Sin cobertura Capítulo 30
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Capítulo 30

Lara

Hoy es viernes y Sonia llega hoy y estoy nerviosa como si fuera a recibirla al aeropuerto cuando en realidad estoy en un pueblo de montaña esperando a que suba en un autobús de los años ochenta por una carretera donde apenas caben dos coches.

Me he pasado la mañana dando clase con medio cerebro en los niños y el otro medio en la llegada de Sonia, lo que ha hecho que Balti casi desmonte la cerradura de la puerta del aula sin que yo me diera cuenta.

Ha sido Nerea la que me ha avisado, tirándome de la manga de la sudadera y señalando con el dedo, y cuando me he girado, Balti tenía ya un tornillo en la mano y una sonrisa de satisfacción que me ha puesto de los nervios.

A las cinco de la tarde estoy en la parada del autobús, que no es una parada como tal, sino un trozo de arcén donde el conductor se detiene cuando le da la gana o cuando alguien levanta la mano.

Llevo diez minutos esperando cuando escucho el motor quejarse cuesta arriba y veo aparecer el autobús por la curva, el mismo que me trajo a mí hace meses, con el mismo aspecto de haber sobrevivido a todas las guerras posibles y alguna más.

Se detiene y la puerta se abre con un chirrido que da grima.

Y entonces la veo: Sonia baja las escaleras con una maleta que es más grande que ella, unas gafas de sol enormes, un vestido de flores que grita «vengo de la ciudad» y unos tacones que me hacen cerrar los ojos porque sé lo que les espera a esos zapatos en las calles de este pueblo.

—¡Lara! —grita desde la puerta del autobús.

—¡Sonia! —grito y voy hacia ella.

Nos abrazamos en medio de la carretera.

—Déjame verte —dice Sonia apartándose y sujetándome por los hombros—. Estás distinta. ¿Qué te han hecho en este pueblo?

—Sol, potaje y una ganadera —respondo riendo.

—Estás guapísima, cabrona. Este pueblo te sienta bien.

—Vamos, que estamos en medio de la carretera y esa cabra nos lleva mirando un rato.

Sonia se gira y ve la cabra.

—¿Esa es la de Cecilia? —pregunta con los ojos muy abiertos.

—No lo sé, aquí hay cabras sueltas por todas partes, podrían ser de cualquiera.

—Increíble —dice Sonia mirando alrededor como si acabara de aterrizar en otro planeta—. Es exactamente como me lo contabas, pero peor.

—Gracias por el apoyo.

—Lo digo con cariño. ¿Dónde está tu casa? Necesito soltar esta maleta, que pesa más que mis pecados.

Caminamos hacia mi casa y Sonia va mirando todo con esa cara de turista en shock que yo debí de tener el día que llegué.

Mira las casas, las calles, las montañas que nos rodean, el silencio que aquí lo llena todo cuando nadie habla.

Se para en seco cuando ve pasar a un señor con dos ovejas atadas con una cuerda.

—Lara —dice sin dejar de mirar al señor.

—¿Qué?

—Ese señor lleva ovejas.

—Sí, Sonia, aquí la gente lleva ovejas.

—Por la calle.

—Por la calle, sí.

—Como quien lleva un perro.

—Más o menos —respondo, y tiro de ella para que sigamos andando porque, si no, vamos a tardar una hora en recorrer doscientos metros.

Llegamos a la casa y Sonia entra mirando todo como si estuviera haciendo un inventario mental. Ve el sofá mutilado, la cocina pequeña, las paredes que Sergio y yo pintamos y que ya no huelen a humedad, la ventana con la planta de Eloísa y los dibujos de Nerea que ocupan toda la pared del salón.

—¿Esos son los dibujos de la niña? —pregunta acercándose a la pared.

—Sí, los de Nerea.

—Lara, tiene como treinta dibujos aquí —dice mirándolos uno a uno.

—Treinta y cuatro —corrijo.

Sonia se queda mirando los dibujos un rato sin decir nada, deteniéndose en cada uno, y cuando se gira tiene los ojos un poco brillantes.

—Te quieren —dice.

—Son niños, Sonia, quieren a cualquiera que les haga caso.

—No, Lara, esto no es hacerles caso. Esto es que una niña te dibuja todos los días porque le importas. Hay una diferencia.

No respondo, porque si lo hago me voy a emocionar y no quiero que Sonia me vea así. Yo también quiero a esos niños, aunque me saquen de quicio muchas veces, pero la realidad es que no sé qué haría sin ellos ahora mismo.

—Ven, siéntate y cuéntame qué tal todo —digo señalando el sofá.

Sonia se sienta y se acomoda a mi lado.

—Te he echado de menos —digo y la abrazo.

—Y yo a ti, boba —dice apretándome más contra ella—. Ahora cuéntame que llevas días sin darme detalles y los necesito.

—¿De qué quieres que te cuente?

