.

—Algo de unos cerdos —digo y las dos reímos.

Ella me sujeta por la cintura y se pega a mí.

—¿Qué acabas de decirle a mi amiga?

—La verdad, le he dicho que soy tu novia, porque es lo que soy —afirmo, y la miro directamente a los ojos para que sepa que no es una broma, que no lo digo por decir, que es lo que siento.

—Soy tu novia —repite.

—No me voy acostando con la gente del pueblo —digo encogiéndome de hombros.

Lara suelta una carcajada.

—Más te vale —dice acercando su boca a la mía—. Más te vale que no te acuestes con nadie más de este pueblo.

—Solo contigo —respondo.

—Solo conmigo —repite antes de besarme.