Sin cobertura Capítulo 29
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Capítulo 29

Lara

Me despierto a las siete sin despertador, lo que es un problema porque faltan dos horas y media para las nueve y media y no sé qué coño hacer con todo este tiempo. Me ducho, me visto, desayuno café y tostadas, hago la cama y recojo todo.

A las ocho y media estoy lista. Llevo un vaquero viejo que no me importa manchar, una camiseta y las zapatillas que sé que no son aptas para subir, pero es lo que tengo por ahora, me ato una sudadera a la cintura por si refresca.

Me miro al espejo y pienso que estoy bien, que no parezco una mujer que está a punto de subir a la finca de otra mujer con la que se acostó anoche y con la que va a fingir que sube a plantar puerros cuando las dos sabemos que los puerros son lo de menos.

A las ocho y cuarenta y cinco salgo de la casa porque no aguanto más.

Subo despacio, o lo intento, pero mis piernas tienen prisas y yo no puedo frenarlas.

El sendero ya me lo sé de memoria, cada piedra, cada curva, cada tramo donde el sol pega más fuerte.

Lo he subido tantas veces en las últimas semanas que mi cuerpo lo hace solo, sin pensar, como los niños que van al colegio con los ojos cerrados porque conocen el camino.

Llego a las nueve de la mañana, media hora antes de lo acordado, lo que probablemente me delata, pero me da igual.

Abro la puerta del cercado y Drago viene corriendo como siempre, me agacho para acariciarlo porque él es el mejor aliado que tengo en esta finca y me cae mejor que mucha gente del pueblo.

Levanto la vista y la veo. Está en el porche, sentada en su silla con una taza en la mano, mirándome. Lleva una camiseta básica y unos pantalones que no son de trabajo y pienso que se ha vestido así para mí, que ha elegido una ropa diferente a la habitual, y eso me hace sonreír como una idiota.

—Llegas pronto —dice.

—Tenía ganas de ver los puerros —respondo subiendo los escalones del porche.

—Los puerros están en el huerto.

—Ya iré a verlos.

Me siento a su lado, en la misma silla en la que me he sentado otras veces, y Cecilia me mira de reojo con esa sonrisa suya que ya sé leer, la que significa que está contenta, pero no va a decirlo con todas las letras porque ella funciona así.

—¿Has dormido bien? —pregunta.

—He dormido increíble —respondo—. ¿Y tú?

—También.

Nos quedamos un momento en silencio, mirando el valle, bebiendo café que Cecilia me ha servido sin que se lo pidiera.

Simplemente, ha entrado y ha vuelto con otra taza como si fuera algo que hacemos todas las mañanas, como si fuera rutina, y algo dentro de mí quiere que sea rutina, quiere que esto se repita cada sábado, cada domingo, todos los días que me quedan en este pueblo.

—Cecilia —digo.

—¿Qué?

—Anoche fue increíble.

Me mira, no aparta los ojos, no se incomoda, no cambia de tema. Me observa directamente y asiente una vez, despacio.

—Sí —dice—. Lo fue.

Sonrío y ella también, quiero besarla, pero tengo que ser paciente. La besaré, de eso estoy segura, pero no ahora.

Nos terminamos el café y bajamos al huerto.

Cecilia me enseña dónde están los puerros que hay que plantar y me explica cómo hacerlo, con esa forma suya de dar instrucciones que es directa, precisa, sin adornos.

Me dice que haga un agujero con el dedo, que meta el plantón hasta la base, que lo cubra con tierra sin apretarla demasiado, que deje espacio entre uno y otro para que crezcan sin estorbarse.

—Como las personas —digo mientras planto el tercero.

—¿Qué? —pregunta desde el otro lado del bancal.

—Que necesitan espacio para crecer sin estorbarse, como las personas.

Cecilia me mira un segundo y no dice nada, pero veo cómo se muerde el labio inferior. Me encanta eso.

Plantamos durante un rato, las manos en la tierra, el sol calentando, el silencio cómodo que se ha instalado entre las dos y que ya no necesita ser llenado con palabras.