—De Cecilia, de cómo es eso de que subes todas las tardes a la finca y sobre todo cómo es dormir con ella.

—No duermo con ella —aclaro.

—¿No? Pero me dijiste que te quedaste con ella el sábado.

—Ese sábado sí, pero después no. Subo todas las tardes, estoy con ella, la ayudo con alguna cosa, hablamos mucho, también nos besamos, pero bajo a dormir a mi casa. Esa es mi rutina desde que nos acostamos la primera vez.

—¿Ella no te pide que te quedes? —pregunta.

—No me lo ha vuelto a decir, y yo no se lo pido porque ella necesita su espacio, Sonia, es importante para ella, es su forma de ir despacio, de ir procesando todo esto que nos está pasando. No quiero presionarla.

Sonia me mira y asiente; está procesando lo que le acabo de decir y midiendo sus palabras antes de decirlas, lo que es raro en Sonia porque ella normalmente suelta lo que piensa sin detenerse ni un segundo a pensarlo.

—Entiendo —dice—. Pero tú quieres quedarte.

—Cada noche —admito.

—¿Y se lo has dicho?

—No, pero no hace falta, Sonia, creo que ella lo sabe. Cuando me voy, me mira hasta que desaparezco, las dos sabemos lo que pasa, pero no lo decimos porque todavía no estamos ahí, y está bien, está bien ir despacio, está bien que sea así.

—Lara Dorta, ¿quién eres tú y qué has hecho con mi amiga la impaciente que quería todo para ayer?

—Este pueblo me ha cambiado —digo encogiéndome de hombros.

—No es el pueblo, es ella —me corrige Sonia con una sonrisa.

No le digo que tiene razón, pero la tiene, y las dos lo sabemos.

—Bueno, cambiemos de tema —digo—, que no quiero pasarme toda la tarde hablando solo de mí. Cuéntame tú, ¿qué tal con el chico ese que estabas conociendo? Miguel, ¿no?

—Ay, no me nombres a ese —dice Sonia dejándose caer hacia atrás en el sofá con una mueca de asco.

—¿Qué ha pasado?

—Pues ha pasado que el señor Miguel, que parecía tan encantador, tan atento, tan detallista, tenía la cuca comunitaria.

—¿La qué? —pregunto sin poder evitar la carcajada.

—Lo que oyes. Su miembro viril comunitario se lo prestaba a todo el barrio, y yo pensando que teníamos algo bonito y especial, y resulta que lo especial era que yo era la única que no sabía que él se acostaba con media isla.

—No me jodas, Sonia.

—Te jodo, sí. Me enteré por una amiga de una amiga que lo vio salir de casa de otra tía un miércoles a las tres de la tarde. Un miércoles, Lara. Él iba a repartir alegría como si fuera un paje de los reyes magos.

Estoy doblada de la risa en el sofá y Sonia me mira fingiendo estar ofendida, pero también se está riendo porque ella es así, convierte sus desgracias en comedia y eso es lo que más quiero de ella.

—Le dije de todo —sigue Sonia—. Le mandé un mensaje larguísimo que era una obra de arte, Lara, tenías que haberlo leído, le expliqué con detalle clínico por qué era un imbécil, le puse hasta bibliografía.

—¿Bibliografía?

—Le mandé un enlace a un artículo sobre enfermedades de transmisión sexual para que se informara, porque con la vida que lleva le hacía falta.

Me estoy ahogando de la risa y Sonia continúa como si estuviera dando una conferencia.

—Y él, ¿sabes lo que me contestó? Me contestó con un emoji. Un emoji de carita triste. A mi mensaje de quinientas palabras me contestó con una carita triste. Le habría metido la carita triste por el culo si hubiera podido hacerlo a través del teléfono.

—Sonia, por favor —digo secándome las lágrimas de la risa.

—Así que nada, se acabó Miguel y su cuca errante. Ahora estoy en una fase de desintoxicación de hombres que me está sentando de maravilla. Llevo tres semanas sin salir con nadie y estoy tranquilita.

Antes de que pueda decir algo, escucho que golpean a la puerta. Abro y es Sergio, que me mira sonriendo.

—Me han dicho que te han visto con una mujer que bajaba del autobús con una maleta enorme y he venido a ver quién es —dice mirando por encima de mi hombro.

—Sergio, esta es Sonia, mi mejor amiga. Sonia, este es Sergio, mi compañero del colegio.

Sonia se acerca y va hasta la puerta, lo mira de arriba abajo de esa forma que tiene ella de evaluar a la gente en tres segundos.

—Tú eres el de las chanclas —afirma Sonia.

—Hoy llevo zapatillas —responde Sergio levantando el pie.

—Venías a conocerme, eso merece el esfuerzo —dice Sonia estrechándole la mano.

—¿Queréis venir a tomar algo al bar de Carmen? Hay gente allí preparando las cosas para las fiestas de mañana y así te presento al pueblo —me dice Sergio mirándome, aunque realmente le habla a Sonia.

