Sin cobertura Capítulo 28
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Capítulo 28

Lara

La puerta de la calle se cierra y yo me siento en la cama, con el cuerpo desnudo y una sonrisa que no me cabe en la cara.

Ahora hay silencio, pero es distinto, ya no pesa, ahora huele a ella, a su piel, a lo que acaba de pasar en esta habitación.

Me dejo caer hacia atrás en la cama y me quedo mirando al techo con los brazos estirados a los lados y comienzo a reírme, me sale sola, no puedo parar o simplemente, no quiero.

Sale sin control, sin motivo aparente más allá de que Cecilia ha estado aquí, en mi cama, conmigo, y ha sido lo más bonito que me ha pasado en mucho tiempo.

No bonito de postal, de película, sino de verdad, de esos momentos que sabes que no vas a olvidar por mucho que pase, porque se han grabado en un sitio del cuerpo que no tiene que ver con la memoria, sino con algo más profundo.

Cojo el móvil de la mesilla y llamo a Sonia. No miro la hora, no me importa si está comiendo, trabajando o dormida, necesito contárselo ahora o me va a explotar el pecho.

—¿Sí? —descuelga al segundo tono.

—Sonia.

—Dime.

—Ha venido a mi casa.

—¿Quién? —pregunta, y sé que lo sabe, pero quiere que lo diga.

—Cecilia. Ha bajado al pueblo, ha llamado a mi puerta y ha entrado.

—¿Y? —se puede notar la emoción por que le siga contando.

—Hemos hecho el amor.

Silencio, uno que dura tres segundos y después:

—¡LARA! —grita tan fuerte que tengo que apartarme el móvil de la oreja.

—No grites, que me vas a dejar sorda.

—¡Qué no grite dice! ¡Me acabas de decir que te has acostado con la pastora antisocial que no te hablaba hace cuatro meses y quieres que no grite!

—No la llames así —digo, y me sorprendo defendiéndola, pero es que ya no es eso, ya no es la pastora antisocial, es Cecilia, mi Cecilia, aunque todavía no sé si puedo llamarla mía.

—Vale, vale, perdona. Cuéntamelo todo, desde el principio, no te saltes nada.

Le cuento que ha bajado al pueblo por mí, que ha llamado a mi puerta, que ha entrado y se ha quedado de pie en mi salón sin saber qué decir, y que después ha dicho cosas que me han roto por dentro de la mejor forma posible.

Le cuento que me ha dicho que le importo, que ha bajado porque no podía estar un día más sin verme, que Carmen la ha empujado a hacerlo.

Que nos hemos besado, que la he llevado a mi cama y que ha sido maravilloso, ha sido tan maravilloso que no tengo palabras para explicarlo y eso no me pasa nunca porque yo siempre tengo palabras para todo.

—Espera, espera —me corta Sonia—. ¿Ella se ha abierto contigo? ¿La mujer que te contestaba con monosílabos te ha dicho que le importas?

—Sí. Me lo ha dicho tres veces porque se lo he pedido, y cada vez que lo decía se le rompía un poco más la voz.

—Lara, estoy llorando —dice Sonia, y creo que es verdad porque le tiembla la voz.

—No llores, boba.

—Lloro porque estoy feliz por ti, gilipollas. Llevas meses sola en ese pueblo y mereces esto, mereces que alguien baje de una montaña por ti.

Me muerdo el labio porque si hablo ahora voy a llorar yo también y ya he llorado bastante.

—Mañana voy a subir a la finca —digo después de un rato.

—¿Ya? ¿Mañana? —pregunta Sonia riendo.

—Sí, ella me ha dicho que hay que plantar puerros.

—Puerros —repite mi amiga.

—Es una excusa, Sonia, una que ha buscado ella para que suba, y es la excusa más ridícula que he oído en mi vida y me encanta, porque si no la hubiera buscado ella, lo habría hecho yo.

Habría inventado alguna pregunta de los niños, habría dicho que necesito más plantones o que Balti quiere saber cómo funciona el sistema de riego, cualquier cosa con tal de subir y verla.

—Estáis las dos fatal —asegura Sonia riéndose.

—Totalmente.

—Oye —dice—, la semana que viene son las fiestas del pueblo, ¿no? Me lo dijiste hace unos días.

—Sí, el próximo fin de semana. Hacen una verbena, hay comida, música, la gente viene de otros pueblos. Carmen lleva semanas organizándolo todo, es el evento del año aquí.

—Voy.

—¿Qué? —pregunto incorporándome en la cama.

—Que voy. Quiero conocer ese pueblo, quiero conocer a Carmen, a Eloísa, a Mercedes, a Sergio. Quiero ver el colegio, quiero ver a los niños y quiero conocer a Cecilia.

—Sonia…

—Llevo meses escuchándote hablar de ese sitio, de esa gente, de esa mujer y no he podido ir a verte ni una sola vez. Pues ahora voy, cojo un vuelo el viernes por la tarde, me quedo el fin de semana y me vuelvo el domingo por la noche. Ya buscaremos dónde duermo, en tu sofá mutilado si hace falta.

—El sofá sigue sin un cojín —advierto.

—Me da igual, quiero verte y abrazarte, amiga. Que me cuentes sobre Cecilia y ver tu cara, también necesito conocerla a ella, ver que es real y que cuidará de mi amiga, o la mataré con mis propias manos.

Me rio porque Sonia es así, cuando decide algo no hay quien la pare, y la verdad es que la echo de menos tanto que la idea de tenerla aquí un fin de semana me gusta.

—Vale, ven —digo.

—¡Bien! Busco vuelo ahora mismo. Oye, ¿se lo vas a decir a Cecilia?

—¿El qué?

—Que viene tu amiga.

—Ya se lo diré —respondo.

—¿Cuándo?

—Ya veré, Sonia —digo, porque sé el problema que tiene Cecilia con la gente, porque no quiero que se vea obligada a relacionarse con alguien por obligación.

—Lara, no puedes presentarte con una amiga de sorpresa ante una mujer que tiene problemas con la gente nueva.

—No tiene problemas con la gente nueva, tiene problemas con la gente en general —corrijo.

—Peor me lo pones.

—Ya se lo diré, no te preocupes.

—Te conozco y sé que no se lo vas a decir hasta el último momento porque te da miedo que se cierre.

—No me da miedo —miento.

—Lara.

—Vale, un poco. Pero se lo diré, te lo prometo.

—Más te vale. Oye, me voy a buscar el vuelo. Te quiero muchísimo y estoy tan feliz por ti que podría morirme ahora mismo.

—No te mueras, que tienes que venir a las fiestas —advierto riendo.

—Es verdad. Buenas noches, enamorada.

—Buenas noches, pesada.

Cuelgo y me quedo con el móvil en la mano, mirando la pantalla que se apaga.

Enamorada. Sonia ha dicho enamorada y no le he corregido, no le he dicho que no lo estoy, no le he rebatido como hacía antes.

Simplemente, lo he dejado pasar, porque a estas alturas negarlo sería tan absurdo como negar que el cielo es azul o que los tomates de Cecilia son los mejores del mundo.

Mañana a las nueve y media voy a subir por ese sendero y ella va a estar ahí, y vamos a plantar puerros o lo que sea, y me da igual lo que plantemos porque lo que quiero es estar con ella, lo que quiero es su voz diciéndome cómo hacer las cosas, sus manos en la tierra enseñándome, su cuerpo cerca del mío mientras el sol calienta y Drago nos mira.

Pero eso será mañana a las nueve y media.