De vez en cuando pregunto algo sobre las plantas, sobre el riego, sobre cuándo se cosechan los puerros, y ella me contesta con la paciencia de alguien que ama lo que hace y que no le importa explicarlo.

Cuando terminamos con los puerros, Cecilia se incorpora y se limpia las manos en los pantalones. Yo hago lo mismo y nos quedamos de pie, una frente a la otra, con las manos sucias de tierra y el sol dándonos en la cara.

—¿Quieres ver las ovejas? —pregunta.

—Sí.

Subimos al prado donde están pastando y nos sentamos en una piedra grande que hay junto al camino. Las ovejas están desperdigadas por la ladera, comiendo tranquilas, ajenas a todo.

—Están tranquilas hoy —digo.

—Siempre están tranquilas cuando no hay nadie raro cerca.

—¿Y yo no soy alguien raro? —pregunto mirándola de reojo.

—Ya te conocen —responde.

Y eso, eso me gusta tanto que tengo que morderme el labio para no soltar algo que suene demasiado grande para un sábado por la mañana junto a un rebaño de ovejas.

—La semana que viene son las fiestas del pueblo —digo, porque necesito hablar de ello, necesito saber cómo se siente ella con eso.

Cecilia hace un ruido con la nariz que es algo entre un bufido y un gruñido.

—No voy a las fiestas —dice.

—Lo sé.

—Son ruidosas, hay demasiada gente, beben demasiado y después hacen ruido hasta las tantas y las ovejas se ponen nerviosas con la música.

—¿Las ovejas o tú? —pregunto.

Cecilia me mira con los ojos entrecerrados.

—Las ovejas —insiste.

—Vale —digo, y no insisto, porque sé que las fiestas del pueblo son exactamente el tipo de situación que Cecilia lleva cinco años evitando y que no puedo pretender que de un día para otro le apetezca bajar a una verbena con música, gente y ruido.

Nos quedamos un rato más mirando las ovejas hasta que Cecilia se pone de pie y se acerca a mí, tira de mi mano y me quedo pegada a ella y me besa despacio, pone las manos en mi cintura y me pega todavía más a ella, yo respondo poniendo mi mano en su nuca, exigiendo más, porque un beso de Cecilia nunca es suficiente, siempre quiero más, que dure un poco más, que se alargue hasta que me falte el aire.

—Vamos dentro —susurra contra mis labios.

—¿Y las ovejas? —pregunto sonriendo.

—Las ovejas pueden esperar.

Me coge de la mano y me guía hasta la casa.

Es la primera vez que entro en su dormitorio.

Nos desnudamos sin prisa, entre besos y caricias que van descubriendo lo que anoche no pudimos porque teníamos demasiada urgencia, demasiada necesidad acumulada.

Hoy es diferente, hoy hay calma, hay tiempo, hay la certeza de que nadie va a irse corriendo cuando termine.

Sus manos recorren mi cuerpo con una lentitud que me vuelve loca, que me hace cerrar los ojos y dejarme llevar, confiar en ella, en sus manos que saben lo que hacen.

—Mírame —me pide.

Abro los ojos y la veo encima de mí, con el pelo suelto cayéndole por los hombros y los ojos oscuros clavados en los míos, y pienso que podría quedarme mirándola así el resto de mi vida sin aburrirme, sin cansarme, sin necesitar nada más que esto: ella, su peso sobre mí, su boca cerca de la mía, sus manos sosteniendo mi cara como si fuera algo valioso.

Hacemos el amor despacio, con una calma que me consume de excitación, nos perdemos la una en la otra, disfrutando de cada gemido, de cada súplica, hasta que las dos estamos completamente saciadas. Nos quedamos abrazadas y con nuestras respiraciones calmándose.

—Cecilia —digo contra su cuello.

—¿Qué? —pregunta acariciándome el pelo.

—Las fiestas de la semana que viene.

—¿Qué pasa con las fiestas?

—Nada, solo que van a ser divertidas. Carmen va a preparar mucha comida, van a poner música, los niños van a hacer una actuación que estamos preparando en el colegio.