—Vamos —dice Sonia antes de que yo pueda abrir la boca—. Necesito conocer a Carmen, la del potaje, la del bienmesabe, la que lo sabe todo.

Caminamos los tres hasta el bar. Sonia y Sergio están hablando mientras yo me quedo un poco más rezagada; los miro y sonrío. Sonia no para de hacerle preguntas que él responde con paciencia.

Entramos al bar y Sergio comienza a presentar a Sonia, porque la realidad es que yo conozco a los que están allí.

Los saludo y comenzamos a hablar de los preparativos de mañana, mientras Carmen le sirve un plato con queso, pan, aceitunas y bienmesabe que Sonia prueba y, después de mirar el plato como si le hubieran revelado el sentido de la vida, me mira.

—Lara —dice con la boca medio llena—, ¿por qué no me habías contado que aquí se come así?

—Te lo he contado cien veces.

—Contarlo no es lo mismo que probarlo. Esto es un orgasmo de azúcar.

—Sonia, baja la voz —digo mirando alrededor.

—¿Por qué? Aquí todos saben lo que es un orgasmo, ¿o no? —pregunta mirando a Carmen.

Carmen suelta una carcajada desde detrás de la barra y Sergio casi escupe el café que está bebiendo. Me tapo la cara con las manos porque Sonia lleva treinta minutos en el pueblo y ya está haciendo de las suyas.

A lo largo de la tarde van pasando vecinos por el bar que se paran a saludar a Sonia como si fuera una celebridad.

Fermín le da un apretón de manos que la deja sin circulación en los dedos.

Maruca le trae un tupper de carne compuesta que Sonia recibe como si fuera un regalo de Navidad.

El padre de Hugo se acerca a presentarse y le cuenta que su hijo no para de hablar de la excursión a la finca de la señora de las ovejas, y Sonia me mira con una sonrisa que dice más que cualquier palabra.

Mercedes aparece al rato con su termo de café y su calma habitual.

Se sienta con nosotras y le cuenta a Sonia que yo soy la mejor profesora que ha tenido el colegio desde que ella está, lo que Sonia recibe dándome un golpe en el brazo y diciendo «¿ves?

» con los ojos brillantes. Juan pasa por la puerta, saluda con un gruñido amable que Sonia interpreta correctamente como el máximo gesto de cariño que ese hombre es capaz de ofrecer.

Cuando salimos del bar, ya es de noche y el pueblo está oscuro, salvo por las luces de las casas y las guirnaldas que han puesto para las fiestas de mañana.

—Lara —dice Sonia parándose en medio de la calle.

—¿Qué?

—Estás feliz.

No lo dice como pregunta, lo dice como afirmación, como algo que ha visto durante toda la tarde y que ahora, a solas, se permite decir.

—Sí —respondo—. Creo que sí.

—No lo crees, lo estás. Llevas toda la tarde sonriendo sin darte cuenta, hablando de los niños como si fueran tus hijos, mirando hacia la montaña cada vez que alguien menciona a Cecilia, presentándome a esta gente como si fueran tu familia.

Lara, estás en casa, te has hecho un hogar aquí y ni siquiera te has dado cuenta.

Me quedo callada porque tiene razón, tiene toda la razón, y cuando alguien que te conoce mejor que tú misma te lo dice así, a la cara, en medio de una calle oscura de un pueblo de montaña, no puedes hacer otra cosa que asentir y sentir que los ojos se te llenan de algo que no quieres que caiga, pero que cae igual.

—No llores, boba —dice Sonia abrazándome.

—No estoy llorando —miento contra su hombro.

—Estás llorando y me estás llenando la camiseta de mocos como tus niños.

Me río y lloro al mismo tiempo, que es algo que solo me pasa con Sonia, y ella me abraza más fuerte y me deja, me deja llorar y reír sin pedirme que pare, sin preguntarme por qué, porque lo sabe, sabe que lloro porque estoy feliz y porque estoy asustada y porque esto es mucho más grande de lo que esperaba cuando cogí aquel teléfono un miércoles en pijama a las once de la mañana.

—Mañana quiero conocerla —dice Sonia separándose.

—Lo sé.

—¿Se lo has dicho? —pregunta.

—Todavía no.

—Lara.

—Mañana se lo digo.

—Más te vale, porque no pienso irme de este pueblo sin ver a la mujer que te ha cambiado la cara.

—No me ha cambiado la cara —protesto.

—Te la ha cambiado entera. Antes tenías cara de «quiero irme de aquí» y ahora tienes cara de «no me saquen de aquí ni con grúa». Eso es mérito de alguien, y las dos sabemos de quién.

Es real, ahora no quiero irme de aquí, pero ese es un problema que tengo que plantear en otro momento, porque si no sigo en el colegio no podré quedarme y eso sería un gran problema para mi relación con Cecilia.