—Lara, ya te he dicho que no voy a las fiestas —dice, pero no suena enfadada, suena a alguien que repite algo porque necesita mantenerlo, como una rutina más.

—Lo sé, no te estoy pidiendo que vayas, solo te estoy contando.

—Ya.

Yo no insisto, porque hoy solo quiero estar aquí, con ella, en esta cama y no pensar en nada más. No quiero recordar que Sonia va a venir y que todavía no se lo he dicho a Cecilia, no quiero pensar en nada que no sea este momento.

El día pasa entre besos, caricias, ir al huerto a regar, Cecilia preparando algo de comer, aunque dice que no sabe y a mí me parece que lo hace increíble.

Cuando empieza a oscurecer, me levanto de la silla y estiro los brazos.

—Me voy, que se hace de noche —digo, recordando las mismas palabras que dije la primera vez que estuve aquí.

Cecilia me mira desde su silla y no dice nada. Quiero despedirme, quiero más besos de ella y cuando me voy a agachar para besarla, pone una mano en mi pecho.

—Quédate —me pide.

Una palabra, solo una. Cecilia, la mujer que vive sola por elección, la que construyó un muro para que nadie entrara, la que no necesita a nadie, me está pidiendo que me quede.

—¿Estás segura? —pregunto, porque necesito que lo sea, necesito que no sea un impulso del que se arrepienta mañana.

—Sí —responde, y me mira sin apartar los ojos, poniendo una mano en mi rostro—. Quédate a dormir.

—Vale —respondo dándole un beso rápido en los labios para sentarme de nuevo en la silla.

Cecilia no sonríe, pero su cuerpo se relaja de una forma que veo, como si hubiera estado conteniendo la respiración mientras esperaba mi respuesta y ahora por fin pudiera soltar el aire.

Cenamos algo ligero en la cocina, de pie, compartiendo un plato de queso con tomate y pan, y después nos sentamos en el porche un rato más mientras las estrellas van apareciendo una a una, llenando el cielo de esa forma que solo pasa aquí arriba, donde no hay luces que las escondan.

—Mi abuelo decía que las estrellas son los ojos de los que ya no están —dice Cecilia.

—Qué bonito.

Cecilia sonríe y puedo ver esa nostalgia en sus ojos.

—¿Lo echas de menos?

—Todos los días —responde sin dudarlo.

Le cojo la mano y ella me deja, entrelaza sus dedos con los míos y nos quedamos así, mirando las estrellas en silencio, con la mano de la una sujetando a la otra.

Nos metemos en la cama y Cecilia se pone de lado, mirándome. Yo hago lo mismo y nuestras caras están cerca, a un palmo de distancia, y me gusta esto.

—Buenas noches —dice.

—Buenas noches —respondo.

Cierra los ojos y a los pocos minutos su respiración se vuelve lenta y regular, señal de que se ha dormido.

Yo me quedo despierta un rato más, mirándola dormir, sintiendo su mano en mi cintura, el calor de su cuerpo junto al mío, el silencio de la finca que ahora es también mi silencio, escuchando cómo Drago se acomoda a los pies de la cama.

—Podría acostumbrarme a esto —susurro tan bajo que apenas se oye.

Cecilia no se mueve, sigue dormida, con la cara relajada y una expresión de paz que no le he visto nunca despierta, como si dormir fuera el único momento en el que se permite no tener el muro levantado, no estar en guardia, no medir cada gesto.

Cierro los ojos y me pego un poco más a ella, metiendo mi cabeza en el hueco entre su hombro y su cuello, respirando su olor, sintiendo su pulso tranquilo bajo mi mejilla.

Y pienso que sí, que podría acostumbrarme a esto, a este silencio que ya no está vacío, a esta cama que huele a ella, a estas manos que me sujetan mientras duermo, a esta vida que no se parece en nada a la que tenía hace cuatro meses y que no cambiaría por ninguna otra.

Podría acostumbrarme a esto.

Y eso ya no me da miedo.